Bill Clinton

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Datos relevantes

Actualización: 3 de Octubre de 2013
Crédito fotográfico: © NATO Photo
William ('Bill') Jefferson Clinton (nacido William Jefferson Blythe (III)

Estados Unidos

Presidente

Duración del mandato: 20 de Enero de 1993 - 20 de Enero de 2001

Nacimiento: Hope, estado de Arkansas , 19 de Agosto de 1946

Partido político: Demócrata

Profesión: Abogado

Crédito fotográfico: © NATO Photo

Biografía

1. Un joven abogado con ambiciones políticas
2. Del Gobierno de Arkansas a la aspiración presidencial
3. La campaña presidencial de 1992
4. Los contratiempos del primer bienio en la Casa Blanca
5. Un debut internacional de bajo perfil: Irak, Somalia, Bosnia
6. Implicación y tenacidad: Haití, Palestina, Corea, Irlanda del Norte
7. Prelación de lo comercial sobre lo militar en el liderazgo mundial
8. Unas complejas relaciones con Rusia...
9. ... y con China
10. Contraofensiva conservadora y nuevo comienzo tras la reelección de 1996
11. Los apuros del caso Lewinsky
12. Los límites de la "democracia de mercado"
13. Inquietud por la proliferación nuclear: del CTBT a la NMD
14. Resurgimiento del interés por África
15. El final de los presupuestos deficitarios
16. Últimas actividades y balances


1. Un joven abogado con ambiciones políticas

Su padre, William Jefferson Blythe (II), vendedor de repuestos de automóviles, se mató en un accidente de tráfico tres meses antes de nacer él. Su madre, Virginia Cassidy, tras dar a luz marchó a Nueva Orleans para obtener el título de enfermera y dejó al niño con sus abuelos en Hope.

En 1950 retornó a esta pequeña ciudad de Arkansas y acto seguido contrajo matrimonio con Roger Clinton, un marchante de vehículos de segunda mano y alcohólico, que aportó el apellido a la familia. Cuando Clinton tenía siete años se mudó con sus padres a Hot Springs, una ciudad bastante más populosa y con más oportunidades de trabajo que la provinciana Hope.

Con los ingresos del padre como vendedor de coches y de su madre como enfermera anestesista, Clinton recibió una educación propicia para su futuro salto a la universidad. En 1963 fue escogido para integrar una delegación de la organización escolar-escultista American Legion Boys State que fue recibida por el presidente John Kennedy en la Casa Blanca. En un momento de la recepción, Kennedy estrechó la mano al joven Clinton, escena que fue filmada y que sería insistentemente reproducida en sus futuras empresas políticas.

Este encuentro, y el liderazgo de Martin Luther King al frente del movimiento de los derechos civiles de la población negra, dejaron una profunda impronta en el adolescente, decantando, según aseguró él tres décadas después, su vocación por el servicio público y una trayectoria política pletórica en ambición e idealismo. También de esta época proviene su afición al saxofón, instrumento que tocó en las banda de música de su escuela y en la sección de viento del estado de Arkansas.

Gracias a diversas ayudas escolares y préstamos del Gobierno federal pudo estudiar en la católica Universidad Georgetown de Washington, por la que en 1968 recibió el título de Bachelor of Science en Asuntos Internacionales, y en la selecta Universidad de Yale, en New Haven, por la que se licenció en Derecho en 1973. Durante su estancia en Georgetown trabajó como asistente interino en la oficina del senador demócrata por Arkansas y presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, William J. Fulbright, y entre ambas carreras pasó becado dos años, de 1968 a 1970, en el Universitary College de Oxford, Reino Unido.

Su condición de estudiante le habilitó las prórrogas necesarias para evitar su llamamiento a filas mientras duró la guerra de Vietnam. Las biografías oficiales señalan que en 1969, cuando recibió una orden de alistamiento, se apuntó al programa del Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales en la Reserva (ROTC) en la Universidad de Arkansas, haciéndose disponible para el reclutamiento, sólo que éste no se produjo porque en el sorteo de conscriptos su número quedó fuera del cupo. El caso es que, como su mentor, Fulbright, Clinton estaba en contra de la intervención de Estados Unidos en el país asiático, y como estudiante asistió a diversos actos antibelicistas.

Preparado como abogado, en 1974, tras una breve práctica legal en la capital federal en el Comité de Justicia de la Cámara de Representantes, empezó a impartir clases en la Escuela de Derecho de la Universidad de Arkansas, en Fayetteville. Con una primera experiencia política bajo el brazo, la dirección en 1972 de la campaña electoral en Texas del candidado presidencial demócrata George McGovern (que fue batido por el titular Richard Nixon), el mismo 1974 Clinton intentó obtener un mandato representantivo: se presentó candidato a la Cámara de Representantes por el 3º distrito de Arkansas y perdió por poco ante el ocupante del escaño, el republicano John Hammerschmidt, un conspicuo partidario de Nixon.

En la campaña le ayudó Hillary Rodham, una brillante abogada defensora de Chicago vinculada a los sectores izquierdistas del Partido Demócrata (DP) y especializada en casos con implicación de niños y mujeres, a la que había conocido en la Escuela de Derecho de Yale. La pareja contrajo matrimonio el 11 de octubre de 1975 por el rito metodista. En Fayetteville los Clinton ejercieron la doble profesión legal y docente, ampliando su círculo de amistades y su proyección social con el objeto de asegurar el trampolín para la meta política de él: convertirse en gobernador de Arkansas.


2. Del Gobierno de Arkansas a la aspiración presidencial

En noviembre de 1976 Clinton, con sólo 30 años, fue elegido fiscal general del estado, oficina de suma relevancia y con despacho en la capital, Little Rock, desde la que podía hacer su asalto a la alta política estatal. Aquel año volvió a dirigir una campaña electoral, la de Jimmy Carter, como él, un demócrata perteneciente a la Iglesia Baptista (la confesión protestante más numerosa del país) en Arkansas, y en 1977 anunció su postulación a gobernador de un estado tradicionalmente controlado por los demócratas, hegemonía que se remontaba a 1874 y que sólo se había interrumpido entre 1967 y 1971. En las elecciones de noviembre de 1978 batió al aspirante republicano, A. Lynn Lowe, con el 63,3% de los votos y en enero de 1979 tomó posesión del cargo en sustitución de David Pryor. A sus 32 años, Clinton se convirtió en el más joven gobernador de la Unión.

En sus años como gobernador del estado que en los años cincuenta fue el paradigma de la batalla por la integración de la población de color, Clinton adquirió una dilatada experiencia política y gestora. En su primer mandato se mostró muy activo, mejorando el sistema educativo -quizá su mayor fijación- y la red de vías de comunicación del estado. Pero en 1980 una serie de medidas impopulares, como la subida del impuesto de matriculación de vehículos, y la imagen de mujer independiente y enérgica proyectada por Hillary, inaceptable para los tradicionalistas, le hicieron perder la reelección en 1980 ante el republicano Frank D. White, un empresario recién llegado a la política que presentó a su adversario como el típico demócrata arrogante, amigo del despilfarro del dinero público y del gran gobierno.

Este revés no afectó a las ambiciones de Clinton. Regresó a la abogacía privada en un bufete a nombre de terceros dispuesto a recuperar el cargo político en la siguiente convocatoria, para lo que escoró su discurso a posiciones centristas susceptibles de atraer a más electores. En efecto, en noviembre de 1982 venció a White con el 55% de los sufragios y en enero de 1983 inició un segundo mandato que se prolongaría hasta 1992 tras las reelecciones sucesivas de 1984, 1986 y (después de que el período se extendiera a los cuatro años) 1990. Clinton reanudó la labor de su primer mandato e impulsó un conjunto de medidas para elevar los niveles estatales en educación, empleo e integración de mujeres y minorías raciales en la administración.

Su verdadera proyección a nivel federal empezó en agosto de 1986 como vicepresidente de la Asociación Nacional de Gobernadores (NGA). Esta dirección le permitió divulgar sus ideas sobre la reforma educativa y del sistema de protección social (welfare state) en los estados. Cuando en agosto de 1987 cesó como segundo de la NGA, muchos pensaron que se iba a presentar a las primarias del DP para la elección presidencial de 1988, pero no fue así; en las elecciones de aquel año prestó su apoyo al nominado Michael Dukakis, quien perdió ante el pretendiente del Partido Republicano (RP) y vicepresidente con Ronald Reagan, George Bush.

El mismo año 1988 Clinton fue elegido presidente de la NGA y en 1990 cofundó el Consejo del Liderazgo Demócrata (DLC), una coalición de elementos moderados y conservadores del DP partidaria de desplazar el partido al centro ideológico como medio para arrebatar la Casa Blanca en 1992. A esas alturas, Clinton se había hecho un hueco entre los pesos pesados del partido y el 3 de octubre de 1991, un tanto tarde, en opinión de los observadores, hizo el anuncio: se presentaba candidato a las primarias demócratas para la nominación presidencial, en la que tendría que competir con los renombrados Paul Tsongas, Bob Kerrey, Tom Harkin o Jerry Brown.


3. La campaña presidencial de 1992

Desde la precampaña Clinton hizo gala de un entusiasmo contagioso que se nutría de sus convicciones en las materias educativa, laboral y sanitaria. Pero en el recorrido topó con todo tipo de obstáculos, oportunamente sacados a colación, en torno a facetas discutibles de su vida privada. A comienzos de 1992 la prensa sensacionalista divulgó pruebas que parecían confirmar las manipulaciones de Clinton para librarse de Vietnam, así como las confesiones de una antigua conocida suya, Gennifer Flowers, sobre su relación amorosa con él durante 12 años.

Esta imputación agitó el espectro de un nuevo escándalo a lo Gary Hart (el precandidato demócrata que vio arruinada su carrera electoral en 1987 por confesar su relación con una modelo), pero, como iba a suceder después con otras informaciones sobre las reiteradas infidelidades conyugales de Clinton, Hillary hizo una defensa cerrada de su matrimonio y evitó que el alboroto creciera hasta derruir la expectativa de su esposo.

Todas estas revelaciones le encasquetaron a Clinton el mote de Slick Willie ("Willie el Escurridizo"), en referencia a su maña para eludir responsabilidades y ocultar pasajes turbios de su vida, y le hicieron quedar segundo en la primaria de New Hampshire el 18 de febrero. Pero en los meses siguientes remontó sus posibilidades primaria tras primaria, hasta llegar a la Convención Nacional Demócrata en Nueva York el 13 de julio de 1992 con el mayor número de delegados, por encima del senador Tsongas. El 16 Clinton fue aclamado candidato demócrata a la Presidencia y al dia siguiente, con el compañero de lista para la vicepresidencia que había elegido, el senador por Tennessee Al Gore, arrancó su campaña con una gira nacional.

Clinton basó su aspiración en una plataforma centrista bastante desideologizada, insistiendo en el concepto de New Democrat, un democratismo de nuevo cuño como gancho para capturar votos de segmentos sociales mucho más amplios que los encuadrados en las clientelas partidistas tradicionales. Disponía de factores objetivos de argumentación contra Bush: el presidente que había ganado la guerra del Golfo y hecho gala de una talla de estadista internacional, había descuidado la economía hasta el extremo de cerrarse 1991 con una recesión del 0,7% del PIB.

Tras las fanfarrias posbélicas, en 1992 el país descubrió que el crecimiento de los años ochenta había sido especulativo, improductivo, con una inversión y un consumo financiados a crédito y a costa de un endeudamiento generalizado. Las políticas antisociales de Reagan y Bush habían atacado el poder adquisitivo de muchos millones de estadounidenses y aumentado las diferencias entre las rentas altas y bajas. El sistema presentaba graves deficiencias, como la paradoja de que los gastos sanitarios consumieran el 14% del PIB cuando el país tenía una red de protección social que ni de lejos podía compararse a las de Europa Occidental.

Como remedio, Clinton propuso una batería de medidas que deberían relanzar el crecimiento, restañar las economías deterioradas de una extensa clase media temerosa de perder el empleo y no poder afrontar las deudas, acelerar la creación de empleo y otorgar oportunidades educativas y sanitarias para todos. En particular, delineó una ambiciosa reforma sanitaria para extender la cobertura mínima a todos los ciudadanos del país, que empezaría con la exigencia a las empresas de una mayor contribución en los costes de asegurar a sus asalariados. Clinton no explicó de dónde sacaría el dinero para finaciar tan costoso proyecto, máxime teniendo en cuenta que en la Social Security, el sistema de cotizaciones para asegurar las pensiones por jubilación o invalidez y el seguro médico, sólo participaba el 15% de la población

El equipo demócrata, empleando las más novedosas técnicas del marketing electoral, articuló una inteligente campaña centrada en la juventud y el dinamismo del candidato, explotando su remembranza kennedyana, repleta de mensajes entusiastas de regeneración social y de guiños a las mujeres (postura favorable al aborto, defendido sin tapujos por Hillary), los afroamericanos y otras minorías raciales, y al colectivo de gays y lesbianas, un grupo de presión nada desdeñable al que prometió su aceptación sin reservas en las Fuerzas Armadas. De esta manera, hicieron fortuna eslóganes como "es la economía, estúpido !", o "poned a la gente primero".

Además, los responsables de la campaña demócrata se adelantaron a las andanadas del RP robándole numerosos argumentos de su repertorio clásico, como la reducción de la administración federal, la firmeza contra la criminalidad o la demanda de responsabilidad individual frente a la espera pasiva de la providencia del Estado. Clinton propuso también un acuerdo bipartidista negociado en el Congreso para la reducción del déficit en cuatro años, así como un presupuesto de defensa multianual que permitiera destinar fondos a la financiación de los programas económicos.

Dejando claro que el apartado socioeconómico sería lo prioritario para su administración, sobre política exterior se limitó a apuntar una continuidad con respecto a la etapa Bush: freno a la proliferación de armas de destrucción masiva, cooperación con Rusia y otros estados ex soviéticos para reducir el arsenal nuclear heredado de la extinta superpotencia, implicación en el proceso de paz de Oriente Próximo y conclusión de una serie de negociaciones bilaterales y multilaterales sobre integración comercial. La impresión general era que Clinton consistía básicamente en un candidato prefabricado para el consumo de los electores, que anteponía la imagen al contenido, gracias a un elenco de técnicas que marcarían un antes y un después en las campañas presidenciales de Estados Unidos y otros países del mundo.

Los méritos propios más los desmerecimiento del contrario (varios analistas valoraron la campaña de Bush como la más mediocre que recordaban) otorgaron a Clinton la victoria. El 3 de noviembre de 1992, con el 43,3% de los votos populares y los 370 votos electorales de 32 estados, se impuso a Bush (37,7% de los votos) y al populista independiente Ross Perot (19%).

Se trató del primer triunfo de un demócrata en la carrera por la Casa Blanca desde el obtenido por Carter en 1976 y el más abultado desde el de Lyndon Johnson en 1964, aunque la irrupción de Perot como tercero en discordia convirtió a Clinton en el primer candidato desde Nixon en 1968 en llegar al poder con menos del 50% de los votos populares. El DP renovó también su mayoría en el Congreso, con 259 de los 435 escaños en la Cámara de Representantes y 57 de los 100 del Senado.

El 20 de enero de 1993 Clinton prestó juramento como 42º presidente de Estados Unidos, el más joven desde Kennedy y el primero nacido después de la Segunda Guerra Mundial. En su discurso inaugural, estudiado para que Clinton recordara en todo la estampa de Kennedy, anunció la "renovación" de América" y prometió un "cambio dramático" para luchar contra los vicios de la clase política, una terminología que recordaba la Nueva Frontera proclamada por el mandatario asesinado en 1963.


4. Los contratiempos del primer bienio en la Casa Blanca

En las semanas y meses posteriores a su estreno Clinton acumuló un rosario de actuaciones contradictorias y de pasos en falso, que socavaron su popularidad y desencantaron a muchos votantes de noviembre. Empezó aprobando disposiciones ligadas a sus promesas de campaña: levantamiento de las restricciones al aborto; nombramiento de Hillary, que no estaba dispuesta a adoptar el papel ornamental conferido a las primeras damas, responsable de la comisión encargada de la reforma de la sanidad (a nadie escapaba que iba a convertirse en la principal consejera extraoficial de Clinton); y un paquete de medidas para reducir los privilegios fiscales de los lobbies de la adminitración federal.

El 16 de abril, en un gesto sin precedentes, recibió una delegación de gays y lesbianas en la Casa Blanca, pero su prometida integración en las Fuerzas Armadas, a la que eran abrumadoramente hostiles el alto mando militar y la derecha política, quedó limitada en julio a un ingreso de tapadillo: los homosexuales podrían portar el uniforme, ya que ni se les preguntaría sobre su condición ni se les expulsaría de saberse aquella, pero no podrían hacerla pública. La componenda con los militares recibió el nombre de "no preguntar, no decir, no perseguir".

Por otro lado, el presidente y su equipo incurrieron en algunos episodios de frivolidad (como detener el tráfico de dos pistas del aeropuerto de Los Ángeles para que un peluquero le hiciera un arreglo de pelo que encima costó 200 dólares) y suscitaron sospechas de amiguismo con los nombramientos en la administración. Estos errores de imagen provocaron más irritación por su torpeza que por su trascendencia, y Clinton trató de subsanarlos despidiendo a su inexperto director de comunicaciones, George Stephanopoulos.

A la sensación de caos e inconsistencia contribuyeron los dos nombramientos fallidos para el importante puesto de fiscal general, que finalmente lo asumió Janet Reno después de que sus predecesoras tuvieran de renunciar al descubrirse que contrataron a inmigrantes ilegales para el servicio doméstico. En el día 100 de su mandato Clinton suspendió en los sondeos de opinión, desgaste prematuro que generó comentarios sobre una "presidencia fracasada" o el "peligro de carterización".

En su primer discurso sobre el estado de la unión, el 17 de febrero, Clinton anunció subidas de impuestos sobre las que no se había pronunciado en la campaña. El presidente presentó a las cámaras para su aprobación un plan económico quinquenal que contemplaba reducciones presupuestarias por valor de 505.000 millones de dólares, compensadas con alzas fiscales y austeridad en el gasto público. La primera medida descansaba en gravaciones sustanciales sobre las rentas superiores a los 200.000 dólares anuales, gravaciones mínimas sobre las rentas superiores a los 20.000 dólares (la gran mayoría) y desgravaciones a las inferiores a esa cantidad.

La segunda medida iba a suponer la congelación de la contratacion de funcionarios y la baja de 250.000 empleados en las nóminas de la administración federal (ambas encuadradas en el Programa "Gobierno eficiente"), la eliminación de determinadas prestaciones del programa Medicare de atención sanitaria a la tercera edad y los discapacitados, y recortes en los gastos de Defensa. Los objetivos eran dos: avanzar en la disminución del déficit público, que había sido del 4,8% del PIB en 1992, y obtener fondos para crear millones de puestos de trabajo y financiar la reforma del sistema de salud.

El 1 de abril Clinton obtuvo del Cogreso el visto bueno del borrador del plan (en un respiro tras semanas de tropiezos). El 6 de agosto fue aprobado por la Cámara de Representantes por 218 votos contra 216 y al día siguiente por el Senado por un sólo voto de diferencia. Clinton, eufórico de su primer éxito, alardeó de que se habían sentado las bases de la "renovación del sueño americano". Pero no se ocultaba que numerosos congresistas demócratas habían votado con los republicanos, y lo que era más trascendente, en la transacción Clinton hubo de aparcar de momento la implantación del seguro por enfermedad universal.

Los insultos vertidos en junio de 1993 por un general de la Fuerza Aérea -que fue fulminantemente sancionado- en un banquete en Holanda, donde se despachó a gusto llamándole "gay-loving" ("amante de homosexuales"), "pot-smoker" ("fumador de porros") y "draft-dodging womanizer" ("mujeriego prófugo del Ejército"), no sólo hizo trascender la animosidad existente contra Clinton en el seno de las Fuerzas Armadas, sino que expresaba lo que de él pensaban sectores ultraconservadores a lo largo y ancho del país.

Como luego los hechos iban a probar, desde el principio se fraguaron intentos de descabalgar a toda costa a un presidente visto como un peligroso liberal (en el sentido local del término, equiparable a izquierdista) decidido a apretar las tuercas al contribuyente, influenciable por las minorías y los lobbies progresistas, mendaz y carente de cualquier moralidad por su propensión a las aventuras extraconyugales y a codearse con la farándula de Hollywood.

A lo largo de 1994, la resistencia a las prometidas "revoluciones" socioeconómicas de Clinton tomó la forma de una contraofensiva en toda regla capitaneada por los republicanos, pero en la que tomaron parte no pocos demócratas conservadores. Pese a la encendida defensa del proyecto ante los congresistas por Hillary Clinton, la reforma sanitaria pasó a mejor vida en septiembre de 1994.

Este sonado fracaso fue el paradigma de un Clinton habilidoso para sacar adelante pequeños avances con negociaciones a varias bandas, al precio de renunciar a los grandes compromisos. Otra lectura le presentaba como un político incapaz de tomar una decisión relevante por miedo a malquistarse con cualquiera de los abundantes sectores ideológicos del establishment, poderes fácticos no políticos y grupos de presión sociales, y como un diletante que con sus apaños salomónicos sólo conseguía irritar a la mayoría.

En marzo de 1994 al presidente le estallo el escándalo financiero Whitewater. El suicidio en julio de 1993 del asesor presidencial Vincent Foster, amigo de Clinton desde la infancia, dio pie a una investigación judicial sobre los vínculos de oficiales de la Casa Blanca con las directivas de la sociedad inmobiliaria Whitewater, de la que los Clinton fueron accionistas antes de que quebrara, y de la caja de ahorros Madison Guaranty, que también quebró. La justicia investigó si la Madison había derivado ilegalmente fondos a la Whitewater y a las campañas electorales en Arkansas de Clinton, que como gobernador supuestamente habría empleado su influencia para forzar esas transacciones. El bufete de abogados de Hillary también apareció relacionado en la trama.

El 30 de junio el fiscal especial Robert Fiske descargó de toda responsabilidad a los funcionarios de la Casa Blanca, pero sobre el matrimonio Clinton seguirían flotando las secuelas del turbio asunto. A mayor abundamiento, también en 1994 Clinton fue acusado de acoso sexual por una antigua funcionaria del estado de Arkansas, Paula Jones.


5. Un debut internacional de bajo perfil: Irak, Somalia, Bosnia

La política exterior de la nueva administración tardó en presentar una traza convincente, ya que pareció atrapada en la vacilación sobre si atenerse a la prioridad doméstica enfatizada en la campaña o asumir las responsabilidades inherentes a la principal potencia mundial. Los think tank de la Casa Blanca pregonaron el concepto de "reparto de carga" (burden share), o división de tareas, según el cual a una serie de países y organizaciones regionales les correspondía vigilar la seguridad de su área de influencia, reservándose Estados Unidos las grandes intervenciones internacionales, bien para defender intereses vitales propios que estuviesen en juego, bien para corregir un desequilibrio geopolítico de consideración (la campaña contra Irak en 1991 por la invasión de Kuwait fundía ambas motivaciones).

Estados Unidos apoyaba los esfuerzos de la ONU en la paz y seguridad mundiales, pero como organización debería reformarse en profundidad, recortando gastos y partidas (empezando por la cuota de Estados Unidos) y limitando sus ambiciones supranacionales. Eran las condiciones para que el país saldara sus millonarios pagos atrasados, una morosidad que justamente había contribuido a agravar los problemas de la ONU para financiar las costosas operaciones de mantenimiento de la paz.

Así, el 5 de mayo de 1994 Clinton aprobaría una directiva que impedía el envío de cascos azules estadounidenses a cualquier escenario en el que los intereses nacionales no estuvieran directamente amenazados. Estas consideraciones fueron decisivas para que en 1996 Estados Unidos vetara la reelección del egipcio Boutros Boutros-Ghali al frente de la Secretaría General de la ONU y avalara la candidatura del ghanés Kofi Annan, sensible a sus pretensiones.

La reluctancia inicial de Clinton a desempeñar el papel de gendarme planetario (expresada en el anuncio temprano del cierre de decenas de bases militares en Europa y la repatriación de miles de soldados) fue interpreteda por los aliados europeos y asiáticos como el repliegue estratégico de una superpotencia abstraída en sus problemas internos.

Si Reagan había pasado a la historia como un intervencionista unilateralista, y Bush como como un intervencionista aún más activo, pero abierto a la consulta multilateral, Clinton empezó como un no intervencionista multilateralista. Paradójicamente, al cabo de ocho años iba a terminar convertido en el presidente más intervencionistas desde la Segunda Guerra Mundial, pero en 1993 el distintivo era el retraimiento frente los escenarios de crisis, dándo pábulo a sombrías predicciones sobre la instalación duradera de un "nuevo desorden internacional" por falta de liderazgo.

Clinton había heredado de Bush, que se había despedido con una frenética actividad internacional para dar lustre a su currículum de vencedor de la Guerra Fría, el conflicto inacabado con Irak, la intervención militar con carácter humanitario en Somalia (Operación Devolver la Esperanza -Restore Hope-) y una guerra civil en Bosnia-Herzegovina a la que Estados Unidos venía asistiendo desde la barrera.

La administración Clinton mantuvo la línea de dureza contra el régimen de Saddam Hussein, condicionando cualquier levantamiento del embargo decretado por el Consejo de Seguridad de la ONU al cumplimiento estricto de sus resoluciones prohibiendo la investigación y el desarrollo de armas de destrucción masiva. La presión combinada de sanciones draconianas y ataques punitivos de cuando en cuando (el más contundente fue la campaña de bombardeos Zorro del Desierto, en diciembre de 1998) fueron tomando el cariz de una liquidación física del molesto dictador irakí, quien se las arregló para salir airoso de todos los envites, incluidos los complots contra su vida financiados por la inteligencia estadounidense, y prolongar el juego interminable del gato y el ratón.

Pero entre tanto, muchos miles de civiles, la mayoría niños, pagaban con su vida la penuria de productos de primera necesidad provocada por el embargo. La insistencia en enfocar la cuestión de Irak como un asunto particular, convirtiendo el Consejo de Seguridad de la ONU en una caja de resonancia de las decisiones de Estados Unidos o eludiéndolo lisa y llanamente, terminó por irritar a los países árabes, luego a Rusia y China y finalmente a los aliados europeos, con Francia a la cabeza. A finales de la década, sólo seguía aliado a Estados Unidos en la preemiencia del tratamiento militar el Reino Unido del primer ministro Tony Blair, en esto y en prácticamente todo lo demás, el único estadista en el que Clinton siempre podía confiar, encontrar apoyos y felicitaciones.

La crisis de Somalia constituyó para la administración Clinton un escarmiento y el prototipo de intervención exterior que no debía repetirse. Desplegados en un país desconocido y hostil, sin mandato claro y sin estrategia militar, los 25.000 soldados enviados en diciembre de 1992 como la columna vertebral de la Fuerza Operativa Unificada (UNITAF), aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU para garantizar que la ayuda humanitaria se distribuyera a las víctimas del hambre, se vieron enzarzados en una guerra sin frentes y altamente peligrosa.

Los desastrosos combates en Mogadiscio el 3 y el 4 de octubre de 1993, cuando 500 somalíes y 18 soldados de operaciones especiales perecieron en el curso de una operación contra la milicia del señor de la guerra Muhammad Farah Aydid, resultaron decisivos para que Clinton, muy perjudicado por las imágenes de los cadáveres de los soldados arrastrados por la turbamulta enardecida, ordenara la retirada general del avispero somalí. El 25 de marzo de 1994 reembarcaron las últimas tropas, que iba a regresar el 28 de febrero de 1995 exclusivamente para cubrir la evacuación de los cascos azules pakistaníes de la ONU (a cuya misión de mantenimiento de la paz, ONUSOM, la UNITAF había transferido el mando el 4 de mayo de 1993), en una presurosa operación, Escudo Unificado (Unified Shield), de tres días de duración. La intromisión humanitaria en Somalia se cerró, pues, con fracaso total.

La lección de Somalia robusteció el acoquinamiento frente a la carnicería que estaba teniendo lugar en Bosnia, donde las fuerzas serbias locales, teledirigidas por el poder serbo-yugoslavo, libraban una violenta guerra étnica contra los partidarios del Gobierno de Sarajevo, musulmanes en su mayoría. Las dudas de Clinton sobre qué hacer en Bosnia fueron las más intensas y duraderas de su primer mandato, ya que el gabinete estaba dividido: el Departamento de Estado, con Warren Christopher a la cabeza, consideraba que ese era un asunto básicamente de los europeos y Estados Unidos no debía intervenir, posición que no compartía, por ejemplo, el vicepresidente Gore. La falta de una postura clara de Estados Unidos desorientó a unos estados europeos ya de por sí vacilantes y renuentes a arriesgar en Bosnia más allá de la coartada humanitaria.

La implicación formal de Estados Unidos en el conflicto se produjo el 10 de febrero de 1993 con un plan complementario al plan de paz Vance-Owen, que apostaba por el reforzamiento del embargo a Yugoslavia y jugaba con la posibilidad de una intervención directa contra los serbios o el levantamiento del embargo de armas a los musulmanes, una alternativa ésta que contaba con fervientes valedores en el Congreso.

Pero al detectar que las advertencias de Clinton no tenían fundamento, el líder serbobosnio, Radovan Karadzic, y su patrocinador en Belgrado, el presidente serbio Slobodan Milosevic, prosiguieron sus objetivos militares inseparables de una limpieza étnica de cariz genocida, conformando una suerte de hechos consumados sobre el terreno que los sucesivos planes de paz de los aliados occidentales y Rusia subrayaban pasivamente. La inconsistencia de Estados Unidos, movedizo casi caóticamente entre la cautela y la acción, vino a subrayar la impotencia de la comunidad internacional frente a los inauditos desmanes cometidos contra la población civil en Bosnia.

El Gobierno Clinton se contentó durante dos años con contener el conflicto dentro de las fronteras bosnias (aportando, en una rara excepción, el grueso de los cascos azules de la misión de la ONU en Macedonia, UNPREDEP), enviar ayuda humanitaria, promover la creación de "zonas de seguridad", "zonas de exclusión" y otras medidas nominales de protección de enclaves musulmanes, o reconciliar a éstos con los bosniocroatas, que venían librando su guerra particular.

La creación el 18 de marzo de 1994 en Washington ante Clinton de la Federación de Bosnia-Herzegovina por los presidentes bosnio Alija Izetbegovic y croata Franjo Tudjman fue de hecho el primer éxito de la diplomacia estadounidense, pero el anuncio el 12 de noviembre de que los buques de Estados Unidos dejaban de vigilar el embargo de armas a Sarajevo complicó las relaciones en el seno del Grupo de Contacto con Rusia y los aliados europeos.


6. Implicación y tenacidad: Haití, Palestina, Corea, Irlanda del Norte

Las primeras visitas de relieve a Washington tras la asunción de Clinton fueron las del primer ministro canadiense Brian Mulroney (4 y 5 de febrero), el primer ministro británico John Major (23 a 25 de febrero), el presidente francés François Mitterrand (9 de marzo), el primer ministro israelí Yitzhak Rabin (15 a 17 de marzo), el canciller alemán Helmut Kohl (25 y 26 de marzo), el presidente egipcio Hosni Mubarak (3 a 6 de abril) y el primer ministro japonés Kiichi Miyazawa (15 a 17 de abril).

La administración Clinton se estrenó sin saber tampoco muy bien qué hacer con el conflicto de Haití. El derrocamiento por los militares en octubre de 1991 del presidente demócraticamente elegido Jean-Bertrand Aristide, además de un desafío al compromiso verbal con la estabilidad y la democracia en el continente, había dado lugar a una violenta represión en el país con la consiguiente crisis de refugiados, que Estados Unidos hubo de acoger en la base de Guantánamo. El humillante desembarco fallido de la Misión de la ONU (MINUH), que incluía a numerosos efectivos de Estados Unidos, en octubre de 1993 y la ineficacia de las sanciones a la junta militar para que respetara los acuerdos previamente firmados, empujaron a Clinton a imponer por la fuerza los acuerdos interpartidistas y el retorno de Aristide al poder.

El 19 de septiembre de 1994 un contingente de 21.000 soldados, casi todos de Estados Unidos, autorizado por la ONU y denominado Fuerza Multinacional (FMN), invadió Haití sin encontrar ninguna resistencia en una operación que recibió el expresivo nombre de Restaurar la Democracia (Restore Democracy). La policía y milicias leales a los golpistas fueron fácilmente desarmadas, y el 15 de octubre Aristide regresó triunfalmente a Puerto Príncipe en un avión fletado por el Departamento de Estado y reasumió las funciones de las que había sido despojado tres años atrás.

Se trató de la primera vez que Estados Unidos invadía un país del continente para imponer a un presidente elegido democráticamente que, a mayor abundamiento, era un ex salesiano adepto a la teología de la liberación bien conocido por sus diatribas antiimperialistas cuando se opuso a las dictaduras derechistas de su país en los años ochenta. La FMN transfirió el mando a la MINUH el 31 de marzo de 1995 (en una ceremonia en Puerto Príncipe a la que asistió Clinton), pero Estados Unidos mantuvo 2.400 soldados para asegurar la paz hasta la celebración de nuevas elecciones.

Clinton mostró desde el principio un interés especial por el tortuoso proceso de paz en Oriente Próximo, del que Estados Unidos era principal apoderado desde su arranque en la Conferencia de Madrid en octubre de 1991. La implicación decidida, movilizando la diplomacia y tentando a las partes con una elección valiente de los "dividendos de la paz", resultó fundamental para la firma de la Declaración de Principios sobre los Acuerdos del Autogobierno Interino palestino entre la OLP e Israel el 13 de septiembre de 1993 en Washington, donde Yasser Arafat y Rabin escenificaron un Camp David palestino-israelí con un exultante Clinton incitando y logrando el histórico apretón de manos entre ambos líderes.

En los años siguientes Clinton, reclamado como tutor de los encuentros por todas las partes, perserveró para que los israelíes hiciese la paz con los palestinos, los jordanos y los sirios, que alcanzaron sus principales acuerdos en las instalaciones y facilidades puestas por Estados Unidos. Pero muchas veces se tuvo la sensación de que Clinton mostraba más interés en su ubicuidad en la instantánea para la historia que en el arreglo satisfactorio para todos.

Esta prioridad telegénica fue evidente en el frente palestino-israelí, el más complicado y volátil de todos, máxime cuanto que era la UE y no Estados Unidos quien encabezaba las ayudas económicas a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) presidida por Arafat. En general, Estados Unidos contempló con frialdad las gestiones europeas -concretamente, las francesas- de mediación, que, por otra parte no podían, competir en capacidad de influencia.

La determinación de Clinton de no marcharse de la Casa Blanca sin arrancar el acuerdo de paz final entre la ANP e Israel no cuestionó el hecho de ser el presidente de Estados Unidos más proisraelí de la historia, ya que reparó y fortaleció las relaciones especiales con el Estado judío (en 1991 Bush le amenazó con cortar el grifo financiero si no acudía a negociar a Madrid). Así, Estados Unidos mostró una paciencia ilimitada con la intransigencia negociadora del primer ministro Binyamin Netanayahu (1996-1999), vetó las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU más duras con la represión de los palestinos y asumió lo esencial de las tesis de su sucesor Ehud Barak (1999-2001) durante la segunda intifada palestina.

Clinton visitó con frecuencia la zona. Del 25 al 28 de octubre de 1994 estuvo en Egipto, Jordania (primera visita de ese nivel al rey Hussein desde 1978), Siria (primera a Damasco desde 1974 y motivo para el segundo de los tres encuentros oficiales de Clinton con el presidente Hafez al-Assad, siendo los otros los celebrados en Ginebra el 16 de enero de 1994 y, poco antes de su fallecimiento, el 26 de marzo de 2000), Israel (que no conocía la visita de este tipo desde 1979), Kuwait y Arabia Saudí. El 13 de marzo de 1996 asistió a una cumbre multilateral antiterrorista en la localidad egipcia de Sharm el-Sheikh y pasó de nuevo por Israel el día 14.

Del 12 al 15 de diciembre de 1998 prestó otra visita al Estado judío que esta vez incluyó la autonomía palestina, con paradas en Gaza, Belén y Erez. El día 14 Arafat tributó en Gaza un recibimiento triunfal a Clinton y en su comparencia ante el Consejo Nacional Palestino le escenificó la remoción de las cláusulas de la Carta Nacional Palestina alusivas a la destrucción del Estado de Israel. El dirigente palestino se apresuró a interpretar la visita de Clinton como una aceptación tácita por Estados Unidos de un futuro Estado palestino, aunque meses después éste le pediría que postergara la proclamación unilateral del mismo para no perjudicar las negociaciones con Israel sobre la retrocesión de nuevos territorios cisjordanos a la ANP.

Hasta el final de su mandato, Clinton se reunió con Barak y Arafat en diversas ocasiones, dentro y fuera de Estados Unidos. En añadidura, en 1999 atendió los funerales del rey Hussein en Ammán, el 8 de febrero, y del rey Hasan II de Marruecos en Rabat, el 25 de julio (en la primera estancia de un mandatario estadounidense en el país magrebí desde 1959), ocasiones que aprovechó para entrevistarse con los principales actores del proceso de paz regional.

La mayor preocupación exterior de la administración Clinton en sus primeros años fue Corea del Norte. El último reducto mundial del comunismo más ortodoxo se encontraba en una situación crítica como consecuencia de la desaparición de la URSS, su principal proveedor, y el derrumbe del sistema de economía planificada, y no dudo en aumentar las tensiones en la península coreana para llamar la atención sobre su situación y obtener ayudas.

Estados Unidos se alarmó por el anuncio de Pyongyang, el 12 de marzo de 1993, de su retirada del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) de 1968 como protesta por la exigencia de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) de permitírsele visitar dos instalaciones nucleares sospechosas de producir uranio enriquecido para usos militares. El 10 de julio Clinton, de visita en Seúl, se apresuró a confirmar que el compromiso de su país en la defensa de Corea del Sur (37.000 soldados acantonados) permanecía intacto.

El riesgo de una deflagración en la península, quizá con ingenios nucleares de por medio, era elevado, así que Washington se implicó a fondo en la desactivación de una crisis de dimensión internacional. El 12 de junio el dictador norcoreano, Kim Il Sung, aceptó volver al TNP, lo que sugirió que la finta había sido al mismo tiempo un intento de sondear el compromiso de Estados Unidos en la defensa de Corea del Sur y una advertencia al primer país para llegar a arreglos en materias de economía y seguridad, de los que tan desesperadamente estaba necesitado.

La persistente negativa de Pyongyang a permitir la inspección provocó una nueva crisis con la AIEA el 21 de marzo de 1994, respondida por Estados Unidos con la reanudación de las maniobras militares con Corea del Sur y el inicio de consultas en la ONU para aplicar un embargo económico al Norte, que sería finalmente impedido por China. Kim reaccionó con extrema agresividad mientras la agencia de noticias norcoreana aseguraba la inminencia de la guerra. La oportuna mediación del ex presidente Carter, que se reunió con Kim en Pyongyang el 18 de junio siguiente, desactivó la crisis.

Pyongyang aceptó las inspecciones por la AIEA de los primitivos y peligrosos reactores de grafito y la congelación de su programa nuclear. A cambio, Washington se comprometió a liderar un consorcio internacional, denominado Organización para el Desarrollo de la Energía en la península Coreana (KEDO), con la misión de construir y entregarle dos plantas nucleares de agua ligera -más seguras y menos susceptibles de explotarse para usos no civiles-, y de proveerle con 500.000 tn³ de petróleo bruto al año para subvenir las necesidades energéticas en el período transitorio. Estados Unidos, que asumiría los costes -estimados en 4.000 millones de dólares-, junto con Corea del Sur y Japón, accedió también a establecer en su momento las relaciones diplomáticas.

Luego de algunas incertidumbres por el cambio de liderazgo en Corea del Norte (sustitución de su padre fallecido por Kim Jong Il), el 21 de octubre de 1994 Estados Unidos firmó en Ginebra un acuerdo que formalizaba las decisiones de la reunión Carter-Kim Il Sung, de manera que la KEDO pudo ponerse en marcha el 16 de diciembre.

Un conflicto mucho más localizado (y menos arriesgado) en el que Clinton se envolvió fue el de Irlanda del Norte. Bien en el curso de sus dos giras por las islas, del 28 de noviembre al 2 de diciembre de 1995 y del 3 al 5 de septiembre de 1998 (con paradas en Londres, Londonderry, Belfast, Omagh, Armagh, Dublín y Limerick), bien en las recepciones en Estados Unidos, Clinton instó a los líderes republicanos y unionistas que desterraran los argumentos violentos y se integraran en el proceso de paz y de restauración autonómica lanzado en 1993 por los gobiernos británico e irlandés.

Otro buen ejemplo de la fórmula incentivos económicos más intercesión diplomática, las evidentes simpatías republicanas de Clinton (los católico-irlandeses le tributaron unos recibimientos extremadamente cálidos) levantaron no obstante las suspicacias de los partidos unionistas protestantes.


7. Prelación de lo comercial sobre lo militar en el liderazgo mundial

Fue en la faceta económico-comercial de las relaciones exteriores donde Clinton y su administración presentaron una línea indudable en el primer bienio en el poder. Como si fuera la fórmula para conciliar los objetivos del desarrollo interior con los de la hegemonía exterior, el Gobierno Clinton lanzó una ofensiva en toda regla para la apertura de los mercados de bienes y servicios en distintas partes del mundo. Las batallas más inmediatas eran los dos grandes proyectos de desarme arancelario heredados de la administración Bush y en fase de negociación: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) con Canadá y México, y la Ronda Uruguay del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT).

Sobre estas cuestiones a Clinton le resultó más facil alcanzar un consenso bipartidista en el Congreso, donde prosperó su convicción de que la apuesta por la competitividad en los mercados mundiales capitaneada por Estados Unidos sólo traería beneficios al país, en forma de crecimiento interno y de salvaguardia del liderazgo internacional. El TLCAN recibió el visto bueno del legislativo el 17 de noviembre de 1993 y pudo entrar en vigor el 1 de enero de 1994. La Ronda Uruguay fue cerrada en Ginebra por 117 países el 15 de diciembre siguiente un día después de que Estados Unidos y la Unión Europea (UE) desbloquearan las negociaciones en los sectores conflictivos.

El país americano hubo de ceder ante los europeos en el mantenimiento de su proteccionista Política Agraria Común (PAC) y la no consideración de los productos audiovisuales, uno de los instrumentos de la penetración cultural estadounidense en todo el mundo, como simples mercancías libres de barreras.

Pero el arreglo se consideró globalmente positivo, pues Estados Unidos iba a progresar más que otros países en la penetración de mercados por sus ventajas de partida, consiguió reglamentar los aspectos comerciales de los derechos de la propiedad intelectual (con la mirada puesta en el floreciente pirateo de productos audiovisuales e informáticos en Extremo Oriente) y, algo fundamental, se reservó contestar unilateralmente actuaciones comerciales que juzgara lesivas para sus interereses, un instrumento de presión formidable frente a dinámicas agresivas de los competidores.

Así las cosas, las cámaras del Congreso aprobaron los acuerdos del GATT el 29 de noviembre y el 1 de diciembre de 1994, preparando el camino para la puesta en funcionamiento el 1 de enero de 1995 de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Esta institución, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el Grupo de los Siete países más industrializados (G-7), aportaría sus funciones en el fomento de un "desarollo duradero" (sustainable development) global útil a los intereses de Estados Unidos.

Se ha dicho que la gran crisis financiera de México en diciembre de 1994 fue el banco de pruebas de un giro en la política exterior de Estados Unidos, por el que la asistencia económica del Departamento del Tesoro contaba más que la diplomacia del Departamento de Estado. Para evitar que el país vecino colapsara por la fuga masiva de capitales y el derrumbe del peso, con la temible perspectiva de disturbios y una avalancha de inmigrantes ilegales a Estados Unidos, Clinton decidió una operación de rescate internacional que, coordinada por el FMI y encabezada por Estados Unidos, que aportó la mitad de la ayuda, inyectó en México 51.000 millones de dólares a cambio de un drástico plan de austeridad.

El arriesgado empréstito dio resultado: México, bajo la presidencia de Ernesto Zedillo, estabilizó su mercado financiero y devolvió hasta el último dólar fiado, aquietándose el epicentro de un terremoto que hizo sentir sus efectos allende sus fronteras. La actuación con México se repitió con Indonesia en 1997 y con Rusia en 1998, pero aquí la patente de "invertir en estabilidad" ya no satisfizo todas las expectativas, al menos a corto plazo.

A medida que avanzó su presidencia, Clinton desarrolló dos obsesiones: una, detener la proliferación nuclear y las inciertas asechanzas terroristas de países y grupos hostiles a la hegemonía de Estados Unidos; la otra, conquistar mercados comerciales como fórmula para extender la influencia estadounidense en el mundo. En 1994, de los tres grandes espacios de integración comercial (con abismales diferencias entre sí en cuanto a grado evolutivo) que existían en el mundo, Estados Unidos estaba presente en dos, justamente los más recientes, que tomaron cuerpo en la era Clinton: el ya comentado TLCAN y la Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC).

Esta organización fundada en noviembre de 1989 celebró su primera cumbre de jefes de Estado y de Gobierno en Seattle el 19 y 20 de noviembre de 1993, y hasta 1998 creció dando cabida a casi todos los estados ribereños principales, incluídos todos los de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), más China, Rusia, Japón, Corea del Sur, Australia, México y Chile.

Con Clinton, Estados Unidos entendió la APEC como un instrumento para impedir la creación de una Asia fortaleza del estilo de la UE en Europa a partir de una organización tan dinámica como la ASEAN. Significativamente, su administración frustró la iniciativa del primer ministro de Malasia, Mahathir bin Mohamad, de crear una Reunión Económica del Este Asiático (EAEC) porque el concepto prenunciaba un organismo de cooperación económica sobre criterios geográficos y étnicos, cerrado a los países ribereños desarrollados de Occidente. En particular, a Clinton le resultaba intolerable la idea de una estructura económica en Asia en la que estuvieran Japón y Corea del Sur, y no Estados Unidos.

Después de Seattle, Clinton asistió a las siguientes cumbres anuales de la APEC: II, en Bogor, Indonesia (15 de noviembre de 1994); IV, en Manila, Filipinas (25 de noviembre de 1996); V, en Vancouver, Canadá (24 y 25 de noviembre de 1997); VII, en Auckland, Nueva Zelanda (12 y 13 de septiembre de 1999); y VIII, en Brunei (15 y 16 de noviembre de 2000).

Estados Unidos sólo no era miembro del mercado común más grande del mundo, el Espacio Económico Europeo (EEE) formado por los países de la UE y la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC o EFTA). El propósito de abrir brecha en el proteccionismo europeo es lo que se ventiló en las tortuosas negociaciones de la Ronda Uruguay, como lo fue en el caso de Japón, socio por lo demás en una APEC que se proponía abatir todas las barreras arancelarias en una década a partir de 2010.

La exportación del modelo estadounidense tenía en el resto del continente americano su principal destinatario, trazando semejanzas con la Alianza para el Progreso kennedyana, sólo que la esfera de coprosperidad del nuevo siglo, en vez de invertir en desarrollo para prevenir el comunismo apostaba por la estabilidad y la democracia mediante la apertura de los mercados. Ya no se toleraría el militarismo en el continente y los gobiernos tendrían que ser más responsables en las cuestiones financieras. El marginado, como 40 años atrás, siguió siendo la Cuba castrista.

El instrumento dinamizador de este escenario inmediato iba a ser el Área de Libre Comercio de la Américas (ALCA), un vasto proyecto de desarme arancelario continental, desde Alaska a la Patagonia, que era la pieza central de la Iniciativa de las Américas lanzada por Bush en 1990. La primera cumbre de jefes de Estado de este foro la dirigió Clinton en Miami el 11 de diciembre de 1994 y allí se estableció 2005 como el año factible para la entrada en servicio del ALCA. Sin embargo, esta previsión fue puesta en entredicho en noviembre de 1997 al vetarle el Congreso a Clinton la facultad de negociar por la vía rápida (fast track) acuerdos de liberalización comercial con otros países.

La estrategia de Clinton de tejer una tupida red de acuerdos bilaterales con países u organizaciones subregionales como forma de llegar al ALCA encontró su más firme detractor en el presidente brasileño Fernando Cardoso, quien en octubre de 1997 le dejó clara en Brasilia su preferencia por la profundización y la ampliación a otros países del subcontinente del MERCOSUR, la más evolucionada y exitosa organización de integración económica del continente (participada además por Argentina, Paraguay y Uruguay), antes de poner en marcha del ALCA.

Las aprensiones brasileñas eran sólo la expresión más sonora de los temores a que un único mercado continental liderado por Estados Unidos acelerara una sumisión monetaria sin precedentes (como parecía indicar la dolarización decidida por algunos gobiernos en aras de la estabilidad financiera), la implantación definitiva de los dogmas liberales (con sus ruinosos efectos sobre los niveles de vida de la mayoría de la población, a través de la reducción de los salarios reales y el desmantelamiento de sistemas de protección social) y un avasallamiento cultural en detrimento de lo iberoamericano.

Las sospechas sobre las intenciones del gigante del norte con sus vecinos del sur se alimentaron también del enfoque militar del problema del narcotráfico colombiano, según se desprendía del contenido del Plan Colombia, sobre la erradicación del negocio de la droga en el país productor de origen, que Clinton presentó al presidente Andrés Pastrana en Cartagena de Indias el 30 de agosto de 2000.

Del 5 al 11 de mayo de 1997 Clinton estuvo de gira por México, Costa Rica y Barbados, en el curso de la cual asistió a las cumbre de presidentes centroamericanos en San José y caribeños en Bridgetown. Del 12 al 17 de octubre de 1997 visitó Venezuela, Brasil y Argentina, y entre el 8 y el 11 de marzo de 1999 viajó a Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala, país éste donde fue invitado a una segunda cumbre de mandatarios centroamericanos.


8. Unas complejas relaciones con Rusia...

La primera cumbre de Clinton con el presidente Borís Yeltsin tuvo lugar en la ciudad canadiense de Vancouver el 3 y el 4 de abril de 1993, a la sazón su primera salida al extranjero desde la toma de posesión. Centrada en los aspectos económicos, en Vancouver prendió una relación de amistad entre Yeltsin y Clinton, quien, a diferencia de Bush, hizo entender a su homólogo ruso que él si iba a apostar con firmeza por la consolidación democrática y la recuperación económica del sucesor de la URSS.

Durante meses se habló de luna de miel entre las dos potencias, pero los esfuerzos rusos de restaurar lo que se pudiera de la antigua respetabilidad soviética como gran potencia y de articular una diplomacia independiente produjeron a corto plazo fuertes diferencias sobre una serie de asuntos internacionales.

Los presidentes sostuvieron encuentros en las cumbre del G-7 -ampliada a Rusia como G-8 para los asuntos económicos- en Tokyo (7 a 9 de julio de 1993), Nápoles (8 a 10 de julio de 1994), Halifax (15 a 17 de junio de 1995), Denver (20 a 22 de junio de 1997), Birmingham (15 a 17 de mayo de 1998) y Colonia (18 a 20 de junio de 1999).

Tras Vancouver, las siguientes cumbres bilaterales específicas fueron en: Moscú el 13 de enero de 1994, en el curso de la primera visita de Clinton a Rusia (del 12 al 15) y un día antes de que los dos firmaran con su colega ucraniano, Leonid Kravchuk, un trascendental acuerdo por el que este otro país heredero del arsenal nuclear soviético se comprometía a deshacerse de todos sus misiles estratégicos; Washington el 27 y 28 de septiembre de 1994; Moscú el 10 de mayo de 1995, cuando su segundo viaje oficial al país eslavo (del 9 al 11); Nueva York el 23 de octubre de 1995, coincidiendo con la 50ª Asamblea General de la ONU; Moscú el 21 de abril de 1996, al cabo de una cumbre especial del G-8 sobre seguridad nuclear a la que se sumó el presidente ucraniano Leonid Kuchma; y Helsinki el 20 y 21 de marzo de 1997.

Las crisis de Bosnia y Kosovo, en las que Rusia empeñó su prestigio de gran potencia que aún tenía mucho que decir sobre intervenciones internacionales en áreas geográfica e históricamente afines, pusieron a prueba unas relaciones bilaterales que ambas partes aseguraban debían discurrir por los más anchos cauces de colaboración. Motivo principal de fricción era la ampliación de la OTAN al Este de Europa, ya que Moscú expresó hostilidad a los ingresos de las ex repúblicas populares del bloque soviético y un rechazo rotundo a los de las repúblicas bálticas en tanto que antiguas integrantes del Estado soviético.

La administración Clinton hizo todo lo posible para culminar la transformación estructural y doctrinal de una organización militar surgida por necesidades de la Guerra Fría hacía cinco décadas y adecuarla a la nueva realidad euro-atlántica, y este esfuerzo incluyó la persuasión de Rusia. El 22 de octubre de 1993 los dos países pactaron la creación de una Asociación para la Paz con los estados no OTAN como antesala a futuros ingresos de pleno derecho. Este programa de partenariado abierto a todos los estados de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE) inició su andadura el 11 enero de 1994 en el Consejo Atlántico de Bruselas.

Quedaba por definir el marco de relaciones entre Rusia y la nueva OTAN. A cambio de transigir en los prontos ingresos de polacos, checos y húngaros, Moscú recibió garantías de Estados Unidos de que la Alianza no desplegaría armas nucleares en los nuevos estados miembros y fue integrado en un mecanismo de consulta y cooperación, de carácter político y permanente, sobre un amplio rango de ámbitos y situaciones. La denominada Acta Fundacional de Relaciones Mutuas, Cooperación y Seguridad OTAN-Rusia fue firmado por Clinton, Yeltsin y los demás mandatarios aliados en París el 27 de mayo de 1997.

La administración Clinton, a pesar de multiplicar un activismo unilateral o de multilateralismo limitado, demostró generosidad con Rusia en aspectos como la guerra de Chechenia (puede decirse sin reparos que hizo la vista gorda de los excesos allí cometidos por su Ejército), la revisión de los topes de armamento convencional fijados por el tratado CFE para poder mantener más unidades acorazadas en el flanco del Cáucaso y, sobre todo, en la ayuda financiera, que fue muy importante.

Estados Unidos movilizó a los países del G-7 para que aflojaran sus faltriqueras y asistieran a Rusia en sus reformas estructurales. El caso es que Clinton insistió en suministrar fondos, aun sabiendo que el marasmo de corrupción y la crisis crónica de la economía iban a tragarse cientos de millones de dólares. Con todo, las disimilitudes con Rusia sobre aspectos de la política internacional no hicieron más que aumentar.

Así, de las escenas de dos presidentes amistados y cómplices de pequeñas francachelas (cuando el encuentro en Hyde Park en octubre de 1995 el mandatario ruso le provocó a Clinton un insólito ataque de risa con sus humoradas en el curso de una rueda de prensa) se pasó a un escenario de frialdad que quedó bien patente en la cumbre de Moscú del 1 al 3 de septiembre de 1998. Clinton y Yeltsin se encontraban en un momento personal bajo, con dificultades domésticas y una agenda llena de desarreglos, como el dispositivo militar de la OTAN contra Serbia, la colaboración rusa con China en tecnologías para usos militares, las ventas a Irán de componentes de misiles balísticos y a Chipre de misiles de defensa antiaérea, o la exigencia del levantamiento del embargo a Irak.

El ataque final de la OTAN a Serbia por la represión en Kosovo, en marzo de 1999, que no contó con la cobertura del Consejo de Seguridad de la ONU, marcó el punto más bajo en las relaciones al responder una encolerizada Rusia con la suspensión del programa de cooperación con la Alianza.

Con el sucesor de Yeltsin en 2000, Vladímir Putin, Clinton no tuvo tiempo de establecer ninguna relación fructífera, más que nada por la inclusión de la última cuña en los problemáticos tratos bilaterales, el sistema de Defensa Nacional Antimisiles (NMD) proyectado por Estados Unidos para defenderse de eventuales ataques de estados hostiles con capacidad nuclear. Moscú puso el grito en el cielo, acusó a Washington de vulnerar el Tratado de Antimisiles Balísticos (ABM) de 1972 y apuntó que, lejos de constituir un sistema defensivo exclusivamente contra agresiones incontroladas externas a las cinco potencias (siete, si se incluyen a India y Pakistán desde 1998) oficialmente nucleares, estaba dirigido contra Rusia, que seguía siendo visto como un adversario.

Clinton celebró su primera cumbre presidencial con Putin en Moscú el 4 de junio de 2000, cuando su última visita a Rusia, y al día siguiente se convirtió en el primer presidente de Estados Unidos en dirigir un discurso en la Duma o Parlamento. Ambos líderes volvieron a encontrarse en la cumbre del G-8 en Okinawa, del 21 al 23 de julio de 2000.


9. ... y con China

Bajo la presidencia de Clinton el país que se esbozó como el referente mundial número uno de Estados Unidos en el próximo siglo fue China, el gigante asiático que, bajo la férula de un partido que decía ser todavía comunista, se encaminaza con rapidez a la condición de gran potencia económica y, probablemente, política. Clinton, que llegó al cargo con muchas censuras que hacer por la violación masiva de los Derechos Humanos en China y la situación altamente represiva en Tíbet (la causa nacional liderada por el Dalai Lama contaba con muchos partidarios en Estados Unidos), fue enfocando las relaciones con Beijing de una manera pragmática, puesto que el objetivo central era abrir el vasto mercado chino a los productos de Estados Unidos.

Las millonarias transacciones con China consistían fundamentalmente en la exportación de equipos de alto valor añadido por su tecnología, como maquinaria pesada y sistemas de transporte, pero tuvieron poca incidencia en el mercado potencial de 1.200 millones de consumidores, en buena parte considerado todavía virgen. Este gigantesco pastel comercial se consideraba la última frontera a batir por el capitalismo, así que Estados Unidos pugnó por asegurarse un lugar de privilegio para cuando Beijing abriera definitivamente las barreras a la oferta exterior.

La cláusula comercial de nación más favorecida no dejó de ser renovada puntualmente año tras año desde 1993, pese a los desencuentros por las acusaciones de pirateo y prácticas de dumping, que provocaban pérdidas millonarias a las empresas estadounidenses. Del nivel que la cooperación comercial había alcanzando en 2000 sírvase el triple dato: China era el cuarto destinatario de las exportaciones de Estados Unidos (luego de los socios del TLCAN y Japón) y el socio comercial con el que tenía un déficit más abultado, mientras que Estados Unidos era el segundo cliente de China después de Japón.

Clinton aprovechó las cumbres de la APEC para reunirse con el presidente Jiang Zemin. Fue notable comparar las actitudes exhibidas por ambos en primera cita, en Seattle en 1993, y en la cuarta, en Manila en 1996: Jiang, sonriente en ambos casos; Clinton, de semblante grave en el primero, pero francamente distendido en el segundo. En esos tres años la evolución de la actitud estadounidense hacia China pareció coronar con éxito la estrategia de Jiang y sus colegas del Partido Comunista: olvidar la matanza de Tiananmen de 1989, mantener la boca cerrada en el tema de los Derechos Humanos y obtener a cambio suculentas facilidades para la inversión y los negocios.

En el ejecutivo de Estados Unidos se hicieron escuchar los que opinaban que las sanciones y otras medidas de fuerza no eran los medios más adecuados para inducir a los líderes chinos a que modificaran su concepto sobre los derechos de sus gobernados. Se confiaba en que la evolución lenta de la sociedad china, su progresiva introducción en la cultura internacional, produciría a la larga los cambios deseados, y a esta tendencia Estados Unidos podía y debía contribuir proveyéndo tecnologías de paz y recursos de know-how.

Los golpes de efecto definitivos para la normalización de las relaciones con China fueron las dos visitas oficiales de los máximos responsables: la de Jiang del 26 de octubre al 3 de noviembre de 1997, primera de un presidente chino desde 1985, y la de Clinton del 24 de junio al 3 de julio de 1998, primera desde la realizada por Bush en 1989 antes de Tiananmen. Con gran despliegue de sonrisas y cortesías, cada uno agasajó al otro cuando le tocó hacer de anfitrión.

En la cumbre de Beijing del 27 de junio de 1998 Jiang y Clinton firmaron un documento de 47 puntos que incluía la reprogramación de los misiles nucleares para dejar de apuntarse mutuamente, una declaración de apoyo al ingreso de China en la OMC, una agenda de trabajo común para reducir tensiones de diversa índole en Asia y una línea de "diálogo franco" sobre Derechos Humanos, tema en el que el Clinton prefirió no detenerse mucho.

El ingreso en la OMC era la condición impuesta por China para abrir sus mercados a las exportaciones de Estados Unidos, es decir, que aceptaba la liberalización comercial, pero dentro de un ámbito multilateral. El 24 de mayo de 2000 el Congreso estadounidense dio luz verde a esta operación, piedra angular de una "asociación estratégica" con China de la que Clinton siempre habló con orgullo. La cooperación comercial, pese a las tarascadas sectoriales, se desarrollaba con velocidad, pero al mismo tiempo se mascaba un enfrentamiento estratégico por dos formas radicalmente diferentes de concebir las relaciones internacionales.

La tensión por Taiwán se mantuvo constante en todo el período, con picos de intensidad (julio de 1995, marzo de 1996 y julio de 1999) causados por las maniobras militares chinas para intimidar al régimen de Taipei y el avance de la causa independentista en la isla. Beijing advirtió a Washington que no alentara las reluctancias taiwanesas a la reunificación en una sóla China, como gestos diplomáticos que pusieran en cuestión el reconocimiento exclusivo de la República Popular (la polémica visita privada del presidente taiwanés Lee Teng-hui a Estados Unidos el 10 de junio de 1995) o el suministro de armas defensivas al Ejército taiwanés por si se produjera una invasión desde el continente.

La última refriega de la administración Clinton con China fue con motivo del bombardeo, presuntamente accidental, por la OTAN de la embajada china en Belgrado, el 8 de mayo de 1999, durante los ataques contra Serbia por la crisis de Kosovo, que provocó cuatro muertos. El 14 de mayo Beijing soterró su colérica reacción tras una llamada telefónica de Clinton a Jiang dando explicaciones, y las partes prodigaron los gestos de apaciguamiento en las semanas posteriores.


10. Contraofensiva conservadora y nuevo comienzo tras la reelección de 1996

El hundimiento de la reforma sanitaria y los anémicos índices de aceptación en las encuestas convencieron al RP (conocido localmente también como Grand Old Party, GOP) de que era el momento de cortarle las alas a Clinton. Aunque los traspiés de imagen habían quedado atrás y su proyección internacional había ganado muchos enteros, el presidente fue enmendado en las elecciones legislativas del 9 de noviembre de 1994: por primera vez en 40 años, los republicanos obtuvieron el control de ambas cámaras, con 230 congresistas y 52 senadores.

La "revolución conservadora", capitaneada por el congresista Newt Gingrich y el senador Bob Dole, se articuló en el Contract with America, un decálogo de reminiscencias reaganianas cuyas metas principales eran la supresión del déficit público en ocho años, la supresión de diversos programas federales, el aumento de los gastos militares, el alivio de la fiscalidad a las clases medias, el endurecimiento de la lucha contra el crimen y la restauración de los valores tradicionales en torno a la familia, la moralidad y la religión. En enero de 1995 Gingrich, nuevo presidente (speaker) de la Cámara de Representantes, pactó con Clinton una cohabitación por la que la mayoría republicana accedía a suavizar ciertos puntos de su programa a cambio de la sanción por el presidente de las legislaciones que se aprobaran.

La prensa mundial pintó a un presidente atado de pies y manos para el resto de su mandato, aunque presto a transigir en lo que fuera en política interior a cambio de gozar de maniobra en la exterior. Pero esta sensación se diluyó con rapidez. Por un lado, una parte del electorado que había votado republicano se asustó del excesivo radicalismo del Contract with America en las partidas sociales, además de que Gingrich y su grupo no consiguieron abandonar la imagen de oposicionistas más interesados en desmantelar conquistas sociales que en construir sistemas alternativos.

Por otra parte, el salvaje atentado con bomba cometido por un ultraderechista el 19 de abril de 1995 contra un edificio federal en Oklahoma City, en el que murieron 176 personas y que conmovió a la nación entera, trajo a pensar que el más peligroso de Estados Unidos, más allá del fundamentalismo islámico o el narcotráfico sudamericano, podía estar en casa. Las organizaciones paramilitares de signo racista, el fenómeno en auge las "milicias ciudadanas" y otras agrupaciones extremistas de derecha tomaban argumentos de republicanos populistas que aireaban el resentimiento hacia el establishment liberal y teorías paranoicas sobre complots pergeñados por el Gobierno federal contra el pueblo en connivencia con la ONU y otras organizaciones internacionales.

El sangriento asalto por el FBI del rancho ocupado por la secta de los davidianos en Waco, Texas, el 19 de abril de 1993, había concitado contra Clinton el odio indeclinable del difuminado pero extenso universo del fundamentalismo blanco político-religioso, que contaba con poderosos valedores en el Congreso, la judicatura y las demás instituciones federales.

Pero la clave en la resurrección de Clinton fue su habilidad para apropiarse de la idea central del programa republicano: la consecución de unos presupuestos equilibrados, sin déficit, en lo sucesivo su propio proyecto estrella. El ostensible recentrado a la derecha de Clinton, que incluyó también la asunción del compromiso en la lucha contra la delincuencia y advertencias a la ciudadanía de que los tiempos del Estado benefactor pero ineficiente tocaban a su fin, hurtó la iniciativa al RP en el terreno económico, viéndose obligado a asumir y negociar el torbellino de proposiciones enviadas por un presidente crecido.

El precio a pagar por Clinton fue enemistarse triplemente: con los demócratas acérrimos, que clamaron contra el desparpajo del presidente al tomar lo que más le convenía con el pragmatismo de un buen táctico; con los sindicatos, que temían que cualquier acuerdo de liberalización comercial eliminaría puestos de trabajo en Estados Unidos; y con los grupos ecologistas, los cuales junto con otros colectivos antiglobalización, se tomarían la revancha reventando con la presión de la calle la conferencia que la OMC tenía previsto celebrar en Seattle el 30 de noviembre de 1999.

En febrero de 1995 Clinton sometió al Congreso un borrador de presupuesto federal que establecía bajadas impositivas para las clases medias y recortes de gastos por valor de 650.000 millones de dólares. El departamento de Defensa era uno de los que más podas sufría, mientras que cientos de programas federales tendrían que fusionarse o suprimirse. Astutamente, dejó en manos del Congreso toda decisión de austeridad en los capítulos sensibles de pensiones, asistencia sanitaria a los colectivos con bajos ingresos (el programa Medicaid) y subsidios agrícolas.

En marzo siguiente Clinton se apuntó su primera victoria de la nueva etapa al ser derrotado en el Senado el proyecto republicano de prohibir por ley, a través de una enmienda constitucional, el déficit presupuestario. Oportunista, Clinton salió para decir que el Gobierno ya se encargaría de conseguir esa meta sin necesidad de imposiciones legales, asegurando de paso que con él no corría peligro lo esencial de los sistemas de protección social.

Las habilidades de un presidente más convicente que nunca y el excelente curso de la economía hicieron posible que en el ecuador de un año electoral, el 22 de agosto de 1996, Clinton no dudara en firmar una ley que recortaba drásticamente la asistencia pública federal a los 26 millones de estadounidenses sin recursos, con objeto de ahorrar 55.000 millones en seis años y evitar que los beneficiarios convirtieran las ayudas en una forma de vida. La renuncia a los pogramas contra la pobreza rompió una tradición demócrata instaurada por el New Deal de Franklin Roosevelt en los años treinta, pero en el partido, a pesar del malestar incubado, nadie surgió para retarle en las primarias.

En las elecciones del 5 de noviembre se cumplieron los pronósticos y Clinton se convirtió en el primer presidente demócrata reelegido desde Roosevelt en 1944 frente al republicano Dole, quien a falta de argumentos económicos sólo podía achacar a Clinton falta de talla moral. El resultado, empero, no pudo considerarse holgado: el presidente se hizo con los 379 compromisarios de 31 estados y el 49,2% del voto popular. Además, el DP agravó su minoría en el Congreso, con 198 escaños en la Cámara de Representantes (5 menos) y 45 en el Senado (1 menos). El 20 de enero de 1997 Clinton tomó posesión de su segundo mandato, listo para hacer de la ortodoxia financiera su estandarte en el frente doméstico en los siguientes cuatro años.

En mayo de 1997 alcanzó un acuerdo final con la mayoría republicana del Congreso sobre un presupuesto federal equilibrado en 2002. Como contrapartida y como ya se citó arriba, en noviembre las cámaras le vetaron la facultad de negociar por la vía rápida (fast track) acuerdos de liberalización comercial con otros países, lo que se consideró el peor chasco presidencial desde el fracaso de la reforma sanitaria tres años atrás. En febrero de 1998 Clinton se apuntó un nuevo tanto al presentar un borrador presupuestario de déficit cero con tres años de antelación, y en septiembre siguiente anunció a bombo y platillo que el año iba a cerrar con el primer superávit en las finanzas públicas desde 1969.


11. Los apuros del caso Lewinsky

El 6 de agosto de 1998 Monica Lewinsky, licenciada en Sociología y ex becaria de la Casa Blanca cuando tenía 21 años, hizo historia al convertirse en el primer testigo que contradecía la declaración jurada de un presidente de Estados Unidos, en la que negó haber tenido relaciones sexuales con ella. El caso de la ex becaria y sus amores clandestinos con su jefe en la Casa Blanca constituyó el más apurado trance de Clinton en sus ocho años como presidente, estuvo a punto de costarle el puesto y quizá hasta de encabezar la relación de hechos por los que iba a ser recordado para la posteridad, considerando la proyección desaforada que el asunto tuvo en los medios de todo el mundo.

El psicodrama comenzó el 17 de enero cuando Clinton fue llamado a declarar como imputado en la vista preliminar de la demanda civil interpuesta por Paula Jones por acoso sexual. El presidente desmintió la información facilitada por Lewinsky al FBI por mediación de una amiga sobre que habían mantenido relaciones sexuales durante año y medio, entre noviembre de 1995 y marzo de 1997, y que se habían puesto de acuerdo para negarlas en las declaraciones juradas del caso Jones. Clinton volvió a desmentir a la ex becaria en una alocución televisiva a la nación días después.

El fiscal especial encargado del caso, Kenneth Starr (que también había instruido el caso Whitewater), viendo indicios de perjurio y obstrucción a la justicia, citó a Clinton a responder el 17 de agosto un cuestionario en la Casa Blanca, ante un gran jurado que siguió la declaración por circuito cerrado de televisión, para que explicara pormenorizadamente su relación con Lewinsky. Por primera vez, Clinton reconoció haber mantenido un "comportamiento físico impropio" con al ex becaria, pero negó haber cometido perjurio e inducido al mismo a terceros.

Tan sólo horas después se dirigió a la nación por televisión para, en un tono a la defensiva y menos humilde de lo que muchos podían haber esperado, arremeter contra Starr acusándole veladamente de dirigir una persecución contra su persona. Con medidas palabras, justificó "no haber dado toda la información" en la declaración jurada de enero por el deseo que tenía de proteger a su familia y a sí mismo "de la vergüenza de mi propia conducta", añadiendo que el asunto sólo les concernía “a mí, a las dos personas que más amo, mi esposa y nuestra hija, y a nuestro Dios”. La "inapropiada relación" con Lewinsky quedaba reducida a "una grave falta de criterio" y a un "fallo personal" del que era el “único y completo responsable”.

Llegado a este punto, el rocambolesco caso habría podido hallar término, pero lo que hizo fue complicarse hasta extremos inverosímiles por la explotación inmisericorde de los medios de comunicación y la traslación del proceso judicial a la arena política. Así, los periódicos sensacionalistas compitieron en la publicación de detalles morbosos de la relación Clinton-Lewinsky, como la práctica reiterada del sexo oral -que pareció ser el motivo principal de sus encuentros clandestinos, casi siempre en el estudio privado del presidente adjunto al Despacho Oval- y diversos juegos eróticos, la existencia de un vestido de ella, entregado al FBI para su eventual análisis, con "restos biológicos" de él, consideraciones de matrimonio tras acabar el mandato, etc.

Tanto el Congreso como la Casa Blanca entraron en la guerra mediática que se trasladó a Internet a raíz de la publicación en la web del primero del demoledor informe sobre la investigación criminal enviado por Starr el 9 de septiembre, que no ahorraba los aspectos más escabrosos de la peripecia del primer mandatario.

El fiscal acusaba al presidente de once graves delitos merecedores de un proceso de impeachment, o juicio y eventual destitución por el Congreso, entre ellos los de perjurio (en sus declaraciones en el caso Jones y ante el gran jurado), abuso de poder y obstrucción a la labor de la justicia. El 5 de octubre, por segunda vez en el siglo (la primera fue en 1973 con Nixon por el escándalo Watergate) y por tercera desde 1868 (con Andrew Johnson), el Comité de Justicia de la Cámara de Representantes inició sus deliberaciones para determinar si procedía el impeachment. Tres días después tuvo lugar la histórica votación y, por 258 votos a favor y 176 en contra, la cámara dio luz verde al proceso de destitución.

Este resultado estaba cantado al tener los republicanos la mayoría, pero la incógnita era saber cuantos demócratas iban a votar con ellos. Al final fueron 31, más de los esperados por la Casa Blanca, dejando a las claras las iras que Clinton había levantado en su partido. Resultaba que muchos congresistas habían salido a la palestra para defender al presidente durante meses para luego encontrarse con la confesión del 17 de agosto.

Ese posicionamiento les dejó en mal lugar ante sus electores y vieron esfumarse la prevista recuperación del partido en las legislativas de diciembre luego de la debacle de 1996. El público americano reaccionó con escándalo, hilaridad, disgusto o hastío por haberse llegado a esta situación tan insólita. Una parte considerable de la ciudadanía, como sucediera en su momento con Nixon, confirió un importancia esencial a la calidad ética de su líder, supeditándo su actuación política a los conceptos de adulterio, responsabilidad personal o verdad.

Los que opinaban que todo había ido demasiado lejos y que la "ejecución pública" del presidente por un asunto así era un despropósito (argumento ampliamente compartido por los medios de comunicación del resto del mundo, incluidos los europeos, que hicieron mordaces comentarios sobre los excesos de sus colegas estadounidenses y la confusión entre las esferas pública y privada de los líderes políticos), fueron rebatidos por quienes sostenían que si Clinton, al margen de sus andanzas sentimentales, había mentido sin inmutarse en sus primeros testimonios, pudo hacerlo antes o podía hacerlo de nuevo sobre otras cuestiones de trascendencia nacional.

Además, se sacaba a colación el caso Whitewater y las acusaciones de donaciones irregulares al DP en la campaña electoral de 1996, contribuciones a veces procedentes del extranjero (China fue un origen citado con insistencia) y con la presunta pretensión de influir en decisiones políticas de la Casa Blanca.

El caso es que las encuestas siempre mantuvieron el aprobado del presidente, incluso en los momentos más humillantes para él. Esta opinión quedó patente en la elecciones al Congreso del 3 noviembre, cuando el DP remontó hasta los 211 escaños en la Cámara de Representantes y mantuvo los que tenía en el Senado. Los republicanos quedaron decepcionados y la prensa liberal de la costa este interpretó que el pueblo estaba cansado del interminable enredo (que estaba devorando millones de dólares de las arcas públicas) y no deseaba la destitución de Clinton.

Sin embargo, el proceso continuó su curso con todo rigor. El 19 de diciembre la Cámara votó a favor de iniciar el enjuiciamiento en el Senado por dos de los cuatro artículos presentados por el Comité de Justicia, el de perjurio por la declaración ante el gran jurado en agosto y el de obstrucción a la justicia por intentar influir en el testimonio de Lewinsky y otros testigos.

Clinton menudeó sus compungidas apariciones públicas acusándose de ser "un pecador" y pidiendo "perdón" a Monica y al pueblo americano, a medida que se acercaban el arranque de los debates sobre el impeachment senatorial, el 14 de enero de 1999. Por unos días se tuvo la impresión de que la destitución iba de verdad a producirse, pero el 12 de febrero la cámara alta declaró a Clinton "no culpable" del delito de perjurio por 55 votos contra 45 y del delito de obstrucción a la justicia con empate a 50. Para la destitución se exigía una mayoría de dos tercios. La fuga inesperada de varios senadores republicanos hizo que ni siquiera saliera adelante una moción de los demócratas para votar una sanción moral al presidente.

Según todos los observadores, la gélida defensa del nucleo familiar hecha por Hillary, tachando las intromisiones en la relación conyugal de "vasta conspiración derechista" y asumiendo el papel de esposa humillada pero digna, resultó fundamental en la salvación de Clinton. Tras librarse de la pesadilla, Clinton reaccionó con prudencia y humildad ("ha llegado la hora de la reconciliación y la renovación") antes de retomar su dinamismo habitual.


12. Los límites de la "democracia de mercado"

En el segundo tramo de su mandato la administración, Clinton perfiló un estilo diplomático, ya comentado arriba, que convirtió en el eje de su política exterior: usar los incentivos económicos para inducir el cambio político conforme a los parámentros liberales de Occidente, esto es, la democracia pluripartidista con economía de mercado, o para traer una paz al cabo de un conflicto que siempre auyenta los negocios y es susceptible de desbordarse a las áreas vecinas. El razonamiento estimaba que la apertura económica en países emergentes crearía oportunidades, estimularía la demanda de información y haría ineludible el cambio político. China y Rusia eran los países que más se tenía en mente, pero también México, Ucrania, Bosnia-Herzegovina, Haití o Irlanda del Norte.

Al mismo tiempo, esgrimió con profusión el instrumento inverso: las sanciones unilaterales de tipo comercial, financiero o petrolero, o todas a la vez. Por ejemplo, la amenaza de boicot a las importaciones de vehículos nipones fue suficiente para que Japón, después de una serie de encuentros fallidos entre Clinton y los primeros ministros Kiichi Miyazawa (en Tokyo del 7 a 10 de julio de 1993), Morihiro Hosokawa (en Washington del 11 y 12 de febrero de 1994) y Tomiichi Murayama (en Washington el 11 y 12 de enero de 1995), se plegara el 28 de junio 1995 a un acuerdo para abrir parcialmente su mercado del automóvil.

Pero tanto una estrategia como otra tropezaron insistentemente con limitaciones, como el presidente americano fue descubriendo sobre la marcha. Las sanciones como arma de presión política fueron aplicadas a Libia (1993), Myanmar (mayo de 1997), Sudán (noviembre de 1997), India (mayo de 1998), Pakistán (mayo de 1998) y Afganistán (julio de 1999), todos ellos países con regímenes díscolos frente a los intereses de Estados Unidos, pero sus resultados -salvo en el primer caso- fueron bastante dudosos, si no abiertamente nulos. Los embargos totales a Irak y Yugoslavia se revelaron del todo ineficaces, obligando a Washington a replantear sus estrategias.

La pugna entre la ideología y el librecambismo se libró en favor de la primera en el caso de la Cuba de Fidel Castro, donde la administración Clinton, a diferencia de China, sí hizo de la situación política interior una precondición para la normalización. Así, los sucesivos endurecimientos y suavizaciones de un bloqueo que se acercaba a su cuarto decenio estuvieron ligados al arreglo del contencioso inmigratorio (9 de septiembre de 1994) o a incidentes como el derribo de las avionetas fletadas por organizaciones anticastristas (25 de febrero de 1996).

En añadidura, la obstinación de Estados Unidos en implicar a otros países en unos regímenes de sanciones unilaterales y no amparados por la ONU le indispuso con sus aliados europeos, que rechazaron tajantemente las leyes Helms-Burton sobre Cuba y Kennedy-D'Amato sobre Libia e Irán. Aprobadas por el Congreso y firmadas por Clinton respectivamente el 12 de marzo y el 5 de agosto de 1996, estas legislaciones establecían sanciones financieras a terceros países que comerciaran o invirtieran en los países citados, una pretensión de extraterritorialidad de unas leyes nacionales que levantó duros reproches en Europa, América y Asia, y sobre la que al menos con la UE se llegó a un arreglo satisfactorio en Londres el 18 de mayo de 1998 con cesión estadounidense.

Desde 1995 Clinton multiplicó su activismo internacional, a pesar de las maniobras obstruccionistas dirigidas por el omnipresente senador republicano Jesse Helms, presidente de la comisión de Relaciones Exteriores del Senado y cabeza de la tendencia aislacionista, antirrusa y antichina del Congreso, en la que participaban tanto republicanos como demócratas. Además, hacían valer sus tesis los republicanos de la escuela de Reagan (Gingrich), intervencionistas pero de tendencia unilateralista. En Bosnia, azuzado por los británicos e imponiéndose sobre la opinión del Departamento de Estado, Clinton capitaneó los estados de la OTAN para parar por la fuerza la guerra civil en Bosnia.

La campaña de bombardeos aéreos bajo el nombre de Operación Fuerza Deliberada (Deliberate Force), en agosto y septiembre de 1995, que fue paralela a una exitosa ofensiva croato-musulmana tolerada por los aliados, forzó a los serbobosnios a plegarse a un acuerdo de paz que salvaguardaba la unidad territorial de Bosnia (si bien reconocía la entidad de la Republika Srpska más o menos en los límites establecidos por las campañas militares) y ponía fin al sueño de la Gran Serbia perseguido en Belgrado. Después de conseguir la firma de un alto el fuego definitivo (12 de octubre), Estados Unidos emplazó a los tres actores principales del conflicto, Izetbegovic, Milosevic y Tudjman, a que firmaran un acuerdo de paz, cosa que se consiguió tras fortísimas presiones en un recinto aislado del exterior en la ciudad de Dayton.

El 21 de noviembre los presidentes firmaron el documento ante Clinton, que sumó otro jalón en su historial de "pacificador" (peacemaker) de conflictos internacionales. El 14 de diciembre Clinton no podía faltar a la ceremonia oficial de la paz en París, tras la cual la OTAN comenzó a desplegar el grueso de su Fuerza de Implementación de la paz (IFOR), compuesta por 60.000 soldados de 32 países miembros y no miembros, 23.000 de los cuales los aportaba Estados Unidos.

La Operación Esfuerzo Conjunto (Joint Endeavour) era la primera misión de pacificación de una OTAN por cuya puesta al día en la posguerra fría, con un refuerzo de la identidad europea y la redefinición de sus conceptos estratégicos y operativos, la administración Clinton había apostado con denuedo. La nueva OTAN aprobó sus últimas mudanzas doctrinales en el consejo especial celebrado en Washington el 23 y 24 de abril de 1999, en el 50º aniversario del Tratado Atlántico suscrito en la misma ciudad.

Cuando en diciembre de 1996 la OTAN puso en marcha una nueva fase de su implicación en Bosnia, funcionando como el brazo armado de una tutela internacional dirigida por la ONU, la denominada Fuerza de Estabilización de la paz (SFOR), Estados Unidos rebajó su contribución hasta 8.500 de los 31.000 militares ahora movilizados.

El compromiso estadounidense en la paz y la estabilidad de esta parte de Europa fue puesto a prueba de nuevo en la provincia serbia de Kosovo, escenario desde marzo de 1998 de la represión militar de Belgrado contra la mayoría albanesa. Otra vez jugando el papel de comandante supremo presto a lanzarse a la acción pero no del todo convencido (como antes, Blair ejerció de incitador), Clinton explicó a los aliados que la intervención aérea contra Serbia era inevitable si ésta no transigía y firmaba el plan de paz suscrito por el Grupo de Contacto.

Comenzó así el 24 de marzo de 1999 la campaña de bombardeos aéreos Allied Force contra objetivos serbios en Kosovo y la propia Serbia. Estados Unidos apostó por prolongarla tanto como fuera necesario, sin reparar en los contínuos "errores" -el bombardeo pretendidamente accidental, con mortíferos balances, de objetivos no militares- ni en las reacciones furibundas de Rusia, hasta doblegar a Milosevic antes de que tuviera que meterse a escena a la infantería en una invasión terrestre que ya no resultaría tan inocua en bajas.

Esta eventualidad, muy temida por Washington, se contemplaba como ultimísima solución. No iba a resultar necesaria, pues el 10 de junio el Ejército serbo-yugoslavo comenzó a retirarse de la provincia y dos días despues la avanzada de los 48.000 efectivos de la Fuerza de la OTAN (KFOR) empezó a desplegarse, en la denominada Operación Guardián Conjunto (Joint Guardian). Estados Unidos era el tercer proveedor de tropas (7.000), las mismas que Francia y detrás de Alemania y el Reino Unido.

Los atentados con bomba el 7 de agosto de 1998 contra las embajadas de Estados Unidos en las capitales africanas de Nairobi y Dar es Salam, que cusaron 224 muertos (incluidos una docena de norteamericanos), alarmaron sobremanera a la administración Clinton, que acusó inmediatamente al multimillonario saudí Osama bin Laden, máximo sospechoso también de apadrinar los atentados contra centros militares de Estados Unidos en su país de origen en noviembre de 1995 (en Riad, causando siete muertos) y junio de 1996 (en Dhahrán, causando 19), así como el atentado con coche bomba contra las Torres Gemelas de Nueva York el 26 de febrero de 1993 (saldado en seis víctimas mortales).

El 20 de agosto Estados Unidos atacó con misiles de crucero presuntos objetivos terroristas en la capital sudanesa, Jartum, y la ciudad afgana de Khost (donde parece que residía bin Laden), provocando al menos una treintena de muertos. Clinton precisó que los bombardeos de la Operación Alcance Infinito (Infinite Reach) no constitutían "un acto de represalia, sino un contraataque en defensa propia", recalcando la consigna tradicional de que Estados Unidos golpearía allí donde se maquinaran o ampararan las agresiones terroristas contra sus personas y propiedades.

Este cúmulo de intervenciones, a las que se añadían los casi cotidianos bombardeos contra objetivos en Irak, motivaron invectivas en diversas partes del mundo contra el resurgir de la prepotencia imperial de Estados Unidos y su tendencia a exhibir su musculatura militar. Irónicamente, se trataba del mismo presidente que en 1993 había sido tildado de melindroso y de escabullirse de los escenarios en que grandes violaciones de los Derechos Humanos y catástrofes humanitarias tenían lugar. Ahora bien, la capacidad disuasoria de operaciones como la de 1998 pareció bastante dudosa.


13. Inquietud por la proliferación nuclear: del CTBT a la NMD

El desafío con pruebas atómicas entre los inveterados enemigos India y Pakistán en mayo de 1998 constituyó un importante revés para Estados Unidos en sus esfuerzos para detener la proliferación nuclear, y de paso ilustró su muy limitada influencia en esta parte del planeta.

Clinton había finiquitado con éxito total el a priori muy intranquilizante panorama de la herencia nuclear de la URSS, onsiguiendo que Ucrania, Bielarús y Kazajstán, acicates dinerarios mediante, destruyeran parte sus efectivos y entregaran a Rusia los restantes. Al delegar en Rusia la titularidad del antiguo arsenal estratégico, se aseguraba el equilibrio mantenido desde 1968, año en que se firmó el TNP, por Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia como las cinco potencias nucleares declaradas.

El 27 de enero de 1996 el Senado ratificó el Tratado START-II firmado por Bush y Mijaíl Gorbachov días antes del traspaso presidencial en 1993, el cual suponía para Estados Unidos la reducción del 64% de su arsenal estratégico en el momento de la firma hasta situarse en las 3500 cabezas nucleares. Pero el 13 de octubre de 1999 la cámara rechazó hacer lo mismo, por 51 votos contra 48 (se necesitaban los dos tercios), con el Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares (CTBT).

El acuerdo global adoptado el 10 de septiembre de 1996 tras muchos años de negociaciones en la Conferencia de Desarme en Ginebra, se consideraba el pilar, junto con el TNP, de las estrategias de contención y retroceso de esta categoría de armas de destrucción masiva en todo el mundo. Clinton había sido el primer mandatario en firmar el CTBT en la Asamblea General de la ONU, el 24 de septiembre, con la estilográfica usada por Kennedy para rubricar en 1963 el predecesor Tratado de Prohibición Parcial de Pruebas Nucleares (PTBT).

Junto con la malhadada reforma sanitaria, el veto al CTBT fue la derrota más dolorosa sufrida por Clinton ante el poder legislativo (que, por su parte, fue la primera vez que se desligó de un tratado multilateral de control de armas desde el Tratado de Versalles ulterior a la Primera Guerra Mundial, en 1919). Pero en este caso se trataba de un pésimo ejemplo ante una comunidad internacional a la que el presidente había gustado sermonear sobre los peligros de la proliferación nuclear.

El CTBT fue firmado por 158 países (todos excepto India, Libia y Bután, más cinco abstenciones), pero no podía entrar en vigor hasta que lo ratificasen los 44 estados identificados con capacidad nuclear, civil o militar. Si bien en la práctica el club de los cinco grandes se atenía al espíritu del tratado con moratorias unilaterales (Estados Unidos realizó su último ensayo atómico subterráneo en septiembre de 1993), la espantada del Senado no podía ser más inoportuna en un momento en que el Gobierno seguía muy de cerca los tejemanejes nucleares de Irán, Libia, Corea del Norte y, desde otra perspectiva, Irak.

Tras los alardes nucleares en la península indostánica y cuando más cercano parecía un avance decisivo en la mesa de negociaciones, el 31 de agosto de 1998 el imprevisible régimen norcoreano asombró al mundo con el lanzamiento de un misil balístico que sobrevoló el archipiélago nipón y cayó presumiblemente en el océano Pacífico. Días después Pyongyang reconoció el lanzamiento con éxito de un cohete de largo alcance con la misión de poner en órbita un "satélite artificial de comunicaciones", que los países extranjeros tomaron "erróneamente" por un ensayo militar de misil balístico. Estados Unidos y Japón calificaron de "ridícula" esta versión.

En Washington se habló de "chantaje nuclear" para maximizar las concesiones, diplomáticas y económicas de Occidente, más cuanto que Pyongyang amenazaba con vender misiles a terceros países que, como la propia Corea del Norte, figuraban en la lista negra de Estados Unidos. Luego el presidente Kim Jong Il se dirigió a Corea del Sur con talante reconciliador y ofreció la rama de olivo también a Estados Unidos, de manera que el 24 de octubre de 2000 la secretaria de Estado Madeleine Albright se desplazó a la capital norcoreana para sondear sus pretensiones.

Independientemente de que algunas de estas crisis pudieran reconducirse, la constatación de que varios países eran nuclearmente "incontrolables" condujo a la administración Clinton a desarrollar el ambicioso proyecto de NMD arriba mencionado. En enero de 1999 el Departamento de Defensa informó que el escudo antimisiles, más que una versión reducida de la nunca realizada Iniciativa de Defensa Estratégica Estratégica (popularmente conocida como Guerra de las Galaxias, proyectada por Reagan como un colosal sistema de defensa y contraataque en el espacio y a la que la administración Clinton dio carpetazo definitivo el 14 de mayo de 1993), era una actualización del Tratado ABM soviético-americano.

La NMD debía estar operativa en 2005 y su objetivo era hacer frente, no a un ataque nuclear masivo propio de la Guerra Fría, sino a ataques de los denominados rogue states ("estados bribones"), dotados con cabezas nucleares y vectores capaces de alcanzar territorio de Estados Unidos. La infraestructura defensiva era terrestre, a partir de radares de detección y misiles interceptores instalados en lugares estratégicos. Adicionalmente, se contemplaba un programa específico para Extremo Oriente, la Defensa de Teatro Antimisiles (TMD), que, naturalmente, era una respuesta a la amenaza norcoreana, la cual, dicho sea de paso, fue esgrimida como pretexto por Clinton para negarse a firmar en diciembre de 1997 el Tratado de Ottawa de Prohibición Total de Minas (terrestres) Anti-Persona.

Clinton situó la NMD entre las contramedidas contempladas por un plan de defensa global frente a los nuevos peligros estimados para la seguridad nacional, desde ataques terroristas con armas de destrucción masiva (nucleares, bacteriológicas o químicas) hasta sabotajes de los sistemas informáticos. Las reacciones internacionales a este proyecto no fueron positivas.

Salvo el Reino Unido, los aliados europeos pusieron mala cara a un sistema que temían iba a arriscar la arquitectura de seguridad euro-atlántica, mientras que rusos y chinos lo denunciaron como un gesto de hostilidad hacia ellos y como un paso gratuito hacia una carrera de armamentos. Clinton se dirigió a unos y otros para calmar las aprensiones; a los socios de la OTAN les propuso, en un anuncio más efectista que real, desarrollar conjuntamente la NMD para su extensión al continente.

Las enormes complejidades de este sistema quedaron manifiestas en los fracasados ensayos del 19 de enero y el 7 de julio de 2000, que siguieron a una primera prueba exitosa en octubre de 1999. En el ejercicio de julio de 2000 el misil enemigo lanzado desde la base de Vandenberg en Estados Unidos no fue interceptado por un antimisil lanzado desde las Islas Marshall. Se multiplicaron las voces cuestionando la eficacia de un costosísimo sistema que podía ser burlado por el enemigo con señuelos y que parecía demandar un mayor avance tecnológico.

La continuidad del proyecto dependía de Clinton, que por otra parte deseaba acabar su mandato con un legado de pacificación en política exterior. El 1 de septiembre de 2000 anunció que renunciaba a tomar una decisión sobre el futuro del proyecto y que su sucesor tendría que valorar si cancelarlo, desarrollarlo en su actual diseño o hacerlo en una versión más modesta.


14. Resurgimiento del interés por África

África fue el continente en que la administración Clinton se mostró más refractario a intervenir, por las lecciones aprendidas en Somalia, pero eso no significó desinterés por lo que sucedía allí. En 1993 África no era prioritaria para Estados Unidos, ya que el final de la Guerra Fría había desideologizado los conflictos locales y la condición de Francia como potencia tutelar, gestionando las transiciones democráticas y financiando las economías, había recuperado el lustre de antaño. Con Clinton esta situación dio un vuelco, pues se advirtió la posibilidad de penetrar en los mercados de exportación de materias primas, entrando en competencia directa con Francia por la obtención de licitaciones de extracción de petróleo y minerales estratégicos.

Así, la independencia de Eritrea en 1993, la victoria militar de los tutsis en Rwanda en 1994 y la caída del dictador Mobutu Sese Seko en Zaire en 1997 se vieron como otras tantas victorias tácticas de Estados Unidos en la nueva gran partida estratégica que estaba librando con una Francia alarmada e irritada por la intromisión de los americanos en su coto particular. Los nuevos regímenes en estos países, el esclarecido proamericanismo de Uganda y la orientación diplomática y económica de Etiopía, Ghana o Angola, se interpretaron como un avance de lo anglófono y estadounidense a costa de lo francófono, pero pronto se advirtió la simplicidad de un análisis sobre clientelismos de quita y pon en el volátil continente negro.

Los dirigentes ex guerrilleros de Kampala, Addis Abeba, Asmara, Kigali y Kinshasa se revelaron más turbulentos e indomables de lo previsto, rompiendo el supuesto frente de penetración estadounidense y peleándose en guerras interestatales. Estados Unidos no pudo impedir la mortífera contienda entre Etiopía y Eritrea (1998-2000) y asistió impotente al pandemónium bélico en la República Demócratica del Congo (ex Zaire) desde 1998, donde primero Uganda y Rwanda se aliaron para deshacerse de su protegido de Kinshasa hasta la víspera, Laurent Kabila, para luego enzarzarse entre sí por el control de las riquezas minerales del sur y el este de Congo. Además, la potencia regional presumiblemente en ciernes, la angófona Sudáfrica, dejó claro que su política exterior no admitía interferencias y que era libre de tratar con Libia, Irán y otros países mal encarados con Estados Unidos.

A pesar de todo, las perspectivas de obtener grandes ventajas invirtiendo en la apertura de mercados y, subsidiariamente, en el desarrollo y en la democracia, eran incuestionables. En 1998 Clinton fue el primer presidente desde Carter en 1978 en visitar África Subsahariana, y lo hizo a través de dos giras, con paradas todas sin precedentes: la primera, del 23 de marzo al 2 de abril, incluyó a Ghana, Uganda, Rwanda, Sudáfrica, Botswana y Senegal; la segunda, del 26 al 28 de agosto de 2000, a Nigeria y Tanzania.

Al populoso país de África Occidental, recién vuelto a la democracia tras años de dictaduras militares, Clinton llegó con un paquete de ayudas millonarias y facilidades comerciales, y con un plan de adiestramiento del Ejército nigeriano en tareas de interposición y pacificación de conflictos por militares estadounidenses, dando a entender el interés en que el país consolidase su liderazgo en la región a través de un compromiso activo con su estabilidad. Luego, el día 28, Clinton (siempre presto a hacerse un hueco de relieve en este tipo de ceremonias) asistió en la ciudad tanzana de Arusha a la firma de un acuerdo de paz entre el Gobierno y los rebeldes de Burundi, arreglado por el ex presidente sudafricano Nelson Mandela.

Tras Somalia, las tropas estadounidenses no lideraron otra misión en África fuera de operaciones muy concretas y de corta duración, típicamente para el rescate de nacionales y otros súbditos extranjeros atrapados o amenazados por estallidos civiles. En mayo de 1994 un batallón de marines fue destacado en Burundi por si hubiera que asistir a las tropas franco-belgas en la evacuación de occidentales durante el genocidio de Rwanda.

En agosto siguiente, 4.000 soldados de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido entraron en Kigali para proteger el gran puente aéreo internacional, la llamada Operación Apoyar la Esperanza (Support Hope), que debía subvenir las necesidades de los cientos de miles de refugiados de las matanzas y atajar el brote de cólera que estaba diezmando a los acogidos en los campos de Goma y Bukavu, en Zaire. Otra minioperación preventiva tuvo lugar en Liberia en abril de 1996 cuando el estallido de los combates entre milicias rivales. Y sólo un mes más tarde los marines se unieron a unidades francesas para proteger el personal de ambos países en la República Centroafricana, escenario de un violento motín castrense.

Durante la guerra civil de Sierra Leona, en mayo de 2000, Estados Unidos dejó que los británicos asumieran las labores de protección de los extranjeros y, eventualmente, asistieran a las tropas del gobierno reconocido internacionalmente y cooperaran con la fuerza de interposición africana liderada por Nigeria (algo parecido sucedió en la crisis de Timor Oriental, en septiembre de 1999, cuando el contingente internacional de turno fue liderado por Australia). La misión internacional organizada para asistir a las víctimas de la guerra civil zaireña que terminaría con la toma de Kinshasa por Kabila en mayo de 1997, fue suspendida en diciembre de 1996 fundamentalmente por la negativa de Estados Unidos a tomar parte.

Además de los citados, otros viajes significativos de Clinton al exterior en su primer mandato fueron a: República Checa, Ucrania y Bielarús del 9 al 15 de enero de 1994; Italia, Reino Unido y Francia del 2 al 8 de junio de 1994, cuando fue recibido por el Papa en el Vaticano (el 2) y tomó parte en los actos conmemorativos del 50º aniversario del desembarco de Normandía; Letonia, Polonia, Italia de nuevo (para asistir a la cumbre del G-7 en Nápoles) y Alemania del 6 al 12 de julio de 1994; Hungría el 5 de diciembre de 1994, para atender la IV Cumbre de jefes de Estado y de Gobierno en Budapest de la CSCE (a partir de entonces, OSCE); Canadá el 23 y 24 de febrero de 1995; España el 3 de diciembre de 1995, para la firma en Madrid de la Nueva Agenda Transatlántica con la UE; Bosnia (Tuzla) y Croacia (Zagreb) el 13 de enero de 1996; Corea del Sur y Japón del 15 al 18 de abril de 1996; y Australia, Filipinas y Tailandia del 19 al 26 de noviembre de 1996, periplo en el curso del cual tuvo lugar la IV Cumbre de la APEC.

Entre los desplazamientos del segundo mandato se citan los realizados a: Holanda (La Haya) el 27 y 28 de mayo de 1997, para asistir a la cumbre Estados Unidos-UE; España, Polonia, Rumanía y Dinamarca del 4 al 12 de julio de 1997, incluyendo la asistencia al Consejo de la OTAN en Madrid (días 8 y 9) que aprobó la primera tanda de ingresos en 1999; Bosnia-Herzegovina (Sarajevo) el 22 de diciembre de 1997 y el 30 de julio de 1999; Japón y Corea del Sur del 19 al 22 de noviembre de 1998; Francia, Alemania, Eslovenia y Macedonia del 16 al 22 de junio de 1999, gira durante la que asistió a la cumbre del G-8 en Colonia; Noruega el 1 y 2 de noviembre de 1999; Turquía -donde asistió en Estambul a la VI Cumbre de la OSCE-, Grecia, Italia, Bulgaria y Kosovo del 15 al 23 de noviembre de 1999; Bangladesh, India y Pakistán del 20 al 25 de marzo de 2000, con una agenda dominada por la proliferación nuclear; y Portugal el 30 de mayo de 2000, para atender otra cumbre con la UE.


15. El final de los presupuestos deficitarios

Como se anticipó arriba, en 1998 a Clinton le cupo el gozo de anunciar el primer superávit en las cuentas federales en tres décadas. El año terminó con un montante del 0,9% del PIB y 1999 se comportó aún mejor, con el 1,3%. A lo largo de 1999 el debate con la mayoría del Congreso era qué hacer con un excedente histórico de 124.000 millones de dólares (en 1992 el déficit había sido de 290.000 millones). Clinton deseaba destinar una parte a asegurar la Social Security y el programa Medicare de las próximas décadas, y el resto a enjuagar la gigantesca deuda pública, rayana en los 6 billones de dólares.

Los republicanos, por el contrario, preferían invertir ese dinero en la Defensa nacional y en el recorte de los impuestos. En abril, el presidente obtuvo del Congreso un paquete extraordinario para el esfuerzo militar que, paradójicamente, fue mayor que el solicitado, pese a sus regateos para impedir que una disminución excesiva del excedente financiero en este concepto pusiera en peligro sus planes de inversión social. Al revés, en septiembre, guiado por la opinión popular expresada en las encuestas, vetó una ley aprobada por los congresistas que establecía considerables rebajes fiscales.

El único nubarrón en este panorama casi idílico era el saldo negativo de la balanza comercial, que alcanzó niveles récord. En 1999 el déficit en las transacciones corrientes marcó el 3,7% del PIB, esto es, los 364.000 millones de dólares, y la tendencia negativa iba a continuar mientras la demanda consumista no aminorase, los precios del petróleo siguieran altos, el dólar fuerte con respecto al euro y los mercados del Sudeste Asíatico y Latinoamérica no dejaran atrás las turbulencias financieras que incidían negativamente en las exportaciones estadounidenses.

En febrero de 2000 Clinton presentó al Congreso un proyecto de presupuesto que contemplaba la liquidación en 2013 de dos tercios de la deuda nacional, es decir, unos 3,8 billones de dólares, en manos del público en forma de bonos y letras del tesoro. Asimismo, se contemplaban reservas de fondos que garantizaran la solvencia de la Social Security hastá más allá de 2050 y de Medicare hasta 2025 como mínimo. La previsión se hizo en base a un realidad con vocación de estructural, la política de equilibrio fiscal, y una realidad coyuntural pero con visos de prolongarse indefinidamente, el crecimiento económico fuerte. Los analistas indicaron que, de cumplirse los pronósticos, el Gobierno federal quedaría libre de obligaciones por primera vez desde 1835.


16. Últimas actividades y balances

Durante la campaña electoral de 2000 el candidato demócrata, Gore, prefirió que Clinton no estuviera muy presente, sobre todo en el proceso de primarias, pues aún coleaba el embarazoso asunto Lewinsky (en cuyos momentos álgidos el vicepresidente había adoptado una actitud de defensa de la honorabilidad de su jefe, pero sin efusividad).

Considerado más conservador y más frío ante las cámaras que Clinton, pero más preparado y cualificado como político profesional, Gore había sido uno de los más poderosos vicepresidentes de Estados Unidos, responsable de numerosos apartados técnicos (ayuda financiera a Rusia, desarrollo promoción de Internet, gestión de las negociaciones sobre medio ambiente) y cuya faceta fotogénica en forma de acuerdos y conferencias se reservaba Clinton. Cuando fue requerido en la campaña, el presidente saliente hizo una encendida defensa de su compañero de viaje como el perfecto continuador de su obra interior y exterior.

En su último discurso sobre el estado de la unión, en enero de 2000, Clinton hizo un vibrante balance de sus ocho años de mandato y describió un legado envidiable en numerosos apartados sobre el que hubo un acuerdo bastante general dentro y fuera de Estados Unidos. Durante la era Clinton se universalizó el concepto de globalización y tuvo lugar la revolución de las comunicaciones y las tecnologías de la información, maridadas en Internet.

La aparición de una nueva economía basada en la explotación integral de las nuevas tecnologías había permitido rebajar aún más los costes y obtener nuevos márgenes de productividad, lo que facultaba el aumento de los salarios, la disminución de los precios finales y la creación de puestos de trabajo. A mayores ingresos y menores precios, más consumo; la demanda estimulaba la producción y se cerraba así un círculo económico en apariencia perfecto. Tomó forma, pues, una combinación inédita de crecimiento sostenido, baja inflación y pleno empleo.

En los ocho años de administración Clinton la economía de Estados Unidos registró un crecimiento acumulado del 28,7%, una tasa anual media del 3,6% y una tasa anual mínima del 2% (en 1995). La inflación media anual fue del 2,7%, el índice más bajo desde 1965, y el paro cayó del 6,3% en 1993 al 4% en 2000, lo que se tradujo en la creación de más de 20 millones de puestos de trabajo. Los gastos en educación se mantuvieron estables en el 5,4% mientras que los de defensa se recortaron desde el 4,1% al 2,9%. El nivel de pobreza pasó del 15,1% en 1992 al 12,7% siete años después. Incluso los índicadores de la delincuencia descendieron hasta los niveles de 1973, produciéndose a partir de 1993 una caída de la criminalidad del 30%.

Los críticos, empero, subrayaron el agravamiento de las desigualdades sociales y los inquietantes datos sobre el ahorro (a la baja) y el endeudamiento (al alza) del americano medio. Concluyeron que las economías domésticas se habían construido por encima de las posibilidades reales y que los cacareados milagros de la nueva economía no habían hecho nada para acercar las rentas de los que más ganaban y los que los menos.

Los antiglobalistas, además, denunciaron el doble rasero de Clinton en su entusiasmo por derrumbar muros comerciales. Por un lado, arguían, Clinton había proclamando en todos los foros la máxima, susceptible de ser exportada a todos los países, de que que la competencia estimulaba la innovación y el progreso, que el conjunto de la sociedad (entendida como agregado de consumidores) salía beneficiado y que se sentaban las bases de un crecimiento sano. Pero cuando eran empresas no estadounidenses las que penetraban en el mercado nacional y hacían adquisiciones en sectores de valor añadido (como las nuevas tecnologías), los panegíricos a la libre circulación de bienes, capitales o servicios se tornaban en ariscas reticencias.

Tras el año fausto de 1999, los indicadores del PIB y -con menor intensidad- la inflación encendieron la luz roja en el segundo semestre de 2000: en el tercer trimestre del año la economía creció un 2,4% y en el cuarto trimestre sólo el 1,1%, un frenazo que no hubo unanimidad en interpretar si como una deceleración pasajera o el principio de una recesión. Con todo, el crecimiento medio anual se situó en el 5%, la tasa más alta desde 1984.

La preocupante marcha de la economía contradijo a muchos expertos que en 1998 y 1999, basándose en la extraordinaria durabilidad de la expansión y sus perspectivas de seguir haciéndolo indefinidamente, vislumbraron la salida de los ciclos económicos establecidos tras la Segunda Guerra Mundial y la entrada en una coyuntura tan novedosa como dorada. Como causas a este enfriamiento se apuntaron la subida del petróleo, el alto nivel de endeudamiento y el pinchazo de la burbuja tecnológica en los mercados bursátiles, fruto de la pérdida de confianza del inversor en estos valores emitidos sin respaldo contable, cuyo catalizador fue el crack del índice Nasdaq en el mes de abril.

Las elecciones del 7 de noviembre las perdió Gore frente al candidato republicano George W. Bush, hijo del ex presidente, pero el dato no se iba a dilucidar hasta pasado un mes por lo caótico del escrutinio y su judicialización. Clinton asistió casi divertido al inaudito embrollo poselectoral, aguardando la transferencia de poder al ganador el 20 de enero de 2001. Hasta entonces, libre ya de alforjas políticas, se embarcó en una serie de iniciativas personales con el propósito e engordar el libro de hechos de su presidencia y, de paso, apuntarse nuevos tantos para que se le recordara más por sus logros políticos que por sus líos de faldas.

El 16 y el 17 de octubre se reunió en Sharm el-Sheikh con Arafat, Barak y Mubarak para intentar detener el estallido de violencia en los territorios autónomos y ocupados entre palestinos e israelíes. Como si guardara a Arafat rencor por no plegarse a un arreglo en las negociaciones de "última oportunidad" en el complejo residencial de Camp David (rotas sin acuerdo con Barak el 25 julio anterior, tras 14 días de reuniones maratonianas, por la cuestión de Jerusalén), a partir de ese momento Clinton ya no tuvo ambages en suscribir punto por punto las exigencias de Tel Aviv para volver a la mesa de díálogo.

Luego, del 17 al 19 de noviembre, tras asistir a la VIII Cumbre de la APEC en Brunei y sostener nuevos encuentros con Jiang y Putin, prestó una histórica visita a Vietnam, que completó la normalización iniciada el 3 de febrero de 1994 con el levantamiento del embargo comercial vigente desde el final de la guerra en 1975 y continuada con el restablecimiento de relaciones diplomáticas el 5 de agosto de 1995. Su última salida al exterior fue a Irlanda del Norte, el 12 y 13 de diciembre.

En los días inmediatamente anteriores a su despedida Clinton asumió unos posicionamientos con una determinación y un progresismo de los que no hizo gala en otras ocasiones, claramente dirigidos a obstaculizar el debut de Bush y su plataforma derechista. El 31 de diciembre, horas antes de que expirase el plazo, Estados Unidos añadió su firma al Estatuto de la Corte Penal Internacional (CPI), aprobada por la Conferencia de Roma en julio de 1998, lo que no suponía su puesta en marcha al estar inacabado el proceso de ratificaciones de los signatarios.

En la Conferencia de Roma Estados Unidos se había quedado, junto con Rusia, China, India e Israel, en el grupo minoritario de estados refractarios a un instrumento decisivo para la persecución extrajudicial de delitos por genocidio, crímenes de guerra o contra la humanidad, no obstante accederse a su exigencia de que la jurisdicción automática de la corte sólo afectara a los países ratificantes. En su hostilidad a la CPI, Estados Unidos tenía en mente la posibilidad de que soldados suyos fueran perseguidos por crímenes de guerra cometidos en una intervención exterior.

Luego, el 5 de enero, dando satisfacción a una vieja petición de los grupos conservacionistas, Clinton decretó la prohibición de urbanizar o abrir a la explotación industrial 23 millones de hectáreas de bosques nacionales, en la medida de protección medioambiental más amplia desde la conversión por Carter de Alaska en reserva natural, y que recordó a muchos que él no había sido un presidente servicial con los intereses de las grandes corporaciones madereras o industriales.

Con 54 años, Clinton se convirtió en un parado de lujo, aunque su desaparición del proscenio no se iba a producir de momento. Dado que ahora era Hillary la titular de un cargo electo, el de senadora por Nueva York, y sus ambiciones políticas podrían apuntar hasta la misma candidatura presidencial demócrata en 2004, se esperaba de su esposo una cooperación que compensara la tan decisivamente prestada por ella en los trances más apurados de su carrera política.

Para sufragar las elevadísimas facturas de sus abogados en la defensa de los diversos pleitos y las hipotecas de los inmuebles que había adquirido en Washington y Nueva York, el ex presidente tendría que impartir muchas conferencias (con un caché en torno a los 100.000 dólares). También se esperaban ingresos millonarios por la publicación de sus memorias, sin olvidar su pensión anual de 150.000 dólares. Incluso se habló de participar en alguna producción de Hollywood como actor invitado, después de que el todavía presidente causara sensación con un spot humorístico en el que aparecía como un cónyuge abandonado en Washington y dejado al cargo de las tareas domésticas de la Casa Blanca.

Clinton está en posesión de los premios Paul O'Dwyer para la Paz y la Justicia (1998), por su contribución a la pacificación de Irlanda del Norte, y Carlomagno, concedido por la Fundación homónima en la ciudad alemana de Aquisgrán el 2 de junio de 2000 por suntentar valores europeístas (fue el primer presidente de su país en recibir el prestigioso galardón). Es también doctor honoris causa por la Universidad de Oxford (1994) y la Universidad Nacional Taras Shevchenko de Kíev (1995), y miembro del Club de Madrid y del Consejo InterAcción.

Aparte de varios libros que recogen discursos y proyectos legislativos, Clinton ha publicado Putting People First: How We Can All Change America (1992, en coautoría con Al Gore), Between Hope and History: Meeting America's Challenges for the 21st Century y Clinton on Clinton: A Portrait of the President in His Own Words (1999).

(Cobertura informativa hasta 1/6/2001)