Porfirio Lobo Sosa

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Datos relevantes

Actualización: 28 de Enero de 2014
Crédito fotográfico: © UN Photo/Evan Schneider

Honduras

Presidente de la República

Duración del mandato: 27 de Enero de 2010 - 27 de Enero de 2014

Nacimiento: Trujillo, departamento de Colón , 22 de diciembre de 1947

Partido político: PNH

Profesión: Empresario agropecuario

Crédito fotográfico: © UN Photo/Evan Schneider

Resumen

La grave crisis provocada en Honduras en junio de 2009 por el golpe de Estado que, manu militari, derrocó al presidente constitucional, Manuel Zelaya, y lo reemplazó por un titular de facto, Roberto Micheletti, ha tenido su desenlace el 27 de enero de 2010 con la asunción de Porfirio Lobo, el ganador de las elecciones presidenciales de noviembre. Un empresario agrícola que articula un discurso centrista y conciliador dentro de un partido, el Nacional, ampliamente derechista, Lobo recibe un país resquebrajado, en lo político, social y económico, y sometido además a la observación democrática de la comunidad internacional, parte de la cual (incluida la OEA, que mantiene suspendida a Honduras) aguarda el desarrollo del curso político para decidir si reconoce la legitimidad del nuevo mandatario hondureño.

Biografía

1. Un productor agrícola del Partido Nacional
2. Titular del Congreso y primera aspiración presidencial
3. Elección en 2009 bajo la sombra del derrocamiento de Zelaya


1. Un productor agrícola del Partido Nacional

El menor de los cuatro hijos tenidos por los propietarios rurales José Porfirio Lobo López y Rosa Sosa Hernández, nació en Trujillo, capital del departamento caribeño de Colón, aunque se crió y creció en la hacienda que la familia regentaba en La Empalizada, cerca de Juticalpa, ciudad del vecino departamento de Olancho. Mientras realizaba los estudios primarios en la escuela católica Niño Jesús de Praga de Juticalpa, su padre sirvió como diputado de la Asamblea Nacional Constituyente que en diciembre de 1957 dotó al país de una nueva Constitución democrática a la vez que instaló al presidente electo de la República, el liberal José Ramón Villeda Morales.

Entre 1961 y 1965 el joven cursó la secundaria en el Instituto San Francisco de Tegucigalpa-Comayagüela, donde se sacó el Bachillerato en Ciencias y Letras, y en 1966 se trasladó a Florida, Estados Unidos, para adquirir formación empresarial en la Universidad de Miami. En 1970 culminó la carrera con el título de Bachelor of Business Administration y retornó a casa para administrar junto con el padre los negocios agrícolas y ganaderos de la familia. El currículum oficial del político omite toda referencia a un pasaje oscuro de su etapa formativa que algunos adversarios políticos le han echado en cara y que él no ha desmentido: que durante una temporada residió en Moscú, como alumno de unos cursos de Ciencias Políticas impartidos por la Universidad Patrice Lumumba, actualmente Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos, la cual acogía en sus aulas a miles de estudiantes de Asia, África y América Latina.

Esta experiencia lectiva de Lobo en la extinta URSS, discurrida en fecha dudosa (algunos medios hondureños y centroamericanos la remontan a los años sesenta y otros la retrasan hasta los ochenta, fecha esta última que se antoja inverosímil), casa con una pertenencia, también de incierta duración, al Partido Comunista de Honduras (PCH), tal como atestiguan antiguos camaradas y colaboradores. A Lobo se le ha retratado como un militante comprometido con el marxismo revolucionario y obligado a moverse en la más secreta clandestinidad, tanto por la propia situación del siempre débil comunismo hondureño, férreamente proscrito y perseguido, como por su extracción social, verdaderamente anómala en un partido de obreros y campesinos, ya que se trataba de un hijo de la burguesía terrateniente y de un hombre de empresa.

Así, el diario digital La Gente, editado por el medio nicaragüense de línea izquierdista Radio La Primerísima, asegura que Lobo tomó el paso drástico de romper con el PCH y de unirse a su antípoda ideológico, el derechista Partido Nacional de Honduras (PNH), en los años ochenta, al cabo de dos décadas de dictaduras militares y de gobiernos autoritarios de esta formación profundamente conservadora, y ocupando el poder con mandato democrático su adversario tradicional, el Partido Liberal de Honduras (PLH). Sin embargo, el currículo oficial del político da cuenta de una hoja de vida bastante más coherente con su actual filiación: que en 1967, con 20 años, se convirtió en presidente de la Juventud Nacionalista de Olancho y que en 1970 fue elegido presidente del Comité Local del partido de Juticalpa. En aquellos años, el PNH gobernaba el país de la mano del general-presidente Oswaldo López Arellano.

Profesionalmente, además de sus negocios agropecuarios, Lobo ejerció la docencia a lo largo de once años en el Instituto Departamental La Fraternidad de Juticalpa, colegio público donde dio clases de Inglés y Economía. En 1986 ascendió a presidente del Comité Departamental del partido en Olancho. Su biografía oficial le vincula también al Comité para la Defensa de los Derechos Humanos (CODEH) y le sitúa entre los fundadores de las organizaciones patronales Consejo Nacional de Productores para la Política Agrícola de Honduras (CONPPAH) y Asociación de Ganaderos y Agricultores de Olancho (AGAO).

Lobo dio el salto a la profesión política en las elecciones generales del 26 de noviembre de 1989, cuando, en representación de Olancho, se hizo con uno de los 71 escaños ganados por el PNH en el Congreso Nacional. En enero de 1990 estrenó su mandato legislativo coincidiendo con la asunción de la Administración del agrónomo y economista Rafael Leonardo Callejas Romero, colega nacionalista que conquistó para el partido su primera victoria en una lid presidencial desde 1971.

Un mes más tarde, Lobo sumó a su cometido parlamentario la gerencia general de la Corporación Hondureña de Desarrollo Forestal (COHDEFOR), cargo público que desempeñó hasta junio de 1992. Renovado su mandato de congresista en las elecciones del 28 de noviembre de 1993, que condujeron a la Presidencia al liberal Carlos Roberto Reina Idiáquez, Lobo sirvió íntegramente su segunda legislatura cuatrienal antes de alcanzar el 19 de junio de 1999 la presidencia del Comité Central nacionalista (CCPN), máximo órgano ejecutivo del PNH

En aquel momento, el partido atravesaba una etapa de profundo malestar por las derrotas seguidas de sus candidatos José Oswaldo Ramos Soto en 1993 frente a Reina Idiáquez y de Alba Nora Gúnera de Melgar en 1997 frente al actual jefe del Estado, Carlos Roberto Flores Facussé, segundo mandatario liberal consecutivo. Existían enfrentamientos internos (Melgar había sido defenestrada en la presidencia del CCPN hacía cuatro meses) y en el mal ambiente pesaban los problemas judiciales de Callejas, imputado en diversas causas de corrupción, fraude y abuso de autoridad, pero al que su inmunidad como diputado del Parlamento Centroamericano (Parlacén) le protegía de todo juicio.

En relación con este asunto, sobre Lobo mismo pendían unas acusaciones del Ministerio Público por presuntos abuso de autoridad y malversación de caudales públicos en la transferencia fraudulenta en abril de 1992 de 200.000 lempiras de la caja de la COHDEFOR para la financiación de un proyecto de reforestación patrocinado por el Congreso que nunca fue ejecutado. La presunta malversación se enmarcó en un tráfico de favores que tendría como máximo beneficiario al magnate maderero Guillermo Noriega, un nombre habitual en los informes de denuncia sobre talas ilegales de especies forestales en Olancho.


2. Titular del Congreso y primera aspiración presidencial

En marzo de 2001 Lobo fue reemplazado en el mando del CCPN por el acaudalado hombre de negocios Ricardo Rodolfo Maduro Joest, un exponente del ala más liberal y proempresarial del PNH. Durante la Administración de Callejas, Maduro había sido presidente del Banco Central y asistente presidencial, y Lobo venía trabajando con él en aras de la modernización del partido. Ahora, Lobo se integró en el comité de campaña de Maduro para las elecciones presidenciales de ese año y a cambio permaneció en la cúpula nacionalista como vicepresidente del CCPN. Las votaciones generales del 25 de noviembre de 2001 sonrieron a ambos: Maduro ganó la Presidencia al liberal Rafael Pineda Ponce y Lobo retornó al Congreso como diputado por Olancho para el período 2002-2006, además de salir elegido diputado suplente del Parlacén.

El 21 de enero de 2002 el cultivador de soja, sorgo y maíz fue investido presidente del Congreso, donde sucedió a Pineda Ponce, y como tal fue el alto responsable institucional encargado, seis días después, de colocar la banda presidencial a su conmilitón y amigo, Maduro. Éste le había ofrecido ser su ministro de Seguridad, pero Lobo declinó el cargo a petición de su esposa y madre de sus tres hijos, Rosa Elena Bonilla. Dicho sea de paso, Lobo iba por su tercer matrimonio y era padre de otros cinco vástagos.

En sus cuatro años como primera autoridad del Poder Legislativo de Honduras, el dirigente nacionalista, conocido por todo el mundo como Pepe Lobo, vivió momentos complicados a causa de un doble acoso de que fue objeto, desde dentro y fuera de las instituciones democráticas. Una situación que, sin embargo, le reportó una amplia notoriedad, la suficiente para animarle a poner sobre la mesa ambiciones políticas de más altos vuelos.

Al poco de posesionarse del cargo, el fiscal general del Estado, Roy Edmundo Medina Nolasco, reactivó contra Lobo la vieja acusación por la malversación de 200.000 lempiras de la COHDEFOR y reclamó a la judicatura de instrucción que depurara responsabilidades penales. El 2 de mayo de 2002 el titular del Congreso renunció voluntariamente a sus fueros de diputado, pero sin apartarse de sus funciones, para colaborar con las diligencias procesales; a cambio de esta suspensión específica de su inmunidad, Lobo recibió de la juez que atendía su causa una garantía de libertad provisional. La prensa hondureña destacó que era la primera vez que un congresista se despojaba voluntariamente de su inmunidad parlamentaria para someterse a la acción de la justicia.

En enero de 2004 Lobo fue informado por el Ministerio Público de la frustración de un complot de las maras, las poderosas y ultraviolentas pandillas hondureñas, para asesinarle. Al parecer, los mareros, que amenazaron de muerte al mismísimo Maduro y a su familia, no perdonaban a Lobo que hubiera suscitado el debate público sobre la conveniencia de restablecer la pena de muerte para castigar los delitos especialmente graves y que hubiera impulsado la aprobación por el Congreso el año anterior de la denominada ley anti-maras, la cual suponía un drástico endurecimiento del Código Penal y era considerada por el Gobierno un instrumento esencial para poner fin a la ola de criminalidad que se abatía sobre el país. La amenaza de estas bandas se materializó, en apariencia, en la madrugada del 1 de febrero, cuando pistoleros sin identificar dispararon con armas automáticas contra un vehículo que escoltaba a Lobo en un desplazamiento rodado desde Tegucigalpa hasta Juticalpa; el presidente del Congreso y sus guardaespaldas salieron ilesos del ataque.

En octubre de 2004, la mudanza en la Fiscalía General, a cuyo frente el Congreso, a instancias del PNH y con el visto bueno del PLH, colocó a Ramón Ovidio Navarro Duarte, abogado con una dilatada militancia nacionalista, se tradujo en un radical cambio de postura del Ministerio Público. Éste, alegando "falta de sustento", comunicó a la Corte Suprema de Justicia que retiraba todas las acusaciones incoadas contra Lobo, Callejas y otros miembros de su administración presidencial, cuyas causas quedaron definitivamente sobreseídas.

Este era el desenlace de exoneración judicial que Lobo, con su plataforma Trabajo y Seguridad, estaba aguardando para poder lanzar su postulación como precandidato presidencial en las elecciones primarias del PNH. Antes de la cita con las urnas nacionalistas, Lobo superó indemne la denuncia interpuesta en su contra por el alcalde de Tegucigalpa y máximo rival en el partido, Miguel Pastor Mejía, cabeza de la corriente Nuevo Tiempo, sobre que estaba financiando su campaña con dinero defraudado al fisco por una trama de contrabando de combustibles conocida como el gasolinazo, el más sonado de los escándalos producidos en el quinquenio de Maduro.

Generando una polémica mayor, el precandidato evadió asimismo la incompatibilidad contenida en el artículo 240 de la Constitución (modificado en 2002), que inhabilitaba expresamente al presidente del Congreso para candidatear a la Presidencia de la República para el período constitucional siguiente a aquel en el que desempeñaba su actual cargo. Lobo no se separó de su puesto institucional y, asombrosamente, siguió adelante con una postulación que infringía la ley suprema sin afrontar impugnaciones o recursos. El 20 de febrero de 2005, al cabo de una feroz competición interna en la que se apoyó en el nacionalismo más tradicional, Lobo batió a Pastor, a Gilberto Goldstein y a Jesús Flores con el 62,3% de los votos y se llevó la candidatura presidencial del partido gobernante.

Con el lema de Trabajo y Seguridad, Lobo sintetizaba exactamente sus propuestas de gobierno. El salvaje asesinato por la mara Salvatrucha de 28 pasajeros de autobús el 23 de diciembre de 2004 en San Pedro Sula, que horrorizó al país entero, fue esgrimido por este practicante de las artes marciales para reclamar un endurecimiento aún mayor del Código Penal con la incorporación de la pena de muerte, castigo capital que debería disuadir a los mareros de cometer sus crímenes. Su oferta de "puño firme", escenificada en sus actos de campaña con el brazo alzado y el puño cerrado, fue relacionada por el liberalismo con el aparente fracaso del Gobierno en el combate a la delincuencia, una interpretación crítica que el legislador oficialista realmente no rebatió. Además de la seguridad, Lobo incorporó a su agenda electoral el desarrollo de la industria de la maquila y la defensa del Tratado de Libre Comercio (CAFTA) con Estados Unidos.

Lobo, flanqueado por el empresario de la maquila y diplomático Mario Miguel Canahuati Panayotti como compañero de fórmula, llegó a las elecciones nacionales del 27 de noviembre de 2005 encabezando las encuestas. Pero una vez cerradas las urnas, su contrincante del PLH, José Manuel Zelaya Rosales, alias Mel, un paisano olanchano dedicado también a la producción agropecuaria -de hecho, era un viejo conocido y le consideraba un amigo personal-, se declaró ganador sobre la base de los resultados ampliamente favorables que le concedía un sondeo a pie de urna.

Las únicas cifras que valían eran las del nuevo Tribunal Supremo Electoral (TSE), pero la institución, en su debut, tardó casi un mes en escrutar el 100% de las papeletas, tiempo en el cual realizó prematuras proclamaciones de victoria de Zelaya, para irritación de Lobo, y confundió a la opinión pública con incomprensibles chapuzas de carácter técnico. En cuanto a su supuesta independencia política, quedó seriamente cuestionada desde el momento en que cundió la sensación de que se había plegado a ralentizar el conteo para permitir ciertas componendas secretas entre el PNH y el PLH. Así, algunos análisis especularon con que nacionalistas y liberales acordaron la aceptación por los primeros de la victoria de Zelaya a cambio de garantías de que el Gobierno entrante no promovería la acción de la justicia contra personalidades del Gobierno saliente por actos de corrupción.

El 7 de diciembre, con el 10% de las papeletas todavía pendiente de computar, Lobo, en un súbito cambio de actitud, reconoció su derrota, deseó un gobierno exitoso a Zelaya y anunció una "oposición constructiva". Hasta el 23 de diciembre, cinco días antes de vencer el plazo legal que tenía para ello, el TSE no publicó los resultados finales: Zelaya se llevaba la Presidencia con el 49,9% de los sufragios y Lobo quedaba segundo con el 46,2%.


3. Elección en 2009 bajo la sombra del derrocamiento de Zelaya

Elevado de nuevo a la presidencia del CCPN, Lobo continuó en el candelero hondureño como líder de la oposición al Ejecutivo de Zelaya, instalado el 27 de enero de 2006. Tal como había prometido, el jefe nacionalista no puso en marcha una oposición particularmente belicosa, pero esta contención fue puesta a prueba por la espectacular y tremendamente polémica decisión de Zelaya, anunciada en julio de 2008 al hilo de la adhesión al convenio energético Petrocaribe, de meter a Honduras en la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), el ambicioso mecanismo de integración regional impulsado por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, e impregnado de su ideología política bolivariana. A renglón seguido, Zelaya confirmó el giro a la izquierda de su Gobierno, que abjuraba del neoliberalismo y se alineaba con el nuevo socialismo latinoamericano, donde tenía su lugar la Cuba castrista.

Obligado a pronunciarse sobre la controvertida cuestión, Lobo dejó patente su rechazo a un volantazo en las orientaciones continentales hondureñas que dejaría al país centroamericano en una situación comprometida ante Estados Unidos, su gran socio tradicional. "Nos preocupa mucho que ALBA sea una alianza política-militar contra Estados Unidos, lo que es una locura y una tontería del Gobierno", manifestó. Sin embargo, Lobo no fue tan agresivo en sus críticas a Zelaya como los gremios de la patronal, las principales cabeceras de la prensa escrita e incluso algunos sectores del propio partido del presidente. El 9 de octubre de 2008 el PNH no votó en contra, sino que se abstuvo, en la sesión del Congreso que dio luz verde al ingreso en el ALBA.

Aparentemente, Lobo estaba más pendiente de sus ambiciones presidenciales, renovadas con la inscripción el 15 de julio, luego de desprenderse el 20 de mayo de la jefatura del CCPN, de su precandidatura para las primarias nacionalistas. Apartando la cuestión del ALBA a un segundo o un tercer plano, y no haciendo hincapié esta vez en la noción de la mano dura contra las maras (a estas alturas, parecía claro que su apología de la pena de muerte había perjudicado su postulación en 2005), Lobo lanzó el movimiento Cambio Ya, que incidía en la necesidad de arreglar los déficits sociales, acuciados por los serios problemas en la oferta alimentaria, los servicios sanitarios y los suministros eléctrico y de combustibles, y de aplicar un nuevo modelo de "desarrollo" por etapas.

El 30 de noviembre de 2008 tuvo lugar la elección interna, incomparablemente más sosegada que la de 2005, y el ex presidente legislativo se impuso, con el 73,2% de los votos, a sus tres rivales, a saber, Mario Canahuati (por el movimiento Todos Somos Honduras), Mario Facussé Handal (por Unidos por Honduras) y José de Jesús Flores Guevara (por Honduras Tú Puedes). La educadora María Antonieta Guillén de Bográn secundaba inmediatamente a Lobo en su lista de colaboradores como candidata a vicepresidenta. El 15 de marzo de 2009, la Convención del PNH, reunida en Comayagüela, respaldó de manera unánime la candidatura de Lobo y de paso eligió al alcalde de Tegucigalpa, Ricardo Antonio Álvarez Arias, nuevo presidente del CCPN.

La apuesta presidencial de Lobo fue sobresaltada y la democracia hondureña quedó puesta en entredicho el 28 de junio de 2009. Ese día, tras declarar ilegal la Fiscalía General, la Corte Suprema, el TSE y el Congreso (en su caso, aprobando una ley prohibitiva ad hoc) la convocatoria por Zelaya de un plebiscito (en la terminología del Gobierno, “encuesta nacional de opinión”), a celebrar esa misma jornada, para decidir sobre la instalación en las elecciones generales de noviembre de una "cuarta urna" que a su vez se pronunciaría sobre la votación de una Asamblea Constituyente, el presidente fue arrestado por un grupo de soldados fuertemente armados en su residencia capitalina y, sin más contemplaciones, subido a un avión y deportado a Costa Rica. Inmediatamente después, el Congreso, reunido en sesión extraordinaria, declaró cesante a Zelaya e invistió para completar el mandato presidencial al titular de la Cámara, el también liberal Roberto Micheletti Baín, quien ya estaba enemistado con el derrocado por las cuestiones del ALBA y la iniciativa constituyente.

La OEA, la ONU y la Unión Europea condenaron al punto la expeditiva remoción de Zelaya, calificaron lo sucedido de golpe de Estado y se negaron a reconocer a Micheletti, en tanto que presidente de facto. Éste, que formó un nuevo Gobierno, y el Congreso reivindicaron para su acción plena validez jurídica, con el argumento de que era Zelaya el que había quebrantado la Constitución al seguir adelante con su consulta, lo que había hecho necesario apartarle. Además, los defensores del golpe, en el que no se sabía muy bien dónde terminaba la responsabilidad del alto mando castrense y comenzaban las ramificaciones civiles, denunciaron que Mel, al promover la reforma de la Constitución de 1982, perseguía el objetivo fundamental de abolir el impedimento de la reelección presidencial y perpetuarse en el poder, siguiendo así los pasos de su nuevo aliado y mentor, Chávez.

Honduras entró en una peligrosa etapa de incertidumbre, con la población dividida, conformándose una polarización entre partidarios y detractores de Zelaya que se manifestó ruidosamente en la calle, el Gobierno de Micheletti enrocado en sus posiciones y dispuesto a silenciar con violencia a los zelayistas, y la economía expuesta a los estragos de un aislamiento internacional.

Lobo adoptó en esta crisis una actitud parcial, favorable al nuevo orden de cosas, aunque rica en matices. A diferencia de Micheletti, enredado con Zelaya en un tenso pulso institucional y en una cruda guerra de descalificaciones personales, el líder nacionalista no venía destacando por su beligerancia con los planes del presidente, quien a estas alturas de su mandato podía contar con hallar tantas o más enemistades mortales dentro de su propio partido que en el PNH.

De hecho, a principios de mayo, Lobo se había desmarcado de este clima de hostilidad antigubernamental adelantando que su partido no se opondría a la instalación en los colegios electorales de la cuarta urna, junto con las de las elecciones a presidente, a congresistas y a alcaldes, siempre y cuando el referéndum de noviembre tuviera como único propósito "redactar una nueva Constitución que sirva para enfrentar los difíciles tiempos del siglo XXI". Ahora bien, si Zelaya buscaba la manera de prolongar su mandato, podía olvidarse del apoyo del PNH, ya que éste estaba "totalmente en contra del continuismo". El posibilismo de Lobo contrastó también con el talante de su superior partidista, Álvarez, que llegó a ofrendar su vida con tal de parar "la amenaza de Zelaya de irrespetar al pueblo y atentar contra la democracia". Saltaba a la vista que el PNH, donde convivían intereses oligárquicos ultraconservadores y diversas concepciones de la derecha, el centroderecha y el liberalismo, era también escenario de divergencias.

Una vez consumado el golpe de mano del Ejército, Lobo sintonizó su discurso con el del establishment conservador que aplaudía la deposición de Zelaya. Escasas horas después de la acción de los militares, el político justificó las decisiones del Congreso con estas palabras, recogidas por el periódico español La Vanguardia: "Actuamos antes de que fuera tarde. Quisimos evitar que aquí se repitiera el libreto que Chávez marcó a Bolivia y Ecuador, que tantos enfrentamientos ha provocado allí".

Sin embargo, en las semanas y meses siguientes, a medida que la crisis se enrocaba, el candidato presidencial se esforzó en individualizar su postura con algún prurito de neutralidad, mirando más que nada por no perjudicar sus buenos índices de popularidad con palabras y gestos que denotaran radicalismo o reaccionarismo ideológico. Pero al tiempo que coqueteaba con el centrismo, en la línea del "humanismo cristiano" con el que decía identificarse, Lobo debía mantener la fidelidad de sus votantes naturales de la derecha, los cuales no querían saber nada de una restitución pactada de Zelaya.

En julio, entrevistado por el diario alemán Süddeutsche Zeitung, Lobo aseguró que no había "inocentes" en la evicción militar de Zelaya, que era la consecuencia directa de los conflictos internos en la cúpula de poder. Mel era en buena medida responsable de su desventura personal porque fue "quien más contribuyó" al ambiente de "permanente confrontación" en el seno del PLH. Pero, por otro lado, su caída resultaba "atípica", ya que había implicado la "violencia militar" y desatado una primera andanada de sanciones diplomáticas y financieras de la OEA y la banca internacional que estaban castigando a los hondureños, en especial a los más pobres.

Lobo apoyó resueltamente el proceso de diálogo, sumándose al mismo, emprendido en San José por el presidente de Costa Rica, Óscar Arias, con el apoyo del Departamento de Estado de Estados Unidos. En sus interlocuciones con Arias y en sus pronunciamientos programáticos, Lobo adujo que la comunidad internacional no debía "forzar una salida" consistente en la restitución de Zelaya porque eso podría causar "un montón de muertos". La crisis hondureña requería ciertamente una solución política, pero el derrocamiento de Mel debía aceptarse como un hecho consumado, vino a decir. El opositor rechazó la petición de Arias de que se postergaran las elecciones hasta el retorno al poder de Zelaya, que el 21 de septiembre ingresó por sorpresa en Tegucigalpa y tomó refugio en la Embajada de Brasil.

A finales de septiembre, tras el fracaso de la iniciativa del mandatario costarricense, Lobo y sus contrincantes del PLH, el ex vicepresidente Elvin Ernesto Santos Ordóñez, del Partido Demócrata Cristiano (PDCH), Felicito Ávila Ordóñez, y del Partido Innovación y Unidad (PINU), Bernard Martínez Valerio, se ofrecieron como intermediadores en el diálogo entre Micheletti y Zelaya, con quienes se reunieron por separado. El nacionalista amenazó al presidente de facto con retirarle el reconocimiento si no accedía a negociar con Zelaya y de paso censuró su decreto del estado de sitio, gesto autoritario que restringía las garantías constitucionales y cercenaba libertades (Micheletti levantó la medida el 5 de octubre).

A comienzos de octubre, el periódico español El País publicó una entrevista en la que Lobo subrayaba su independencia política ("aunque me masacren, no voy a tomar partido ni por Zelaya ni por Micheletti; no debemos seguir poniendo el destino de Honduras en dos personas que dentro de tres meses ya no van a pintar nada"), reexaminaba los sucesos del 28 de junio ("a la vista está que [la expulsión de Zelaya] fue un error; pero aquí, todo el mundo ha pecado"), prometía la formación de un ejecutivo de unidad nacional si ganaba las elecciones ("porque si no lo hago, no voy a poder gobernar") y entonaba un discurso fuertemente social, que llamaba la atención sobre la "terrible" inequidad en el acceso de la población a la educación superior y en el reparto de la renta. En añadidura, recordó el "alarmante" dato de que Honduras era el país de Centroamérica con un mayor índice de exenciones fiscales. "Hay grandes empresarios que no pagan nada por sus franquicias. Y eso se va a acabar, en Honduras se va a acabar la fiesta", afirmó.

Al empezar noviembre, Lobo desmintió unas informaciones periodísticas locales que le identificaban a él y al subsecretario estadounidense de Estado Thomas Shannon como los muñidores del pacto alcanzado el 30 de octubre por los representantes de Micheletti y Zelaya, por el que se constituiría un Gobierno de Unidad y Reconciliación Nacional, el Congreso decidiría sobre la restitución de Zelaya y este renunciaba a promover la reforma constitucional. A la postre malogrado, básicamente por las maniobras torticeras de Micheletti, que no dudó en instrumentar sus indefiniciones, el Acuerdo de Tegucigalpa-San José no establecía explícitamente quién debía presidir el Gobierno de Unidad; en realidad, tampoco fijaba la rehabilitación de Zelaya como un punto vinculante.

El 3 de noviembre, Lobo, Santos, Ávila y Martínez suscribieron un "pacto social" cuyo objetivo era "fortalecer y afianzar nuestra institucionalidad democrática mediante el absoluto respeto de los resultados de las elecciones generales". Los candidatos marginales de la izquierda, César Ham Peña, de la Unificación Democrática (UD), y el sindicalista Carlos Humberto Reyes, coordinador del Frente Nacional de Resistencia contra el Golpe de Estado, rehusaron estampar su firma al documento porque su participación en los comicios estaba supeditada a la restitución de Zelaya.

Obstruida, aparentemente sin remedio, la reposición de Zelaya –en la práctica, abandonado por Estados Unidos y la OEA, aunque el presidente tampoco halló una ayuda eficaz en el bloque de gobiernos del ALBA, más allá de las encendidas expresiones de apoyo- y terminada la pugna con la victoria total de Micheletti –quien cosechó el fruto de su intransigencia y su resistencia a toda costa-, Lobo pudo concentrarse en la campaña para las elecciones, cuyo calendario no sufrió alteraciones.

Invocando en todo momento la paz nacional y la reconciliación de los hondureños, proceso en el que incluyó a Zelaya (quien seguía refugiado en la Embajada brasileña), y prodigando moderación y sonrisas, Pepe Lobo se proyectó al electorado como un candidato amable y no sectario que anteponía todo a un gran diálogo nacional, vital en un país fracturado social y políticamente, con la economía malparada y exhausto tras medio año de crisis. Esta imagen gentil animaba a sus críticos de la izquierda y en el frente de resistencia contra el golpe de junio, donde era visto como un oportunista, a retratarle con la fácil ironía del "lobo con piel de cordero".

Además de las promesas de rigor en materia de pobreza, crecimiento, empleo, educación, salud y seguridad, el aspirante nacionalista dibujó una diplomacia asertiva que buscaría normalizar las relaciones con países como Brasil y España, en el vado a raíz del golpe y del incumplimiento del Acuerdo de Tegucigalpa-San José. En un alarde de pragmatismo, el aspirante ya había adelantado que estaba dispuesto a dialogar hasta con Chávez ("donde sea, no tengo problemas", aseguró).

Por el momento, la OEA y la UE mantenían su postura, pero ya debilitada, de no reconocer al Ejecutivo salido de las elecciones de noviembre. Los gobiernos latinoamericanos de izquierda, y en particular los del bloque bolivariano, insistían en calificar de ilegítima cualquier realidad política que soslayara la restitución de Zelaya antes del 27 de enero de 2010. Sólo Panamá, además de Estados Unidos, estaba listo para reconocer al presidente que surgiera de las urnas. Colombia, Perú y Costa Rica se reservaban tomar una decisión al respecto después de las elecciones, aunque implícitamente se inclinaban por el reconocimiento.

El 29 de noviembre de 2009 tuvieron lugar en Honduras las elecciones generales en un clima de relativa calma, bajo la estrecha vigilancia de un aparatoso dispositivo militar y policial, y sin observadores de la OEA, la ONU y la UE. Las encuestas publicadas antes del 29 de octubre habían concedido a Lobo una amplia ventaja de hasta 16 puntos sobre su principal rival, Santos. La victoria del nacionalista parecía segura y el TSE la certificó, cifrándola en el 56,6% de los votos. El candidato liberal quedó en un distante segundo puesto con el 38,1%. En las legislativas, el PNH sacó 71 escaños y el PLH, 45. Los zelayistas y el Frente Nacional de Resistencia, que llamaron a boicotear pacíficamente los comicios mediante un "toque de queda popular", rebajaron a menos del 35% el 61% de participación notificado provisionalmente por el TSE.

Tras proclamarse vencedor sobre la base de unos resultados aún no definitivos, Lobo instó a la comunidad internacional a que tomara consciencia de la "realidad" del país y no siguiera "castigando" a su pueblo, ya que las elecciones no tenían "nada que ver con la crisis del 28 de junio". El 30 de noviembre, el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, indicó que su organización, ni desconocía ni validaba las elecciones, pero que estaba abierta al diálogo con Lobo, cuyas acciones serían "fundamentales" para que la comunidad internacional reconociera su legitimidad.

El 1 de noviembre, la XIX Cumbre Iberoamericana, reunida en Estoril, Portugal, fijó un acuerdo de mínimo consenso sobre Honduras. En su desvaído pronunciamiento, los jefes de Estado y de Gobierno evitaban pronunciarse sobre la validez de las elecciones (que ni siquiera mencionaban) y se limitaban a reiterar su condena al golpe de Estado, a demandar la reposición de Zelaya para la compleción de su período constitucional y a abogar por un "gran acuerdo nacional" que restaurase la normalidad democrática en el atribulado país centroamericano.

El 2 de diciembre, el Congreso hondureño, por 111 votos (incluidos todos los de la bancada nacionalista) contra 14, entre invocaciones a Dios y justificaciones patrióticas, cerró la puerta a la restitución de Zelaya por el tiempo que le quedaba de mandato constitucional. El golpe de gracia a las previsiones del Acuerdo de Tegucigalpa-San José dejó sin mucho sentido la oferta de diálogo lanzada por Lobo a Zelaya, quien, profundamente desencantado, arrojó la toalla. El 14 de diciembre, sin mucha convicción, el presidente electo pidió a Micheletti y a Zelaya que renunciaran simultáneamente como una alternativa para atajar la crisis política.

Hasta la toma de posesión del 27 de enero de 2010, el mandatario electo se refirió a la necesidad de "reconstruir" las relaciones internacionales del país y reconoció la "difícil" situación de la economía, casi vaciada de recursos financieros por la crisis global y la interrupción de las ayudas internacionales, y técnicamente en recesión. Por otra parte, el país que iba a presidir ya no sería miembro del ALBA: el 13 de enero el Congreso ratificó el abandono de esta agrupación política, aunque Honduras seguía participando en Petrocaribe. El 20 de enero Lobo y el presidente dominicano, Leonel Fernández, acordaron en Santo Domingo ofrecer a Zelaya, sobre el que pendía una orden de captura por la supuesta comisión de 18 delitos contra la Constitución y de corrupción, una vía libre para marchar junto con su familia a la República Dominicana, donde serían acogidos en calidad de huéspedes.

(Cobertura informativa hasta 1/2/2010)