Robert Mugabe

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Datos relevantes

Actualización: 6 de Junio de 2011
Crédito fotográfico: © UN Photo/Mark Garten
Robert Gabriel Mugabe

Zimbabwe

Presidente de la República; ex primer ministro

Duración del mandato: 31 de Diciembre de 1987 - En funciones

Nacimiento: Kutama, distrito de Zvimba , 21 de Febrero de 1921

Partido político: ZANU-PF

Profesión: Profesor de escuela

Crédito fotográfico: © UN Photo/Mark Garten

Resumen

Hijo de un ebanista rural de la tribu zezeru (subgrupo de los shona, la etnia mayoritaria en el país), se educó en la Escuela Misionera Empandeni que los jesuitas tenían en Kutama. Formado a los 17 años para profesor de primaria, desempeñó esta labor en la misión y, desde 1943, en otros centros escolares de la entonces colonia británica de Rhodesia del Sur.

Biografía

1. Jefe guerrillero contra el régimen racista de Rhodesia
2. Líder del Zimbabwe independiente
3. Reacción ante la crisis económica y la agitación política
4. Solidaridad y nuevo intervencionismo regionales
5. El final de las garantías a los granjeros blancos
6. Aferramiento al poder y recriminación internacional


1. Jefe guerrillero contra el régimen racista de Rhodesia

En 1948 marchó a Sudáfrica para ampliar su formación en la Universidad de Fort Hare. Allí conoció la agitación estudiantil contra el régimen racista blanco y en 1951 obtuvo el título de Bachellor of Arts. En 1952 retomó sus actividades docentes en la Escuela Católica Romana Drifontein de Umvuma, desarrolladas luego en Salisbury (1953), Gwelo (1954), la Escuela de Magisterio de Chalimbana, en Tanzania (1955-1957), y, desde 1958, en la capital de Ghana, Accra, donde contrajo matrimonio con una maestra local.

En 1960 regresó a Rhodesia del Sur y pasó a militar en el movimiento de liberación de las gentes de color. Aquel mimo año se convirtió en secretario de propaganda del Partido Nacional Democrático (NDP) de Joshua Nkomo y un año después ocupó el mismo puesto en su sucesor, la Unión Popular Africana de Zimbabwe (ZAPU).

Tras sufrir dos períodos de detención, entre septiembre y diciembre de 1962 y de marzo a abril de 1963, ese último mes escapó a Tanzania, donde en agosto fundó con el reverendo Ndabaningi Shitole la Unión Nacional Africana de Zimbabwe (ZANU), que pasó a dirigir como secretario general y que marcó las distancias con la ZAPU con un programa independentista radical.

En diciembre de 1963 Mugabe retornó clandestinamente a su país, pero al cabo de un año fue arrestado y condenado a diez años de cárcel, pena que cumplió íntegramente, hasta noviembre de 1974, y durante la cual se licenció en Derecho por la Universidad de Londres a través de un curso por correspondencia. Entretanto, en noviembre de 1965, los supremacistas blancos habían declarado unilateralmente la independencia del Reino Unido e instaurado un gobierno racista presidido por Ian Smith.

En 1975 Mugabe se trasladó a Mozambique, donde recibió la noticia de su elección como presidente de la ZANU por los miembros del Comité Central del partido. Sustituyó a Shitole, que terminaría siendo expulsado por su evolución hacia posiciones moderadas.

Mugabe, que hasta pasados unos meses no vio unánimemente reconocido su liderazgo en el seno de la ZANU, ordenó intensificar la resistencia, hasta adoptar una dimensión guerrillera, al brazo armado del partido, el Ejército de Liberación Nacional Africano de Zimbabwe (ZANLA). También trabó una relación con China y Corea del Norte para la recepción de ayuda militar.

En estos años su imagen pública era la de un revolucionario intransigente y escorado al marxismo, bien alejado de la prudencia en torno a los privilegios de la minoría blanca y el pragmatismo ideológico que luego exhibiría durante la mayor parte de su trayectoria como estadista. A pesar de este perfil radical su preparación intelectual -y su fe católica- le valió numerosas simpatías y apoyos en Estados Unidos y Europa Occidental.

En octubre de 1976 se alió a la ZAPU de Nkomo en un Frente Patriótico (PF) para optimizar la lucha guerrillera y la acción política. El PF, efectivamente, dirigió con éxito creciente las operaciones insurgentes contra el Gobierno de mayoría blanca de Smith y, desde junio de 1979, contra el Gobierno de coalición presidido por el obispo metodista Abel Muzorewa, jefe del movimiento negro moderado Congreso Nacional Africano Unido (UANC).

Mugabe rechazó rotundamente el denominado Acuerdo de Salisbury del 3 de marzo de 1978, por el que Muzorewa, Shitole y un tercer líder negro moderado, Jeremiah Chirau, de la Organización de los Pueblos Unificados de Zimbabwe (ZUPO), aceptaron de Smith un calendario para la transferencia del poder a la mayoría negra. El pacto estaba dirigido a debilitar el PF y más concretamente contra Mugabe (Nkomo, anticomunista declarado, fue tentado secretamente por Smith para que se volviera contra su aliado), cuyo socialismo africano, en la línea del tanzano Julius Nyerere y el zambiano Kenneth Kaunda -éste su principal aliado y protector-, temía el poder blanco.


2. Líder del Zimbabwe independiente

El fracaso de la experiencia de la República de Zimbabwe-Rhodesia -incapaz de ganar el reconocimiento diplomático exterior-, el apoyo al PF por la Organización para la Unidad Africana (OUA) y el Movimiento de países No Alineados (MNA), más el propio realismo del Gobierno británico, obligaron a Muzorewa y Smith a negociar una verdadera independencia, fundada en el principio de "un hombre, un voto" y sin reserva de ventajas políticas para la minoría blanca. Mugabe tomó parte en las negociaciones cuatripartitas que comenzaron en Lancaster House, Londres, el 10 de septiembre de 1979 y que concluyeron el 12 de diciembre con los históricos acuerdos que pusieron fin al dominio blanco.

En aquella fecha el país retornó al estatus provisional de colonia británica y poco después, del 27 al 29 de febrero de 1980, se celebraron unas elecciones democráticas que, en puridad, no fueron enteramente equitativas, ya que a los blancos se les reservaba una cuota del 20% de los escaños del Parlamento (en las elecciones de 1979 ésta había sido del 40%), para los que votaron en lista separada el día 15.

Este reparto no reflejaba en absoluto la realidad demográfica del país, donde unos 250.000 blancos convivían con seis millones de negros -y la desproporción seguía aumentando por la marcha de miles de europeos temerosos del desquite negro-, pero constituía una concesión del PF y de Mugabe a un sector social que aportaba el indispensable personal cualificado para el funcionamiento del futuro Estado.

El 17 de abril de 1980 el Gobierno de Londres, siguiendo el ceremonial de descolonización aplicado a las otras posesiones africanas ya emancipadas, transfirió todo el poder a las nuevas autoridades, que proclamaron la República de Zimbabwe. Al día siguiente, Mugabe prestó juramente como primer ministro y Canaan Banana hizo lo propio como presidente de la República, un puesto revestido de poderes meramente simbólicos.

Mugabe dio sobradas muestras de pragmatismo en estos primeros momentos y no cayó en el error de muchos líderes independentistas africanos, que cuando llegaron al poder no evitaron, o incluso azuzaron, la desbandada de los residentes blancos, con calamitosas consecuencias para unas naciones jóvenes desprovistas de técnicos y especialistas autóctonos. Sin traslucir el mínimo asomo de revanchismo antiblanco, Mugabe pactó con Londres el mantenimiento del sistema parlamentario multipartidista durante diez años al menos, aceptó la exigencia en la Constitución de una mayoría parlamentaria del 80% para aprobar su reforma e incluso concedió a los blancos dos carteras en su Gobierno de coalición.

Así, el general británico Peter Walls, que había dirigido las operaciones contra las guerrillas negras, permaneció al frente del Ejército mientras durase la integración de aquellas en las pluriétnicas Fuerzas Armadas Zimbabwas (FAZ). Cuando ello se dio por concluido, en agosto, Walls dimitió, pero al año siguiente otro oficial británico fue nombrado comandante en jefe de las FAZ.

La configuración de un país multirracial, respetuoso con las propiedades de los blancos y en especial con las eficientes explotaciones agrícolas, así como deseoso de atraer la inversión extranjera, tranquilizó mucho a la población de origen británico, cuyo ritmo de emigración a la antigua metrópoli disminuyó a ojos vista. Paradójicamente, con quien se enemistó el otrora adalid de la liberación negra fue con sus aliados de la ZAPU, que con dos ministros -entre ellos Nkomo, en Interior-, tomaba parte en el Gobierno de coalición.

El futuro del PF, que tan provechoso había resultado durante la lucha de liberación, se tornó incierto cuando sus dos partidos integrantes concurrieron por separado en las elecciones de febrero, que otorgaron la mayoría absoluta a la ZANU con 57 de los 80 escaños y el 62,9% de los votos. Realista y tolerante con los blancos, por el contrario Mugabe aplicó desde el primer momento un política tribalista para asegurar su base de poder entre los negros. Así, azuzó la presunta animosidad existente entre los mayoritarios shonas y los minoritarios ndebeles (el 16% de la población), grupo en que la ZAPU fundamentaba su peso electoral y al que pertenecía el propio Nkomo.

En febrero de 1981 estallaron combates en Bulawayo entre las tropas de Mugabe y Nkomo y en abril de 1982 el segundo fue destituido como ministro sin cartera (función a la que había sido rebajado en enero de 1981). La guerra civil se generalizó cuando la ZAPU desertó de las FAZ y se retiró a su bastión étnico en el Matabeleland, aprestándose a una resistencia territorial con emboscadas, sabotajes y atentados.

Mugabe ordenó aplastar a la ZAPU, que tras sucesivas ofensivas quedó laminado entre finales de 1983 y principios de 1984. El peso de las operaciones militares y de la posterior represión lo asumió la V Brigada de las FAZ, integrada exclusivamente por soldados shona. Como consecuencia, cientos de poblados ndebeles fueron arrasados y las víctimas mortales se contaron por millares (según las fuentes, el balance oscilaría entre 10.000 y 30.000 muertos).

La ZAPU claudicó y Nkomo no tuvo otro remedio que aceptar la propuesta de Mugabe de fusionarse con su partido, cosa que tuvo lugar el 22 de diciembre de 1987 con el nacimiento del ZANU-PF. Como en las elecciones del 1 de julio de 1985 los dos partidos habían sumado 79 escaños (64 y 15, respectivamente) y el 19 de agosto de 1987 se había suprimido mediante referéndum la reserva de 20 escaños para los blancos, Mugabe gozó de la mayoría suficiente para reformar la Constitución a su medida.

Las enmiendas entraron en vigor el 21 de septiembre, el 29 de diciembre fue proclamado el sistema republicano presidencialista y el 31, sin contestación de su candidatura, fue elegido por el Parlamento para ocupar el puesto de Banana, revestido ahora de verdaderos poderes ejecutivos. La concentración de poder en manos de Mugabe pasó por la abolición del puesto de primer ministro y la potestad de nombrar a 12 de los 150 diputados del nuevo Parlamento.


3. Reacción ante la crisis económica y la agitación política

A finales de los años ochenta, la perspectiva de implantar el sistema de partido único, largamente acariciada por Mugabe y más factible luego de considerar periclitados los compromisos adquiridos en 1980 con el Gobierno británico, quedó frustrada, más por los vientos de signo opuesto que barrían el continente que por la resistencia planteada por una oposición, representada por personajes desacreditados como Smith y Muzorewa, extraordinariamente débil.

Mugabe había planteado sus intenciones con una aserción reveladora de su mentalidad: "somos un único pueblo, tenemos una única bandera y compartimos una única identidad nacional; ¿por qué no tener un único partido?". Pero luego, el dirigente no se atrevió a ir en contra la corriente democrática general que recorría el continente y optó por mantener la fachada pluralista, totalmente inocua para la hegemonía indiscutible del ZANU-PF.

Las terceras elecciones desde la independencia se celebraron del 28 al 30 de marzo de 1990 en un clima de violencia e intimidación del Gobierno, que enfocó los comicios como un plebiscito. Precisamente, el 17 de enero anterior había sido prolongado por otros seis meses el estado de emergencia decretado por Smith en 1965 y desde entonces regularmente renovado por los sucesivos regímenes políticos.

En las elecciones presidenciales, primeras directas desde la reforma constitucional de 1987, Mugabe se deshizo de su rival, Edgar Tekere, un ministro disidente defenestrado en octubre de 1988, con el 78,3% de los votos, mientras que en las legislativas el ZANU-PF acarició el monopolio de la Asamblea al hacerse con 117 de los 120 escaños abiertos a competición. El único partido opositor de entidad, el Movimiento de la Unidad de Zimbabwe (ZUM) de Tekere, sólo arañó dos diputados.

Con calculada ambigüedad, Mugabe agitó los sentimientos de aquellos que habían conocido los años de la opresión racista al presentar el ZUM como una criatura de los privilegiados blancos, toda vez que había suscrito un pacto con la Alianza Conservadora de Zimbabwe, el partido blanco heredero del Frente Rhodesiano de Smith, para evitar una expropiación de tierras a fin de repartirlas entre el campesinado negro. En efecto, desde 1987 Mugabe venía relativizando su discurso de inmutabilidad del statu quo de la tierra con promesas populistas de una reforma agraria -un imperativo moral globalmente aceptado, pero de repercusiones económicas bastante inciertas-, que de momento no se concretaba.

Que el ZUM surgiera como una fuerza bien implantada entre los jóvenes y en los centros urbanos revelaba la fractura social en ciernes. Desde 1988 el país estaba conociendo una agitación y un descontento crecientes por el deterioro de las condiciones de vida y la falta de perspectivas profesionales. Para atajar la crisis, a finales de 1989 el Gobierno de Mugabe imprimió un drástico viraje a su política económica en un sentido liberal: levantó las restricciones a las importaciones, estimuló la inversión extranjera, lanzó una campaña de privatizaciones de empresas del Estado, redujo el gasto público y elaboró presupuestos de austeridad.

Las consecuencias inmediatas fueron al aumento del paro por el despido masivo de empleados públicos y la suspensión de la gratuidad total en la enseñanza y la sanidad, entre otras generosas subvenciones sociales que, conforme al modelo socialista, habían sido la admiración del continente.

La desaparición de estas protecciones provocó una honda impresión en los centros urbanos, que empezaron su desapego del ZANU-PF, si bien el campo le siguió fiel gracias al mantenimiento del reparto subvencionado de alimentos. La coincidencia con una serie de malas cosechas por inclemencias naturales agudizó desde 1992 la penuria de productos de primera necesidad y certificó el fracaso del que durante años fue considerado un modelo agrícola ejemplar, que, por ejemplo, en 1988 hizo acreedor a Mugabe del premio de África al Liderazgo en la causa de la Erradicación del Hambre, que otorga la ONG estadounidense Hunger Project.

Sus políticas en este terreno consistieron en la promoción de granjas comunales, la equiparación de derechos de la mujer en la legislación sobre la tenencia y usufructo de la tierra, una amplia oferta crediticia e inversiones en la formación técnica del campesinado. Todo ello, más -y muy fundamentalmente- el no cuestionamiento de las propiedades agropecuarias de los blancos, se tradujo en unos altos índices de productividad alimentaria y en una drástica mejora de determinados índices de desarrollo humano con respecto al período anterior a 1989, como la tasa de mortalidad infantil.

En los primeros años noventa estos logros empezaron a tambalearse por la ruptura de la racha de desarrollo sostenido y la ineficacia, fuera del control de la inflación, de las políticas de ajuste. Casi todos los ingresos obtenidos por las privatizaciones y el ahorro presupuestario fueron destinados a pagar los intereses de la deuda pública y los salarios y emolumentos del aún hipertrofiado aparato administrativo, encastrado con las tramas clientelistas y corruptas mantenidas por el ZANU-PF.

Más aún, la entrada de productos extranjeros afectó muy negativamente al sector manufacturero, muy poco competitivo, provocando el cierre o el recorte de empresas y generando paro obrero. Finalmente, las cada vez más insistentes amenazas de nacionalización de la tierra perturbaron el sector agrícola comercial, verdadero pilar de la economía.

En estas circunstancias, Mugabe acudió a la reelección el 16 y el 17 de marzo de 1996 para un nuevo período sexenal. El presidente volvió a vencer, pero esta vez con un déficit democrático que ensombreció el apabullante 90,3% de votos obtenido: en vísperas de la votación había quedado como el único candidato, luego de retirarse los otros seis contendientes, entre ellos Muzorewa y Shitole, aunque los nombres de ambos aparecieron en las papeletas, y, además, la participación fue muy baja, del 31,7%. En las legislativas que se celebraron un año antes, el 8 y el 9 de abril de 1995, el ZANU-PF mantuvo su dominio absoluto con 118 escaños y el 82,3% de las papeletas.


4. Solidaridad y nuevo intervencionismo regionales

Mugabe se destacó tanto en el buen entendimiento con las capitales occidentales, como en el compromiso sin fisuras con los países de la línea del frente, aliados de Zimbabwe en la resistencia contra una Sudáfrica muy agresiva, tanto en su política racista interior como en su desenvoltura regional. Ya en 1980, del 21 al 27 de agosto, Mugabe realizó su primera visita a Estados Unidos, pero hasta octubre de 1985 no hizo lo propio con la URSS.

Este viaje puso fin a varios años de frialdad y de desconfianza por el apoyo que Moscú había prestado al anticomunista Nkomo como contrapeso de las simpatías prochinas de la ZANU. Ahora Mugabe precisaba con urgencia ayuda militar para defenderse de las incursiones que, con creciente impunidad, estaba realizando el Ejército sudafricano en territorio zimbabwo -incluso en la propia capital, Harare (la antigua Salisbury)- para destruir objetivos de retaguardia del Congreso Nacional Africano, en lucha contra el apartheid.

Esta era la razón esgrimida por el Gobierno de Pretoria, pero se trataba también de minar la capacidad militar del molesto vecino del norte, como quedó de manifiesto con el espectacular sabotaje del 25 de julio de 1982 contra la Fuerza Área Zimbabwa, que vio destruidos una docena de aparatos en tierra. Además, los comandos sudafricanos estaban detrás de la actividad subversiva de bandas armadas, en teoría no ligadas a partido alguno, que se dedicaban al saqueo de granjas de blancos y negros indistintamente. Pese a todo, Mugabe no cortó con Sudáfrica los lazos económicos, vitales para un país privado de la salida al mar.

Por otro lado, el mandatario zimbabwo fue presidente de turno del MNA entre el 1 de septiembre de 1986, cuando se inauguró en Harare la VIII Cumbre de la organización, y el 4 de septiembre de 1989. En el mismo escenario auspició la XXX Reunión de Jefes de Gobierno de la Commonwealth, del 16 al 22 de octubre de 1991, y la XXXIII Asamblea (cumbre) ordinaria de Jefes de Estado y de Gobierno de la OUA, del 2 al 4 de junio de 1997, cuando fue elegido presidente anual de turno y se aprobó la puesta en marcha de la Comunidad Económica Africana anunciada por primera vez en 1991.

El histórico cambio de régimen en Sudáfrica en 1994 y la profunda alteración geopolítica que desde ese año experimentó África central -en esencia la denominada región de los Grandes Lagos-, afectó también a la diplomacia zimbabwa, que se había acomodado a un estatus de líder regional. La elección presidencial de Nelson Mandela, cuya aclamada trayectoria de luchador por la libertad eclipsaba a la de Mugabe, desató una apenas velada rivalidad cuyo primer encontronazo serio fue con motivo de la guerra civil en la República Democrática del Congo.

Cuando el presidente Laurent Kabila, instalado en el poder en Kinshasa por la vía insurgente en 1997, arrostró su propia rebelión en agosto de 1998, Mugabe se erigió inmediatamente en el adalid de un grupo de países de la Comunidad de Desarrollo de África del Sur (SADC) favorables a enviar tropas en ayuda de Kabila, alegando que el Congo estaba siendo invadido por los ejércitos de Uganda y Rwanda.

Mugabe movilizó un cuerpo expedicionario inicial de 6.000 hombres, apoyados por unidades blindadas y de aviación, que se mostró bastante eficaz en la defensa de Kinshasa, pero no tanto en los frentes orientales. Este voluntarismo fue mal acogido por Mandela, que adoptó una posición muy reacia a cualquier intervención militar para socorrer a Kabila. Como responsable del subcomité de política, defensa y seguridad de la SADC, Mugabe mantuvo desinformado a Mandela, hasta septiembre de 1998 presidente en ejercicio de la organización, de sus iniciativas militares y diplomáticas.

Este dinamismo del dirigente zimbabwo no fue, sin embargo, cuestionado por Zambia y Tanzania, los dos países miembros que más apostaban por la solución diplomática a la guerra congoleña, y mucho menos por Angola y Namibia, cuyos presidentes enviaron también tropas y las sometieron al mando militar zimbabwo.

Sumamente impopular desde el primer momento, la intervención en el Congo, lejos de constituir una asistencia desinteresada, fue interpretada dentro y fuera de Zimbabwe como en provecho propio del presidente y de su núcleo de colaboradores. La testimonial oposición parlamentaria, e incluso algunos diputados oficialistas, denunciaron que un país quebrantado económicamente no podía permitirse aventuras exteriores millonarias en las que, además, no estaban en juego intereses vitales del país.

La tesis más aceptada es que, a cambio de su ayuda, Mugabe esperaba obtener del Gobierno congoleño sustanciosas concesiones económicas, desde la venta de material militar por valor de 250 millones de dólares hasta un trato preferencial para inversiones privadas en las industrias extractivas de los riquísimos recursos naturales del país. Desde octubre de 1998 Mugabe afrontó la presión de la opinión pública -vigorosa, gracias a una de las prensas más libres del continente-, que, alarmada por las noticias del derribo de cazabombarderos Mig 21 y la toma de prisioneros, exigía la evacuación de un contingente cuya misión no veía clara.

Incondicionalmente al lado de Kabila, Mugabe auspició varias cumbres de los países implicados en el intrincado conflicto congoleño, para arreglar un algo el fuego y el despliegue de una fuerza de pacificación internacional, como la celebrada en Victoria Falls el 8 de septiembre de 1998. Este encuentro, como todos los posteriores y en los que Mugabe participó, fracasó por la dificultad de conciliar las exigencias e intereses de los numerosos actores de la contienda.

En 2000, la intransigencia del dirigente congoleño aparecía como la principal rémora para la paz, pero Mugabe no dejó de defender su postura, aun cuando los países de la SADC que no habían enviado tropas empezaban a impacientarse y Namibia y Angola habían reducido ostensiblemente el nivel de sus participaciones.

En el verano de 2000 el presidente zimbabwo declaró su deseo de retirar las tropas, unos 12.000 soldados, esto es, nada menos que la tercera parte de las FAZ, pero no antes de que la ONU desplegara su proyectada misión de cascos azules. Dado que ésto seguía en el alero precisamente por la negativa de Kabila, se esperaba de Mugabe una presión firme sobre su protegido para que diera la luz verde.

El inesperado asesinato de Kabila el 16 de enero de 2001 en un turbio complot interno no trajo el drástico cambio de escenario supuesto en los primeros momentos, pues Mugabe y los presidentes aliados reafirmaron al nuevo presidente congoleño, Joseph Kabila, hijo del finado, su compromiso en la defensa del país. Sin embargo, cuando en marzo siguiente Rwanda y Uganda retiraron una parte sustancial de sus tropas, el presidente zimbabwo expresó su disposición a hacer lo propio.


5. El final de las garantías a los granjeros blancos

En 1998 Mugabe, confrontado con una situación social y económica sumamente deteriorada, retomó con brío el viejo argumento de la reforma agraria. La comunidad internacional, y en especial los países acreedores, aceptaban la necesidad de corregir el flagrante desequilibrio que suponía la posesión por apenas 4.500 blancos (comunidad racial que sólo supone el 1% de los 12 millones y medio de habitantes) del 32% de todas las fincas cultivables, mientras que millones de habitantes negros vivían hacinados en barrios suburbanos con carencias de todo tipo.

Mugabe solicitó un préstamo de 1.600 millones de dólares para redistribuir alrededor de cinco millones de hectáreas entre 150.000 familias a lo largo de cinco años, pero las conversaciones no llegaron a buen puerto al exigir los donantes garantías de que los adjudicatarios de las expropiaciones serían ciudadanos pobres, la indemnización de los propietarios afectados y el diseño de un programa por fases con un período de prueba inicial de dos años con el que se ensayarían y evaluarían los procedimientos de realojo y transferencia.

Asimismo, en abril de 1998 el Gobierno aprobó un nuevo plan de ajuste estructural llamado a restablecer las líneas de crédito del FMI y el Banco Mundial, en suspenso luego de abandonar el anterior plan de 1995 por su incapacidad para respetar las condiciones fijadas en el terreno fiscal. En 1999 las conversaciones volvieron a fracasar cuando los organismos acusaron a Harare de desviar ayuda al desarrollo para financiar su expedición militar en el Congo. Entretanto, el PIB se acercaba al crecimiento cero.

A finales de aquel año la situación empeoró bruscamente por la escalada de los precios, que situó la inflación en el 60%, el crecimiento del desempleo, el cual afectaba ya a al 55% de la población activa, y la debilidad del dólar zimbabwo. Las huelgas obreras y las manifestaciones en protesta por la carestía de la vida, unidas al malestar por la participación en la guerra del Congo, favorecieron la emergencia de la primera oposición seria a la hegemonía del ZANU-PF. Ésta no provino del frente partidista, débil, mal organizado y neutralizado policial y judicialmente, sino del Congreso Sindical de Zimbabwe (ZCTU) que dirigía Morgan Tsvangirai.

El ZCTU supo capitalizar el descontento con un plantel de reivindicaciones económicas y políticas, y con ataques directos a Mugabe, que hasta entonces había gozado de cierta inmunidad por su historial de luchador por la libertad. En septiembre de 1999 Tsvangirai puso en marcha el partido Movimiento por el Cambio Democrático (MDC), una amalgama de activistas políticos, sindicales y sociales que se dotó de un programa de signo socialdemócrata.

Fue el momento en que Mugabe decidió lanzar, después de muchos amagos y advertencias, la reforma agraria. El 12 y el 13 de febrero de 2000 se sometió a referéndum un proyecto de reforma constitucional para incrementar los poderes del presidente al objeto de permitirle, entre otras facultades, la confiscación de las granjas de los blancos por decreto.

El MDC convirtió la consulta en un plebiscito del régimen y pidió el no a una reforma, a su juicio, inoportuna, que no respondía a las verdaderas urgencias del país y que además apuntaba hacia una deriva autoritaria y de concentración del poder. Los votos negativos sumaron el 54,6% y, por primera vez desde 1980, Mugabe perdió un examen en las urnas. La derrota, que tenía visos de humillación, amenazaba con repetirse en las próximas elecciones legislativas.

En abril de 2000 el país conoció la peor crisis social de su historia cuando el ZANU-PF movilizó a sus militantes contra la oposición en las calles de Harare. Paralelamente, grupos de veteranos de la guerra de liberación, que nutrían el grupo de incondicionales de Mugabe, multiplicaron las ocupaciones violentas de granjas, iniciadas a pequeña escala a principios de año, y protagonizaron destrucciones de bienes, apaleamientos y linchamientos, tanto de propietarios blancos como de asalariados negros.

Con la aquiescencia de Mugabe, estos llamados ex combatientes, capitaneados por Chenjerai Hunzvi, alias Hitler (quien fallecería en junio de 2001 al parecer por causa natural, al poco de perecer también, en accidentes de tráfico. los ministros de Defensa, Moven Mahachi, y de Trabajo, Border Gezi, todos ellos considerados del círculo duro de partidarios de Mugabe), amenazaron con la "guerra civil" si el ZANU-PF perdía las elecciones legislativas ante el MDC, calificado de marioneta de los blancos, y llamaron a la eliminación por la fuerza de lo que consideraban residuos del colonialismo británico en Zimbabwe.

Estos episodios de violencia provocaron la consternación internacional y la severa advertencia del Reino Unido, y destruyeron el prestigio que Mugabe aún tenía en el exterior. Los analistas opinaron que el mandatario había decidido abrir la caja de Pandora de la reforma agraria radical, durante años cerrada a buen recaudo, para instrumentar electoralmente las emociones de las masas negras y, de paso, con los iracundos veteranos como fuerza de choque, amedrentar a una oposición crecida tras el fiasco del referéndum. Los medios occidentales sostuvieron que Mugabe, con esta apuesta por la redistribución caótica y violenta de la tierra, no hacía sino revelar el rostro prosaico de un autócrata obsesionado con mantenerse en el poder.

El MDC fue más allá y calificó a Mugabe de "dinosaurio político", "déspota desquiciado" y "señor del desgobierno"; al haber conducido al país a una situación crítica con su administración "incompetente, corrupta y arrogante", era digno, proseguía, de ser "arrojado al basurero de la historia". La oposición recordó además que tras la independencia, Mugabe manejó a su antojo un fondo de compensación, donado por el Reino Unido, para la expropiación parcial de fincas de blancos por valor de 44 millones de libras: de las 400 propiedades afectadas, 270 terminaron en manos de su círculo de colaboradores siguiendo un concepto crematístico de la lealtad política.

Dos décadas después Mugabe rehusaba detener las invasiones rurales y rebatía con virulencia las imputaciones de las que era objeto: acusó a Londres de injerencia y llamó a los granjeros "enemigos de Zimbabwe", defendió el derecho de su Gobierno a expropiar las granjas sin compensación conforme a una ley aprobada en 1992 y descargó esa responsabilidad en el Reino Unido, como antigua metrópoli, autor de las rapiñas colonialistas que son el origen del injusto reparto de la tierra.

Sin embargo, en las semanas siguientes Mugabe fue retirando sutilmente su apoyo implícito a los veteranos, ante el cariz, con un balance ya de 30 muertos entre granjeros, jornaleros y opositores políticos urbanos, que estaba adquiriendo la crisis. La inacción policial estaba empujando a los atacados a la autodefensa y, por otro lado, una eventual estampida de los blancos, como sugerían las masivas solicitudes de la ciudadanía británica, aceleraría de seguro el colapso de la economía. Desde finales de mayo, las fuerzas de seguridad empezaron a proteger las propiedades rurales y los veteranos fueron obligados a plantear sus reivindicaciones en la mesa de negociación con los granjeros blancos.

Las elecciones legislativas del 24 y el 25 de junio de 2000 supusieron el final de la hegemonía del ZANU-PF, que obtuvo el 48,6% de los votos y 62 escaños frente al 47% y las 57 actas del MDC. Aún sumándole los 12 diputados nombrados por Mugabe y los 18 reservados a gobernadores provinciales y jefes tradicionales, en adelante el partido del poder debería pactar con el MDC en el Parlamento toda enmienda a la Constitución al carecer de la mayoría de dos tercios.

El hecho de que todos los escaños de Harare y de la segunda ciudad del país, Bulawayo, fueran a parar al partido de Tsvangirai (quien, irónicamente, fracasó en la obtención del suyo), ilustraba que al ZANU-PF sólo le había salvado de la debacle su arraigo en las áreas rurales, donde se desarrollaron con éxito los procedimientos habituales de clientelismo e intimidación.

Tras los comicios, Mugabe rebajó la retórica nacionalista y declaró que la reforma agraria seguiría adelante, si bien "ateniéndose a la paz y el orden". Ello sugería una disposición a negociar con el MDC un programa gradual para la retrocesión de tierras a la población negra. El año terminó registrando una recesión del 5,5% del PIB y estando en vigor los embargos unilaterales de armas de varios países europeos y Estados Unidos.


6. Aferramiento al poder y recriminación internacional

Ahora bien, en el primer semestre de 2001 prosiguieron los episodios de hostigamiento, algunos terminados con la muerte de las víctimas, los sabotajes y los ataques contra personas y propiedades ligadas a la oposición. Mugabe, pese a su edad, aspiraba al tercer mandato sexenal y el horizonte de las presidenciales de 2002 vigorizó todas las maniobras del poder para ganar esas elecciones, a cualquier precio.

En abril de 2001 se aprobaron sendas leyes que restringían las libertades de la oposición; la primera establecía una limitación en el acceso a los medios de comunicación y la segunda prohibía la financiación de los partidos desde el extranjero, una medida destinada a cercenar los fondos procedentes de la comunidad blanca con destino al MDC. Al mismo tiempo, se registraron ataques, y no meramente administrativos, contra el poder judicial y la prensa independiente.

A mediados de agosto, mientras varios batallones totalizando 5.000 soldados proseguían su retirada del Congo, el entorno de Mugabe volvió a la carga con su retórica belicista, caldeando el ambiente para una nueva y caótica ola de allanamientos de granjas, muchas veces dando pie a la destrucción irracional de bienes y el incendio de pastos y plantaciones tabaqueras. El vicepresidente Joseph Msika negó que los blancos fueran "seres humanos" y el propio Mugabe advirtió que la reforma agraria iba a acelerarse sin importar las consecuencias internacionales para Zimbabwe; los granjeros blancos que quedaban debían, pura y simplemente, abandonar sus posesiones sin derecho a compensación.

Esas derivaciones internacionales empezaron, ciertamente, a manifestarse, y eran absolutamente nocivas para el país. En la cumbre presidencial de la SADC el 10 de septiembre en Harare, Mugabe tuvo que escuchar de sus huéspedes, con el malawi Bakili Muluzi llevando la voz cantante, la severa advertencia de que la reforma agraria unilateral y por la fuerza estaba dañando las economías de toda la región, así como creando un clima de inestabilidad desfavorable para las inversiones foráneas.

A final de año, los medios regionales informaron que el presidente sudafricano, Thabo Mbeki, estaba furioso con Mugabe por, a tenor de los hechos, haber ignorado el acuerdo de principio firmado en septiembre con la mediación del Gobierno de Nigeria para terminar con las invasiones violentas de granjas.

En su huida hacia delante, el mandatario zimbabwo declaró el 15 de diciembre la "verdadera guerra" a sus enemigos políticos internos mientras el partido multiplicaba la movilización de militantes con parafernalia militar. El 10 de enero de 2002 el Gobierno de Harare fue objeto de la enésima andanada de reproches internacionales, con el británico Tony Blair entregado a una porfía casi personal con Mugabe, por la aprobación parlamentaria de sendas normativas sobre la tipificación como delito criminal de la crítica al presidente, la prohibición de los monitores electorales independientes y la sustracción del derecho al voto a los zimbabwos en el extranjero.

Con la amenaza de sanciones formales de la UE y Estados Unidos y la suspensión de la Commonwealth, el consenso roto en la SADC y una atmósfera de tensión extrema en el país, se llegó a la campaña para las elecciones presidenciales del 9 y 10 de marzo. Sobre el MDC se abatió un vendaval de intimidaciones, hostigamientos y ataques físicos al tiempo que el Parlamento sacaba adelante nuevos instrumentos legales diseñados para reprimir a los descontentos y asegurar la reelección de Mugabe. A Tsvangirai, en concreto, se le enjaretaron todas las imputaciones posibles, incluida la de planear un golpe de Estado, lo que le exponía a ser formalmente acusado de alta traición.

La disputa con la UE subió de tono a comienzos de febrero cuando Mugabe ordenó la retirada del jefe de la misión de observadores y rechazó a los monitores de ciertos estados miembros, acusándoles de parcialidad. La respuesta de la organización europea fue, el 18 de febrero, la retirada de toda la misión, 150 personas, y la imposición de sanciones económicas y diplomáticas, consistentes en la interrupción de la ayuda al desarrollo hasta 2007 (110 millones de dólares), el veto a Mugabe y sus ministros para viajar a territorio comunitario y la congelación de sus activos financieros.

Todavía tres días antes de las elecciones, el 6 de marzo, Mugabe, desoyendo una sentencia del Tribunal Supremo, dispuso una serie de modificaciones a la ley electoral, siendo la más controvertida la prohibición de observadores locales en los colegios electorales, función que iban a desempeñar en exclusiva los 22.000 funcionarios del Estado. Para UE y Londres, semejantes restricciones reducían las garantías democráticas de los comicios a cero, teniendo además presente que la campaña se saldó con la muerte de 33 personas, casi todos militantes del MDC asesinados por milicianos del ZANU-PF.

La primera jornada electoral discurrió en un desorden total, con inmensas colas por la escasez de colegios en las ciudades, donde los apoyos del MDC eran masivos, y lo reducido del horario para votar, detenciones arbitrarias de electores y la omnipresencia intimidatoria de las fuerzas de seguridad. La confusión era mayor al no haberse publicado el censo electoral, produciéndose el hecho esperpéntico de que el propio Mugabe acudió por error a votar a un centro en el que no estaba inscrito. Las urnas se abrieron de nuevo el día 11 en Harare y otros distritos, pero sólo a partir del mediodía, pese a que el Tribunal Supremo había ordenado una tercera jornada electoral completa.

La impresión general era que los comicios habían sido todo menos libres y limpios, en la expresión empleada por la Red de Apoyo a las Elecciones (ZESN) formada por observadores independientes del país. Desde luego, el Gobierno opinaba lo contrario, y el día 13 publicó los resultados: el 56,2% para Mugabe contra el 41,9% de Tsvangirai.

Las reacciones externas fueron dispares: el Foreign Office británico declaró tener "evidencias claras" de que Mugabe había "robado" la consulta mientras la UE, Estados Unidos y otros países occidentales hacían valoraciones de similar talante; por el contrario, muchos estados africanos, empezando por los de la SADC, defendieron con mayor o menor vehemencia la legitimidad de la victoria de Mugabe. Incluso el presidente ugandés, Yoweri Museveni, oponente en el tablero de ajedrez congoleño, se abonó al argumento de Mugabe de que la victoria de Tsvangirai sólo habría llevado al país al caos.

El 19 de marzo la Commonwealth suspendió de pertenencia a Zimbabwe por un año mientras la UE y Estados Unidos ultimaban un endurecimiento de sus sanciones. Nada de ello pareció arredrar a Mugabe, resuelto a imponer la dictadura de hecho. En la toma de posesión, el 17 de marzo, de su nuevo mandato y respaldado por los presidentes de Namibia, Mozambique, Malawi, Tanzania y la República Democrática del Congo, se congratuló de haberle "propinado un magnífico bofetón al imperialismo", anunció la próxima culminación de la reforma agraria y llamó al MDC a cooperar con el partido gobernante para resolver los problemas del país.

La oferta conciliadora quedó en entredicho tres dias después con la formulación de cargos criminales contra Tsvangirai, que había declarado haber asistido al "mayor fraude electoral nunca visto" en su vida, por un supuesto intento de asesinar a Mugabe. Ambos líderes desestimaron la propuesta de Nigeria y Sudáfrica de formar un gobierno de coalición.

(Cobertura informativa hasta 20/3/2002)