José Sarney

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Datos relevantes

Actualización: 6 de Junio de 2011
Crédito fotográfico: © Foto Agência Brasil/Roosewelt Pinheiro
José Sarney de Araújo Costa (nacido José Ribamar Ferreira de Araújo Costa)

Brasil

Presidente de la República

Duración del mandato: 15 de Marzo de 1985 - 15 de Marzo de 1990

Nacimiento: Pinheiro, estado de Maranhão , 24 de Abril de 1930

Partido político: PMDB

Profesión: Periodista, literato y jurista

Crédito fotográfico: © Foto Agência Brasil/Roosewelt Pinheiro

Resumen

El presidente de la restauración democrática en Brasil entre 1985 y 1990, un veterano político conservador que fue coagente civil de la dictadura militar hasta unos meses antes de pasarle a la oposición y de convertirse en el sustituto del malogrado Tancredo Neves, pilotó con carácter desigual una transición lastrada por el penoso legado de la deuda externa y la inflación. Sus cuatro planes de estabilización y sus dos reestructuraciones monetarias no consiguieron acabar con la escalada de los precios, pero bajo su mandato el país estrenó la Constitución democrática de 1988 y en 1989 celebró las primeras elecciones presidenciales directas en tres décadas. Sarney, que no obstante su avanzada edad continúa activo en la política federal desde su escaño de senador del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), fue también uno de los artífices de la integración subregional, poniendo las bases de lo que luego sería el MERCOSUR.

Biografía

1. Político, periodista y literato de ideas conservadoras
2. Gobernador de Maranhão y colaborador civil de la dictadura militar
3. Tránsfuga a la oposición democrática y presidente fortuito de Brasil
4. Una presidencia acosada por la gigantesca deuda externa y la hiperinflación
5. El hacer en política exterior: la integración del Cono Sur
6. Continuidad en el primer plano político tras el mandato presidencial
7. Publicaciones y distinciones


1. Político, periodista y literato de ideas conservadoras

Hijo del matrimonio formado por Kiola Ferreira y Sarney de Araújo Costa, un profesional del derecho que fue juez de distrito y magistrado del Tribunal de Justicia de Maranhão, se crió en un ambiente provinciano de clase media, libre de penurias económicas pero con un nivel de renta modesto. Maranhão, como el resto del deprimido nordeste brasileño, era un estado afectado por el subdesarrollo y la pobreza, y escenario del dominio tradicional ejercido sobre una población mayoritariamente campesina y analfabeta por un pequeño número de familias de terratenientes y renteros agropecuarios a los que no interesaba gran cosa invertir en la industrialización y la urbanización del territorio.

El muchacho cursó la enseñanza primaria en el Colégio Mota Júnior de São Bento y el Colégio Professor Joca Rego sito en la ciudad de Santo Antônio de Balsas. Luego, su familia le envió a la capital estatal, São Luís, para realizar los estudios de segundo grado en el Colégio Marista y el Liceu Maranhense. Fue en este segundo centro donde terminó el bachillerato e hizo sus pinitos en política como presidente del Centro Liceísta, un cargo electivo de representación estudiantil, así como en periodismo, como redactor de la gaceta escolar O Liceu.

Él ha explicado que su precoz incursión en los ámbitos de la política y las letras fue fruto de la influencia de sus dos abuelos, el materno, Assuéro, que le hablaba sobre conflictos sociales del pasado y problemáticas del presente, y el paterno, José Adriano, un maestro de escuela jubilado que le aficionó a los versos de Luís Vaz de Camões, el gran poeta portugués. Como dirigente estudiantil, participó en actos de repudio al Gobierno autoritario y semicorporativo de Getúlio Vargas, y en una ocasión sufrió arresto por esa causa. En 1947, la necesidad de ganar dinero para salir de un apuro económico le llevó a participar en un concurso de reportajes organizado por el diario de São Luís O Imparcial.

Firmada con el pseudónimo de Zé da Ilha, su composición resultó ganadora y el periódico decidió además contratarle para su plantilla de reporteros. Fue el comienzo de una febril actividad periodística, que simultaneó con su formación académica y que desarrolló en las principales cabeceras de prensa de Maranhão y los estados vecinos; en los años siguientes, además de en O Imparcial, laboró para los periódicos Combate, Jornal do Dia, Jornal do Povo, O Estado de Maranhão, Diário de Pernambuco y Correio do Ceará, así como para las revistas Clã, Ceará y Região.

En 1950 pasó a dirigir el suplemento Letras e Artes de O Imparcial. Ese mismo año ingresaba en la Facultad de Derecho de la hoy desaparecida Universidad Católica de Maranhão (UCMA). Allí destacó por sus actividades editoriales y literarias, como fundador de la gaceta A Folha do Estudiante y, junto con el poeta Bandeira Tribuzi, de la revista Ilha, palestra que introdujo la corriente del posmodernismo en Maranhão. No contento con promover la vida cultural de la universidad, se animó a divulgar sus propias creaciones literarias, siendo la primera A canção inicial, un poemario compuesto en 1952 y que le publicaron dos años más tarde.

Otros dos acontecimientos importantes de su vida tuvieron lugar en 1952: el ingreso en la Academia Maranhense de las Letras, donde compartió asiento con amigos y colegas como Bandeira Tribuzi, Luci Teixeira, Lago Burnet, José Bento y Ferreira Gullar, y el matrimonio con Marly de Pádua Macieira, con la que iba a tener tres vástagos, Roseana, Fernando José y José Sarney (Filho), los tres futuros nombres de peso en la empresa privada y, siguiendo los pasos de su padre, la alta política federal. El joven José Ribamar Ferreira no tardó en convertirse en un habitual del cenáculo artístico montado por la comunidad de literatos y artistas plásticos de São Luís en Movelaria Guanabara, un establecimiento que elaboraba y vendía muebles de artesanía. En 1953 terminó sus estudios y recibió el título de bachiller en Ciencias Jurídicas y Sociales. Ese mismo año publicó el ensayo Pesquisa sobre a pesca de curral. Sus actividades profesionales las inició en la función pública de la justicia de Maranhão, donde fungió de secretario del Tribunal estatal.

Ahora bien, era la política, y desde posiciones conservadoras, el terreno destinado a darle mayor fama. En 1954, con 24 años, fue incluido en la lista de candidatos a diputados federales del Partido Social Demócrata (PSD), fuerza, pese a su nombre, de orientación centroderechista que había sido registrada el 17 de julio de 1945, poco antes del golpe de Estado militar que derrocó a Vargas; en las elecciones presidenciales disputadas en diciembre de aquel año el PSD había llegado a la Presidencia de la República en la persona del mariscal y ex ministro varguista Eurico Gaspar Dutra, mientras que su candidato en la edición de octubre de 1950, Cristiano Machado, había sido ampliamente derrotado por Vargas, quien retornó a la jefatura del Estado como presidente democrático de la mano del Partido Laborista (Trabalhista) Brasileño (PTB), formación que defendía las realizaciones sociales del régimen cuasi fascista por él fundado, el Estado Novo, pero con un discurso obrerista y de izquierda (Vargas se suicidó en el ejercicio del poder en agosto de 1954, en vísperas del debut político del maranhense).

En éste su primer envite electoral, el 3 de octubre de 1954, el futuro presidente no ganó el acta de legislador en la Cámara baja que tenía su sede en la entonces capital federal, Rio de Janeiro, pero quedó habilitado como cuarto diputado suplente y a partir de 1956, coincidiendo con la presidencia republicana del socialdemócrata Juscelino Kubitschek -quien formó un Gobierno de coalición con el PTB-, pudo ejercer las funciones del titular por cortos períodos de tiempo. También en 1954, se desempeñó como miembro de la Comisión de Derecho Constitucional de la XVIII Conferencia de Juristas Sudamericanos. Un bienio más tarde se puso a escribir para el Jornal do Brasil y las revistas Senhor y O Cruzeiro.

Descontento con el liderazgo caudillista del pernambucano Vitorino de Brito Freire, en 1957 el ambicioso veinteañero abandonó el PSD y se pasó a la Unión Democrática Nacional (UDN), partido abiertamente derechista fundado el 7 de abril de 1945 y que en las tres elecciones presidenciales celebradas desde entonces había quedado en segundo lugar; así sucedió con el general de la Fuerza Aérea Eduardo Gomes, candidato en 1945 y 1950, y más recientemente, en octubre de 1955, con Juarez Fernandes Távora. El tránsfuga accedió directamente a la presidencia del Directorio Regional de la UDN en Maranhão. Fuera de la política, inauguró la faceta docente, como profesor de Derecho en la Facultad de Servicio Social de la UCMA. También en 1957, la Universidad Federal de Maranhão (UFMA) le concedió un doctorado honorífico.

Haciéndose llamar ahora José Sarney, tomando como apellido el nombre propio de su padre, en las elecciones legislativas federales del 3 de octubre de 1958 ganó la titularidad de diputado por Maranhão como candidato de las Oposiciones Coaligadas, frente formado por la UDN y los partidos Demócrata Cristiano (PDC) y Republicano (PR). En 1959, bajo la presidencia orgánica de José de Magalhães Pinto, fue designado vicelíder del grupo parlamentario udenista, y desde esta posición se distinguió por sus vehementes críticas a la corrupción que venía generando la campaña desarrollista de industrialización y modernización de Brasil impulsada por Kubitschek.

También, fue uno de los artífices de la postulación presidencial por cuenta de la UDN del político paulista Jânio Quadros, no obstante ser miembro del PDC, quien gracias a su discurso populista y nacionalista obtuvo una gran victoria en las elecciones celebradas en octubre de 1960, preámbulo de una presidencia tan controvertida como efímera entre enero y agosto de 1961. Sarney estuvo entre los principales promotores de una transformación doctrinal de la UDN ampliamente conocida como la Bossa Nova y consistente en un giro progresista inspirado en la doctrina social de la Iglesia, el cual se materializó en el apoyo al presidente Quadros y sus reformas en favor de las clases bajas y del fortalecimiento del Estado.

Los renovadores de la UDN ganaron la batalla a las facciones derechistas en una convención celebrada en enero de 1961 en Recife, de la que Sarney salió como vicepresidente del Directorio Nacional del partido y el diputado paulista Herbert Levy como presidente, pero poco después aquellas se tomaron al revancha forzando la dimisión de Quadros, al que reemplazó el hasta entonces vicepresidente, João Goulart, del PTB. En 1961 Sarney fue miembro de la delegación brasileña que participó en las reuniones de la Comisión de Política Especial de la Asamblea General de la ONU.


2. Gobernador de Maranhão y colaborador civil de la dictadura militar

Revalidado su escaño en la Cámara de Diputados federal en octubre de 1962, en unos comicios que equilibraron el sistema tripartidista conformado por el PTB, el PSD y la UDN, Sarney se fijó el objetivo de batir en las próximas elecciones estatales al gobernador de Maranhão, Newton de Barros Belo, un socialdemócrata que había ganado en las urnas en 1960 con el respaldo de trabalhistas y udenistas, pero que ahora, al someterse al influyo del detestado Brito Freire, era blanco de las catilinarias de Sarney. La pretensión de éste se hizo factible tras el golpe de Estado cívico-militar del 31 de marzo de 1964, que derrocó al presidente Goulart y activó la liquidación de la conflictiva, pero democrática, Quarta República brasileña.

Quien como adalid de la Bossa Nova había propugnado medidas radicalmente socialistas como la reforma agraria y la expropiación de latifundios sin indemnización, aplaudió ahora la quiebra del orden constitucional y el torrente de decretos dictatoriales emitidos por el castrense Alto Mando de la Revolución, cuyo signo reaccionario era evidente, como la suspensión de las garantías contenidas en la Constitución de 1946, la supresión de la elección presidencial directa y la prohibición de todos los partidos políticos, incluida la UDN, afectada como las demás agrupaciones por el decreto de disolución del 27 de octubre de 1965, y eso a pesar de haber sido una de las fuerzas instigadoras del golpe.

El 3 de octubre de 1965, con el apoyo expreso del nuevo presidente de la República revestido de plenos poderes por un Congreso servil, el mariscal Humberto Castello Branco, José Sarney de Araújo Costa, que así pasó a llamarse a efectos legales, se impuso contundentemente a sus rivales democristiano, Antônio da Costa Rodrigues, y trabalhista, Renato Archer. El 31 de enero de 1966 tomó posesión de la sede del Gobierno en São Luís en medio de una gran expectación popular por el final de dos décadas de égida vitorinista y convertido en el protagonista del documental Maranhão 66, rodado por el cineasta Glauber Rocha para dejar testimonio de la mudanza política en el estado.

En sus cinco años de mandato en Maranhão, Sarney desplegó un estilo populachero, dinámico y modernizador, y su gestión produjo avances significativos en los terrenos de las comunicaciones y la educación. Con respecto al nuevo régimen político de Brasília, que perpetró verdaderos estragos en el capítulo de los Derechos Humanos y que, desdiciéndose de sus promesas iniciales, reveló su intención de eternizarse en el poder a través de una nueva institucionalidad y un nuevo vestido constitucional, su postura progubernamental no admitió dudas ni matices.

En abril de 1966, junto con otros antiguos miembros de la UDN y el PSD, fue coadyuvante en la creación de la Alianza Renovadora Nacional (ARENA), partido pensado por los militares para servirles de plataforma civil y que entabló una competición electoral ficticia con el Movimiento Democrático Brasileño (MDB), partido moderado y, por el momento, tibiamente prodemocrático, autorizado a funcionar para mantener la fachada del parlamentarismo, tras la cual operaba una dictadura castrense de hecho, y tremendamente represiva con las izquierdas políticas y sindicales. Por esta época retomó la actividad literaria y asumió las presidencias de la Academia Maranhense de las Letras y del Instituto Histórico y Geográfico del estado.

Durante las presidencias de los generales Artur da Costa e Silva (1967-1969), Emílio Garrastazú Médici (1969-1974) y Ernesto Geisel (1974-1979) fue frecuente ver al político maranhense codearse con altos jerifaltes militares. Su proyección en la política federal adquirió relieve a partir de noviembre de 1970, cuando disputó y ganó el escaño de senador por Maranhão. Su asiento en la Cámara alta fue uno de los 40 que entonces obtuvo ARENA con el 69,5% de los votos, frente a los sólo seis escaños del MDB. El 15 de marzo de 1971 Sarney se despidió del Gobierno de su estado natal y se concentró en su primer mandato senatorial de ocho años, tiempo en el que estuvo activo en varias comisiones parlamentarias y tuvo ocasión de participar en conferencias internacionales. En 1971 también se puso al frente del Instituto de Investigación y Asesoría del Congreso Nacional (IPEAC), cargo que desempeñó hasta 1983. En 1973, en un nuevo reconocimiento de su talento como literato, la Academia Brasiliense de las Letras le admitió en su seno.

Curiosamente, aunque nunca aventó críticas al régimen militar, Sarney vio obstaculizada su carrera política por los gobiernos de Garrastazú y Geisel, quienes vetaron sus deseos de retornar al Gobierno de Maranhão en 1974 y 1978. Lo mismo sucedió cuando tocó renovar la presidencia bianual del Senado o, en 1980, nombrar a un nuevo ministro de Justicia, ocasiones todas ellas que favorecieron a otras personalidades de ARENA cuando él parecía un candidato idóneo. Reelegido en los comicios del 15 de noviembre de 1978 senador para la legislatura 1979-1987 con el 63,7% de los votos, la llegada en marzo de 1979 a la Presidencia de la República del general João Baptista Figueiredo, quien, no por casualidad, a rebufo del agotamiento del milagro económico brasileño, prometió completar la tímida liberalización del régimen realizada por Geisel, la descompressão, con una democratización en toda regla -que en realidad iba a arrancar con enormes cautelas-, significó para Sarney un empuje político decisivo.

En primer lugar, Figueiredo dispuso su salto a la presidencia del Directorio Nacional de ARENA con la misión de transformar este mero mecanismo de la dictadura en un auténtico partido político, con un programa electoral, una doctrina socialmente orientada y la capacidad de competir con otras fuerzas políticas en un contexto verdaderamente competitivo. Las recomendaciones de Sarney de avanzar decididamente hacia el pluripartidismo fueron tenidas en cuenta por el Gobierno, que con la Ley Orgánica de Partidos promulgada por el Congreso el 22 de noviembre de 1979 levantó el acta de defunción del bipartidismo y dio luz verde al registro de nuevas formaciones políticas, incluidas las de izquierda. Por lo que se refiere al oficialismo, ARENA fue declarada extinguida el 29 de noviembre y el 31 de enero de 1980 le tomó el relevo el Partido Democrático Social (PDS), de impronta derechista. El 6 de noviembre de aquel año, Sarney se puso las galas de miembro de la Academia Brasileña de las Letras, ocupando el asiento dejado vacante por el poeta José Américo de Almeida, fallecido en marzo.

A lo largo de la presidencia de Figueiredo, los insistentes llamamientos de Sarney a la "redemocratización" del país tuvieron una credibilidad limitada al oponerse empecinadamente a una reforma constitucional que recuperara la elección presidencial directa, demanda que bajo el eslogan de Diretas Já se convirtió en el banderín de enganche popular en las multitudinarias movilizaciones callejeras lanzadas por los principales partidos de la oposición, que en las legislativas pluralistas del 15 de noviembre de 1982 superaron en votos y escaños al PDS. Estas fuerzas eran el centrista Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB, sucesor del MDB) y los izquierdistas Partido Laborista Brasileño (PTB), Partido Democrático Laborista (PDT) y Partido de los Trabajadores (PT). En 1983 Sarney asumió la presidencia del Directorio Nacional del PDS.


3. Tránsfuga a la oposición democrática y presidente fortuito de Brasil

Comenzado el año decisivo de 1984, Figueiredo encargó a Sarney la coordinación de la sucesión en la jefatura del Estado al finalizar el sexenio presidencial en 1985. El nuevo titular, salvo la introducción a tiempo de la oportuna enmienda constitucional para regresar a la elección presidencial por sufragio directo –una tentativa en ese sentido fue abortada por los diputados del PDS el 25 de abril-, sería votado, de nuevo, por un Colegio Electoral integrado por los diputados y senadores federales, y por representantes de las asambleas de los estados.

En junio de 1984, frustrado el último intento de celebrar elecciones presidenciales directas a la mayor brevedad, el PDS se sumió en una grave crisis a propósito de la definición de su candidato a suceder a Figueiredo. Sarney y otros jerarcas conocidos por sus posiciones posibilistas o liberales insistieron en celebrar antes de la convención del partido una elección primaria en la que pudieran medirse los precandidatos identificados, que eran el actual vicepresidente de la República, Aureliano Chaves de Mendoça, el ministro del Interior, Mário Andreazza, el senador Marco Maciel y el diputado federal Paulo Salim Maluf, antiguo alcalde y gobernador de São Paulo, en excelentes relaciones con la cúpula militar y rostro señero del pilar civil de la dictadura desde posiciones fuertemente derechistas. Maluf se opuso frontalmente a esa fórmula y exigió su nominación convencional por considerarse el aspirante más fuerte y con posibilidades de ganar al candidato que consensuara la oposición democrática, misión para la que se perfilaba el respetado ex ministro varguista y actual gobernador de Minas Gerais, Tancredo de Almeida Neves, miembro del PMDB.

Sarney y Maluf arrastraban una ojeriza personal desde tiempo atrás, pero ahora entablaron una pelea por desavenencias de gran calado político. La gota que colmó la paciencia del senador fue el pronunciamiento de Figueiredo en favor de Maluf. Finalmente, decidió cortar por lo sano tras una tormentosa reunión celebrada por la plana mayor del PDS el 11 de junio: para sorpresa general, Sarney anunció que renunciaba a la presidencia de la formación oficialista, que se daba de baja de su militancia y que se pasaba a las filas opositoras. Reclutando para su aventura a Chaves, Maciel, a su sustituto en funciones en la presidencia del PDS, Salvador Jorge Bornhausen, y a varias decenas de parlamentarios federales y gobernadores estatales, Sarney lanzó el 3 de julio un protopartido de nombre Frente Liberal (FL), que por el momento no fue registrado. Simultáneamente, entró en conversaciones con el líder del PMDB, el diputado Ulysses Guimarães, para ofrecerle el apoyo de su grupo a la candidatura presidencial de Neves a cambio de colocarle como compañero de fórmula, es decir, como candidato a vicepresidente, a un miembro del FL.

Sarney habría querido que ese cometido fuera para Maciel, pero los peemedebistas le convencieron de que se presentara él mismo. El 7 de agosto las partes consensuaron la fórmula electoral Neves-Sarney, quien, por exigencia de la ley electoral, toda vez que el FL no tenía aún el estatus de partido, se afilió al partido centrista. Nacía así la Alianza Democrática entre el PMDB y el FL. La designación de Sarney despertó recelos y malestar en los sectores izquierdistas del PMDB habida cuenta de su trayectoria promilitar hasta fecha bien reciente, pero la autoridad de Guimarães y Neves impidió cualquier conato de rebelión. El documento Compromisso com a Nação firmado en el Palacio Jaburu de Brasília, sede de la Vicepresidencia, gracias, en buena medida, al excepcional talento negociador de Neves, estipulaba asimismo que el Congreso que surgiera de las elecciones de 1986 tuviera poderes constituyentes para, entre otros cambios, restituir la elección directa del presidente y reducir el mandato de éste de seis a cuatro años.

Lo que sucedió en el arranque de 1985 tuvo una primera parte predecible a la que siguió una dramática sorpresa. Primero, el 15 de enero, la candidatura aliancista, respaldada también por el PDT del carismático gobernador de Rio de Janeiro Leonel Brizola, por el PTB de Luiz Gonzaga de Paiva y, extraoficial y parcialmente, por el PT de Luiz Inácio Lula da Silva, líder indiscutible de los obreros de São Paulo, se impuso de manera aplastante en el Colegio Electoral (480 votos contra 180) a la de Maluf. Pero el 14 de marzo, un día antes de la toma de posesión, Neves sufrió una repentina enfermedad abdominal y hubo de ser ingresado con toda urgencia en un hospital de Brasília, donde le diagnosticaron diverticulitis.

El 15 de marzo, con la población conteniendo el aliento, Sarney asumió la titularidad de la Vicepresidencia de la República y las funciones de la Presidencia, en este caso con carácter interino. Con la ley en la mano, puesto que la incapacidad de Neves se había producido sin ser Sarney vicepresidente, la jefatura del Estado en funciones debió haber recaído en Guimarães por ser el presidente de la Cámara de Diputados. La Constitución de 1967 preveía también la convocatoria de elecciones presidenciales –indirectas, claro estaba- en el plazo de 90 días a partir de la vacancia del titular por incapacidad o defunción. Un escenario demasiado perturbador para todo el mundo, así que se optó por hacer una lectura no estricta de la Carta Magna y Guimarães declinó la sucesión en favor de Sarney. El 21 de abril el país entero quedó consternado por el anuncio de la muerte de Neves, vencido por una fatal concatenación de dolencias, a los 75 años. Al día siguiente, el Congreso invistió a Sarney como presidente titular y con un mandato sexenal.


4. Una presidencia acosada por la gigantesca deuda externa y la hiperinflación

Sarney empezó a gobernar al timón de un ejecutivo de coalición basado en la Alianza Democrática (el Frente Liberal, bajo el nombre definitivo de Partido del Frente Liberal –PFL- y los liderazgos de Bornhausen y Maciel, había tomado naturaleza orgánica el 24 de enero) como el primer presidente civil desde 1964. Sin embargo, en el guión de la transición no figuraba que esta personalidad histórica proviniese del mismo entorno de la dictadura que ahora hacía mutis. El destacado colaborador político de los militares durante dos décadas no podía ahora colgarse el traje de veterano adalid de la democracia ni llenar de buenas a primeras el hueco dejado por Neves, el verdadero arquitecto de la Nova República.

El flamante presidente era plenamente consciente de su déficit de legitimidad popular y de las desconfianzas que levantaba en todo el arco de la izquierda. Para disipar dudas y temores, se apresuró a prometer que se atendría escrupulosamente al legado de Neves y al Compromisso com a Nação de agosto de 1984. La transición a la plena democracia sería llevada a su término y no había motivos para temer una involución.

Sarney envió al Congreso un proyecto de enmienda constitucional sobre la elección directa del presidente y los alcaldes urbanos, la concesión del derecho de sufragio a los analfabetos en edad de votar -el 35% de la población- y la flexibilización de las condiciones para registrar partidos políticos, lo que iba a suponer la legalización de las formaciones de ideología comunista. Los comicios municipales tendrían lugar el 15 de noviembre del año en curso, pero Sarney no dijo cuándo podrían celebrarse las primeras elecciones presidenciales directas –tampoco Neves había precisado fechas- y remitió la cuestión a la futura Asamblea Constituyente, aunque a título particular se mostró favorable a continuar en el puesto por lo menos cuatro años, no viéndose a sí mismo como un presidente provisional.

El 8 de mayo el Legislativo aprobó el plan. El 28 de junio el Ejecutivo tramitó su proyecto de celebrar las elecciones al Congreso con mandato constituyente el 15 de noviembre de 1986. El 3 de septiembre Sarney nombró una comisión de notables con las misiones de debatir con los actores sociales y redactar el anteproyecto de Constitución que luego iba a servir de base para los trabajos de la Asamblea Constituyente.

El frente socioeconómico era un paisaje de claroscuros donde no dejaban de bullir problemas de enorme magnitud. El Brasil que Sarney recibía para gobernar desde el Palacio de Planalto era un vasto país de 136 millones de habitantes lleno de contrastes estructurales y geográficos, con un riquísimo patrimonio de recursos naturales, un considerable dinamismo industrial, una extensa clase media con capacidad consumidora y un potencial de crecimiento insospechado. De hecho, 1984 había cerrado con una tasa de crecimiento del PIB del 4,5% y una balanza comercial ampliamente superavitaria. Dos décadas atrás, los productos agrícolas habían acaparado el 80% de las ventas al exterior, repartiéndose los productos industriales y los minerales el 20% restante; ahora, en una inversión espectacular, los bienes manufacturados aportaban exactamente la mitad de los ingresos exportadores.

En el otro fiel de balanza pesaban como losas las bolsas, grandes y endémicas, de miseria, desempleo y analfabetismo. La tasa de mortalidad infantil era propia de los países subdesarrollados. La renta nacional estaba pésimamente repartida, dando lugar a uno de los cuadros de injusticias sociales más deplorable del planeta. En añadidura, el tablero de la macroeconomía tenía encendidos en rojo una serie de pilotos clave: la deuda pública externa, que andaba por los 105.000 millones de dólares –el segundo mayor montante del mundo, sólo inferior al de Estados Unidos- y que lastraba las posibilidades del crecimiento; el déficit de la administración federal, del orden de 13.000 millones; la inflación, con una tasa en torno al 10% mensual; y la desvalorización constante del cruzeiro.

Y no podían olvidarse aspectos muy negativos como la deforestación incontrolada de la selva amazónica y todas las manifestaciones de violencia relacionadas con las luchas sociales y que en buena parte eran obra de patronos fabriles, hacendados rurales y otros potentados sin escrúpulos en ocasiones confabulados con elementos militares y de la extrema derecha. En resumidas cuentas, el nuevo régimen democrático tenía una urgente deuda social que saldar, pero no menos perentorio era el ajuste de una serie de parámetros económicos.

Exudando pragmatismo y sensibilidad social, en mayo de 1985 Sarney presentó su primer plan económico. Destinado sobre todo a las capas más desfavorecidas de la población, el plan incluía el subsidio de alimentos en los empobrecidos suburbios de las ciudades, la apertura de comedores escolares, la entrega de semillas a los campesinos sin recursos, el lanzamiento de campañas sanitarias para combatir enfermedades, una oferta de vivienda social y el compromiso de alzar los salarios por encima de la inflación.

La vía "gradualista" adoptada por Sarney y sus más cercanos colaboradores para confrontar la crisis social y económica salió reforzada a finales de agosto con la dimisión del ministro de Finanzas, Francisco Dornelles, exponente del sector "monetarista" del equipo gobernante, y su reemplazo por Dilson Funaro. El nuevo titular, con el respaldo pleno del presidente, debutó con dos líneas de actuación: por un lado, la renuncia a yugular la inflación por las vías drásticas del recorte general de gastos y la laminación del consumo interno, y, al contrario, la limitación de los altos tipos de interés para frenar la especulación financiera; por otro lado, una estrategia para el manejo de la deuda externa consistente en la negociación bilateral y sin intermediarios con la banca internacional acreedora y el rechazo a someterse a la mayoría de las exigencias del FMI, que incidían en la austeridad y el ajuste. Además, se rebajó del 5% al 2,5% el porcentaje del PIB destinado al pago de la deuda.

El dinamismo del presidente volvió a quedar de manifiesto cuando puso en marcha una reforma agraria basada en el reparto de 40 millones de hectáreas de terreno cultivable entre millón y medio de campesinos. Para muchos, Sarney realizó las mayores contrapartidas por su política económica, que no era vista con buenos ojos por los poderes fácticos tradicionales, en el terreno militar. En efecto, el mandatario, haciendo realidad las garantías dadas por Neves a las Fuerzas Armadas de que sus miembros no serían perseguidos judicialmente por abusos de poder, se aseguró de que quedaran impunes las violaciones de los Derechos Humanos y se plegó al veto de la cúpula castrense a la rehabilitación profesional de aquellos soldados y oficiales, unos 7.000, que habían sido sancionados durante la dictadura por motivos políticos. Los represaliados fueron amnistiados, pero no se les permitió regresar al servicio activo.

Transcurrido un año desde la elección presidencial, la imparable escalada inflacionista obligó al Gobierno a concentrar todos sus esfuerzos en el control de los precios. El 28 de febrero de 1986, a rebufo de una profunda remodelación gubernamental –doce carteras cambiaron de titular- que debía zanjar los crecientes desencuentros entre el Ejecutivo y el aparato del PMDB, el cual asistía irritado a la progresiva pérdida de influencia en las decisiones de aquel, Sarney presentó a bombo y platillo un Plan de Estabilización Económica que se hizo famoso dentro y fuera de Brasil bajo el nombre de Plan Cruzado.

Su objetivo, "reducir a cero" la inflación, que ya superaba el 250% interanual, mediante la reestructuración monetaria derivada de la sustitución del cruzeiro por una nueva moneda, el cruzado, acompañada de la congelación de los precios y los salarios por un año. El malparado cruzeiro se canjeó a 1000 unidades por cruzado, que a su vez recibió el tipo de cambio intervenido de 13,8 unidades por dólar, una cotización a todas luces sobrevalorada. Aunque los salarios quedaban congelados provisionalmente, serían reajustados de manera automática siempre que la inflación acumulada en un mes alcanzara o sobrepasara el 20%. A esta banda de indexación se la conoció como el gatillo salarial.

El Plan Cruzado, como no podía ser de otra manera dada su naturaleza puramente intervencionista, tuvo unos efectos positivos inmediatos y a corto plazo. Aunque el bloqueo de los salarios provocó las protestas de los sindicatos, el conjunto de la población se sintió aliviada e incluso se lanzó a consumir con voracidad, ahora que los precios les resultaban asequibles. La tasa de inflación mensual se redujo a casi cero y el crecimiento rebotó hacia arriba por el tirón de la demanda interna. La popularidad de Sarney se disparó en consonancia.

Sin embargo, pronto empezaron a notarse los efectos perniciosos de una congelación prolongada de los precios y de la ola consumista. El exceso de dinero circulante era una bomba de relojería que podía estallar en cuanto los precios se liberalizaran. La oferta empezó a no cubrir la demanda, y el descenso de la producción agrícola, en especial la del café, por efecto de la sequía unido a la retención de mercaderías por productores insatisfechos con los precios fijados por el Gobierno derivaron en desabastecimientos, a los que algunos ciudadanos respondieron con asaltos a comercios y violentos forcejeos con los tenderos acusados de especular. La necesidad de importar alimentos redujo el diferencial positivo de la balanza comercial y consumió buena parte de las reservas de divisas.

Ya en el mes de julio, la realidad del mercado paralelo, con precios superiores a los fijados oficialmente, obligó al Gobierno a introducir algunas correcciones a su plan, que para el público quedó devaluado bajo el nombre de Cruzadinho. La gasolina, los vehículos utilitarios y los billetes de avión se encarecieron un 28%, un 30% y un 25%, respectivamente. Se creó también un impuesto a las actividades financieras. Temeroso de que se le acusara de obcecarse en las medidas para restringir el consumo, el Gobierno aprobó un Fondo Nacional de Desarrollo, con el que esperaba reunir en cuatro años 100.000 millones de dólares para gastos sociales. Tras el verano, quedó meridianamente claro que el Plan Cruzado estaba creando unas distorsiones insoportables en el mercado interno.

A estas alturas del mandato, el equipo de Sarney podía presumir de un relativo éxito en su estrategia de "diálogo duro" con el FMI, al que sólo se le ofrecía una austeridad limitada en el gasto, para no dañar el crecimiento y la creación de empleo; mientras defendían con uñas y dientes el modelo económico expansionista, las autoridades obtenían resultados en las negociaciones con los bancos comerciales para la renegociación de la deuda.

Pero el capítulo de reveses de 1986 incluía el proyecto de reforma agraria, cuyo responsable, el ministro Nelson Ribeiro, había tenido que dimitir a finales de mayo bajo la presión de los latifundistas y confrontado con una realidad de falta de medios técnicos y de incuria administrativa. La desidia o impotencia de las autoridades dio alas a los terratenientes que no reparaban en violencias, incluidos los asesinatos por encargo, para proteger sus privilegios frente a los activistas rurales. Particularmente escandaloso, con una especial repercusión internacional, fue el asesinato el 22 de diciembre de 1988 del sindicalista cauchero y conservacionista Chico Mendes, símbolo de la lucha contra las talas indiscriminadas que realizaban los propietarios ganaderos y las empresas madereras.

Los comicios del 15 de noviembre de 1986 al Congreso con mandato de Asamblea Constituyente y a los gobiernos estatales alcanzaron a Sarney y el oficialismo en un momento de incertidumbre e inquietud por el futuro inmediato, pero esos sentimientos de la población aún no habían cristalizado en un enfado generalizado con el Gobierno. La Alianza Democrática seguía gozando de un amplio nivel de confianza popular, y eso se reflejó en la ganancia combinada de 378 diputados federales con el 65,8% de los votos. Una victoria aplastante de la que el PMDB fue, con mucho, el principal hacedor al obtener 260 diputados y el 48,1% de los sufragios.

El 21 de noviembre Sarney aprovechó la euforia poselectoral para dar carpetazo de hecho al Plan Cruzado al disponer la liberalización de los precios pero manteniendo el control de los salarios. Se trataba del Plan Cruzado II, condenado a fracasar con más rapidez que su precedente. Quienes venían advirtiendo que la inflación no había sido suprimida, sino simplemente "empujada" al mercado negro, demostraron tener razón. Los partidos obreros y los sindicatos montaron en cólera por la actitud "hipócrita" del presidente, quien habría sostenido artificialmente un plan agotado desde hacía meses sólo por motivos electoralistas, y por el cambio de método para medir el índice de inflación, que buscaba relativizar el gatillo salarial.

Sarney tenía por delante más de tres años de quebraderos de cabeza por culpa de la inflación galopante y la penuria financiera. El 19 de febrero de 1987, el Gobierno, situando ante una virtual quiebra de las arcas del Estado, anunció la suspensión por 90 días del pago de los intereses de la deuda externa, que ascendía ya a los 108.000 millones de dólares. La medida afectaba a pagos por valor de 68.000 millones, de los que 14.000 millones debían efectuarse en el año en curso. Tan sólo un día después Sarney salió a precisar que la moratoria era indefinida, hasta que se llegase a acuerdos razonables con la banca privada internacional (con los acreedores públicos estatales, agrupados en el Club de París, ya se había decidido un reescalonamiento que afectaba a plazos vencidos desde 1985). A la que vez que pedía "unidad y patriotismo" a los ciudadanos, el presidente anunció un plan de acompañamiento que incidía en la austeridad, con renuncia a emitir más moneda y a gastar sólo lo que permitieran los ingresos. A los pocos días el Gobierno intervenía una serie de bancos públicos acuciados por la iliquidez.

En marzo y abril dimitieron los dos principales paladines del fenecido Plan Cruzado, João Sayad y Dilson Funaro, ministros respectivamente de Planificación y de Finanzas. En mayo, con la inflación creciendo al 23% mensual, Sarney intentó sosegar el ambiente con el anuncio de que abreviaba su mandato en un año, es decir, abandonaría la Presidencia no en 1991 sino en 1990. Fue un movimiento en falso que tuvo muy mala acogida en casi todos los partidos, incluido el suyo propio, los cuales le recordaron que sobre esa cuestión sólo la Asamblea Constituyente, en funcionamiento desde el 1 febrero y bajo la dirección de Guimarães, debía pronunciarse.

El 12 de junio de 1987 Sarney y su nuevo ministro de Hacienda, Luis Carlos Bresser Pereira, presentaron otro plan deflacionista consistente en la congelación de los precios y los sueldos durante 90 días, una devaluación monetaria del 11% y la desindexación del binomio precios-salarios. El fin del gatillo salarial puso en pie de guerra a la izquierda obrera, en especial la del cinturón industrial paulista, capitaneada por el petista Lula da Silva. En Rio de Janeiro se produjeron auténticos motines del hambre. Las protestas por el brutal deterioro de las condiciones de vida y los despidos masivos en los grandes centros fabriles adoptaron un fuerte cariz político. Centenares de miles de manifestantes comenzaron a exigir la dimisión del presidente y la celebración cuanto antes de las tan traídas y llevadas elecciones presidenciales directas.

A mediados de julio, Brasil suspendió también el pago de la deuda contraída con la banca pública internacional. Sin apenas margen de maniobra, Sarney y su equipo estimaron que no quedaba más remedio que desregular y liberalizar el sistema financiero, negociar las medidas de austeridad con los agentes foráneos y renunciar a la gestión autárquica de la crisis, todo tal como demandaban el FMI y los bancos acreedores. En diciembre dimitía el ministro Bresser luego de que una filtración de su plan de reforma fiscal para aumentar los impuestos a las rentas de capital, que tampoco contaba con el beneplácito de su superior institucional, desatara una fuga de depósitos.

En 1988, la inacabable debacle financiera y monetaria –y no tanto económica, ya que el PIB sólo registró una tasa recesiva, del 0,1%, este mismo año, frente a las tasas positivas próximas al 8% alcanzadas en 1985 y 1986, y a los valores superiores al 3% registrados en 1987 y 1989-, y las noticias sobre los desmanes perpetrados por los ricos hacendados rurales y las fuerzas de seguridad públicas a la hora de reprimir los movimientos sociales, cobrando un auge muy preocupante las actividades criminales de los sicarios y de las bandas de pistoleros organizadas al estilo de los escuadrones de la muerte centroamericanos, eclipsaron parcialmente los hitos de la democratización.

Así, el 5 de octubre de 1988, tras año y medio de trabajos de la Asamblea Constituyente, fue promulgada la Carta Magna que reemplazó el texto impuesto por los militares en 1967. Considerada ampliamente progresista, la nueva ley suprema consagraba el derecho de huelga incluso en las empresas estatales de servicios, el derecho de sindicación de los funcionarios, la objeción de conciencia por motivos religiosos, filosóficos o políticos, la nacionalización del subsuelo, la jornada laboral de 44 horas, el seguro de desempleo y la penalización de la discriminación racial. Las Fuerzas Armadas quedaban sometidas a la potestad de los tres poderes constitucionales. En cuando al mandato presidencial, quedaba reducido a cinco años no renovables, cláusula que afectaba también a Sarney, quien acogió con reparos la naturaleza presidencialista, no parlamentaria, decidida para el sistema de gobierno republicano, si bien tanto el sistema de gobierno como la forma del mismo (república o monarquía) eran dos cuestiones sobre las que los brasileños tendrían que pronunciarse en plebiscito en 1993.

Fue precisamente en la recta final de los trabajos de la Constituyente, en junio de 1988, cuando la disidencia interna del PMDB de orientación izquierdista, con André Franco Montoro y Fernando Henrique Cardoso a la cabeza, terminó por escindirse y puso en marcha el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), que recibió la adhesión inmediata de 48 congresistas y que se declaró en oposición al Gobierno y a las recetas económicas liberales. La actitud crítica del presidente, solidario con la inquietud expresada por los círculos empresariales, con diversos aspectos del borrador constitucional estimuló la defección del ala socialdemócrata de su partido, que le acusó de derechizarse a toda velocidad.

A últimos de julio, el público intento de Sarney de bloquear la aprobación de un texto que haría "ingobernable el país" por fijar el derecho de huelga sin apenas restricciones y por amparar "una brutal explosión de los gastos públicos" que, según él, traería consigo el decrecimiento, el paro y la hiperinflación, fue enérgicamente impedido por los diputados y por Guimarães, y de paso motivó las renuncias de los ministros de Prevención Social, Renato Archer, Ciencia y Tecnología, Luiz Henrique da Silveira, y Cultura, Celso Furtado. En noviembre, el cabeza del Ejecutivo volvió a ser interpelado y vituperado por la brutal ocupación por los militares de la siderurgia de Volta Redonda, en Rio de Janeiro, donde la emprendieron a tiros con los huelguistas y mataron a tres de ellos.

La crispante polémica constitucional terminó de envenenar las relaciones de Sarney con el conjunto de la oposición y de desacreditarle a los ojos de la opinión pública. Cundía la sensación de una presidencia fracasada en el terreno económico y también en el social. El país ya sólo contaba los días que faltaban para las elecciones presidenciales de noviembre de 1989. Hasta entonces, el poder mostró su voluntad de mantener la iniciativa, pero no convenció.

El 15 de enero de 1989 Sarney y el ministro de Finanzas, Maílson da Nóbrega, lanzaron un cuarto plan de estabilización, el llamado Plan Verano, que, al igual que el Plan Cruzado, confiaba en la reconversión monetaria como vía para acabar con la pesadilla de la hiperinflación, que ya cabalgaba al ritmo del 32% mensual. El cruzado fue sustituido por el nuevo cruzado, al que se le suprimieron tres ceros según el ya clásico tipo de conversión de mil por uno. Un nuevo cruzado valía un dólar. Asimismo, los precios quedaban congelados hasta nuevo aviso y se procedía a despedir a los cerca de 200.000 funcionarios públicos contratados sin concurso en el último lustro. Pero tampoco esta vez se consiguió acabar con la inflación estructural. La hiperinflación con mayúsculas señoreó a lo largo de 1989 y el año terminó con una tasa media del 1.323%, en tanto que la deuda externa alcanzaba los 111.000 millones de dólares.

En abril, en respuesta a una carta pública recibida de un centenar de intelectuales latinoamericanos, entre ellos literatos de la talla de Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, en la que los firmantes le acusaban de ser el responsable del "ecocidio" y el "etnocidio" que se estaba produciendo en la región amazónica, Sarney anunció el plan Nuestra Naturaleza con 24 medidas para la protección de la selva que preveían la supresión de ayudas financieras a la explotación forestal y ganadera de la Amazonia, reglamentaban la extracción del oro y otros minerales, prohibían la utilización del mercurio en los yacimientos auríferos, y creaban nuevos parques y reservas forestales.

El paquete de actuaciones fue calificado de insuficiente y demagógico por los movimientos ecologistas brasileños, máxime porque el presidente acompañó su lanzamiento de duras recriminaciones a los países desarrollados y la prensa internacional por su "campaña alarmista, infamante, injusta y cruel" en torno a la situación del medio ambiente amazónico. Al escudarse tras un discurso nacionalista y victimista, el mandatario se mostró a la opinión pública como un servidor no genuinamente preocupado por las talas y los incendios provocados a gran escala en el vasto manto de la selva virgen para ganar terreno a unas explotaciones agropecuarias y minerales que rara vez generaban negocios sostenibles.

Con virtualmente todas sus actuaciones en la picota, Sarney se despedía de la Presidencia con más pena que gloria, aunque su legado democrático, institucionalizado por una madeja de normas antiautoritarias y por la Constitución de 1988 –no obstante haberse opuesto a aspectos progresistas de la misma-, era inobjetable. La Alianza Democrática no resistió las tensiones del gobierno en coalición y llegó fracturada a las históricas elecciones del 15 de noviembre de 1989. El bofetón al oficialismo fue estruendoso: el aspirante del PMDB, Guimarães, quien ni siquiera podía considerarse el candidato de la administración saliente toda vez que en la campaña guardó las distancias de quien había terminado por convertirse en un retador institucional, no llegó ni al 5% de los votos y quedó detrás de seis contrincantes.

La lucha por la Presidencia se ciñó a Lula da Silva, el gran referente de la izquierda, y al candidato "prefabricado" de la derecha, , del Partido de Reconstrucción Nacional (PRN), ex gobernador de Alagoas y usufructuario de una brillante campaña de marketing electoral donde el desparpajo populista y las promesas sociales taparon la verdadera agenda económica, que era neoliberal. Collor, contra todo pronóstico, ganó a Lula en la segunda vuelta del 17 de diciembre y él fue el que sucedió a Sarney en el poder el 15 de marzo de 1990.


5. El hacer en política exterior: la integración del Cono Sur

La marejada económica y las tarascadas en los frentes políticos y sociales de casa no impidieron a Sarney desarrollar una agenda exterior activa y con visión regional. Viajó a todas las capitales principales de América Latina, así como a Portugal (mayo de 1986), Estados Unidos (septiembre de 1986, junio de 1988 y septiembre de 1989), la República Popular de China (julio de 1988), la URSS (octubre de 1988), Francia (octubre de 1988) y Angola (enero de 1989).

Estos desplazamientos tanto reflejaron la búsqueda de ayudas financieras y cooperación económica como sirvieron para subrayar el carácter pragmático, no alineado en la práctica –que no con carácter oficial-, justo en el ocaso de la Guerra Fría y el sistema bipolar, e independiente de la diplomacia brasileña. Datos añadidos, el 26 de junio de 1986 Brasil y Cuba reanudaron las relaciones diplomáticas luego de 22 años de ruptura, y en marzo de 1990 Fidel Castro visitó el país sudamericano por primera vez desde 1959 para asistir al relevo presidencial en Brasília. Para Sarney, cabía hablar de una doctrina diplomática caracterizada por la “universalidad” de las relaciones exteriores y, desde luego, guiada por la utilidad económica, máxime en una coyuntura financiera menesterosa.

Partidario de dar una oportunidad a la vía negociada para poner solución a los conflictos centroamericanas, Sarney, a través de su participación en el denominado Grupo de Apoyo a Contadora –junto con Argentina, Perú y Uruguay-, alentó los esfuerzos diplomáticos del presidente colombiano Belisario Betancur, luego prolongados por el costarricense Óscar Arias, que perseguían despojar a las guerras civiles de Nicaragua, El Salvador y Guatemala de su encono ideológico y de sus atribuidas características de típicas contiendas por delegación azuzadas por las superpotencias, iniciativa que suscitó grandes recelos en la Administración de Ronald Reagan, la cual prefería soslayar los condicionantes autóctonos de dichos conflictos.

Pero la dinámica exterior más ambiciosa del Brasil de Sarney fue la conformación del eje con Argentina, primera pieza motriz del engranaje de la integración económica de los cuatro países del denominado Cono Sur, estos dos más Uruguay y Paraguay, que en el plazo de un lustro iba a fructificar en el Mercado Común del Sur (MERCOSUR).

Sarney y su colega argentino, Raúl Alfonsín, pusieron en marcha el proceso el 30 de noviembre de 1985 en Foz do Iguaçu (Foz de Iguazú en español), ciudad del estado de Paraná, en la intersección de las fronteras de Brasil, Argentina y Paraguay, y asomada a las famosas cataratas. Allí adoptaron la Declaración que dio lugar al Programa de Integración y Cooperación Económica (PICE) entre dos estados que, desde el mismo momento de la independencia a comienzos del siglo XX, habían albergado mutuas suspicacias y una abierta rivalidad por el ascendiente sobre el resto del hemisferio, pero que en los últimos años, como pudo apreciarse en el respaldo brindado por Brasil a Argentina durante la guerra de las Malvinas, habían experimentado un notable acercamiento.

El 29 de julio de 1986 los mandatarios firmaron en Buenos Aires el Acta de Integración y Cooperación Argentino-Brasileña y el 29 de noviembre de 1988 la capital porteña acogió también la firma del Tratado de Integración, Cooperación Económica y Desarrollo, por el que los dos países se comprometían a unificar sus mercados domésticos en diez años mediante la eliminación de las barreras arancelarias y no arancelarias al comercio bilateral de bienes y servicios, y a adoptar una política comercial común.

El presidente uruguayo, Julio María Sanguinetti, aceptó de buena gana sumarse al proyecto integrador, conformándose un marco tripartito a mediados de 1987. Los encuentros a tres se prodigaron desde entonces, destacando el celebrado el 6 de abril de 1988 en Brasilia con Sarney de anfitrión, del que salió el Acta de Alborada. Comenzaba la cuenta atrás para la plasmación en marzo de 1991, mediante el Tratado de Asunción, del MERCOSUR, que se propuso eliminar todos los obstáculos al comercio interno de los cuatro países socios, crear una unión aduanera frente a las importaciones de fuera de zona fijando aranceles externos comunes, comunitarizar políticas, armonizar legislaciones y coordinar posiciones en los foros económicos internacionales.


6. Continuidad en el primer plano político tras el mandato presidencial

(Capítulo en previsión)


7. Publicaciones y distinciones

A continuación se cita la copiosa obra de José Sarney en los géneros literarios del cuento, la novela, el romance y la poesía lírica, así como del ensayo político y el discurso de índole académica, parlamentaria o presidencial:

A canção inicial (1952); Pesquisa sobre a pesca de curral (1953); Cultura e governo (1967); Palavras ao Meio Norte. Juarez, uma maneira heróica e sublime de idealismo (1968); Norte das águas (1969, su pieza literaria más difundida, traducida a varios idiomas); Governo e povo (1970); Democracia formal e liberdade (1977); Desafios do nosso tempo (1977); Petróleo: novo nome da crise (1977); Desafio do futuro (1978); Marimbondos do fogo (1978); Partidos políticos (1979); Um poeta do Meio Norte (1980); O parlamento necessário, volúmenes I (1981) y II (1982); Falas de bem-querer (1983); O direito de discordar (1984); Sentimento do mundo (1985); Brejal dos Guajas e outras histórias (1985); Dez contos escolhidos (1985); Elogio de Marcos Vilaça (1985); Conversa ao pé do rádio (2 volúmenes, 1987); Desarmamento e paz (1988); A fala do presidente (5 volúmenes, 1990); América Latina, perplexidades e futuro (1992); Brasília (1992); O Amapá vai ser forte (1992); Sexta-feira, folha (1994); O mundão das águas (1995); O dono do mar (1995); Mercosul, o perigo está chegando (1997); Amapá, a terra onde o Brasil começa (1998); A onda liberal na hora da verdade (1999); Rio Branco e a questão do Condestado (2000); Saraminda (2000); Tancredo, o estadista da conciliação (2001); Jogo sujo na sucessão: democracia ameaçada (2002); Saudades mortas (2002); Canto de página. Notas de um presidente atento (2002); Paz (2003); Crônicas do Brasil contemporâneo (2 volúmenes, 2004); y, Tempo de pacotilha (2004).

El ex presidente brasileño está en posesión de numerosas condecoraciones y órdenes nacionales y extranjeras, y de doctorados honoris causa concedidos por las universidades de Coimbra (1986), Moscú (1988) y Beijing (1988). En la actualidad continúa perteneciendo a las academias de las Letras Maranhense, Brasiliense y Brasileña, y a la Academia de Ciencias de Lisboa, en la que entró en 1986. Asimismo, es miembro del Consejo InterAcción.

(Cobertura informativa hasta 1/7/2006)