Daniel arap Moi

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Datos relevantes

Actualización: 26 de Septiembre de 2013
Crédito fotográfico: © FAO/G. Diana
Daniel Torotich arap Moi

Kenya

Presidente de la República

Duración del mandato: 22 de Agosto de 1978 - 30 de Diciembre de 2002

Nacimiento: Kuriengwo, Sacho, distrito de Baringo, provincia de Rift Valley , 02 de Septiembre de 1924

Partido político: KANU

Profesión: Profesor de escuela

Crédito fotográfico: © FAO/G. Diana

Resumen

Miembro de los tugen, una rama del pueblo kalenjin, a su vez una etnia del tronco nilótico a la que pertenece algo más de la décima parte de los kenyanos y que se concentra en el Rift Valley, al oeste del país, fue bautizado en el cristianismo y a los cuatro años quedó huérfano del padre, un campesino cuyas propiedades se reducían a unas pocas cabras y ovejas.

Biografía

El niño creció junto con su madre y hermano, pastoreó el magro ganado familiar y estuvo bajo la tutela de su tío, un jefe de comunidad rural de Baringo, quien le envió a la cercana escuela Africa Inland Mission (AIM) de Kabartonjo para recibir una educación tradicional. Su excelente rendimiento le calificó para matricularse en la AIM de Kapsabet, en la vecina provincia Occidental. A partir de 1945 empezó a formarse para maestro de escuela en Kapsabet y luego en un centro de magisterio similar sito en la localidad de Tambach.

En 1946 pasó a ejercer la profesión docente en el African School de Tambach al tiempo que completaba su instrucción a través de cursos por correspondencia impartidos por la London Matriculation Examination. Dos años más tarde fue nombrado director de un centro de enseñanza media en Kabamet y en 1950 pasó a desempeñar la función de adjunto al director en su antigua escuela de magisterio de Tambach.

Paradójicamente, el que dos décadas más tarde iba a suceder en la jefatura del Estado al padre de la independencia, Jomo Kenyatta, como su ahijado, se inició en la política como un detractor suyo y de la revuelta Mau Mau por él auspiciada contra el gobierno colonial británico, agitación entre guerrillera y terrorista de la que Moi temía las derivaciones tribales de dominación kikuyu-bantú sobre otras etnias menores, como la kalenjin a la que él pertenecía.

En octubre de 1955, con los Mau Mau próximos a ser completamente derrotados por las fuerzas de seguridad coloniales y Kenyatta en prisión, Moi ganó un escaño en el Consejo Legislativo o Parlamento colonial como miembro de una asociación política de tribus minoritarias y en representación de Rift Valley. Renovado su mandato en 1957, se erigió al frente del exiguo colectivo de diputados africanos directamente elegidos en las urnas y lanzó una campaña en exigencia de elecciones verdaderamente representativas de la población kenyana, sin cuotas discriminatorias de la gran mayoría negra.

El 14 de mayo de 1960, con la intención de aunar a todos los sectores independentistas de cara a las conversaciones con los británicos para el proceso de descolonización, se puso en marcha la Unión Nacional Africana de Kenya (KANU) a partir de la fusión de la Unión Nacional de Kenya (KAU) de Kenyatta, el Partido de la Convención Nacional Popular (NPCP) de Tom Mboya y el Movimiento por una Kenya Independiente (KIM) de Jaramogi Odinga Odinga.

En la conferencia de constitución del partido, Moi, aun no estando presente en la misma, fue elegido para integrar la ejecutiva de siete miembros, pero las suspicacias hacia Kenyatta seguían prevaleciendo y Moi rechazó el puesto. Más aún, junto con quien había sido elegido tesorero de la KANU, Ronald Ngala, puso en marcha una formación rival, la Unión Democrática Africana de Kenya (KADU), el 25 de junio, con él como presidente. Con la perspectiva de una dominación kikuyu siempre en la mente, la KADU se articuló como un partido moderado que propugnaba un modelo federal para el Estado que surgiera de la independencia prevista para 1963, frente al sistema unitario y de gobierno central fuerte invocado por la KANU.

En febrero de 1961 Moi continuó como diputado por Baringo en la Cámara de Representantes tras unas elecciones pluralistas que dieron a la KANU una mayoría relativa. En el Gobierno de coalición y de transición a la independencia formado por la KANU y la KADU en abril, Moi sirvió primero como secretario parlamentario en el Ministerio de Educación, y a partir de diciembre, como titular del ministerio. Entre medio, decidió abandonar la KADU y unirse a la KANU, lo que sin duda acrecentó sus posibilidades de adquirir más altas responsabilidades políticas cuando Kenya fuera un país soberano.

En abril de 1962 pasó al frente del Ministerio de Gobiernos Locales, en las elecciones de mayo de 1963 -ampliamente ganadas por la KANU-, revalidó su acta de legislador y el 12 de diciembre del mismo año, con el acceso de Kenya a la independencia, continuó en su puesto ejecutivo en el primer Gobierno nacional presidido por Kenyatta.

En los primeros años Moi representó en el seno del partido una tendencia moderada que servía de contrapeso a la siempre latente hegemonía kikuyu, lo cuál levanto ciertas animosidades en su contra entre los dirigentes más ligados a aquella tendencia, aunque desde el primer momento se advirtió su condición de hombre de confianza de Kenyatta, que le nombro ministro del Interior en diciembre de 1964.

Moi se mantuvo fiel al otrora criticado líder nacionalista en las turbulencias políticas de 1966, cuando el número dos del Gobierno y el partido, el vicepresidente Odinga Odinga, rompió con Kenyatta y formó un partido opositor, la Unión Popular de Kenya (KPU). Dos meses antes de producirse la escisión de Odinga Odinga, en febrero, Moi reforzó su posición en el partido como uno de los ocho vicepresidentes provinciales, en su caso por Rift Valley.

Su condición de favorito de Kenyatta se tornó clara en enero de 1967 con su nombramiento como vicepresidente de la República además de ministro del Interior. La muerte, en un asesinato de supuesto trasfondo tribal, en julio de 1969 de Tom Mboya -como Odinga Odinga, un tribuno de la etnia luo, aunque también el único dirigente capaz de ensombrecer la jefatura nacional de Kenyatta-, vino a fortalecer la posición de Moi como virtual sucesor de Kenyatta.

Así, con el fallecimiento del autócrata el 22 de agosto de 1978 Moi se convirtió en presidente de la República en funciones, y el 14 de octubre asumió formalmente el puesto ocho días después de acceder a la presidencia de la KANU, no sin vencer un verdadero motín de responsables kikuyus que querían impedir a toda costa el ascenso al poder de un miembro de una etnia minoritaria.

Aunque carecía del carisma del líder desaparecido, Moi se reveló como un gobernante astuto y no menos autoritario, hábil en sembrar disensiones en el campo opositor y, sobre todo en la década de los noventa, en atizar las tensiones interétnicas como instrumentos del arraigo en el poder, lo cual entraba en flagrante contradicción con la filosofía de "Paz, Amor y Unidad" que divulgó cuando su estreno en la Presidencia.

En los 14 años siguientes mantuvo el marco del partido único vigente a todos los efectos desde las elecciones generales de diciembre de 1969, cuando la KPU fue proscrita, marco que fue asentado por ley el 9 de junio de 1982. Por su parte, él, al amparo de una serie de enmiendas constitucionales, fue reelegido prácticamente sin oposición de candidaturas el 29 de agosto de 1983 (edición a la que fue autorizado a presentarse Peter Kinyanjui como único representante de los críticos internos de la KANU) y el 29 de febrero de 1988. Todo ello conformó una dictadura con rasgos personalistas.

Las denuncias de corrupción masiva en la administración del Estado y de connivencias entre ésta y la KANU se vieron avaladas por el mandamiento legal, en vigor desde el 1 de enero de 1985, por el que todos los funcionarios debían estar afiliados al partido único. A nivel más personal, Moi afrontó imputaciones de nepotismo y favoritismo étnico a los kalenjin de Rift Valley. Por otro lado, la imagen de estabilidad del régimen quedó cuestionada con la intentona golpista del 1 de agosto de 1982, protagonizada por oficiales de la Fuerza Aérea y que, a pesar de ser sofocada, derivó en muy graves disturbios y saqueos, que dañaron severamente la industria del turismo. Algunos observadores han situado este suceso como el causante del endurecimiento posterior del régimen de Moi.

Desde entonces, se produjeron abundantes casos de abusos policiales, detenciones arbitrarias y restricciones de libertades individuales de todo tipo, según constaba en los informes de organizaciones en favor de los Derechos Humanos como Amnistía Internacional. Desde finales de los años ochenta, el régimen de Moi se mostró especialmente activo, bien directamente o tras el cortinaje de confusos episodios de violencia anónimos o de presunta naturaleza tribal, en la represión o el desplazamiento forzoso de disidentes, estudiantes contestatarios, minorías étnicas y refugiados de países vecinos (Somalia, Uganda, Tanzania y Sudán) instalados en la frontera, los cuales figuraron entre los motivos de los varios episodios de tensión interestatal, inclusive las escaramuzas militares, con los respectivos gobiernos.

Por lo demás, la Kenya de Moi discurrió por la senda moderada, incluso conservadora, y prooccidental en el contexto geopolítico africano, una tendencia tanto más llamativa por cuanto toda África oriental, desde Egipto hasta Sudáfrica, estaba tachonada de gobiernos que amparaban (o decían amparar) diversas calidades revolucionarias, socialistas o antiimperialistas. Significativamente, el 23 de diciembre de 1988 Kenya e Israel restablecieron las relaciones diplomáticas rotas por Kenyatta en 1973.

Con todo, Moi fue un estadista influyente y respetado en la región, frecuente forjador de cumbres y conferencias. Como presidente de turno de la Organización para la Unidad Africana (OUA) entre el 24 de junio de 1981 y el 6 de junio de 1983, a raíz de la celebración en Nairobi de su XVIII Asamblea (cumbre) ordinaria de Jefes de Estado y de Gobierno, el presidente kenyano desplegó una intensa actividad de mediación en el conflicto del Sáhara Occidental, entre Marruecos por un lado y Argelia y el Frente Polisario por el otro

La situación interna, nunca completamente apaciguada desde el sobresalto de 1982, alcanzó un punto de no retorno con motivo del asesinato el 16 de febrero de 1990 del ministro de Exteriores Robert John Ouko, que desde el primer momento se adjudicó a las más altas esferas del poder. El ministro de Energía, Nicholas Biwott, fue arrestado en conexión con el crimen a finales de noviembre de 1991, pero a comienzos de diciembre fue puesto en libertad. El episodio se antojó una maniobra de Moi para desviar la dirección de las sospechas de la opinión pública.

Las protestas por los desmanes del partido en el poder alcanzaron su punto culminante en julio, cuando Moi mandó detener a los principales cabecillas opositores (todos antiguos miembros de la KANU) y reprimir sin contemplaciones las manifestaciones de estudiantes, causando cerca de 30 muertos. En agosto, Estados Unidos suspendió su cooperación militar como sanción por las redadas de julio, mientras que el FMI y el Banco Mundial redoblaron sus presiones para que el Gobierno emprendiera vigorosas reformas económicas y, sobre todo, atacara la lacra de la corrupción.

Ante este panorama, Moi se vio obligado a reintroducir el multipartidismo el 10 de diciembre de 1991, decisión altamente trascendente que supuso la legalización de una serie de formaciones que ya venían operando irregularmente, como el Foro para la Restauración de la Democracia (FORD) del veterano Odinga Odinga.

El 29 de diciembre de 1992, todavía recientes algunos de los más sangrientos episodios de violencia intercomunitaria desde la independencia en Rift Valley, los cuales, según todos los indicios, fueron espoleados por los colaboradores de Moi para convencer a la población del vínculo entre tribalismo y pluralismo político, se celebraron elecciones libres.

En las presidenciales, Moi fue confirmado con sólo el 36,3% de los votos gracias al fraccionamiento del campo opositor, representado por tres aspirantes: Kenneth Matiba, del FORD-Asili; Mwai Kibaki, un kikuyu que había sido la mano derecha del mandatario entre 1978 y 1988 como vicepresidente de la República y ministro del Interior, y que había abandonado el Gobierno y la KANU hacía solamente un año; y, Odinga Odinga, al frente del FORD-Kenya y quien iba a fallecer al cabo de un año.

En los comicios a la Asamblea Nacional o Bunge, la KANU se las apañó para retener 100 de los 188 escaños abiertos al voto directo. Las primeras elecciones democráticas fueron contestadas con gran acritud por la derrotada oposición, que se resistió a reconocer los resultados. No obstante, Moi tomó posesión de su -a la luz del nuevo texto constitucional- primer mandato quinquenal el 4 de enero de 1993.

La edición electoral del 29 de diciembre de 1997 registró circunstancias (enfrentamientos tribales como antesala de las votaciones, divisiones insuperables en el campo opositor, fraude y violencia electorales ejercidos por el poder) y resultados muy similares, de manera que Moi, con el 40,1% de los votos, volvió a adjudicarse la victoria frente a Kibaki y Raila Odinga, hijo del difunto Odinga Odinga y jefe del Partido del Desarrollo Nacional (NDP), y se aseguró el segundo mandato quinquenal de la era multipartidista (el quinto si se considera el conjunto de su presidencia).

Inaugurado el 5 de enero de 1998, Moi aseguró que se atendría a la prohibición constitucional del tercer mandato y que, por lo tanto, este período sería el último. La KANU, por su parte, aumentó su representación a los 109 escaños pero, siguió estando lejos de manejar el poder legislativo a su capricho. Además, la anunciada retirada de Moi avivó las pugnas en su seno entre aperturistas y conservadores.

A pesar de su controvertido gobierno interior y de la permanente amenaza de sanciones por parte de los gobiernos y las organizaciones financieras internacionales (las negociaciones con el FMI para la concesión de créditos a cambio de aplicar un vasto programa de ajuste económico fueron a lo largo de los años noventa particularmente borrascosas), Moi no cejó en sus esfuerzos diplomáticos de mediación regional.

Así, en diciembre de 1999 fue el artífice del acuerdo suscrito por los presidentes de Sudán, Umar al-Hasan al-Bashir, y Uganda, Yoweri Museveni, para el restablecimiento de relaciones diplomáticas, cerrando un período de enemistad prebélica entre los dos países.

A partir de 1994 Moi fungió también como el anfitrión de sucesivas rondas de negociaciones, todas infructuosas, entre el Gobierno y la guerrilla sudaneses, luego representados en persona por sus máximos líderes, Bashir y John Garang, respectivamente, a quienes planteó como puntos de concesión para detener una guerra civil devastadora el levantamiento de la islamización forzosa del sur cristiano y animista, al primero, y el cese de las hostilidades, al segundo.

Hasta 2002, en tanto que presidente del Subcomité sobre Sudán de la organización Autoridad Intergubernamental del Desarrollo (IGAD), la mediación de Moi en este conflicto enquistado, que se acercaba a sus 30 años de duración, no dio resultados. Así, el 20 de julio de ese año la localidad de Machakos fue el escenario de la firma entre representantes del Gobierno sudanés y del Movimiento/Ejército Popular de Liberación de Sudán (SPLM/A) de un Memorándum de Entendimiento sobre Aspectos y Estructuras de Gobierno, sucintamente conocido como el Protocolo de Machakos, que pasaba por ser un acuerdo de paz provisional sujeto a la instauración de un período de seis años de autonomía para Sudán del sur al cabo del cual se organizaría un referéndum sobre la cuestión de la independencia de la región. Sin embargo, la guerra en Sudán no se detuvo.

La diplomacia kenyana intentó asimismo detener la guerra abierta que estalló entre Eritrea y Etiopía en junio de 1998, en este caso sin éxito. Todo lo contrario que su aportación en 2001 y 2002 a los esfuerzos de reconciliación y reconstrucción nacionales conducidos por el nuevo Gobierno de Transición de Somalia.

De cara al gran conflicto iniciado en agosto 1998 en la República Democrática del Congo, que durante cuatro años se caracterizó, entre otros aspectos muy perturbadores, por una injerencia militar sin precedentes de los países limítrofes (cada uno asistiendo a sus respectivos protegidos y peones congoleños), Moi optó por una cauta neutralidad, aunque en alguna ocasión hizo declaraciones que se interpretaron como favorables al grupo de países aliados al gobierno de Kinshasa (Zimbabwe, Angola, Namibia) y hostiles a los patrocinadores de las guerrillas (Rwanda y Uganda).

Por lo demás, en los últimos años de la presidencia de Moi, la política exterior kenyana discurrió por un cauce de estrecha colaboración con Estados Unidos a la hora de contener el avance en esta parte de África oriental de las redes islamistas y terroristas, cuyo zarpazo padeció Nairobi el 7 de agosto de 1998 con el salvaje atentado contra la embajada de aquel país (simultáneo al cometido contra la legación en Dar es Salam, Tanzania), que causó 213 muertos, casi todos ciudadanos kenyanos, y 4.000 heridos, y que fue reivindicado por un Ejército Islámico de Liberación de los Santos Lugares, mero nombre fantasma tras el que se escondía la organización terrorista transnacional Al Qaeda, dirigida por el saudí de Osama bin Laden.

En otro terreno de actualidad, la detención y envío en febrero de 1999 desde Nairobi a Turquía, en confusas circunstancias, del dirigente separatista kurdo Abdullah Ocalan, operación en la que, parece, participaron los servicios secretos de Estados Unidos e Israel, expresó a las claras cual era el alineamiento exterior del Gobierno de Moi.

Las elecciones generales de diciembre de 2002 desencadenaron grandes maniobras en la KANU y el campo opositor. Para contrarrestar la erosión a ojos vista del antiguo partido único, cada vez más desacreditado por su incapacidad para sacudirse de las rémoras del autoritarismo, el amiguismo y la corrupción más desaforada, y para dejar bien atado su ascendiente sobre la política del partido y el Estado después de entregar el bastón del mando, Moi diseñó un elaborado plan de reelección y sucesión cuyo primer movimiento consistió en una suerte de refundación de la KANU.

Así, en el congreso celebrado en marzo de 2002 Moi fue reelegido prácticamente por unanimidad como presidente de la formación, obtuvo la revisión de los estatutos para reforzar sus atribuciones orgánicas, y de paso se dotó de resortes con que seguir influyendo en la alta política tras abandonar la Presidencia de la República.

Invocando la renovación generacional en la KANU, dispuso el cese del vicepresidente de la República desde 1989, George Saitoti, como primer vicepresidente del partido, amén de la absorción (el día 18), culminando cuatro años de cooperación parlamentaria y propinando un golpe de efecto que a primera vista se antojó muy perjudicial para las perspectivas electorales de la oposición, del NDP de Raila Odinga, quien fue recompensado por este servicio con la Secretaría General de la KANU y el Ministerio de Energía. Una fuerza minoritaria, el Partido de los Candidatos Independientes de Kenya (PICK), también accedió a autodisolverse y pasarse a la KANU.

En la elección de la nueva ejecutiva del partido, teóricamente con el voto secreto de los compromisarios aunque éstos se limitaron a cumplimentar el guión preestablecido, un hijo de Jomo Kenyatta, Uhuru, fue elevado a uno de las cuatro nuevas vicepresidencias. El rápido ascenso de este diputado relativamente joven y con un historial político mediocre se estaba fraguando desde noviembre de 2001, cuando Moi le nombró para uno de los 12 escaños de diputados reservados al igual que miembro del Ejecutivo como ministro de Gobiernos Locales. Estas mudanzas en la cúpula se interpretaron como preavisos de Moi de que ya había encontrado a su delfín. En efecto, el 30 de julio Moi explicó que Kenyatta era su elegido para la nominación del candidato presidencial del partido.

La confirmación de Kenyatta por Moi desató la tormenta en la KANU, escenario ya de un profundo malestar y resentimiento por las últimas actuaciones autoritarias del presidente. Saitoti, los ministros Odinga y Kalonzo Musyoka, y el también miembro del gabinete Moody Awori, todos con ambiciones presidenciales, se lanzaron a exigir unas elecciones primarias con una lista de delegados pública y el ejercicio del voto verdaderamente secreto, y de paso descalificaron a Kenyatta como un personaje débil y susceptible de convertirse en la marioneta de su mentor en el caso de ganar en diciembre.

En un intento de sofocar el motín interno, Moi destituyó abruptamente a Saitoti como vicepresidente de la República el 30 de agosto, pero este castigo ejemplarizante sólo reforzó en sus convicciones a los contestatarios, agrupados como la facción Arco Iris. El 14 de octubre, al cabo de varias semanas de purgas y destituciones de funcionarios y ministros contrarios a las directrices de Moi, la KANU proclamó a Kenyatta candidato presidencial con el boicot de la alianza Arco Iris.

De inmediato, Odinga y quienes aún ocupaban puestos en el Gobierno presentaron la dimisión. La alianza Arco Iris se constituyó en Partido Liberal Democrático (LDP) y entró en negociaciones con el Partido de la Alianza Nacional de Kenya (NAK), la sombrilla de fuerzas de la oposición que acababa de forjar Mwai Kibaki con su Partido Democrático (DP), el Ford-Kenya de Kijana Wamalwa y el Partido Nacional de Kenya (NPK) de Charity Ngilu. Con suma rapidez, el 22 de octubre el LDP y la NAK presentaron la Coalición Nacional Arco Iris (NARC), con Kibaki como candidato unitario a la Presidencia.

Este espectacular desarrollo en el bando opositor, que estaba suficientemente escarmentado por las derrotas de 1992 y 1997, en buena parte atribuidas a su incapacidad para presentarse como bloque, vino a trastocar las previsiones de Moi y de sus fieles en la KANU, que vieron cómo la controvertida designación de Uhuru Kenyatta, no sólo estaba provocando una sangría en el partido, sino también engrosando las huestes opositoras. A la luz del veredicto emitido por las urnas luego, puede opinarse que el empecinamiento de Moi en ser sucedido por Kenyatta costó a la KANU una descabalgadura que se antojaba bastante improbable pocos meses antes.

En plena campaña electoral, el 28 de noviembre, el terrorismo internacional volvió a golpear a Kenya con un doble ataque en Mombasa: un coche bomba dirigido por tres conductores suicidas estalló en un hotel y mató a 13 personas entre empleados kenyanos y turistas israelíes; y, casi al mismo tiempo, un avión de línea israelí con 261 pasajeros a bordo era blanco, aunque esta vez fallido, de dos misiles tierra-aire disparados desde una colina próxima al aeropuerto. La Policía kenyana estimó que tras el grupo hasta entonces desconocido que reivindicó los atentados, el Ejército de Palestina, se ocultaban, de nuevo, los secuaces de Al Qaeda.

Días después, el 5 de diciembre, un consternado Moi se entrevistó en Washington con su homólogo estadounidense, George W. Bush, para analizar el último golpe a la seguridad de África oriental. En esta ocasión, el mandatario kenyano aseguró que su país y Estados Unidos se hallaban "unidos en la lucha contra el terrorismo", y que él estaba resuelto a proteger a su gente y a los visitantes extranjeros de estos golpes criminales.

La popularidad y las promesas de Kibaki, el carácter más o menos homogéneo de la NARC a la hora de captar el voto étnico y territorial, y el deseo general de cambio de la población pusieron en bandeja el histórico resultado del 27 de diciembre de 2002: en las presidenciales, Kenyatta, con el 31,3% de los votos, fue barrido por Kibaki, que recibió el 62,2%; y en las legislativas, la KANU se desmoronó y sólo retuvo 68 escaños, frente a los 132 de la NARC.

Los monitores de la Commonwealth y la Unión Europea alabaron la consulta como la más limpia, libre y pacífica en la historia del país (como siempre en estos casos, la derrota del candidato gubernamental es el mejor aval del no fraude) y la elevaron a la condición de paradigma para todo un continente donde no abundan los cambios de guardia por medios democráticos.

De esta manera, Kenya ha seguido la estela de países como Zambia (1991), Malawi (1994) o Senegal (2000), todos los cuales conocieron la remoción del único partido gobernante desde la independencia por la vía del relevo democrático. El 30 de diciembre, un distendido Moi presidió la ceremonia de transmisión de poderes al presidente electo. Preguntado por su opinión sobre lo sucedido, respondió con un resignado: "bien, así es la democracia". El ex mandatario, de 78 años, indicó su intención de retirarse a su granja en Rift Valley, aunque su posición señera en la política nacional quedaba aseguraba mientras continuara como presidente de la KANU, ahora convertido en primera fuerza de la oposición.

La retirada elegante de Moi, la puesta de un colofón impecablemente democrático a sus más de 24 años de presidencia, ha dado lugar, un poco como sucedió con su colega de Ghana Jerry Rawlings en enero de 2001, a balances de su gestión en los que se destaca este remate frente a los abundantes aspectos negativos.

El caso es que Moi deja un país sumido en la corrupción política y administrativa más devoradora, con unas tasas de paro y pobreza sin precedentes, la convivencia interétnica en entredicho, una red de servicios públicos destrozada por la incuria y el abandono, y, en añadidura, una economía desfallecida por las caídas en los ingresos de las tres principales industrias (té, café y turismo), las inversiones privadas foráneas y las ayudas financieras internacionales. En buena parte, este cuadro ominoso obedece a la consolidación de una imagen de inseguridad y desorden que se alimenta de la corrupción, las rigideces y arbitrariedades del poder, y los atentados islamistas.

La Kenya que lega Moi es también uno de los más azotados por la pandemia del SIDA. Según estimaciones del Ministerio de Salud, unos 700 kenyanos mueren al día a causa del virus HIV y un total de 2,2 millones (sobre una población de 31) están infectados. Frente a esta terrible calamidad, el anciano estadista, sí mostró unos enfoques más realistas y unas actuaciones más enérgicas que otros colegas de la región confrontados con el mismo problema. Así, en julio de 2002 anunció la importación de 300 millones de preservativos masculinos dentro del plan de contención del Gobierno (lo que suscitó airadas protestas de los líderes religiosos cristianos), e incluso llegó a solicitar a la población, como medida profiláctica radical, que limitara al máximo, "al menos por dos años", las relaciones sexuales.

El ex presidente de Kenya tiene publicados el libro Kenya African Nationalism: Nyayo Philosophy and Principles (1986) y la colección de discursos Which Way Africa? (1997).

(Cobertura informativa hasta 14/1/2003)