Opinion

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Alex González. Coordinador

Asia

"Gobernanza en Asia Central: “cuando el árbol de la energía nos impide ver el bosque”"

 

4 de julio de 2008 / Opinión CIDOB, n.º 9

Los intereses energéticos se han convertido en uno de los principales vectores de las relaciones internacionales de hoy en día, y Asia tiene mucho que ver con ello. Como es sabido, el crecimiento de China, India y otras economías emergentes ha situado la demanda de combustibles fósiles en unos niveles sin precedentes, reactivando la geopolítica en el escenario internacional, sobre la base de competir por el acceso a las fuentes de suministro. Esta es una de las grandes cuestiones sobre las que se ha debatido en la decimonovena edición del Congreso Mundial del Petróleo que acaba de celebrarse en Madrid.

En lo que se refiere a los recursos energéticos del mar Caspio y Asia Central, se da por descontada la rivalidad entre potencias como China, Rusia, EEUU o la propia UE por acceder a los hidrocarburos de países como Azerbaidzhán, Irán, Turkmenistán, Uzbekistán o Kazajstán (este último con además grandes reservas de uranio). Como es de esperar, semejante coyuntura acapara mucha atención, para ver quién o quiénes se llevan el gato al agua. Sin embargo, no se están calibrando suficientemente las distorsiones que la energía introduce en las agendas de política exterior de estas potencias.

Con Asia Central se constata un claro giro de la UE hacia el pragmatismo, ante la necesidad europea de diversificar los suministros energéticos. Atrás quedan los tiempos en que preponderaba la cooperación técnica, liderada por la Comisión Europea, con eventuales llamadas del Parlamento Europeo a mejorar la situación de los derechos humanos. Trasladadas las cuestiones energéticas a un primerísimo plano, es el Consejo de la Unión el que encabeza la nueva aproximación. Y para entender lo que aquí significa el pragmatismo, baste decir que los autoritarios regímenes de la región lo están aplaudiendo, enfatizando la estabilidad de sus propios gobiernos.

Si bien es cierto que el cambio de régimen no ha sido nunca un objetivo de la UE, existe el riesgo de que -eclipsada por la energía- se paralice la agenda de transformaciones internas que sí responde a los intereses europeos. Este tipo de estabilidad no es el marco más adecuado para atajar las condiciones que en Asia Central favorecen el extremismo y el terrorismo, la proliferación de conflictos, el tráfico de drogas o la degradación del medio ambiente. Se trata de áreas que también son importantes para los intereses europeos y que pasan, en gran medida, por mejorar la gobernanza de estos países. Aunque algunos se empeñen en no verlo, a medio y largo plazo es fundamental que se produzcan avances en el fortalecimiento de las instituciones, la separación de poderes, la promoción de la seguridad jurídica y del Estado de Derecho.

Pero la inclusión de estas cuestiones en la agenda no está garantizada, y hará falta voluntad política para ampliar las miras del big business energético. Máxime cuando hay países vecinos como China y Rusia que -obviamente- están dispuestos a comprar energía sin presentar objeciones a las condiciones internas de los países proveedores.

Por otra parte, Asia Central reúne algunas características que añaden dificultad a la cuestión. La comparación con China es elocuente. A este país se le exigen determinadas reformas porque su inmensa población constituye un mercado especialmente atractivo, y los agentes económicos necesitan de tales reformas para poder introducirse satisfactoriamente en él. No es el caso de Asia Central, ya que su escasa población impide que esta región sea percibida como un mercado prioritario, despareciendo así la demanda de reformas semejantes. Otros importantes intereses europeos en la región, como el apoyo a las operaciones en Afganistán, tampoco incentivan la concesión de mayor vigilancia a los asuntos internos, ya que en ese terreno la cuestión más inmediata es la permanencia de las bases aéreas occidentales en las repúblicas centroasiáticas.

De este modo, la promoción de una mejor gobernanza en Asia Central constituye un verdadero reto, puesto que son varios los elementos de peso que se conjugan en su contra. Es preciso explorar fórmulas para avanzar en esta agenda sin que los regímenes se sientan amenazados, promoviendo transformaciones graduales y evitando que algún desencuentro pueda traducirse en un cierre del grifo energético. En el plano político, se puede seguir promoviendo el prestigio del sello europeo, buscando incentivos que ofrecer a las repúblicas centroasiáticas para que deseen aproximarse a los estándares europeos. Ésta es una de las lecturas positivas de la futura presidencia kazaja de la OSCE prevista para 2010, si ésta no conlleva reformas que debiliten los instrumentos o el sentido de la Organización.

Otra dimensión es la económica y empresarial. Colaborar con los países centroasiáticos para favorecer las actividades empresariales puede tener repercusiones políticas positivas. La pluralidad de intereses económicos puede ser la semilla de un pluralismo político más efectivo y real; y, en cualquier caso, un catalizador de las demandas internas para forjar una mayor seguridad jurídica y más contrapesos al poder de los actuales dirigentes políticos. A escala regional, la cooperación económica (por ejemplo en la promoción de infraestructuras de comunicación y transportes) tiene la virtud de ser un ámbito donde todos los actores pueden ganar, a diferencia de los ámbitos de la energía y de la seguridad, donde se plantean juegos de suma cero, con reminiscencias de guerra fría en algunos casos. Por citar otro ejemplo, la UE también podría favorecer la cooperación regional en cuanto a la gestión de los recursos hídricos, fuente de importantes litigios, y que por tanto podría ser una primera piedra en el proceso de construcción regional, como lo fue el carbón y el acero para la actual UE. Con todo, un Asia Central más integrada reduciría las posibilidades de conflicto e inestabilidad.

No es éste el lugar desde el que formular un catálogo de posibles actuaciones. Pero sí es conveniente subrayar que, bajo las nuevas circunstancias que impone el vector energético, existe el riesgo de practicar un pragmatismo miope, en detrimento de una aproximación más comprehensiva y más coherente con el abanico de intereses identificados en la Estrategia Europea de Seguridad que se aprobó en 2003. Tales reflexiones parecen hoy oportunas: la nueva estrategia europea para Asia Central, que consignaba el giro pragmático, ha cumplido su primer año, con lo que ha llegado el momento de hacer un primer balance.

Alex González
Coordinador del Programa Asia, Fundació CIDOB

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