El cambio que vino desde abajo

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El Periódico

Mediterranean and Middle East - [17.12.2011]

"Un año después de que empezase lo que muchos han llamado la primavera árabe, no sabemos hacia dónde se dirige esta región, pero queda bastante claro que no hay marcha atrás, sobre todo porque la población ha perdido el miedo a enfrentarse a la autoridad". Fragmento de este artículo de análisis de Eduard Soler, investigador principal de CIDOB, cuando se cumple un año del inicio de las protestas en las calles de Túnez tras la inmolación de Mohamed Buazizi.

Para el mundo árabe, 2011 es un año de cambios. Hace exactamente un año empezaron las protestas en las calles de Túnez tras la inmolación de Mohamed Buazizi. La brutalidad policial con la que se intentó acallar el descontento popular añadió más leña al fuego, haciendo que el régimen perdiera el control de la situación. Las protestas se extendieron como una mancha de aceite por todo el país yBen Alí, al comprobar las masivas movilizaciones que tomaban la capital y al conocer la negativa de las fuerzas armadas a reprimir a los manifestantes, tomó la vía del exilio.

Con la victoria de la ciudadanía tunecina empezaba la transición hacia la democracia y también un nuevo ciclo político en el mundo árabe. Entre diciembre del 2010 y marzo del 2011 casi todos los países del norte de África y de Oriente Próximo experimentaron, con intensidad y resultados distintos, protestas en sus calles. Estas manifestaciones fueron respondidas en algunos casos con promesas de reformas, y en otras, con un recrudecimiento de la represión. Un año después de que empezase lo que muchos han llamado la primavera árabe, no sabemos hacia dónde se dirige esta región, pero queda bastante claro que no hay marcha atrás, sobre todo porque la población ha perdido el miedo a enfrentarse a la autoridad.

Sería ingenuo pensar que en los próximos años el mundo árabe va a avanzar en bloque y plácidamente hacia un horizonte democrático. Los demócratas han salido fortalecidos, pero parte del antiguo régimen resiste y las fuerzas contrarrevolucionarias intentan aprovechar la situación. Sin embargo, no hay que caer en una actitud fatalista, como si los árabes estuvieran condenados a vivir bajo regímenes represivos y la población tuviera que permanecer pasiva ante la injusticia. Algunos países han empezado ya un proceso de transición política y, como se ha demostrado en Túnez y Egipto, algunos sectores de la población no dudan en movilizarse, no solo para acudir a las urnas, sino para volver a las calles cuando consideran que las transformaciones son insuficientes. Los ciudadanos del mundo árabe han tomado conciencia de su capacidad de influencia, del impacto de la movilización pacífica y de la ocupación persistente del espacio público, de cómo el uso de las nuevas tecnologías amplifica y acelera las protestas.

El aniversario de la primavera árabe coincide con las noticias sobre la retirada de tropas norteamericanas en Irak. La ocupación del país se justificó, entre otros motivos, para acabar con la dictadura de Sadam Husein y dar pie a la puesta en marcha de un sistema democrático que sirviera de ejemplo para el resto de países de la región. El precio a pagar fue altísimo y, aunque algunos sectores neoconservadores intentaron vincular el estallido de la primavera árabe con la política de promoción democrática de la Administración de George W. Bush, hay una diferencia fundamental entre ambos procesos: el cambio en Túnez vino desde abajo y en Irak se impuso desde los despachos y los cuarteles militares.

La intervención de Estados Unidos y de sus aliados en Irak, así como la actitud ante el conflicto árabe-israelí, ha ido erosionando la credibilidad de norteamericanos y europeos entre la ciudadanía del mundo árabe. La complicidad con los regímenes autoritarios de la región y la reacción ante las primeras protestas en Túnez no contribuyeron a mejorarla. ¿Pueden reconstruirse estas relaciones sobre unas nuevas bases? Para hacerlo, Europa y Estados Unidos deberán asumir uno de los principales cambios que han ocurrido en el mundo árabe: los ciudadanos son conscientes de su fuerza, han recuperado el orgullo, rechazan la imposición de modelos y no quieren que les den lecciones. Entre muchas otras cosas, la primavera árabe representa un movimiento de emancipación y los árabes quieren ser tratados de igual a igual.

Eduard Soler, investigador principal CIDOB

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