Yasser Arafat

Editado por:
Roberto Ortiz de Zárate

Datos relevantes

Actualización: 26 de Junio de 2008
Crédito fotográfico: © World Economic Forum
Muhammad `Abd ar-Raouf Arafat al-Qudwa al-Husseini

Palestina, Autoridad Nacional

Presidente de la Autoridad Ejecutiva del Consejo Palestino; presidente de la OLP

Duración del mandato: 05 de Julio de 1994 - 11 de Noviembre de 2004

Nacimiento: El Cairo, Egipto , 24 de Agosto de 1929

Defunción: Clamart, Hauts-de-Seine, Île-de-France, Francia , 11 de Noviembre de 2004

Partido político: Fatah/OLP

Profesión: Ingeniero y empresario de construcción

Crédito fotográfico: © World Economic Forum

Resumen

La muerte en París el 11 de noviembre de 2004 del histórico dirigente palestino aconteció cuando se cumplían cuatro años desde el colapso del proceso de paz iniciado con Israel en 1993, tiempo en el cual imperó en Palestina un dramático estado de guerra y asedio que le mantuvo confinado en su destrozado cuartel de Ramallah. Guerrillero y terrorista. Líder y símbolo nacional idolatrado, pero autoritario, tolerante con la corrupción y lleno de enemigos. Huésped incómodo de estados árabes. Negociador tortuoso y embajador volante de su pueblo. Político de presencia paramilitar y estadista in péctore. Superviviente por antonomasia. El fundador de Fatah, jefe de la OLP, Premio Nobel de la Paz y presidente de la Autoridad Palestina desde 1994 sucumbió a una misteriosa enfermedad a los 75 años de edad y no llegó a ver la creación de un Estado palestino con capital en Jerusalén, meta de toda una vida de luchas desarrolladas en muchos frentes y con distintos medios.

Biografía

1. Prolegómenos egipcios y creación de Al Fatah
2. Años sesenta: hacia el liderazgo de la OLP
3. La consagración del guerrillero y el Septiembre Negro jordano de 1970
4. Años setenta: la vía terrorista y los éxitos diplomáticos en pro del Estado palestino
5. Intromisión en el conflicto de Líbano y el impacto de los Acuerdos de Camp David
6. Años ochenta: la expulsión de Líbano y los choques con otras facciones palestinas
7. Del estallido de la Intifada al viraje posibilista de 1988
8. Comienza el proceso de paz: la Conferencia de Madrid de 1991 y los Acuerdos de Oslo de 1993
9. Los hitos y los retrocesos de los tres primeros años de la Autonomía Palestina
10. Aumentan los desencuentros con Israel y las críticas internas a la gestión del rais
11. La parálisis del proceso de Oslo y la disputa de Jerusalén
12. El colapso de 2000: la segunda Intifada e imposición de los extremismos
13. Violencia sin cuartel al ritmo del terrorismo palestino y el contraterrorismo israelí
14. Una guerra asimétrica y no declarada con el Gobierno de Ariel Sharon
15. La destrucción de la infraestructura de la ANP y el acorralamiento de Arafat
16. Delegación parcial de poderes a un primer ministro por prescripción de la Hoja de Ruta
17. Impugnación del liderazgo y amenazas israelíes como antesala del ocaso vital
18. Una muerte rodeada de confusión e incertidumbre


1. Prolegómenos egipcios y creación de Al Fatah

Aunque algunas fuentes palestinas hablan de Khan Younis, en Gaza, y a pesar de que él mismo siempre insistió, con escasa credibilidad, en ser oriundo de Jerusalén, la mayoría de las biografías sitúan el nacimiento de Muhammad Abdel Raouf al-Qudwa al-Husseini, que tal era su verdadero nombre, en El Cairo, el 24 de agosto de 1929, en el seno de una acomodada familia palestina de ilustre linaje y musulmana sunní, como el quinto de siete hermanos.

La madre, Hamida Khalifa al-Husseini, fallecida cuando él tenía cuatro años, hacía remontar su ascendencia a Fátima, la hija del Profeta Mahoma, y, según parece, era prima carnal del Gran Muftí de Jerusalén, Muhammad Amín al-Husseini, virulento paladín del nacionalismo árabe-palestino que en la Segunda Guerra Mundial estableció con Hitler una alianza antibritánica y antijudía para proclamar el Estado árabe en Palestina. El padre, Abdel Raouf al-Qudwa, comerciante de textiles vinculado al partido de los Hermanos Musulmanes, pertenecía a una rica familia de mercaderes y terratenientes que en parte era egipcia.

Es muy probable que los padres de Arafat naciesen en Palestina y se instalasen en Egipto unos años antes de nacer él. Hay que advertir que la genealogía y las circunstancias que rodearon los años mozos del personaje nunca han sido suficientemente esclarecidas, y que quienes han intentado un ejercicio biográfico no tendencioso han solido topar con dificultades para separar el dato objetivo de la mera propaganda panegirista o denigratoria, divulgada durante décadas por partidarios y enemigos. En vida, como se apuntó arriba, Arafat gustó de alimentar su leyenda, así que tampoco facilitó las cosas a los historiadores. El joven adoptó como nombre propio Yasser, término que en árabe viene a significar sencillo o libre de complicaciones, y más tarde el apellido Arafat, que es como se llama una colina próxima a La Meca incluida en el recorrido ritual de los peregrinos que realizan el Hadj.

Su infancia discurrió en El Cairo, Jerusalén y Gaza. En la Ciudad Santa pudo tener como preceptor religioso y político a su famoso pariente materno, al menos hasta 1937, cuando Husseini huyó a Líbano en medio de la revuelta popular que él mismo había lanzado el año anterior contra el mandato británico. Las informaciones al respecto son fragmentarias y algunas fuentes ni siquiera aceptan que Husseini y Arafat tuvieran parentesco. Sea como fuere, el muchacho fue instruido en los preceptos coránicos y desde edad muy temprana tomó parte en los movimientos de resistencia contra la colonización judía y la ocupación británica, primero en los Hermanos Musulmanes y luego en el Partido Árabe de Palestina que dirigía el Gran Muftí desde el exilio.

Durante la primera guerra árabe-israelí, entre 1948 y 1949, Arafat estuvo movilizado en la Futuwah (Vanguardia de la Juventud), una brigada de combatientes palestinos organizada por Husseini a modo de brazo armado de su partido, y desempeñó tareas logísticas en las filas del Ejército egipcio. Con la derrota de los países árabes y el engrandecimiento territorial del recién nacido Estado de Israel a costa del Neguev, Galilea occidental y Jerusalén occidental, más Beer-Sheva, Ramle, Lidda y otras áreas de la Palestina central, territorios todos que habían sido adjudicados por la ONU a un, ahora inviable, Estado árabe en su plan de partición de 1947, la familia de Arafat se sumó al éxodo de refugiados palestinos (750.000 en total) que se desperdigaron por los países árabes de la región, mientras que él retornó a la capital egipcia. Atrás quedaban unas relaciones tormentosas con los partidarios del Gran Muftí, el cual había proclamado en Gaza un Estado palestino independiente que jamás vio la luz.

Hacia 1950 Arafat comenzó estudios de Ingeniería Civil en la Universidad cairota Rey Fuad, donde se reveló como un dirigente nato. En 1952, el año del golpe militar revolucionario que derrocó a la monarquía conservadora y probritánica del rey Faruk I, Arafat se afilió a la Federación de Estudiantes Palestinos (FEP), de cuya sección paramilitar se erigió en líder, y tras ser expulsado de la misma en 1953 fundó su propia organización, la Unión General de Estudiantes Palestinos (UGEP), que se vinculó a los Hermanos Musulmanes e incorporó a elementos sirios.

Con el permiso del coronel Gamal Abdel Nasser, que acababa de desembarazarse del ala moderada del Consejo del Mando Revolucionario y asumido todo el poder en la flamante República de Egipto, Arafat creó células de fedayin (combatientes) y planificó ataques de tipo guerrillero y terrorista contra Israel desde la franja de Gaza, incorporada a la administración egipcia en 1949. En 1955 un hermano mayor, Badir, murió en una represalia militar israelí contra el campo de refugiados de Khan Younis.

En julio de 1956 Arafat obtuvo el título de ingeniero y fundó la Unión de Graduados Palestinos (UGP), de la que se autodesignó presidente y que le brindó la tapadera para sus actividades políticas y guerrilleras, desarrolladas en estrecha colaboración con el Ejército y los servicios de inteligencia egipcios. Profesionalmente, fue contratado por una empresa de la construcción de El Cairo. Al estallar en octubre de 1956 la segunda guerra árabe-israelí a raíz de la nacionalización por Nasser del Canal de Suez, Arafat se enroló como voluntario en el cuerpo de ingenieros del Ejército egipcio con la misión de desactivar bombas. Se asegura que tomó parte en los combates de Abukir y Port Said contra las fuerzas de invasión franco-británicas que intentaron apoderarse del Canal, y tras la contienda recibió el galón de teniente.

El debut internacional de Arafat se remonta a 1957, cuando asistió como delegado de la UGEP a una convención de estudiantes en Praga. Tras su experiencia en Checoslovaquia recaló en la ciudad alemana occidental de Stuttgart antes de afincarse en Kuwait. En el emirato del Golfo, que aún se hallaba bajo el protectorado británico, Arafat retomó sus actividades profesionales como ingeniero y pequeño empresario de la construcción.

Asimismo, revisó su estrategia de lucha contra Israel, convencido de que la misma debían de librarla autónomamente los propios palestinos, los cuales no podían confiar en demasía en la solidaridad de los estados teóricamente aliados y no tenían otra salida que afirmar y diferenciar su especificidad nacional en el conjunto de los pueblos árabes. El problema palestino no iba a solucionarse a rebufo de la unificación política del mundo árabe, en aquellos días incierta y unos años después decididamente utópica. Arafat, además, estaba acumulando resentimiento contra Nasser porque el rais egipcio venía reprimiendo duramente a los Hermanos Musulmanes.

Consecuencia de estas conclusiones fue la creación en Kuwait en octubre de 1957, junto con sus colaboradores Jalil al-Wazir, Salah Jalaf, Jalid al-Hassan y Farouq al-Qaddumi, del movimiento Al Fatah, palabra que en árabe significa La Victoria -o La Conquista- a través de la Jihad, si bien el término es también un acróstico invertido de la expresión Movimiento para la Liberación Nacional de Palestina (Harakat At Tahrir Al Watani Al Filastini). El programa de Fatah se resumía en tres puntos: la destrucción del Estado judío por la vía militar, el retorno a sus hogares de los refugiados de 1949 y el establecimiento de un Estado árabe en Palestina que incorporarse a Cisjordania, ahora bajo la tutela del reino hachemí de Jordania, y todo Jerusalén, su capital irrenunciable e indivisible.

Desde el principio, los rostros señeros de Fatah fueron Arafat, Wazir y Jalaf. Los tres adoptaron sendos noms de guerre compuestos con la partícula abu, que significa padre de, aunque fuera de este contexto político la fórmula es un sobrenombre tradicional árabe que toman los cabezas de familia cuando tienen a su primogénito: Arafat se hizo llamar Abu Ammar (Padre Constructor), Wazir Abu Jihad (Padre de la Jijad) y Jalaf Abu Iyad (en este caso, sí se refería al primer vástago varón). De los tres, sólo Arafat iba a sobrevivir a los numerosos atentados perpetrados por sus abundantes enemigos de dentro y fuera del campo palestino. Por otro lado, cabe señalar que su hermano menor, Fathi Arafat, pediatra de profesión, ingresó en la organización, donde alcanzaría puestos directivos al tiempo que el escaño en el Consejo Nacional Palestino antes de convertirse en presidente de la Sociedad Palestina de la Media Luna Roja.

Fatah celebró su congreso constitutivo en el Emirato el 10 de octubre de 1959 y ese mismo año Arafat viajó a Beirut para reunirse con su familia. En 1963 el partido abrió en Argel su primera oficina informativa en un país árabe. El Gobierno de Ahmed Ben Bella fue el primero en reconocer a Fatah, que hasta entonces había sido tachada de organización subversiva en Jordania, Siria y el mismo Egipto nasserista. También en 1963, Arafat se trasladó de Kuwait a Siria, donde el triunfante régimen militar-baazista del general Muhammad Amín al-Hafez le proporcionó de buena gana bases de retaguardia para las incursiones guerrilleras contra Israel. El 1 de enero de 1965 el brazo militar de Fatah, Al Asifah (La Tormenta), reivindicó su primera acción hostil contra el enemigo jurado, perpetrada en la frontera libanesa el día anterior.

Los líderes de Fatah no tardaron en percatarse del escaso fuste y de lo precario de sus valimientos internacionales. La mayoría de los gobiernos interlocutores se mostraban más interesados en hacerse publicidad anticolonial o antisionista a su costa que en empeñarse a fondo con una organización armada de liberación nacional que apenas podía picotear en la coraza de las formidables Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI), no se ubicaba bien en los esquemas geopolíticos de la Guerra Fría y no parecía dispuesta a servir de peón dócil en los tableros de ajedrez de las potencias no occidentales. Con los gobiernos de los países árabes vecinos de Israel, las relaciones iban a oscilar entre las proclamas más fraternas y las hostilidades más acérrimas.

Así, en marzo de 1964 Arafat y Abu Jihad viajaron a China Popular en busca de asistencia, pero la decepción fue grande: Mao Zedong y Zhou Enlai no se dignaron a recibirles, y el Gobierno de Beijing les dio largas sobre el dinero y las armas solicitadas. Wazir, llamado a convertirse en el cerebro de las operaciones armadas del grupo, aprovechó para empaparse de doctrina y tácticas de la guerra popular revolucionaria, y prolongó el periplo asiático en Vietnam del Norte. Luego, en febrero 1966, Arafat se encontraba en Siria cuando se produjo un violento cambio de guardia en el régimen del partido Baaz. Las nuevas autoridades baazistas adoptaron una línea radicalmente izquierdista y menos complaciente con Fatah. Así que no fue casual el estallido a los pocos días de una seria disensión en el Comité Central de Fatah con sede en Kuwait.

Un sector del partido contrario a Arafat intentó deponerle como responsable del mando militar y reemplazarle por Yussuf al-Urabi, al que los partidarios del anterior acusaban de ser un agente sirio. En mayo se produjo un enfrentamiento en el campo de refugiados a las afueras de Damasco donde tenía su cuartel la plana mayor del aparato militar de Fatah del que salió muerto Urabi, quien habría intentado dar un golpe interno. La Policía siria, siguiendo órdenes del Gobierno prosoviético de Nur ad-Din al-Atassi, arrestó y encarceló a Arafat y Wazir. En agosto, la intervención del entonces ministro de Defensa y comandante en jefe de las Fuerzas Aéreas sirias, Hafez al-Assad (irónico rescate, tratándose de un futuro mortal enemigo), devolvió la libertad a Arafat con vistas a una renovación de la alianza entre Damasco y Fatah.


2. Años sesenta: hacia el liderazgo de la OLP

En 1966 Fatah era sólo uno más entre los grupos y banderías de la resistencia palestina, y estaba lejos de prevalecer sobre los demás en cuanto a número de militantes y capacidad guerrillera, aunque sí llevaba cobrada una considerable popularidad entre las masas de refugiados. Dos años atrás, Arafat había observado con desdén la reunión en Jerusalén oriental del I Consejo Nacional Palestino (CNP), también llamado "Parlamento palestino en el exilio", del 28 de mayo al 2 de junio de 1964.

La asamblea, dominada por nasseristas, comunistas y panarabistas del Movimiento Nacionalista Árabe (MNA), tenía el mandato de la Liga Árabe para fundar la primera plataforma común de los palestinos diseminados por todo Oriente Próximo y el Magreb, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), y proclamar una Ley Fundamental y una Carta Nacional Palestina, la cual declaraba ilegal el Estado de Israel y consideraba palestinos a todos los ciudadanos árabes que habían vivido en Palestina hasta 1947, así como los nacidos después de esa fecha de padre palestino, tanto dentro como fuera del país.

El abogado Ahmad ash-Shuqeiri, que había prestado servicios diplomáticos a varios gobiernos árabes, fue elegido primer presidente de la OLP el último día del I CNP, el 2 de junio, fecha que se considera el punto de partida de la organización. En agosto se estableció el Comité Ejecutivo de la OLP (CEOLP), de 14 miembros, y en septiembre la cumbre de líderes árabes de Alejandría validó a la OLP como la "depositaria de la voluntad del pueblo palestino". La OLP se dotó de una organización de masas, la Organización Popular Palestina, y de un brazo armado regular, el Ejército de Liberación Palestino (ELP), cuyos efectivos pasaron a ser reclutados y adiestrados por el Ejército sirio, en el que de hecho se encuadró como una unidad auxiliar.

Arafat consideraba que la OLP no era más que un instrumento de Nasser, cuyas ambiciones panarabistas habían incluido el manejo de los palestinos en provecho propio, y ni fue invitado a unirse ni él quiso solicitar el ingreso. Pero la Guerra de los Seis Días, o tercera guerra árabe-israelí, en junio de 1967, alteró drásticamente el status quo. Rompiendo por lo sano con los tomas y dacas de baja intensidad que se venían repitiendo desde la crisis de Suez y precaviéndose contra una hipotética agresión, Israel lanzó un ataque fulminante en tres frentes contra Egipto, Siria y Jordania, que se saldó en una espectacular victoria para sí y en un desastre para sus enemigos.

El Ejército egipcio, mal adiestrado, pobremente armado y peor mandado, se hundió en el Sinaí y sufrió miles de bajas. En menos de una semana, las FDI, a las órdenes de los generales Yitzhak Rabin y Moshe Dayan, se apoderaron de Gaza y de toda la península hasta el Canal, amén de los Altos del Golán, arrebatados a Siria, y Cisjordania y Jerusalén oriental, evacuados por las fuerzas del rey Hussein. Arafat se encontraba entonces en Jerusalén, y cuando llegaron los soldados israelíes hubo de escapar a Jordania a la par que miles de sus connacionales.

Para los palestinos, la guerra de 1967 fue la segunda Nakba, la segunda catástrofe. Alrededor de 325.000 habitantes de Cisjordania, Jerusalén oriental y Gaza, muchos de los cuales ya eran refugiados de la oleada de 1949, esto es, aproximadamente un tercio del conjunto de la población árabe residente en los tres territorios –que quedaron bajo la administración marcial israelí-, huyeron inmediatamente a Jordania, Siria y Líbano, donde engrosaron los campos de refugiados ya existentes. Atrás dejaban unas propiedades que comenzaron a ser expropiadas por el Gobierno israelí.

Los regímenes de El Cairo, Damasco y Ammán habían fracasado estrepitosamente en su obligación de proteger a unos ciudadanos que pertenecían a su jurisdicción. El prestigio de Nasser, que hizo un dramático ofrecimiento de dimisión, quedó tocado irremisiblemente y Arafat supo que había llegado la hora de desasir la lucha de liberación de los palestinos, y por ende la OLP, de la tutela de los estadistas árabes. De ser necesario, los palestinos lucharían contra Israel en solitario y compensarían –quimérica pretensión- su apabullante inferioridad militar con la motivación del fedayín, su convicción de que luchaba por una causa justa, para expulsar a los judíos de una tierra que no les pertenecía y que habían ocupado ilegalmente.

La situación era propicia para el salto de Arafat al mando supremo de la resistencia palestina. Estremecida por una crisis de liderazgo y de estrategia, la OLP encajó la resignación de Shuqeiri, que el 24 de diciembre fue sustituido por Yahya Hammuda, y vio cómo se deshacía el otrora omnipresente MNA, demasiado vinculado al líder egipcio. El jefe de Fatah atizó la conmoción interna con duras críticas a la dirigencia de la OLP, en su mayoría profesionales liberales e intelectuales un tanto desconectados de la realidad que afligía a las masas palestinas, a los que acusó de haber desprestigiado el movimiento de liberación nacional e hipotecado su futuro echándose en brazos de Nasser.

Con todo, a Arafat le faltaba un gran golpe de efecto en el terreno de la acción directa que coronara la reputación combativa de su grupo y la suya en particular. Los israelíes, que ya hacía años que le tenían en el punto de mira en tanto que uno de sus máximos enemigos, se lo pusieron en bandeja. El 21 de marzo de 1968 la atención del público internacional, que hasta ahora había seguido el conflicto de Oriente Próximo como si éste consistiera únicamente en un antagonismo irreconciliable entre el Estado de Israel y los estados árabes (fundamentalmente, Egipto y Siria), fue captada por la que vino a llamarse la batalla de Al Karameh, un choque militar a campo abierto en esta localidad jordana, sede de un centro de mando de Fatah, entre las FDI y un grupo de 300 fedayines encabezados por Arafat.

Según cuentan las crónicas (no las israelíes, que pintan un cuadro de Karameh desprovisto de matices heroicos y en el que, al contrario, su protagonista no sale bien parado), Arafat y sus hombres resistieron el embate de una brigada blindada y la Aviación israelíes con la providencial ayuda de la artillería jordana, que a buen seguro impidió su aniquilación. En la furiosa refriega perecieron 28 soldados israelíes, 61 soldados jordanos y un centenar largo de combatientes de Fatah y el ELP, y, aunque la instalación de Karameh fue destruida, el grueso de la columna de Arafat salió con vida para ufanarse de las bajas infligidas al enemigo (seguramente, casi todas fueron provocadas por la artillería jordana) y cuestionar la invencibilidad de las FDI.

Los palestinos se convirtieron a los ojos del mundo en un actor de peso en el conflicto de Oriente Próximo, no ya sólo como refugiados o como tropa auxiliar de los ejércitos árabes, sino como fuerza guerrillera autónoma. En junio, Arafat realizó su primer viaje a Moscú como miembro de una delegación egipcia –su pasaporte era el de este país- y allí fue agasajado por los jerarcas del Partido Comunista. A diferencia de los chinos en 1964, los soviéticos, aunque seguían albergando dudas sobre la estrategia de Fatah, aceptaron concederle adiestramiento militar. El KGB se hizo cargo del entrenamiento de unidades especiales de fedayines en tácticas de comando.

El episodio de Karameh (término que, a mayor abundamiento, significa dignidad en árabe) puso a la OLP a los pies de Arafat y Fatah, que de la noche a la mañana vio multiplicarse su militancia por el reclutamiento masivo de jóvenes palestinos deseosos de combatir a Israel. El IV CNP, reunido en El Cairo del 10 al 17 de julio de 1968, tomó dos decisiones cruciales: el ingreso de Fatah y el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP, surgido el año anterior de las cenizas del MNA, cuyo componente panarabista reemplazó por un nacionalismo de tipo marxista revolucionario) que dirigía Georges Habash, y la revisión de la Carta Nacional, para afirmar el carácter central de la lucha armada, presentada como "la única manera de liberar Palestina", y la identidad separada del pueblo palestino, sin dejar por ello de creer en la unidad árabe, "complementaria" de la liberación nacional.

Fatah y el FPLP, el cual estaba a punto de sufrir dos escisiones de extrema izquierda (el FPLP-Comando General del prosirio Ahmad Jibril y el Frente Democrático Popular para la Liberación de Palestina –FDPLP-, luego Frente Democrático para la Liberación de Palestina –FDLP- del maoísta Najef Hawathme, alias Abu an-Nuf), recibieron la mitad de los asientos en el CNP y un rol de vanguardia en el movimiento de liberación y la revolución nacionales. El rápido ascenso de Arafat culminó en el V CNP, reunido de nuevo en El Cairo, del 1 al 4 de febrero de 1969, que le eligió, el 2 de febrero, presidente del CEOLP en sustitución de Hammuda. Antes de terminar el año, Arafat asistió a sus primeras cumbres de los jefes de Estado árabes como cabeza de la delegación palestina.


3. La consagración del guerrillero y el Septiembre Negro jordano de 1970

El nuevo hombre fuerte de la OLP adquirió una fama mundial. Los medios informativos que simpatizaban con la causa palestina le retrataban como el más genuino resistente de su pueblo. Su singular estampa de guerrillero panzudo, de barba rala y rasgos faciales desproporcionados, luciendo a veces unas gafas ahumadas, en uniforme verde oliva, pistola al cinto o subfusil al hombro, formando el signo de la victoria con los dedos y tocado casi siempre con la kefiah, el paño de algodón blanquinegro a cuadros sacado de la indumentaria tradicional palestina y que él convirtió en un símbolo identificativo, tenía remembranzas de iconos revolucionarios como el Che Guevara o Fidel Castro (por cierto, un dirigente amigo con el que sostuvo varios encuentros), aunque con menos glamour y más controversia sobre la naturaleza de su lucha guerrillera: para los israelíes, los judíos de la diáspora y los numerosos amigos del sionismo en Occidente, Arafat, en el mejor de los casos, practicaba una violencia poco escrupulosa; en el peor, se trataba de un peligroso criminal del que había que deshacerse a toda costa.

Con todo, en 1969 Arafat era visto más como un guerrillero, con toda la legitimidad que aportaba esa condición arrogada o adjudicada, que como un terrorista, en una época en que el concepto de terrorismo, practicado por subversivos, revolucionarios o gobiernos (terrorismo de Estado), no se desligaba de las motivaciones políticas que servían para justificarlo. Un gran estadista israelí, Menahem Begin, primer ministro de 1977 a 1983, a la sazón, perseguidor implacable de Arafat y partidario recalcitrante del Eretz Yisrael (el Gran Israel, en sus fronteras bíblicas, ignorando sin más ni más la realidad palestina), había comenzado su carrera política colocando bombas contra intereses británicos y haciendo volar edificios enteros antes de la independencia, y, sin embargo, ello no iba a ser óbice para que recibiera el premio Nobel de la Paz por firmar con Egipto los acuerdos de Camp David.

Palestinos y judíos llevaban décadas acusándose mutuamente de perpetrar masacres contra población civil inerme y de todo tipo de tropelías. Los dos pueblos se consideraban maltratados por la historia y esgrimían sus derechos, al parecer mutuamente excluyentes: los palestinos, a tener su propia entidad política nacional y a recuperar sus hogares y sus tierras; los israelíes, a existir como Estado sin amenazas a su seguridad.

Para el Gobierno de Israel, los palestinos eran meramente árabes sin cualidad nacional concreta que podían, bien irse a vivir a los países del entorno, bien quedarse dentro de los límites del Estado como ciudadanos israelíes (aunque, en la práctica, de segunda fila) o en los Territorios Ocupados en 1967 (complicada perspectiva, ante el proceso de expropiaciones y más desde 1977, cuando Begin levantó las restricciones a la colonización judía de Cisjordania, también llamada Judea y Samaria). Los hechos sugerían más bien que el Estado de Israel apostaba por potenciar la demografía judía en todos los territorios bajo su control, no haciendo ascos a métodos propios de una limpieza étnica o de un apartheid legal.

Por su parte, La OLP proclamaba en la Carta Nacional -que en ningún momento hacía menciones al Islam o a Dios, luego se trataba de un documento estrictamente laico- los objetivos de "repeler la agresión sionista e imperialista contra la patria árabe" y "destruir la presencia sionista en Palestina", lo que implícitamente invocaba la eliminación del Estado de Israel, en tanto que "instrumento del sionismo". Por lo que se refiere a los habitantes judíos, y únicamente aquellos que habían "residido en Palestina hasta el comienzo de la invasión sionista", la Carta les negaba cualquier atributo nacional, ya que "el judaísmo, siendo una religión, no es una nacionalidad independiente", y, por ende, eran "palestinos" a efectos de ciudadanía, que no de etnia. Se deducía por tanto que, para la OLP, los judíos emigrados de Europa desde finales del siglo XIX no tenían derecho ni a vivir allí. Para los unos, no había pueblo palestino, sino árabes israelíes, jordanos, sirios o egipcios. Para los otros, no había israelíes, sino judíos palestinos o de cualquier otra nacionalidad. En resumidas cuentas, palestinos e israelíes se desaforaban mutuamente.

Con todo, ya antes de tomar Arafat al mando del CEOLP, Fatah había matizado las proclamas de la Carta Nacional. En octubre de 1968 Abu Iyad declaró que el grupo perseguía un "Estado democrático, progresista y no sectario en el que judíos, cristianos y musulmanes convivan en paz y gocen de los mismos derechos". La glosa era importante, ya que la Carta no se pronunciaba sobre la igualdad jurídica de los habitantes de Palestina; tan sólo, establecía el libre acceso a los Santos Lugares "sin discriminación de raza, color, idioma o religión". El propio CNP avanzó en por este terreno en su V plenario, cuando se propuso construir una "sociedad democrática" para los fieles de las tres religiones monoteístas, y en el VI, del 1 al 6 de septiembre de 1969, cuando acuñó el concepto del Estado Democrático en Palestina, que era incompatible con el Estado de Israel.

Disquisiciones semánticas, que apuntaban al escenario posterior a la liberación nacional, aparte, Arafat y los suyos siguieron concentrados en golpear a Israel hasta hacerle claudicar. La OLP intensificó las operaciones de hostigamiento desde sus bastiones en la Jordania del rey Hussein y las nuevas bases adquiridas en Líbano, lo que provocaba destructivas represalias de las FDI contra ambos países, poniendo en una situación altamente comprometida a dos gobiernos que no estaba ni de lejos en condiciones de guerrear con Israel. La monarquía hachemí de Jordania, en particular, estaba resuelta a someter a su autoridad a los combatientes palestinos, unos huéspedes crecientemente díscolos e incómodos.

Antes de acoger con gran generosidad a los cientos de miles de refugiados que produjo la primera guerra árabe-israelí, la antigua Transjordania ya era el lugar de residencia permanente de un número significativo de palestinos, unos 340.000, venidos del otro lado del río Jordán hacía generaciones y que estaban perfectamente integrados en la sociedad jordana. Estos palestinos autóctonos eran unos súbditos no menos leales que los miembros de la mayoría árabe-beduina, y muchos de ellos ocupaban puestos cimeros en el servicio público y la actividad económica. Luego, en 1950, la anexión por el rey Abdallah I de Cisjordania y Jerusalén oriental incrementó la población palestina en casi un millón de personas. La Guerra de los Seis Días supuso la pérdida de ambos territorios, pero entre 250.000 y 300.000 de sus habitantes árabes huyeron a Jordania oriental.

Jordania había sido el único país árabe en otorgar la ciudadanía a todo refugiado palestino que la quisiera y el Gobierno venía esforzándose en integrar en la sociedad a este colectivo desarraigado, asimilándolo al carácter jordano, en una palabra, despalestinizándolo. En realidad, el rey Hussein no quería saber nada de un Estado palestino pegado a la frontera y sus relaciones con la OLP desde 1964 habían estado presididas por la desconfianza, cuando no por la hostilidad. Tras el desastre de junio de 1967, a su pesar, el reino se convirtió en el nuevo cuartel general de la OLP. En noviembre de 1968 huéspedes y anfitrión negociaron un acuerdo por el que los miembros de las organizaciones palestinas renunciaban a pasearse uniformados y armados, practicar controles viarios y reclutar jóvenes. El documento se convirtió en papel mojado nada más firmarse, y al despuntar 1970 la paciencia del monarca parecía a punto de agotarse.

Temeroso de las furibundas réplicas israelíes y más inquieto aún por la consolidación dentro de Jordania de un verdadero protoestado palestino, con fuerzas armadas, administración civil y liderazgo autónomos, Hussein se aprestó a desarticular las estructuras de la OLP en el reino. En febrero de 1970 comenzaron a registrarse choques entre fedayines y fuerzas del Gobierno que dejaron 300 muertos sólo en Ammán. En junio, Hussein llegó a ofrecer a Arafat nada menos que el puesto de primer ministro con tal de que renunciara a sus veleidades sediciosas, pero la propuesta parecía una finta y Arafat dijo que no.

El movimiento de liberación palestino se radicalizaba de día en día y Fatah veía cómo el FPLP –grupo obsesionado con derrocar a todo régimen árabe considerado derrotista o contemporizador con Israel, una lista negra que encabezaba la monarquía jordana-, el FDPLP y el FPLP-CG libraban una guerra por su cuenta. En 1968 el grupo de Habash, pequeño pero extremadamente agresivo, había inaugurado una táctica puramente terrorista y de enorme impacto propagandístico: el secuestro de aviones de línea, preferentemente aquellos cuyos pasajes incluían a ciudadanos israelíes o judíos europeos y estadounidenses. Además de la piratería aérea con reivindicaciones –típicamente, el canje de los rehenes por prisioneros-, el extremismo palestino se lanzó a cometer atentados con bomba contra aeropuertos de Israel y Europa occidental.

El 6 de septiembre de 1970, al cabo de varias semanas de refriegas que un precario alto el fuego había conseguido detener y cinco días después de salir con vida Hussein de un intento de magnicidio perpetrado por asaltantes no identificados, el secuestro de tres aviones occidentales por comandos del FPLP y su desvío al aeropuerto de Zarqa, al nordeste de Ammán, en pleno desierto, desató el pandemónium. Arafat protestó enérgicamente por la clara provocación de Habash y exigió la suspensión del FPLP en la OLP. Pero el día 16 Hussein decretó la ley marcial, nombró un Gobierno militar y ordenó al Ejército Real que aplastara sin contemplaciones a las fuerzas de Fatah, el ELP y el FPLP, dando lugar a choques de envergadura en Ammán y los campos de refugiados. Era el estallido del Septiembre Negro, de infausto recuerdo entre los palestinos.

Arafat fue nombrado por el CEOLP "general en jefe de las fuerzas de la revolución palestina" y unió sus fuerzas a las del FPLP para repeler la embestida del Ejército jordano, que no escatimó el empleo de artillería pesada para reducir a escombros barriadas enteras. Los combates fueron extraordinariamente cruentos y provocaron miles de víctimas, fundamentalmente entre los combatientes y los civiles palestinos, bando en el que pudieron morir hasta 10.000 personas. Para la OLP, el Septiembre Negro de 1970 fue su golpe más rudo entre la Guerra de los Seis Días y la crisis de Beirut de 1982.

La situación se complicó cuando el Ejército sirio penetró en Jordania con la intención de auxiliar a los palestinos, pero la advertencia de Israel de que estaba listo para destruir la columna blindada desde el aire empujó al mando de Damasco a ordenar la retirada (el episodio tuvo profundas repercusiones políticas para el régimen baazista sirio, y de hecho estuvo directamente relacionado con el golpe de Estado dado en noviembre por Hafez al-Assad, que había sido arrastrado a la aventura jordana contra su voluntad antes de negar el apoyo aéreo al cuerpo expedicionario de tierra).

La oportuna mediación de Nasser, alarmado ante esta verdadera guerra civil entre dos pueblos árabes hermanos que, de paso, hacía frotarse las manos de contento a Israel, consiguió traer a Arafat y a Hussein a una cumbre urgente de líderes árabes el 27 de septiembre en El Cairo, donde los dos firmaron el cese de las hostilidades y un acuerdo de principios sobre un modus vivendi básico entre jordanos y palestinos. Este último y agotador activismo hizo sucumbir al presidente egipcio, fulminado por un ataque cardíaco pocas horas después de estrechar la mano a dos dirigentes que nunca habían sido acomodaticios con sus ambiciones.

El 13 de octubre Arafat se plegó en Ammán a un documento, similar al de 1968, que precisaba las condiciones de la tenencia por la OLP de su cuartel general en Jordania: los refugiados palestinos y sus dirigentes debían acatar las disposiciones del Gobierno, desmantelar sus estructuras paralelas y no portar armas ni vestir uniformes en las áreas públicas del reino. Sin embargo, el FPLP y el FDPLP rechazaron el acuerdo e hicieron una contrapropuesta que a las autoridades de Ammán les pareció un dislate: la constitución de un Estado palestino en lugar de los estados israelí y jordano. La tregua empezó a resquebrajarse y en enero de 1971 el estado de guerra era un hecho de nuevo. En marzo, Arafat fue puesto por el VIII CNP al frente del nuevo Mando General Unificado de las Fuerzas de la Revolución Palestina, y luego, en junio, emitió por Radio Bagdad una proclama abiertamente subversiva: Hussein debía ser derrocado "para prevenir un acuerdo de paz entre Jordania e Israel".

Esto era más de lo que el monarca estaba dispuesta a tolerar, así que ordenó a su ejército que liquidara toda forma de resistencia palestina. Por otra parte, el nuevo hombre fuerte de Egipto, Anwar as-Sadat, carecía del liderazgo y la autoridad panárabes de su predecesor, así que el Gobierno de El Cairo perdió capacidad de moderación e intermediación. En julio, mientras la plana mayor de la OLP asistía en El Cairo al IX CNP, las fuerzas jordanas asaltaron las últimas posiciones del ELP y los fedayines supervivientes se desbandaron por Siria, Líbano e incluso Israel.

Derrotado y humillado, Arafat acusó al monarca hachemí de haber pactado con Israel y Estados Unidos -cuyo Plan Rogers sobre el establecimiento de un alto el fuego en firme entre árabes e israelíes seguido de la restitución de los Territorios Ocupados y la paz duradera había sido rechazado por el Gobierno laborista de Golda Meir- la liquidación de la OLP en el reino a cambio de la devolución de Cisjordania.

En su continuo peregrinar, Arafat y sus diezmadas huestes se trasladaron a Líbano, concretamente a Nabatiyé, al sur del valle de la Békaa. Esta república asomada al Mediterráneo, conocida como la Suiza de Oriente por su prosperidad comercial y el cosmopolitismo de sus clases urbanas, mantenía un delicado equilibrio interconfesional. Antes de la expulsión de Jordania ya se habían producido serios enfrentamientos armados entre fedayines y milicianos de dos partidos cristianos maronitas, el Kataeb o la Falange, de Pierre Gemayel, y el Nacional Liberal, que dirigía el ex presidente Camille Chamoun.

Estas fuerzas de la extrema derecha nacionalista, antipalestina y antisiria temían que la comunidad cristiana perdiera cuotas de poder político e influencia social si la comunidad musulmana sunní admitía en su seno a los extranjeros palestinos. Otra vez, la OLP era causa de graves perturbaciones internas en un país oficialmente solidario con su causa. En Líbano, la cuestión palestina estimulaba los odios interconfesionales e iba a terminar siendo decisiva para el desencadenamiento de la guerra civil general en abril de 1975.


4. Años setenta: la vía terrorista y los éxitos diplomáticos en pro del Estado palestino

La amarga experiencia jordana, en que un gobierno árabe había descargado toda su furia contra la OLP ante la pasividad de la Liga Árabe y el resto del mundo, empujó a Arafat y sus comandantes a cambiar de táctica. Descrita por algunos comentaristas del momento como una decisión desesperada para impedir que la voz de los palestinos cayera en el vacío, Fatah se decantó por las acciones terroristas espectaculares, al estilo de las practicadas por el FPLP, para propagar su causa por el mundo y arrancar del público internacional un estado de opinión sensible con los padecimientos del pueblo palestino.

A tal fin, el partido de Arafat, que contaba con 25.000 militantes en situación de empuñar las armas, reestructuró sus fuerzas armadas en dos grupos: los fedayines propiamente dichos, varios miles de hombres encargados de librar la lucha de guerrillas en Palestina y encuadrados en Asifah, y la Organización Septiembre Negro (OSN), mandada por Abu Iyad y especializada en los atentados y los secuestros terroristas. La OSN, más conocida como simplemente Septiembre Negro, se trataba de una suborganización secreta y Arafat y sus lugartenientes negaron una y otra vez que tuviesen que ver con ella, haciendo suponer a muchos analistas que sus integrantes eran disidentes descontrolados.

Sin embargo, el Gobierno israelí, alarmado con este viraje, tenía muy claro que los activistas de la OSN no hacían más que seguir las órdenes de la plana mayor de Fatah, luego decidió recurrir a la guerra sucia. La ley del talión se aplicaría a rajatabla –en realidad, multiplicada y en brutal desproporción- y el terrorismo subversivo sería respondido por el terrorismo de Estado. En 1972 los agentes del Mossad empezaron a asesinar a representantes de la OLP en Europa y Oriente Próximo a la vez que unidades de operaciones especiales del Ejército se dedicaban a lanzar mortíferas incursiones contra campos de refugiados e instalaciones de los partidos palestinos en Líbano y Siria.

La víctima más notoria de la OSN, y de paso el objeto de su debut criminal, no fue, empero, israelí, sino árabe: el primer ministro jordano, Wasfi at-Tall, asesinado en El Cairo el 28 de noviembre de 1971 como venganza por los dramáticos sucesos de meses atrás. Para el mundo, la acción más espectacular y sangrienta de la OSN, que provocó conmoción e ira en el Estado judío, fue la toma el 5 de septiembre de 1972 por un comando de encapuchados de la villa olímpica de Munich, en plena celebración de los XX Juegos.

Los ocho asaltantes mataron a dos deportistas israelíes y apresaron a otros nueve con la pretensión de intercambiarlos en Egipto por 234 correligionarios encarcelados en Israel. Terroristas y rehenes fueron trasladados en helicópteros al aeropuerto militar de Fürstenfeldbruck y allí se produjo un intento de la Policía alemana de liberar a los atletas, que acabó en tragedia: entablado el tiroteo, los palestinos detonaron una granada y dispararon a bocajarro contra los deportistas, matándoles a todos. Cinco terroristas y un policía también perecieron.

Como venganza, Israel bombardeó reductos de la OLP en Líbano y Siria, causando muchas decenas de muertos. Aunque no hizo una condena explícita, Arafat, atribulado por la cascada internacional de reacciones negativas, intentó desmarcarse del atentado de Munich declarando que "los combatientes palestinos han tomado las armas para defender su civilización, su cultura y su tierra, no para causar baños de sangre". Nunca quedó aclarado el grado de responsabilidad de Arafat en el asalto de Munich, si lo ordenó él en persona o si fue cosa de Abu Iyad, aunque cuesta creer que no estuviera al tanto de una operación que, a la postre, no le reportó ningún beneficio a la causa palestina.

El sangriento rosario de secuestros aéreos, asaltos a embajadas y atentados contra objetivos, preferentemente judíos, en diversos lugares de Oriente Próximo, África y Europa, tuvo consecuencias diversas. Por una parte, hizo que el ciudadano medio de los países occidentales identificara la lucha nacional palestina con el terrorismo puro y simple a cargo de organizaciones confusamente envueltas en fraseología marxista, algunas tan dudosamente palestinas como el misterioso y ultrarradical Ejército de la Estrella Roja, formado por japoneses y habitualmente reclutado por el FPLP para sus brutales golpes. Por otra parte, al presentarse la OSN como una entidad ambiguamente desligada de Fatah, Arafat estuvo en condiciones de recabar apoyos y reconocimientos de gobiernos y organizaciones a su estructura político-militar, que, aseguraba, luchaba honorablemente contra el enemigo sionista en la línea de los movimientos de liberación nacional que se arrogaban un papel de vanguardia en los procesos de descolonización.

Por de pronto, la decisión de Sadat en 1972 de reducir progresivamente la cooperación militar con la URSS y de aproximarse a Estados Unidos hizo que la superpotencia comunista se fijara cada vez más en países como Siria e Irak, así como en la OLP, para basar en ellos su influencia en la región. En diciembre de 1970 el primer ministro soviético, Aléksei Kosygin, había reconocido a la OLP como movimiento de liberación nacional y a los palestinos como nación. En julio de 1972 Arafat viajó a Moscú y allí se le comunicó el inicio inmediato de suministros de armas a la OLP a través de Siria.

Ahora bien, al tiempo que mantenía abiertas todas sus opciones de lucha armada, Arafat evolucionó sutilmente en el grado de exigencia de una patria palestina desde la acepción maximalista original. Como se recordará, el pronunciamiento de Fatah en 1968 y los plenarios del CNP en 1969 habían formulado la noción del Estado democrático, laico y multiconfesional en Palestina. En apariencia, esto suponía aparcar la promesa demagógica de "echar a los judíos al mar", pero, por el momento, el nuevo enfoque no les resultaba muy convincente a quienes, mayormente fuera del mundo árabe, consideraban que la extinción del Estado de Israel era una utopía.

Siendo fundamentalmente un hombre de armas, Arafat empezó a prestarle atención también a la interlocución política. El XI CNP, del 1 al 12 de enero de 1973, enfatizó la movilización de los palestinos en los Territorios Ocupados y decidió lanzar un Frente Nacional Palestino en Cisjordania y Gaza, y de paso nombró a Arafat jefe del Departamento Político de la OLP, luego puso en sus manos la gestión de los asuntos internacionales de la organización. Antes de terminar el año, la Guerra del Yom Kippur o cuarta contienda árabe-israelí, que básicamente fue un arriesgado –y, desde el punto de vista político, que no militar, exitoso- órdago de Sadat para obligar a Israel a negociar la reversión de las usurpaciones territoriales de 1967 y una paz global, no tuvo un impacto inmediato en la OLP, ya que no se produjeron movimientos de refugiados.

El 22 de octubre el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución 338, que instaba a Israel, Egipto y Siria a cesar en las hostilidades y a implementar la resolución 242 del 22 de noviembre de 1967, el cual era un pronunciamiento extraordinariamente controvertido sobre los resultados de la Guerra de los Seis Días. Texto fundamental para los debates en torno al conflicto de Oriente Próximo, la resolución 242, en su versión en inglés, exigía a Israel la "retirada de territorios conquistados", frase que iba a hacer correr ríos de tinta polemista en los años siguientes. Así, Israel y Estados Unidos opinaron que la gramaticalidad no era ambigua y dieron por sentado que el Consejo no obligaba a la restitución del status quo previo a junio de 1967. De acuerdo con esta interpretación del mandato, Israel debía acometer "ajustes fronterizos menores", no más.

En cambio, los países árabes y la OLP insistieron en que el Consejo había ordenado sin lugar a dudas la retirada completa y sin excepciones, y que el determinativo los (el the que no aparecía en el documento en inglés) para referirse a los Territorios Ocupados estaba implícito en la redacción y, en cualquier caso, explícito en las versiones elaboradas en francés, español, ruso y chino.

Ciertamente, en la versión francesa aparecía el articulo, des, y puesto que el francés comparte con el inglés la cooficialidad como idiomas de trabajo en la ONU, los defensores de la segunda acepción no entendían porqué la israelo-estadounidense valía y ésta otra no. La polémica arreció cuando se supo que la frase en inglés había sido cuidadosamente escogida por Estados Unidos, que impuso esta imprecisión semántica para no perjudicar a su protegido en Oriente Próximo. La resolución 242 demandaba también que se garantizase "la inviolabilidad territorial y la independencia política de todos los estados de la zona", y no recordaba a los palestinos mas que de soslayo y sin citarlos, cuando expresaba la necesidad de "alcanzar un arreglo justo del problema de los refugiados". La OLP se quejó amargamente por esta omisión.

Mientras Egipto e Israel se disponían a negociar un acuerdo sobre la separación de tropas en el Canal, y a pesar del silencio de la resolución 338 sobre el problema palestino, Arafat y los suyos emprendían una impresionante secuencia de éxitos diplomáticos. El 28 de noviembre de 1973, en Argel, la VI Cumbre de la Liga Árabe reconoció a la OLP como la única representante del pueblo palestino, con la abstención, eso sí, de Jordania. El 22 de febrero de 1974 tomó la misma decisión la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) con motivo de su II Cumbre, en Lahore, por iniciativa del primer ministro pakistaní, Zulfiqar Ali Bhutto.

En la VII Cumbre de la Liga Árabe, celebrada en Rabat del 26 al 29 de octubre de 1974, el rey Hussein dio la sorpresa al aceptar el derecho del pueblo palestino a dotarse de un "poder nacional independiente bajo la dirección de la OLP, su único representante legítimo". Con este reconocimiento, el monarca jordano daba carpetazo a su propuesta del 15 de marzo de 1972, ignorada por todos los miembros de la Liga, sobre un "reino árabe panjordano" que habría integrado a Cisjordania como "provincia palestina autónoma" en un marco federal. Era el principio de la reconciliación con Arafat, aunque la superación de los resquemores mutuos iba a costar una década.

Poco antes de la cita de Rabat, la OLP, en el XII CNP, celebrado en El Cairo del 1 al 9 de junio de 1974, había insinuado la admisión de la existencia del Estado de Israel en las fronteras del plan de partición de 1947. Es lo que parecía desprenderse del programa de diez puntos aprobado en la capital egipcia, el cual contemplaba poner en marcha una "autoridad nacional palestina en cualquier parte de la Palestina liberada o que Israel evacue". Ahora bien, la OLP no renunciaba al "objetivo estratégico" de fundar el Estado democrático de Palestina a través de una "guerra de liberación".

El FPLP interpretó que Fatah y la OLP estaban dispuestos a tolerar el Estado judío tal como había sido en 1948, antes de las primeras adquisiciones territoriales, a conformarse con un "mini Estado" palestino que se iría construyendo paulatinamente y a no hacer "total" esa guerra de liberación de Palestina. Enfurecido, Habash tachó a Arafat de "traidor", sacó al FPLP del CEOLP y formó un Frente del Rechazo Palestino con el FPLP-CG bajo el paraguas protector del Irak de Hassan al-Bakr y la Libia de Muammar al-Gaddafi. En agosto, Arafat recaló en Moscú y, por primera vez, sostuvo conversaciones de carácter oficial con el Gobierno soviético. Kosygin le anunció que la URSS veía con buenos ojos el Estado palestino y que la OLP podía abrir una oficina en la capital (esto último se materializó en 1976).

Todo en un año, la potestad de los palestinos para adquirir la autodeterminación y ser representados por la OLP fue asumida sucesivamente por la Organización para la Unidad Africana (OUA) en junio, la UNESCO en octubre y, con especial significación, la Asamblea General de la ONU, que en su resolución 2535 del 10 de diciembre de 1969 ya había reafirmado los "derechos inalienables" del pueblo palestino. Semanas después de reponer, tras 22 años de omisión, la cuestión de Palestina en su agenda, el 14 de octubre de 1974 la Asamblea General reunida en su XXIX sesión aprobó la resolución 3210, por la que reconocía a la OLP como la representante legítima del pueblo palestino y le invitaba a participar en las deliberaciones sobre aquel punto.

Al cabo de un mes, el 13 de noviembre, Arafat, en su consagración internacional y protagonizando lo que habría parecido impensable hasta hacía bien poco, se dirigió al pleno de la Asamblea, uniformado y tras haber dejado en la entrada su pistola -que no la funda ni el cinturón-, e hizo la alocución más famosa de su carrera: "Vengo con el fusil del combatiente de la libertad en una mano y la rama de olivo en la otra. No dejen que la rama de olivo caiga de mi mano. Repito: no dejen que la rama de olivo caiga de mi mano". También, pidió que no se calificara de terroristas a aquellos que "luchan por la liberación de su tierra de los invasores y los colonialistas", término aquel que, al contrario, relacionó con el sionismo.

El 22 de noviembre, mediante las resoluciones 3236 y 3237, la Asamblea General, respectivamente, reconoció los derechos del pueblo palestino a la autodeterminación, la independencia y la soberanía nacionales, y al retorno de su población refugiada, y admitió a la OLP con el estatus de observador permanente. Como miembro de pleno derecho, la OLP fue admitida en la OCI el 22 de febrero de 1974, en el Movimiento de países No Alineados el 17 de agosto de 1976 y en la Liga Árabe –no dejó de causar perplejidad esta tardanza de los países supuestamente más comprensivos con las aspiraciones de los palestinos- el 9 de septiembre de 1976.

Por otro lado, el 10 de noviembre de 1975 la Asamblea General resolvió que el sionismo era "una forma de racismo y de discriminación racial" y estableció el Comité sobre el Ejercicio de los Derechos Inalienables del Pueblo Palestino. Israel, Estados Unidos y otros países expresaron su consternación, pero, sin duda, se trataba de otro gran triunfo de la OLP, que tenía de su parte a los países del bloque comunista y los no alineados de África y Asia.

Aparte de los éxitos internacionales de la OLP como organización, Arafat acertó en su nueva faceta diplomática de embajador volante en el terreno intergubernamental y comenzó a ser recibido por los líderes europeos, como el canciller socialista austríaco Bruno Kreisky, con motivo de la reunión en Viena de la Internacional Socialista, el 7 de julio de 1979, o el presidente del Gobierno español Adolfo Suárez, respondiendo a la primera invitación oficial de una capital occidental, Madrid, el 13 de septiembre de 1979. Con el sueco Olof Palme tuvo un encuentro pionero en Argel el 12 de noviembre de 1973, aprovechando una escala de camino a Nueva York.

Dicho sea de paso que el de España, uno de los países más proárabes de la Europa no comunista, fue el primer gobierno occidental del continente que otorgó a la OLP el estatus diplomático, en lo que fue secundado por los gobiernos de Portugal, Austria, Francia, Italia y Grecia. Hacia mediados de 1976, la OLP había sido reconocida ya por un centenar de países, obligando a Fatah a desvincularse de las actuaciones terroristas más denigradas por la opinión pública internacional. De hecho, la OSN fue disuelta como "unidad auxiliar" en diciembre de 1974, si bien grupos de radicales ajenos a Fatah continuaron cometiendo atentados al amparo de esa etiqueta. El 17 de febrero de 1979 Arafat viajó también a Teherán, donde un triunfante ayatollah Jomeini le comunicó que el nuevo Gobierno revolucionario aupado sobre los escombros de la dictadura del sha rompía cualquier relación con Israel y brindaba un apoyo total a la causa palestina.

En la segunda mitad de la década de los setenta Arafat continuó dosificando el aperturismo programático de la OLP, aunque a costa de generar fortísimas tensiones con los sectores maximalistas. En el XIII CNP, reunido del 12 al 22 de marzo de 1977 en El Cairo, Arafat fue reelegido al frente del CEOLP y consiguió la aprobación de un plan de quince puntos que ya no otorgaba a los palestinos el monopolio del proceso de constitución del futuro Estado, toda vez que afirmaba la necesidad de trabajar conjuntamente con los israelíes que fuesen contrarios a la ocupación militar de los Territorios Ocupados y receptivos a las demandas de autodeterminación de los palestinos.

Haciendo encaje de bolillos discursivo, el CNP se ratificó en el objetivo del "Estado laico y democrático en todo el territorio de Palestina", pero apostilló que se mostraría "flexible" con la formación inicial de un Estado reducido en Cisjordania y Gaza. Se trataba de un nuevo paso hacia la asunción, resignada pero realista, del hecho histórico del Estado de Israel, incluso en las fronteras existentes entre 1949 y 1967.

En enero de 1976 el representante de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU vetó un borrador de resolución avalado por la URSS y los países árabes que instaba a la creación de un Estado palestino sin menoscabo de soberanía para los países vecinos. De acuerdo con esta fórmula, la entidad palestina conviviría al lado de Israel. Al apoyar Arafat la propuesta, volvía a aceptar implícitamente la existencia del Estado judío. El 16 de marzo del año siguiente, coincidiendo con el XIII CNP, el presidente Jimmy Carter sentó un precedente en la política de Estados Unidos para Oriente Próximo al abogar por la creación de una "patria palestina", con o sin marco federal jordano, anuncio que provocó conmoción en Israel. En junio, la Comunidad Económica Europea (CEE) hizo suyo ese objetivo y el Departamento de Estado demandó la evacuación por Israel de los Territorios Ocupados.


5. Intromisión en el conflicto de Líbano y el impacto de los Acuerdos de Camp David

De todas maneras, entre los aperturismos propios y los éxitos diplomáticos por un lado, y la obtención de resultados materiales por el otro, existía un foso. La histórica visita de Sadat a Jerusalén, donde se reunió con Begin y habló ante la Knesset o Parlamento israelí, en noviembre de 1977 fue un elemento de distorsión que hizo saltar por los aires la pretendida unidad de criterio en la Liga Árabe y ajó las expectativas estatalistas de la OLP.

Desde la Guerra del Yom Kippur, el presidente egipcio venía negociando con Israel la desmilitarización del conflicto (separación de tropas, reapertura del Canal de Suez, devolución de algunas áreas del Sinaí) al tiempo que sustituía a la URSS por Estados Unidos como la superpotencia en que basar una clientela, pero, acuciado por los problemas económicos internos, optó por pasar a la negociación política de manera unilateral, sin los lastres de la Liga Árabe. Sus objetivos: recuperar el Sinaí y poner fin a un estado de guerra que resultaba ruinoso para las maltrechas finanzas nacionales; a cambio de la paz, Israel obtendría de Egipto garantías de seguridad y el reconocimiento diplomático. La estrategia antiisraelí perseguida en los últimos 30 años por la Liga Árabe era impugnada ahora precisamente por el país que había liderado e impulsado el concierto de los estados árabes, así que la audaz y arriesgadísima jugada de Sadat fue sentida en la región como un terremoto.

Poco antes del impactante viaje de Sadat a Jerusalén, Arafat se había pronunciado a favor de mantener una puerta abierta a "una solución en Oriente Próximo en la que sean reconocidos nuestros derechos". El jefe de la OLP no quería arreglos de alcance con Israel, ni multilaterales ni bilaterales, que fuesen impuestos "a expensas" de los palestinos. Esto era precisamente lo que parecía plantear la iniciativa de Sadat, cuya propuesta a Israel de otorgar una autonomía a los palestinos en los Territorios Ocupados fue rechazada automáticamente por la OLP.

La OLP se unió a Libia, Siria, Argelia y Yemen del Sur en el llamado Frente del rechazo o Frente de la Firmeza, anunciado por iniciativa de Gaddafi –el paladín de la acrimonia antiisraelí en aquellos años- en una conferencia de emergencia celebrada en Trípoli del 2 al 5 de diciembre. A Arafat, la declaración de hostilidades a Egipto y su pretensión de negociar con Israel la paz por separado le acarreó la ruptura de los contactos con la administración de Estados Unidos, pero también la disolución del Frente del Rechazo Palestino formado un trienio atrás, toda vez que el FPLP se avinó a suscribir un "documento de unidad" con las principales formaciones palestinas, y la reversión de la animosidad de Siria contra sus fuerzas en Líbano.

En opinión de muchos observadores del momento, el giro hacia la moderación dado por Arafat en 1977 respondió a las presiones conjuntas de Egipto, Siria y Arabia Saudí –el principal aportador de fondos a la OLP- tras la dinámica desmilitarizadora que siguió a la Guerra del Yom Kippur y las derrotas sufridas por los fedayines en la guerra civil libanesa.

Líbano se sumergió el 13 de abril de 1975 en una conflagración a gran escala que empezó como un enfrentamiento entre milicias de, por un lado, los partidos cristianos maronitas de extrema derecha y, por el otro, las formaciones palestinas extremistas (FPLP-CG, FDLP y Saika, siendo ésta última en realidad un instrumento del partido Baaz de Siria) y sus aliados libaneses, principalmente los drusos del Partido Socialista Progresista (PSP), que lideraron Kamal Jumblatt hasta su asesinato en 1977 y luego su hijo, Walid Jumblatt, y los populares nasseristas de Mustafa Maarouf Saad. Los gobernantes civiles, el presidente cristiano Soleiman Franjieh, moderado y prosirio, y el pequeño Ejército nacional, abocado a la instrumentación sectaria y a la desintegración, se vieron incapaces de sofocar el incendio.

Fatah se involucró en la guerra a principios de 1976, después de suscribir sendas alianzas con el PSP y Amal, el partido de los shiíes prosirios que dirigía Nabih Berri. La conversión de Arafat y sus fedayines en un actor bélico inclinó ostensiblemente la balanza a favor del bando palestino-musulmán-izquierdista, pero en abril de 1976, cuando la derrota de los cristianos falangistas parecía inminente, el Ejército sirio, con el visto bueno de Franjieh, entró en tromba en el país e invirtió las tornas. Se conformó entonces la paradoja de una OLP triplemente acosada por los árabes cristianos libaneses, los árabes musulmanes sirios y el Ejército israelí.

Esta inopinada alianza era tácita y se sometía al dicho de "el enemigo de mi enemigo es mi amigo". Para Assad, guiado por sus propios intereses y ambiciones estratégicos, lo prioritario era mantener y afianzar la tutela de Siria sobre Líbano, con arreglo a una fachada de comandita interconfesional –un presidente cristiano maronita, un primer ministro musulmán sunní y un presidente parlamentario musulmán shií- y sin permitir que facción armada alguna, ya fuera palestina o falangista, adquiriera demasiado poder y trastocara el equilibrio de fuerzas.

El resto de 1976 y durante 1977, Fatah, instalado con su estado mayor alternativamente en las ciudades costeras de Sidón y Tiro, y la OLP sufrieron gravísimos quebrantos en Líbano, siendo los más mortificados los habitantes de los campos de refugiados, que, con la cobertura militar de Israel y Siria, quedaron prácticamente a merced de las milicias cristianas. En estos ataques perecieron muchos cientos de palestinos inermes. Las cosas se pusieron más sombrías para el bando de Arafat con la entrada en acción de una milicia fuertemente armada por Israel, coordinada con las milicias cristianas y dirigida por el comandante Saad Haddad.

Por fortuna para la OLP, la reacción unitaria del mundo árabe a la defección de Sadat empujó a Assad a volverse contra sus aliados de la víspera, lo que supuso un sensible alivio del cerco militar de Arafat en Líbano, aunque la intensificación o activación de otros frentes de acoso vino a malograr aquella mejoría. En febrero de 1978 estallaron los primeros enfrentamientos entre tropas sirias y milicianos falangistas como antesala de la violenta división del campo cristiano y el acercamiento de la Falange a Israel, el cual, a su vez, comenzó a lanzar contundentes raids aéreos contra bases guerrilleras de la OLP desde las que partían las incursiones de fedayines, con su rastro de atentados y sabotajes, contra Galilea.

Al mismo tiempo, a modo de secuela del parón de las hostilidades entre la OLP y Siria, Irak, donde detentaba el poder una rama baazista antagónica de la gobernante en Damasco, teledirigió a sus protegidos en la constelación de facciones palestinas para que libraran una feroz guerra subterránea contra Fatah en Europa y diversos países de Oriente Próximo, inclusive Líbano. De entre las diversas bandas de renegados adquirió un triste relieve Fatah-Consejo Revolucionario, escindida de la OLP en 1974 y a cuyo frente figuraba Abu Nidal (de verdadero nombre, Sabri al-Banna), uno de los más sanguinarios terroristas palestinos y enigmático patrón de una organización terrorista trasnacional que en los años siguientes, con los mecenazgos sucesivos de Irak, Siria y Libia, se iba a dedicar a asesinar a personalidades de prácticamente cualquier campo, siendo los moderados de la OLP sus blancos predilectos.

El 4 y el 5 de noviembre de 1978, urgida por la dinámica de las negociaciones egipcio-israelíes (Acuerdos de Camp David firmados por Sadat y Begin el 17 de septiembre, previos a la firma del tratado de paz el 26 de marzo de 1979), la Liga Árabe celebró en Bagdad su IX Cumbre, la última antes de la expulsión formal de Egipto, que para la OLP entrañó el incremento de la dotación económica de los países miembros, la reconciliación con Irak, merced a una entrevista entre Arafat y el nuevo presidente (aunque hombre fuerte del país desde hacía años), Saddam Hussein, y un nuevo paso en la normalización de sus relaciones con Jordania. Así, Arafat y Hussein acordaron formar un comité bipartito de apoyo a los habitantes de Cisjordania, que en abril de 1976 habían votado en las primeras elecciones municipales convocadas por el ocupante israelí –las cuales ya no volverían a repetirse en vida de Arafat-, siendo la victoria para los candidatos de la OLP y del frente nacionalista civil.

En los Acuerdos de Camp David Israel se comprometió a otorgar a los habitantes de los Territorios Ocupados una "autonomía plena" cuyos términos serían negociados por Israel, Egipto y Jordania, países estos dos que podrían incluir en sus delegaciones a notables palestinos de Cisjordania y Gaza. En su momento, los responsables de la "autoridad del autogobierno" serían elegidos en comicios por los propios palestinos, Israel evacuaría a sus tropas y sus funcionarios civiles, y la toma de posesión de dicha autoridad marcaría el inicio de un período de transición de cinco años en el que israelíes, egipcios, jordanos y representantes palestinos elegidos democráticamente negociarían el estatus definitivo de la entidad.

Sin embargo, el Gobierno de Begin dejó claro que la prohibición de los contactos con la OLP seguiría inalterable. Al negar a la OLP cualquier capacidad de interlocución, Israel vetaba en la práctica a la gran mayoría de los representantes municipales que habían sido elegidos en su nombre en 1976 y que con seguridad volverían a serlo de nuevo en las futuras elecciones autonómicas. La previsión de autonomía palestina en Camp David nació muerta por el boicot de Jordania y la OLP, que no quería otra cosa que no fuera el Estado independiente en las condiciones fijadas por ella, y por la actitud obstruccionista y la estrechez conceptual de Israel, que nunca mostró voluntad de hacerla realidad. Begin, lo más que ofrecía era una autonomía de tipo administrativo, sin jurisdicción sobre la seguridad. Saltaba a la vista que el Gobierno derechista israelí jamás aceptaría la concreción de una entidad palestina susceptible de evolucionar a un protoestado.

Las conversaciones bilaterales con Egipto sobre el particular terminaron después de que la Knesset, el 30 de julio de 1980, adoptara una ley básica que proclamaba a Jerusalén la "capital completa y unificada de Israel". La OLP puso el grito en el cielo y el Consejo de Seguridad de la ONU condenó el movimiento, que suponía la anexión de hecho de la Ciudad Santa en su integridad por el Estado judío (el repudio fue universal y ningún país del mundo, ni siquiera Estados Unidos, reconoció la capitalidad jerosolimitana), pero el llamamiento del Consejo, como todos los dirigidos en los meses anteriores a detener la expansión de los asentamientos de colonos en Cisjordania y Gaza, no surtió el mínimo efecto. La represión militar israelí se recrudeció en los Territorios Ocupados a la vez que acumulaba hechos consumados la política de colonización, ilegal a la luz del derecho internacional.

Arafat culpó a Sadat de estos infortunios, así que cuando en octubre de 1981 el rais fue asesinado por un comando islamista en el curso de una parada militar, el jefe de la OLP reaccionó como la mayoría de los líderes árabes que estaban resentidos por su unilateralismo, con una mezcla de desprecio y satisfacción, aunque sin llegar al regocijo casi sádico de Gaddafi, por citar la reacción más extrema. Según Arafat, el magnicidio sirvió para probar que la causa palestina "estaba viva en la conciencia del gran pueblo de Egipto, que nunca perdonó a su presidente que violara Jerusalén, vendiera la causa palestina y suscribiera la conspiración traicionera de Camp David".


6. Años ochenta: la expulsión de Líbano y los choques con otras facciones palestinas

En el cambio de década, la OLP e Israel libraban en suelo meridional libanés, llamado por la prensa hebrea Fatahlandia, lo más parecido a una guerra no declarada. En estas circunstancias, a Arafat no le sirvieron de nada la Declaración de Venecia de la CEE (junio de 1980), que subrayaba la autodeterminación de los palestinos, solicitaba la convocatoria de negociaciones de paz multilaterales sin exclusión de la OLP y demandaba la desocupación de Cisjordania y Gaza, ni la propuesta soviética, formulada personalmente por Leonid Brezhnev, sobre la plasmación del derecho de los palestinos a la estatalidad sin menoscabo de la integridad y la seguridad de Israel (febrero de 1981, la cual fue bienvenida por el XV CNP en Damasco en el mes de abril), ni el anuncio por el Foreign Office británico de que la OLP no le merecía la consideración de organización terrorista.

En agosto de 1981 el entonces príncipe heredero de Arabia Saudí, Fahd Al Saud, presentó un plan de paz global para Oriente Próximo que generó unas elevadas expectativas al preconizar la creación de un Estado palestino independiente en Cisjordania y Gaza y con capital en Jerusalén oriental, la retirada militar israelí de los Territorios Ocupados, el desmantelamiento de las colonias judías y el retorno de los refugiados, y, en su punto siete, la confirmación del "derecho de los estados de la región a vivir en paz", lo que era un claro reconocimiento implícito de Israel.

El conocido como Plan Fahd satisfacía todas las demandas palestinas importantes, así que Arafat lo acogió calurosamente. Los gobiernos moderados y la OLP terminaron endosándolo en la XII Cumbre de la Liga Árabe, celebrada en la ciudad marroquí de Fez del 6 al 9 de septiembre de 1982, pero ya bajo el nombre de Plan de Fez, consistente en una versión remozada que aligeraba la carga interpretativa del punto siete y que además declaraba a la OLP representante única y legítima del pueblo palestino. En febrero de 1983 el CEOLP y el CNP, reunido en su XVI plenario en Argel, se aferraron al plan de los países árabes y rechazaron el plan alternativo ofertado por el presidente Ronald Reagan, que incidía en una autonomía en asociación con Jordania.

Los planes Fahd y de Fez nunca llegaron a aplicarse por el boicot de los regímenes árabes y las organizaciones palestinas radicales y, sobre todo, por el rechazo inmediato que concitó en los gobernantes israelíes, quienes vislumbraron en el primero "la destrucción de Israel por etapas" y cuya verdadera paternidad, incluso, adjudicaron a Arafat y sus colaboradores. Claro que entonces, en 1982 y 1983, Arafat luchaba sobre todo por la supervivencia, la de la OLP, embestida militarmente por Israel y, de nuevo, Siria, y pasto de las disidencias y las luchas fácticas, así como la suya propia.

Ya en julio de 1981 la Aviación israelí realizó un bombardeo masivo contra el cuartel general de la OLP en Beirut, matando a casi 200 personas entre civiles libaneses y militantes palestinos, como represalia por los continuos ataques con lanzacohetes contra la Alta Galilea, que también causaban víctimas entre la población israelí. Estas agresiones palestinas desde el otro lado de la frontera se producían a pesar de estar desplegados tierra de por medio los cascos azules de la Fuerza Interina de Naciones Unidas (FINUL), que servía desde marzo de 1978, a raíz de la primera invasión de las FDI, como pretendida tropa de interposición en la cuenca meridional de río Litani, y más al sur, hasta la frontera, las fuerzas del comandante Haddad.

En aquella ocasión, Begin aceptó negociar un alto el fuego con el Gobierno libanés, que de hecho actuó como el representante de la OLP. La tregua duró casi un año –aunque sólo por lo que se refiere a las acciones más visibles, los bombardeos aéreos y los ataques con lanzacohetes, ya que los atentados y las acciones de tipo comando no se detuvieron- y para muchos observadores encerró una novedad cualitativa que el Gobierno israelí, naturalmente, publicitó en un sentido diferente: al comprometerse con la contención militar en Líbano, Israel, en cierta medida, reconocía implícitamente en la OLP, de siempre calificada de "banda de forajidos y terroristas", el estatus de parte beligerante. La contención israelí terminó el 6 de junio de 1982. Ese día, como colofón de una cadena de sucesos inmediatos en el tiempo -el intento de asesinato por la banda de Abu Nidal del embajador israelí en Londres, un furioso bombardeo aéreo contra Beirut y la reanudación, como venganza, de los ataques artilleros de la OLP-, las FDI desencadenaron la invasión a gran escala de Líbano.

Presentada por el Gobierno del Likud como una operación preventiva y reactiva, Paz de Galilea llegó a involucrar a 100.000 soldados, 1.300 carros de combate y otros tantos vehículos blindados, amén de las flotas aérea y naval. La columna principal rebasó el río Litani, el límite que constriñó la penetración de 1978, y, siguiendo la línea de la costa, se dirigió en derechura a Beirut. Begin y su gabinete desvelaron sus propósitos: erradicar las bases de fedayines en el sur, destruir la potencia de fuego de la OLP, cortar sus líneas de suministro y liquidar a los dirigentes palestinos y sus huestes allá donde se encontraran, bien fuera en los campos de refugiados, bien en el corazón de las grandes ciudades. De paso, el Ejército israelí se proponía expulsar a las tropas sirias del valle de la Békaa, destruir sus baterías de misiles tierra-tierra SAM y reducir la influencia de Damasco en el país de los cedros.

En menos de una semana, las FDI, emulando su blitzkrieg de 1967 contra Egipto, Siria y Jordania, tomaron o aislaron Tiro, Sidón, Jezzin, Nabatiyé y el antiguo castillo cruzado de Beaufort, todos ellos baluartes de la coalición de palestinos y musulmanes progresistas, barrieron a los milicianos que los defendían, arrasaron campos de refugiados, hicieron miles de prisioneros y se plantaron en Beirut, a la que sometieron a un diluvio de fuego por tierra, mar y aire. Los soldados israelíes contactaron con la Fuerzas Libanesas, la coalición de milicias cristianas, en las barriadas orientales y el 16 de junio la capital quedó enteramente rodeada. Arafat, la cúpula militar de Fatah y la OLP, y unos 13.000 combatientes y funcionarios palestinos, amén de grupos menores de soldados sirios y milicianos libaneses de diversas filiaciones, quedaron atrapados en la parte occidental de la ciudad, a espaldas del mar.

Israel exigió la capitulación incondicional de Arafat, pero éste aseguró estar dispuesto a "luchar hasta la muerte" y amenazó con convertir Beirut en un "segundo Stalingrado". Bravatas aparte, sabía perfectamente que su vida y las de sus hombres pendían de un hilo, y que la batalla militar estaba perdida, pero también que el tiempo, a pesar de la crítica situación, jugaba a su favor. Esto era así porque cuanto más se prolongase el cerco de las FDI, más se extendería por el mundo la imagen de un Estado judío agresor e imperialista que no reparaba en medios para llevar hasta el paroxismo sus operaciones militares en aras de la autodefensa y su seguridad.

La eliminación física de la OLP, considerada legítima representante del pueblo palestino por una mayoría de estados y con estatus de observador permanente en la ONU, planteaba una serie de problemas diplomáticos, sobre todo con Estados Unidos, que el Gobierno israelí no se atrevió a arrostrar. A Arafat sólo podía salvarle una acción internacional, y eso fue precisamente lo que sucedió, merced a la mediación de Philip Habib, enviado especial de Reagan. Severamente advertido por Washington, que quería desescalar el conflicto por temor a que degenerara en una guerra abierta sirio-israelí y espoleara la influencia soviética en la región, Begin, a regañadientes, puesto que veía cómo su archienemigo iba a escapársele de entre los dedos, transigió.

El 21 de agosto de 1982, al cabo de 77 días de bombardeos sistemáticos e indiscriminados que llevaron a Beirut un apocalipsis de muerte y destrucción (en un abrumador todo vale, la aviación israelí empleó bombas de fósforo, de fragmentación y hasta napalm, todas ellas armas convencionales prohibidas o restringidas en su uso por la ONU, si bien Israel no había firmado la Convención reguladora de 1980), desembarcó en Beirut la avanzadilla de una Fuerza Multinacional de Interposición formada por 2.100 soldados estadounidenses, franceses e italianos con la misión de proteger, desde ese mismo día, la evacuación por mar en buques griegos y chipriotas y por tierra a través del valle de la Békaa de más de 14.000 resistentes de Beirut occidental, entre fedayines de Fatah, comandos sirios del ELP (el cual fue aniquilado y nunca se rehizo) y soldados regulares de esa nacionalidad, algunos de ellos heridos. Los palestinos se distribuyeron por siete países árabes.

Arafat y 60 hombres de su círculo personal partieron el 30 de agosto, el antepenúltimo día de la operación, a bordo del mercante griego Atlantis y escoltados por un navío francés y otro de la VI Flota. La comitiva de la OLP atracó en Pireo antes de ser recibida cordialmente en Atenas por el primer ministro Andreas Papandreou. Luego, Arafat se dirigió a Túnez, donde, acogido a la hospitalidad del presidente Habib Bourguiba, inauguró su nuevo cuartel general. El 6 de septiembre viajó a Fez para participar en la XII Cumbre de la Liga Árabe y nueve días después se desplazó a Roma, donde se reunió con el presidente italiano, Sandro Pertini, y fue recibido en audiencia por el Papa Juan Pablo II.

Eso fue el 15 de septiembre, un día después del asesinato en la sede del Kataeb en Beirut del presidente electo de Líbano, Bashir Gemayel, hijo del patriarca falangista Pierre Gemayel y jefe de las Fuerzas Libanesas. Arafat manifestó su "disgusto" por la muerte del joven señor de la guerra del campo cristiano maronita, responsable de algunas de las peores atrocidades contra los refugiados palestinos en los últimos años setenta, y calificó el magnicidio de "justificación para legitimar la ocupación de Líbano", en contra de los acuerdos negociados por Habib. Ciertamente, las FDI tuvieron en bandeja la disculpa para emprender, al día siguiente, la ocupación de Beirut occidental.

Aunque los palestinos no eran responsables de la muerte de Gemayel (antes bien, las miradas acusadoras se volvieron a Damasco, donde el intrigante e implacable Assad parecía dispuesto a cualquier cosa –excepto a enfrentarse directamente con las FDI- para evitar que Líbano firmara un acuerdo de paz con Israel), las Fuerzas Libanesas decidieron vengarse con ellos. Durante tres días, del 16 al 18 de septiembre, milicianos cristianos perpetraron una terrible matanza de refugiados, sin distingos de sexo y edad, en los campos de Sabra y Shatila, al sur de Beirut. Con posterioridad a los hechos, la OLP estableció el número de asesinados entre 3.000 y 3.500, aunque la Cruz Roja y la Policía libanesa contaron únicamente 460 cuerpos, mientras que la inteligencia israelí cifró los muertos entre 700 y 800.

Arafat imputó lo sucedido a Israel y de paso a Estados Unidos, sumando su voz al furioso clamor internacional, el cual tuvo en Israel características de una tormenta política y social sin precedentes. La implicación de Israel, como mínimo indirecta, en tan terrible crimen pareció incuestionable desde el primer momento, ya que las FDI y los servicios de inteligencia controlaban el sector y no pudieron menos que conocer tanto los planes de las Fuerzas Libanesas como su parsimoniosa ejecución. El ministro israelí de Defensa, Ariel Sharon, se vio forzado a dimitir en febrero de 1983 después de que la Comisión Kahan le hallara culpable de negligencia e imprevisión y recomendara su destitución, y el propio Begin, tocado irremisiblemente por el escándalo, cesó en agosto siguiente. En diciembre de 1982 la Asamblea General de la ONU determinó que lo sucedido en Sabra y Shatila había sido un acto de genocidio. Los cientos de asesinados allí debían sumarse a los 18.000 muertos, entre palestinos y libaneses, amén de las decenas de miles de heridos y de desplazados, que Paz de Galilea había causado desde junio.

Arafat, tal como había prometido en el momento de su partida de Beirut, regresó a Líbano, pero contra su voluntad y en calidad de perseguido de su tercer enemigo mortal desde 1970: el régimen sirio de Hafez al-Assad. Ciertamente, esta vez, Israel (que, desgastado por el alto número de bajas militares, el coste económico de la ocupación y las repercusiones políticas negativas, iba a terminar retirando, entre marzo y junio de 1985, a la mayoría de sus tropas de Líbano con la excepción de una "zona de seguridad" de 15 km de profundidad desde la frontera, de la que pasó a ser covigilante el Ejército del Sur del Líbano, la antigua milicia del comandante Haddad, fallecido en 1984, y que mandaba ahora Antoine Lahad) desistió de darle caza. Quienes asumieron ese cometido, y con saña insospechada, fueron el dictador damasceno y sus protegidos en el bando palestino.

A finales de 1982 Arafat empezó a ser criticado en el seno de la OLP, donde algunos mandos medios demandaron a la cúpula responsabilidades por el desastre de Líbano. El 9 de mayo de 1983 un coronel de Fatah, Said Musa Muragha, alias Abu Musa, encargado de la defensa en el asedio de Beirut occidental el año anterior, se declaró en abierta rebelión contra el liderazgo de Arafat, al que acusó de nombrar para puestos clave a personas que destacaban más por su lealtad y docilidad que por sus capacidades organizativas y operativas, y de haber sido un comandante supremo incompetente a lo largo de la agresión israelí. La revuelta de Abu Musa revistió por momentos un cariz mucho más grave que el del Frente del Rechazo Palestino de 1974-1977.

La disidencia fracturó a las fuerzas de Fatah que se habían infiltrado en Líbano desde la frontera siria. Los rebeldes, llamados a sí mismos Fatah-Alzamiento, se hicieron fuertes en la Békaa, donde tenía su centro de operaciones Abu Jihad, con el soporte del Ejército sirio y ganaron para su causa al FPLP-CG y a Saika, quienes arremetieron contra Arafat por haber "renunciado a la liberación de Palestina". Los tiroteos y los primeros muertos no se hicieron esperar. El 24 de junio de 1983, Arafat, prácticamente a punta de pistola, fue metido en un avión en el aeropuerto de Damasco, a donde había llegado días atrás para entrevistarse con representantes de la oposición prosiria, y mandado de vuelta a Túnez por haber dicho que el régimen sirio estaba negociando secretamente con la administración Reagan la desocupación de la Békaa a cambio de la devolución por Israel de los Altos del Golán, y que estaba entrometiéndose activamente en las pendencias palestinas.

El Gobierno de Assad tachó estas declaraciones de "mentiras y calumnias", pero, por lo menos en la segunda imputación, el sector oficialista de la OLP decía la verdad. En un ejercicio de maquiavelismo característico, Assad reeditaba su táctica libanesa de 1976-1978: no podía tolerar que una fuerza armada, de tamaño considerable y hostil a todo intento de ser controlada, estorbase sus aspiraciones hegemónicas sobre Líbano y, a corto plazo, hiciera peligrar su plan (culminado con éxito en marzo de 1984, al cabo de varias cumbres bilaterales) para que el presidente Amín Gemayel (hermano de Bashir) abrogara el tratado de paz adoptado con Israel en mayo y se plegara a una alianza con él. La prensa internacional se preguntó sobre si no estaría a punto de repetirse en Siria, repleta de refugiados palestinos, un drama como el del Septiembre Negro jordano de 1970. Assad, en lo que fue secundado por Gaddafi, empezó a cuestionar abiertamente el liderazgo de Arafat e instigó su remoción al frente del CEOLP.

El 17 de septiembre de 1983, tras un peregrinar por Marruecos, Irak, Argelia, Yemen del Sur y otros países árabes en busca de solidaridad y apoyo, Arafat se reunió con sus hombres en Trípoli, ciudad costera al norte de Beirut, para dirigirles personalmente en los combates que les enfrentaban con los prosirios y para expresar su respaldo a los drusos de Jumblatt, que libraban su guerra particular con lo que quedaba del Ejército libanés, básicamente cristiano, leal a Gemayel. Se trataba de otra campaña perdida de antemano. En noviembre, acorralado en el campo de Badawi, anexo a Trípoli, por una coalición de fuerzas muy superior cuyo espinazo era el Ejército sirio, Arafat solicitó el auxilio internacional.

Las potencias de la ONU diseñaron un plan de evacuación de Líbano, la segunda en menos de año y medio -y, a la postre, la definitiva-, del presidente de la OLP cuya ejecución correspondió al contingente francés de la Fuerza Multinacional tripartita, que había retornado como consecuencia de la masacre de Sabra y Shatila. El 20 de diciembre de 1983 Arafat y 4.000 leales se subieron a una flotilla griega escoltada por buques de la Armada gala que les puso a salvo en Túnez, Argelia, Yemen del Norte y Sudán. Arafat y las planas directivas de Fatah y la OLP se asentaron en la capital tunecina, mientras que el maltrecho aparato militar intentó recomponerse en Yemen del Norte con la protección del presidente amigo Ali Abdullah Saleh. Pero sin bases desde las que lanzar incursiones con continuidad territorial, la guerra de guerrillas, mero terrorismo para Israel, no era posible. Los tiempos de los fedayines embutidos en la kefiah y de los comandos uniformados tocaban a su fin.

En el quinquenio siguiente, la actividad de Arafat estuvo absorbida por la repulsión de los ataques de sus enemigos en el campo palestino y de Siria, los cuales parecieron estar a punto de aplastarle en múltiples ocasiones, el empecinamiento en mantenerse al mando de una organización que parecía navegar a la deriva y los esfuerzos para evitar el desvalimiento de los gobiernos árabes. Contra el pronóstico de multitud de observadores de la pugna, Arafat consiguió superar estos verdaderos años de plomo, tal que en 1988 podía hablarse de la resurrección política del líder palestino.

Por de pronto, cuando en diciembre de 1983 abandonó Líbano, Arafat viajó directamente a El Cairo para encontrarse con el sucesor de Sadat, Hosni Mubarak, el cual había heredado intacto el ostracismo regional concitado por el mandatario asesinado. Por parte de Arafat se trató de un ejercicio de pragmatismo que buscaba hallar un contrapeso de la persecución siria y que, de paso, abrió la primera brecha en el boicot árabe a Egipto (Hussein de Jordania fue el siguiente dirigente de la Liga Árabe que reanudó las relaciones, meses después), con la consiguiente alegría de Mubarak. La iniciativa de Arafat en pro de la reconciliación con Egipto no sólo municionó la argumentación de los sectores prosirios, sino que enfadó a no pocos dirigentes del ala oficialista de la OLP, inclusive Abu Iyad.

El otro adalid de la moderación era Hussein de Jordania, y a él acudió Arafat, en una entrevista preliminar discurrida en Ammán el 26 de febrero de 1984. Justo un mes después, la crisis en la OLP se exacerbó con la formación de una Alianza Democrática por el FPLP, el FDLP, el Frente de Liberación de Palestina (FLP, escisión del FPLP-CG) de Muhammad Abbas, alias Abu Abbas, y el Partido Comunista Palestino (PCP), los cuales atacaron los "continuos intentos de Arafat de dialogar con Israel, Egipto y Jordania", aunque tampoco quisieron alinearse con Fatah-Alzamiento, el FPLP-CG y Saika, los cuales, a su vez, replicaron formando una Alianza Nacional.

En el XVII CNP, celebrado en la capital jordana del 22 al 29 de noviembre de 1984 con el boicot de las facciones prosirias, la OLP rechazó la dimisión que Arafat había presentado de manera teatral. El plenario marcó también la reconciliación definitiva entre Arafat y Hussein, que el 11 de febrero de 1985 adoptaron el llamado Acuerdo de Ammán. Concebida como un borrador de oferta de negociación multilateral de los países árabes a Israel y acogida con sumo interés por Estados Unidos, Egipto y los países europeos por su contenido posibilista, la propuesta apuntaba a una "confederación jordano-palestina" dotada de un "gobierno palestino asociado", lo que traía a las mientes aquella fallida noción del "reino árabe panjordano" acuñada por Hussein en 1972.

Habían pasado 12 años desde entonces, y Arafat, a fuerza de encajar varapalos, había evolucionado significativamente en alguno de sus enfoques. Que Arafat pareciera contentarse con una entidad de autogobierno de rango inferior al del Estado como sujeto de derecho internacional reavivó las suspicacias de los dirigentes menos transigentes del CEOLP, el cual aprobó el Acuerdo, y de paso la aceptación en principio de las resoluciones 242 y 338 de la ONU, con la interpretación de que la confederación sería entre dos entidades iguales en soberanía.

La Alianza Nacional respondió formando, el 25 de marzo de 1985, el Frente de Salvación Nacional Palestino (FSNP), a cuyo frente se puso un peso pesado del sector oficialista de la OLP recién pasado a la disidencia, Jalid al-Fahum, presidente del CNP y del Consejo Central de la OLP hasta noviembre, cuando dimitió en protesta por la reconciliación con Hussein. El carácter, tantas veces, volátil e inextricable de las maniobras políticas en la zona se puso bien de manifiesto en mayo, en la guerra civil de Líbano, cuando fuerzas del FSNP ayudaron eficazmente a sus antagonistas, los lealistas pro Arafat, para repeler juntos la brutal agresión lanzada contra los campos de refugiados beirutíes por los shiíes de Amal, milicia que, paradójicamente, era tan tributaria de Damasco como podía serlo la rebelión palestina capitaneada por Abu Musa y Jalid al-Fahum.

El Acuerdo de Ammán, además de merecer el desinterés del Gobierno israelí de unión nacional presidido por el laborista Shimon Peres (quien lanzó una contrapropuesta consistente en negociaciones de paz directas con Jordania y, a través de ella, con representantes palestinos desvinculados de la OLP. sobre la base de las resoluciones 242 y 334 de la ONU y preparadas por una conferencia internacional), quedó herido de muerte en el último trimestre de 1985 por una sucesión de convulsiones que los interlocutores moderados percibieron como una salva de torpedos dirigida contra las expectativas de diálogo en Oriente Próximo. De estas inoportunas provocaciones militares y terroristas fueron responsables tanto gobiernos (directamente, el israelí, e indirectamente, el sirio, el libio y probablemente el irakí) como los lunáticos del campo palestino.

Con Líbano, Irán e Irak desangrándose en dos furiosos campos de batalla, la tensión regional subió como la espuma tras el raid aéreo israelí contra la sede de la OLP en Hamman Shatt, a 35 km de Túnez, el 1 de octubre, que mató a 56 palestinos y 15 tunecinos, el secuestro del barco de pasajeros italiano Achille Lauro por un comando terrorista del FLP, el 7 de octubre, y los brutales atentados de Fatah-CR contra los aeropuertos de Roma y Viena el 27 diciembre, con un saldo de 18 muertos.

Entre los zarpazos de Abu Abbas y Abu Nidal, el 7 de noviembre, en el curso de una visita a Mubarak en El Cairo, Arafat declaró que su organización había "renunciado a emplear la violencia" fuera de los Territorios Ocupados, cuyos habitantes, ahora bien, tenían el "derecho de recurrir a la resistencia armada". Este intento de desvincularse del terrorismo internacional resultaba obligado toda vez que un terrorista sin matices como Abu Abbas, partidario de seguir practicando la "lucha armada" contra Israel a la –supuestamente- antigua usanza, tenía asiento en el CEOLP.

Además, se sabía que, no obstante sus diatribas contra los oficialistas de Fatah, Abu Abbas estaba siendo financiado por el partido de Arafat, todo lo cual planteaba embarazosos interrogantes. El secuestro del Achille Lauro, que incluyó el asesinato de un judío estadounidense, rememoró los días de la OSN y Munich, y aunque no había indicios de otra cosa que no fuera un asalto terrorista perpetrado sin el conocimiento y contra la voluntad de Arafat, el caso fue que la imagen de la OLP se resintió.

Al ambiente estaba tan enrarecido que la coordinación entre el presidente de la OLP y el rey de Jordania se hizo insostenible. Arafat, además, asistía receloso al inopinado acercamiento entre Hussein y Assad, a punto de ser sellado con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas. El 19 de febrero de 1986 el monarca dio virtualmente por fracasado el Acuerdo de Ammán y culpó a Arafat de la inercia negativa. Aunque disfrazado de generalidades, el reproche de Hussein a Arafat era uno: su negativa a aceptar explícitamente, de una vez y sin medias tintas, la resolución 242, lo que abriría las puertas al diálogo palestino-estadounidense y al consenso sobre una fórmula de declaración en la que la OLP reconociese el derecho del Estado de Israel a existir. En julio siguiente, el Gobierno jordano clausuró todas las oficinas de la OLP en el país y deportó a Abu Jihad a Túnez. Un año después, la parte palestina dio también carpetazo al proyecto confederal en el XVIII CNP.


7. Del estallido de la Intifada al viraje posibilista de 1988

El paulatino acercamiento entre sí de Egipto, Siria, Libia, Jordania y Arabia Saudí repercutió muy positivamente en el campo palestino. El XVIII CNP congregó en Argel del 20 al 26 de abril de 1987 a todas las facciones principales, que enterraron sus letales querellas cainitas y se pusieron de acuerdo en torno a la convocatoria de una conferencia internacional de paz para Oriente Próximo con los auspicios de la ONU y la participación de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Las relaciones con Egipto fueron formalmente reestablecidas y las luchas interpalestinas en Líbano cesaron (aunque rebrotaron brevemente el año siguiente). El 11 de septiembre Amal suscribió la paz con Fatah y el 25 de abril de 1988 Arafat abrazó a Assad, su archienemigo en los últimos cinco años, en el palacio presidencial de Damasco.

Pero antes de escenificar el caudillo palestino y el dictador sirio su reconciliación, y ésta tenía una relación directa con ello, un enorme disturbio vino a complicar el panorama: el estallido, el 9 de diciembre de 1987, con el detonante inmediato del funeral de unos trabajadores palestinos fallecidos en Gaza en un accidente de tráfico con un vehículo militar israelí, de la Intifada (literalmente, insurrección), o revuelta general de la población civil en Cisjordania y, especialmente, Gaza, donde los disturbios fueron más virulentos.

Desde 1967, los Territorios Ocupados ya habían sido escenario de numerosas protestas, huelgas y algaradas de mayor o menor calado, pero esta fue la primera rebelión masiva, destinada a convertirse en el más firme y persistente clamor nacionalista, de sus habitantes, en cuyo nombre, así como en el de los refugiados de la diáspora, la OLP había guerreado en el extranjero. Ahora, eran los palestinos del interior quienes asumían el rol protagonista de una lucha que sobrepasó el ámbito de la autoridad de la OLP, si bien Arafat y los suyos hicieron lo posible por controlar y tutelar la impetuosa dinámica de la calle en un sentido propicio a su estrategia y su propaganda políticas.

El fenómeno tenía bastante de espontáneo, con motivaciones políticas y también socioeconómicas (explosión demográfica, hacinamiento, desempleo, pobreza), aunque después de prender, Arafat y otras figuras de la OLP empezaron a decir que lo habían organizado ellos. Las crudas imágenes procedentes de Gaza recordaron al público internacional que en Palestina existía un conflicto no resuelto, que había un problema de ocupación territorial y una descolonización pendiente, con una realidad cotidiana de desplazamientos forzosos, castigos colectivos, destrucción de viviendas, veda de cultivos y torturas y maltratos en los centros de detención.

A principios de 1988, Fatah, el FPLP, el FDLP y los comunistas constituyeron el Liderazgo Nacional Unido de la Intifada a modo de puente entre la dirección política del exterior y la generación más joven del interior. Este mando, de carácter nacionalista laico –por no decir arreligioso- se disputó el apoyo de los cabecillas populares que la Intifada había sacado del anonimato con la Jihad Islámica Palestina y el Movimiento de Resistencia Islámico (Harakat Al Muqawama Al Islamiyya), este último creado por los Hermanos Musulmanes justo al iniciarse la revuelta y más conocido por su acrónimo en árabe, Hamas (Celo). Los revoltosos de Gaza y las ciudades cisjordanas demandaban lisa y llanamente la marcha de los soldados y la creación del Estado palestino.

La Intifada, con su impactante imagen internacional de genuino alzamiento popular y juvenil, incluso infantil, puso en un serio aprieto al Gobierno israelí de Yizthak Shamir, ya que difícilmente podía presentarse esta violencia practicada por muchachos palestinos que arrojaban piedras o, con menos frecuencia, cócteles molotov contra soldados armados hasta los dientes y los imponentes tanques Merkava como una manifestación de terrorismo. Las FDI respondieron a los ataques de que eran objeto con una fuerza absolutamente desproporcionada, ignorando la cascada de reacciones de repudio internacionales: al cumplirse el primer aniversario de la revuelta, los soldados habían matado entre 300 y 400 palestinos, y practicado 18.000 arrestos, encarcelamientos y deportaciones. Las bajas israelíes, entre militares y civiles, no llegaban a la decena.

El largo brazo del Mossad se entrevió el 16 de abril de 1988 tras el asesinato, en su residencia en las afueras de Túnez, de Abu Jihad, comandante militar adjunto de la OLP, brazo derecho de Arafat y número dos de la organización. El atentado terrorista, precedido por la incursión de un comando palestino en territorio israelí que mató a seis militares –un teniente coronel entre ellos-, indicó que los gobernantes israelíes culpaban a la OLP en un ciento por ciento de la Intifada y que seguían considerándola organización terrorista, cuyos jefes eran susceptibles de ser eliminados en cualquier momento. En junio, los presidentes árabes se reunieron con carácter extraordinario en Argel para dar su bendición a la Intifada y concretar una generosa financiación.

La muerte de Abu Jihad fue un golpe para Arafat, que poco después, el 31 de julio, acogió con perplejidad el anuncio por Hussein de que Jordania cortaba "todos los lazos legales y administrativos" con Cisjordania, territorio sobre el que había ejercido la soberanía entre 1950 y 1967, y que, de iure, seguía siendo suyo, con el objeto, aseguraba el rey, de facilitar la formación del Estado palestino y permitir a la OLP, desde ya mismo, extender su jurisdicción.

La histórica renuncia debía entenderse con un regalo inapreciable del monarca hachemí al pueblo palestino, pero que el Gobierno de Ammán dejara de abonar los salarios a los funcionarios de la administración pública y a los maestros de escuela, y cancelara la partida del presupuesto anual para Cisjordania, eran unos hechos que ponían a la OLP ante el compromiso de hacerse cargo de la situación. Además, en las filas de Arafat causó suspicacia la reacción positiva del Gabinete de Shamir, que interpretó el anuncio de Hussein como su resignación a la permanencia de la ocupación militar. El 3 de agosto la OLP informó que "asumía responsabilidades" en Cisjordania y en Gaza, igualmente entregada por Egipto.

La Intifada, la renuncia a los Territorios Ocupados por Jordania y Egipto, el retroceso de las posturas recalcitrantes en el conjunto de los gobiernos árabes y, muy importante, las exigencias de Estados Unidos, todo ello, indujo a Arafat a dar el salto, a veces amagado, y nunca realizado, en la filosofía de la organización que lideraba, y seguramente también en la suya personal. Arafat creía que ningún proceso pacificador era viable en Oriente Próximo sin la participación y el estímulo de Estados Unidos, que en 1975 había formulado una política muy clara con respecto a la organización que encabezaba: a menos que reconociera el derecho de Israel a existir y las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de la ONU, la OLP no sería aceptada como interlocutor bilateral del Gobierno ni como parte en una conferencia internacional de paz. En 1985, el Congreso aprobó un tercer requisito para recibir la legitimación de Estados Unidos: la OLP debía renunciar al terrorismo.

No fue, por tanto, una casualidad que el 15 de noviembre de 1988 el XIX CNP adoptara en Argel tres decisiones de gran trascendencia, la primera en clave interna, y las otras dos en clave externa: la "Declaración de independencia del Estado de Palestina" con capital en Jerusalén, a pesar de que la OLP no controlaba ningún territorio allá (hasta el fin de mes, empero, 60 países reconocieron este Estado inexistente); la aceptación de las resoluciones 181, 242 y 338 de la ONU (la 181 era asumida en la Declaración de Independencia y las otros dos en un comunicado político anexo) como base de negociación, lo que suponía reconocer el Estado de Israel en las fronteras, no ya de 1947, sino de 1949-1967; y, el rechazo a "la amenaza o el uso de la fuerza, la violencia y el terrorismo contra la integridad territorial del Estado Palestino o de cualquier otro Estado", existiendo de nuevo aquí una referencia implícita a Israel.

Había habido otros pronunciamientos de esta índole, más o menos implícitos, más o menos vagos, pero éste era el más visible y solemne. Con todo, seguía sin haber un reconocimiento explícito de Israel, amén de que la Carta Nacional Palestina, texto antisionista a ultranza, no se modificaba por el momento. La administración saliente de Reagan informó a Arafat que lo declarado en Argel no era suficiente, pero que Estados Unidos emprendería un diálogo oficial con la OLP tan pronto como ésta deshiciera sus últimas ambigüedades.

Arafat quería exponer sus propuestas ante el XLIII pleno de la Asamblea General de la ONU en Nueva York, pero el Gobierno estadounidense le denegó el visado de entrada. Los miembros de la Asamblea decidieron entonces reunirse en la sede de Ginebra, y allí fue donde Arafat, el 13 de diciembre, repitió y enfatizó las claves del nuevo discurso pacifista de la OLP. En la ciudad suiza, Arafat se abstuvo de portar al cinto la pistolera vacía, que sí había exhibido en su comparecencia de 1974, como gesto simbólico del alejamiento del militarismo. Luego, en una rueda de prensa, para rebatir a quienes le acusaban de estar haciendo un mero ejercicio de relaciones públicas, fue machacón: "Queremos la paz (…) Nuestro deseo de paz es estratégico y no una mera táctica provisional (…) Dije ayer, y lo repito para que conste, que rechazamos total y absolutamente todas las formas de terrorismo individual, de grupo o de Estado".

Las reacciones internacionales no se hicieron esperar, recordando aquella cascada de éxitos diplomáticos de 1974: dos días después del vehemente discurso en Ginebra, la Asamblea General aprobó en sendas resoluciones la instancia a la convocatoria de una conferencia internacional de paz para Oriente Próximo y la sustitución del término OLP por el de Palestina en el sistema y la documentación de Naciones Unidas, con los únicos votos en contra de Israel y Estados Unidos. A pesar de todo, la administración de Washington decidió pasar de los contactos secretos al diálogo diplomático formal con la OLP, a través de su embajador en Túnez.

Coronando esta racha triunfal, el 2 de abril de 1989 Arafat fue proclamado por el Consejo Central de la OLP reunido en sesión extraordinaria "presidente del Estado Árabe de Palestina". Poco después comenzaron los primeros encuentros a la luz entre representantes de la OLP y el Gobierno de Estados Unidos, pero este diálogo oficial quedó suspendido el 20 de junio de 1990 por no condenar expresamente Arafat un ataque cometido el 30 de mayo anterior por el FLP en Israel.

Arafat tenía propuestas propias para negociar con Israel, pero tres factores, más o menos accidentales, cercenaron dramáticamente su margen de maniobra. El primero fue la crisis y, luego, la guerra en el golfo Pérsico, entre agosto de 1990 y febrero de 1991, a raíz de la invasión irakí de Kuwait. Entonces, Arafat salió a respaldar, podría decirse que neciamente, a Saddam, un dictador megalómano cuyo atropello imperialista le hizo acreedor de la execración universal.

El 3 de agosto de 1990, al día siguiente de la entrada del Ejército irakí en el Emirato, la Liga Árabe celebró en El Cairo una sesión de emergencia en la que aprobó una declaración de condena con los votos en contra de Jordania, Yemen, Sudán y la OLP. Libia y Mauritania se abstuvieron, pero Egipto, Siria, Líbano, Marruecos, Túnez, Argelia y las seis monarquías del Golfo votaron a favor. Siete días después, la OLP volvió a marcar el contrapunto, pero menos arropada, en la cumbre de la Liga en la capital egipcia, donde se decidió el envío para participar en la defensa de Arabia Saudí de una fuerza egipcio-sirio-marroquí de 52.000 soldados. Sólo Irak, Libia y la OLP votaron en contra. Se abstuvieron Argelia y Yemen, mientras que Mauritania, Jordania y Sudán votaron afirmativamente, pero con reservas.

En esta crisis, Jordania mantuvo una lealtad forzada por la dependencia económica de su vecino, pero la OLP no se jugaba gran cosa por negarle el apoyo a Saddam y, al contrario, mucho si se lo brindaba, por más que aquel tuviera un valor meramente diplomático. Se trató de un tremendo error de cálculo de Arafat, ya que enfadó a Egipto, perdió puntos ante Occidente y, sobre todo, disipó la pingüe ayuda financiera de las monarquías conservadoras del Golfo, que no estaban dispuestas a pasar por alto este posicionamiento. Riad no demoró su represalia y expulsó a decenas de miles de palestinos que residían en el reino saudí y cuyas remesas familiares eran una fuente importante de cuotas y de donaciones para la causa. A ellos se les sumaron los más de 300.000 palestinos que trabajaban en Kuwait y que como resultado de la invasión huyeron precipitadamente. Después de la guerra, la práctica totalidad de estos nuevos desplazados no retornó.

Quizá, Arafat pensó que la crisis podía resolverse en el seno de la Liga, sin recurrir a las armas y sin una intervención occidental al socaire de la cual Israel podría tomarse unas cuantas revanchas. Quizá, de haber sabido que Estados Unidos iba a tener tanto éxito en la urdimbre de una vasta coalición internacional contra Irak, habría matizado o invertido su postura. O quizá, se obnubilló con la posibilidad de un Saddam convertido en una suerte de nuevo Nasser, en el amo de una nueva potencia regional capaz de, esgrimiendo el arma del petróleo, forzar un nuevo orden en Oriente Próximo completamente favorable a los palestinos.

Al principio de la crisis, Arafat ni siquiera comedió las formas, desempolvó la retórica panarabista de otros tiempos y no tuvo ambages en decir, por ejemplo, que "nosotros únicamente podemos estar en la trinchera hostil al sionismo y a sus aliados imperialistas que hoy movilizan sus tanques, sus aviones y toda su sofisticada maquinaria de guerra contra nuestra nación árabe". Cuando se percató de que a Saddam le pintaban bastos, se embarcó en una infructuosa ofensiva diplomática para intentar detener la guerra. Su propuesta de vincular la desocupación de Kuwait a algún tipo de solución para el conflicto de Palestina fue acogida con interés variable por los países árabes y la URSS, pero ignorada por Estados Unidos y Europa.

También era cierto que la calle palestina prorrumpió en encendidas loas a Saddam, y disociarse de esta realidad, con la Intifada activa, podría resultar contraproducente para los políticos en el exilio. Había oportunismo, pero sin lugar a dudas Arafat actuaba guiado también por un sentimiento de gratitud al régimen de Bagdad, forjado en la década anterior. Esto podía causar perplejidad a un observador de fuera. El taimado y maniobrero Saddam había sido un amigo declarado y un financiador cierto de los palestinos, pero en absoluto desinteresado.

Sin llegar a los niveles de manipulación e insidia de su antagonista regional, Assad, Saddam había hecho en el pasado flacos favores a la unidad de las diversas facciones palestinas, a las que tendió a ver como peones intercambiables en sus complicadas partidas estratégicas en Líbano, Siria y Jordania. Había intentado descabezar a Fatah en 1978, y actualmente continuaba dando cobijo a un adalid del terrorismo palestino como Abu Abbas, al igual que antes a Abu Nidal, ahora bajo la protección de Gaddafi, cuyos métodos lesionaban la imagen de los palestinos.

Precisamente, todo el mundo atribuyó a la banda de Abu Nidal el asesinato en Túnez el 14 de enero de 1991, esto es, en vísperas del inicio por Estados Unidos de la Operación Tormenta del Desierto contra Irak, de Abu Iyad, que discrepaba de Arafat sobre la cuestión de Kuwait (y no era el único, pues Jalid al-Hassan, Walid Jalidi, Faysal al-Husseini y otros se enfrentaron a Arafat y Qaddumi por la estrategia proirakí), y de Hayil Abdel Hamid, alias Abu al-Hul. Las desapariciones del otrora número tres y luego, desde la muerte de Abu Jihad, el segundo de abordo en la organización, y del jefe de seguridad de la OLP parecían malos presagios.

En segundo lugar, Arafat encajó la desintegración en los últimos meses de 1991 de la URSS, que había sido el tradicional valedor de las causas árabe y palestina en la ONU, y el necesario contrapeso de la indisoluble alianza de Estados Unidos e Israel. La OLP se quedaba sin superpotencia abogada. Y en tercer lugar, estaba el auge de los movimientos islamistas integristas, que, al calor de la Intifada, amagaban con relanzar la vía del terrorismo, ahora de características urbanas, focalizado en los Territorios Ocupados y dentro del Estado de Israel, y ejecutado por militantes suicidas altamente fanatizados.

Después de la derrota de Irak en Kuwait, Hamas y la Jihad Islámica estuvieron en condiciones de reemplazar a las viejas organizaciones de la izquierda revolucionaria y laica, paulatinamente marginadas del proscenio, en la defensa del discurso radical y maximalista, a saber: combate a ultranza a Israel, expulsión de las FDI y de los colonos, y nada menos que no fuera el Estado palestino en Cisjordania y Gaza con capital en Jerusalén. Para estos grupos, los métodos violentos de "legítima resistencia" no estaban periclitados, a diferencia de lo proclamado por la OLP en 1988.


8. Comienza el proceso de paz: la Conferencia de Madrid de 1991 y los Acuerdos de Oslo de 1993

Afortunadamente para él, Arafat se ahorró las derivaciones políticas negativas de su postura en la crisis de Kuwait porque después de la guerra la administración de George Bush se tomó muy en serio la convocatoria de una conferencia internacional de paz, llegando a amenazar al muy renuente Gobierno de Shamir con cortarle la ayuda económica si no acudía a negociar.

En junio de 1991 James Baker, secretario de Estado de Bush, desveló las líneas maestras del plan que adoptó su nombre: celebración de una conferencia internacional previa al arranque de negociaciones multilaterales y bilaterales entre Israel, Siria, Líbano y una delegación mixta jordano-palestina; los delegados palestinos no podrían ser miembros de la OLP ni residentes en los Territorios Ocupados; el objeto de negociación para los palestinos sería un marco de autogobierno interino de cinco años de duración; en una segunda fase, pasaría a discutirse el estatus definitivo de la entidad palestina. La base negociadora serían las resoluciones 242 y 338, y el principio subyacente el de paz por territorios. Según Baker, a los palestinos se les ofrecía la posibilidad de adquirir un estatus "por debajo del Estado, pero por encima de la autonomía". Bush y el líder soviético Mijaíl Gorbachov se pusieron de acuerdo para copatrocinar la conferencia internacional.

A pesar de las fuertes restricciones impuestas a los palestinos, las cuales eran, de hecho, la moneda de cambio que pagaba la participación israelí en el proceso, Arafat asintió, en parte por convicción y en parte por pura necesidad, ya que tras el mutis soviético, la apabullante derrota de Saddam y el dramático achicamiento de los recursos financieros de la organización, fruto de su torpe provocación a saudíes y kuwaitíes, la OLP no estaba en condiciones de regatear gran cosa. Con todo, solicitó a Estados Unidos que la OLP pudiera nombrar a los delegados palestinos, que algunos de ellos fueran de Jerusalén oriental, que la agenda negociadora incluyera la cuestión de Jerusalén en tanto que territorio ocupado, que se reconociera el derecho de los palestinos a la autodeterminación y que Israel detuviera la actividad colonizadora en Cisjordania y Gaza.

Primero el CNP, reunido en su XX plenario en Argel del 21 al 28 de septiembre, y, luego el CEOLP, el 3 de octubre, aceptaron el Plan Baker y decidieron que los palestinos de la delegación mixta fueran personalidades independientes, pero supervisados fuera de la sala de conferencias por un equipo de expertos de la OLP del que iban a formar parte Nabil Shaath, presidente del Comité Político del CNP, y dos notorios activistas de Jerusalén, Faysal al-Husseini y Hanan Ashrawi.

La decisión de Argel distó de ser unánime. Destacados miembros del CNP como el literato Edward Said y el antropólogo Ibrahim Abu Lughod anunciaron su renuncia al escaño porque, en su opinión