La Vanguardia
[22.02.2009]
Hace ya más de un año, escribí en esta tribuna que, amablemente me concede La Vanguardia,un artículo, deliberadamente provocativo, y que se titulaba: "¿Sabemos dónde está el Caspio?". Pretendía ser una llamada de atención respecto a los extraordinariamente importantes movimientos geoestratégicos que se estaban produciendo en torno al mar Caspio, como segunda (tras el Golfo) reserva mundial de hidrocarburos (gas y petróleo).
Con posterioridad han acaecido hechos que me han confirmado en esa necesidad de saber dónde está dicho mar. Porque todos hemos podido ver que, al lado del Caspio, está el Cáucaso y, por tanto, la conexión con el mar Negro y, por añadidura, la conexión con Europa. Y los acontecimientos del pasado verano (la guerra en Georgia y las independencias de Osetia del Sur y de Abjasia) o del pasado invierno (la guerra del gas, entre la Federación Rusa y Ucrania, con un impacto terrible sobre la Europa del Este y sobre los Balcanes) ponen aún más de relieve la significación estratégica de lo que hablamos.
Obviamente, dejo de lado la relevancia del Caspio hacia Rusia y hacia las antiguas repúblicas soviéticas del Asia Central, porque eso nos llevaría a otro artículo. Quiero volver a la importancia de la geografía. Y ser aún más provocativo: puedo entender que nuestros jóvenes - producto de la Logse-no sepan dónde está el Caspio (En Catalunya, no saben dónde nace el Ebro. Es más, algunos creen que nace en Mequinenza. Y no se me interprete mal: a los andaluces, madrileños o vascos les pasa igual. Y sus jóvenes son igual de ignorantes. Es un problema de nuestro pésimo sistema educativo).
Pero quisiera ir un poco más allá. Y hablar de un espacio geográfico mucho más próximo: el Mediterráneo. Muchos, con razón, pueden pensar: ¿vamos a descubrir el Mediterráneo a estas alturas? De hecho, cuando alguien habla de algo obvio suele decirse que ha descubierto el Mediterráneo. Pero no quiero hablar de cosas obvias, sino de cosas que hacer. Y ahí, el Mediterráneo es terra incognita.
Hace unos meses, a raíz de una iniciativa, desordenada y oportunista, pero intuitiva, como es habitual en el presidente Sarkozy, volvió a la palestra el tema euromediterráneo. Recogía un "malestar conceptual" (es una expresión que copio del president Pujol y que nunca conseguí interpretar, refiriéndose a la relación entre Catalunya y el conjunto de España) que parte del descontento en relación con los resultados del llamado proceso de Barcelona, puesto en marcha, felizmente, por Felipe González y Javier Solana, en 1995.
Habitualmente, tal descontento procede del hecho de la enorme dificultad de conciliar la visión europea con la visión de los países del sur, sobre todo, si estos incluyen a Israel y, por tanto, todas las derivadas del conflicto en el Medio Oriente. Pero, también, para ser justos, el hipotético "fracaso" del proceso de Barcelona (mucho menor de lo que se dice) procede de la incapacidad flagrante de los "países del sur" a la hora de hacer lo que hay que hacer para avanzar.
Concreto: ¿Es imaginable avanzar en la integración Norte-Sur, si en el Sur hay fronteras que permanecen cerradas (Argelia y Marruecos)? ¿Podemos avanzar si no hay procesos de integración en paralelo Sur-Sur? Pero ahora lo importante es ver qué podemos hacer. También desde aquí. Desde Barcelona.
Se ha creado, en el marco de la Union pour la Mediterranée-Proceso de Barcelona, un secretariado permanente, con sede en Barcelona. Desconocemos aún su contenido real. Sí sabemos que es fruto de un pacto político que incluye, probablemente, que su titular sea jordano y que los secretarios adjuntos procedan de Malta, Túnez, Palestina e Israel. Por lo menos, de momento. Bien está si bien acaba.
Pero lo que quiero resaltar es que estamos ante una gran oportunidad: se han definido "políticamente" grandes prioridades de inversión: protección civil, infraestructuras y movilidad, agua y medio ambiente, energía, pymes y espacio universitario... Y disponemos de instrumentos previamente existentes. El más relevante es la Facilidad Euromediterránea para la Inversión y el Partenariado, con importantísimos recursos financieros, especialmente vitales en la situación actual.
Hay muchas cosas por hacer. A Europa le falta juventud y energía. Al Mediterráneo sur eso le sobra. Pero les falta tecnología, governance y know how.Y de eso, algo sabemos en el Norte. Hoy, que sabemos ya que, irremediablemente, el centro de gravedad del planeta se dirige hacia el Este y se aleja de Europa, la creación y consolidación de un espacio euromediterráneo es tan vital para Europa como el mantenimiento - y el refuerzo-del vínculo transatlántico. Y debemos, los europeos, jugar en ese terreno, ya que norteamericanos, chinos o indios ya lo están jugando.
Y Barcelona, ahí, es clave. Proveamos los medios necesarios. Busquemos la complicidad y aceptemos el liderazgo del Gobierno español en la definición política, desde la lealtad y desde la voluntad de contribuir al éxito de la nueva oportunidad que se nos ofrece. Muchas veces nos preguntamos qué podemos hacer, desde la sociedad civil, por desempeñar, desde el consenso, un papel en estos temas.
Una sugerencia clara: apostemos, todos, por potenciar el papel de Barcelona en el nuevo escenario euromediterráneo. No veo contraindicaciones. Que quede claro que sabemos muy bien dónde está el Mediterráneo. Y que sepamos que sus límites van, como en la maravillosa canción de Serrat, de Algeciras a Estambul. De Occidente a Oriente. En la encrucijada de mundos, culturas y civilizaciones.
J. PIQUÉ, economista y ex ministro
Butlletí de notícies i novetats CIDOB.
Subscriu-te.