La Nación
[12.03.2009]
Con un léxico inapropiado, más familiar para un sindicalista que para un diplomático, la Presidenta señaló que "el tipo que tiene miedo de perder el laburo no consume". Procuró aleccionar de ese modo a los embajadores argentinos en una misión harto complicada: que ganen nuevos mercados en medio de la crisis global, después de haberse desaprovechado, durante la gestión de su marido, la bonanza mundial y el trabajo de mucho tiempo de los sectores productivos para que crezcan nuestras exportaciones.
Desde la crisis de 2001, la Argentina privilegió el consumo interno. En el caso particular de uno de los productos más preciados, las carnes, el presidente Néstor Kirchner no vaciló en suspender las exportaciones en respuesta al aumento de los precios de la hacienda en el Mercado de Liniers. Medidas similares ocurrieron con otros productos argentinos y le hicieron perder importantes mercados al país.
Al ingrato ritmo del "efecto jazz", Cristina Kirchner quiso marcar ahora un hito en la historia de la diplomacia argentina con una reunión "sin precedente" en Buenos Aires de los 100 embajadores que representan a la Argentina en el mundo, un tercio de los cuales son de origen político.
Es curioso este vuelco hacia una de las áreas más subestimadas por el gobierno de los Kirchner. Hasta dos camadas juntas de egresados del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN) debieron concurrir al estrecho Salón Blanco de la Casa Rosada ante la renuencia del anterior presidente a celebrar ese acto en su ámbito específico, el Palacio San Martín. Y, como bien señaló el embajador Abel Posse ayer en LA NACION, los puestos diplomáticos ingresaron en el botín de dádivas del clientelismo.
Llama la atención, a su vez, que la Presidenta haya enfocado su discurso en el objetivo de vender productos argentinos en el exterior. Fue el caballito de batalla del gobierno de Carlos Menem en los defenestrados años noventa. Ahora, con una caída de las exportaciones en enero del orden del 36 por ciento y otra que se prevé sólo algo menor en febrero, surge la idea de adoctrinar a los embajadores para que hagan aquello que les impuso, en su momento, el gobierno de Eduardo Duhalde. Hasta se evaluó entonces la absurda posibilidad de cerrar las embajadas que no fueran productivas desde el punto de vista comercial, lo cual desvirtuaba su función real.
Es todo tan contradictorio en un gobierno que nunca pareció valorar la importancia de los mercados externos que los mismos embajadores que, en su momento, debieron dar explicaciones sobre el cierre de las exportaciones de carnes y el conflicto con el campo deben acatar una directiva que, en realidad, debió ser siempre la premisa fundamental de sus misiones en el exterior.
Es positivo que se ponga el acento en este aspecto, pero el mundo cambió desde la crisis declarada en septiembre del año pasado por la quiebra de Lehman Brothers. Desde entonces, no pareció haber en el Gobierno ningún funcionario que fuera capaz de advertir a los Kirchner sobre sus consecuencias inminentes en el país. Si no, la Presidenta hubiera sido más cauta en lugar de burlarse de los Estados Unidos y, al mismo tiempo, agotar gestiones para ser recibida por Barack Obama.
Lamentablemente, el gobierno kirchnerista renegó siempre de los consejos para brindar señales de confianza al mundo y se despreocupó por la seguridad jurídica. No será fácil remontar la cuesta.
Tras asistir a varios paneles con disertaciones de los ministros Julio De Vido y Beatriz Nofal, entre otros, cada embajador regresará a la capital en la cual reside con una lectura primaria de la crisis: los bancos, según Cristina Kirchner, "están sentados sobre la liquidez y no prestan". Según esta particular concepción, son mezquinos y, por esa razón, deberían desprenderse de sus capitales para comprar productos argentinos.
Ojalá fuera tan simple, sobre todo en tiempos en los cuales el proteccionismo global privilegia lo hecho en casa, para sostener el empleo y el consumo domésticos antes de reparar en la oferta de un país de gobierno errático que, a juzgar por lo que sucedió con la carne y con la soja, es tan poco creíble como la sensibilidad de los Kirchner con la diplomacia.
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