Biografía
Obtenida la graduación en 1953, trabajó como oficial facultativo en el Servicio de Salud del Gobierno en los estados de Kedah y Perlis hasta 1957, el año en que la Federación de Malaya accedió a la independencia a partir del régimen semicolonial británico; entonces, pasó a ejercer la medicina privada en Alor Setar.
Su compromiso con la política arrancó de más atrás, hacia el final de la ocupación japonesa en 1945, cuando, como otros muchos jóvenes malayos, se unió al movimiento independentista. Figuró entre los organizadores de la Unión de la Juventud Malaya de Kedah y de la Unión Malaya de Kedah, esta última una agrupación que en 1946 dio lugar al partido Organización Nacional de Malayos Unidos (UMNO). Como militante original de la UMNO, Mahathir se opuso a la estructura constitucional de la Unión Malaya, puesta en marcha por los británicos en abril de 1946 para amalgamar (desde 1948, con revestimiento federal) los distintos estados de la península regidos por sultanes y rajás, y que los independentistas malayos consideraron un subterfugio para reforzar el protectorado de Londres sobre el país.
Tras darse de baja en la función pública en vísperas de la independencia, Mahathir reanudó sus actividades políticas y se hizo un hueco en la UMNO como un dirigente medio especialmente sensible a los intereses de la etnia malaya, que constituía algo más de la mitad de la población pero cuyo peso económico y financiero era muy inferior al de la pujante minoría china, la cual agrupaba a menos de la cuarta parte de los residentes. Mahathir ganó su primer escaño en la Cámara de Representantes del Parlamento Federal, por la circunscripción de Kota Setar Selatan, en las elecciones de abril de 1964, primeras tras la formación del Estado de la Gran Malasia, en septiembre de 1963, con la adición de los territorios de Sabah y Sarawak, ambos en el norte de la isla de Borneo, y de Singapur, antigua colonia británica en el extremo meridional de la península de Malaya, si bien este último optó por volver al estatus independiente en 1965.
Miembro del Consejo Supremo de la UMNO desde 1965 y presidente del Consejo Asesor de la Educación Superior desde 1968, en las elecciones generales de mayo de 1969 Mahathir no consiguió revalidar su escaño, a pesar de adjudicarse la UMNO nuevamente la mayoría absoluta. A raíz de los comicios estallaron en Kuala Lumpur sangrientos enfrentamientos entre las comunidades malaya y china, que dejaron cientos de muertos y que obligaron al Gobierno a declarar el estado de emergencia. Mahathir responsabilizó de lo sucedido al primer ministro desde la independencia, Tunku Abdul Rahman, acusándole de haber manejado negligentemente los delicados equilibrios de la sociedad multirracial y de haber desoído las demandas de la mayoría malaya de una redistribución más equitativa de las cuotas de poder político y económico, por todo lo cual demandó su dimisión.
El oficialismo reaccionó al desafío de Mahathir expulsándole del partido y arrojándole a una suerte de limbo político. Su opúsculo The Malay Dilemma, una apología de los valores autóctonos frente a la "decadencia moral" de la civilización europea, fue prohibido, teniendo que recurrir al pseudónimo para expresar sus opiniones en la prensa local. Sin embargo, Mahathir se sintió vindicado en septiembre de 1970 cuando Abdul Rahman presentó la dimisión y fue sustituido por el viceprimer ministro, Abdul Razak bin Hussein, quien dispuso una rectificación de las políticas del partido en el poder en un sentido más propicio a los intereses y reclamaciones de la comunidad malaya; en lo sucesivo, ésta pasó a beneficiarse de una discriminación positiva con la adjudicación de puestos de dirección económica, educativa y administrativa. En 1972 Mahathir fue reintegrado en el Consejo Supremo de la UMNO y el Consejo Asesor de la Educación Superior, y en 1973 su reconciliación con el establishment quedó sellada con la designación para senador.
Mahathir renunció voluntariamente a este último puesto para optar a un escaño de la Cámara baja, por la circunscripción de Kubang Pasu, en las elecciones del 24 de agosto de 1974; ganado este mandato legislativo, Abdul Razak, que necesitaba aliados para llevar a cabo sus ambiciosas reformas políticas y económicas, le reclutó para el Ejecutivo y le puso al frente del Ministerio de Educación, una cartera de alto perfil político y que pasó a simultanear con la presidencia del Consejo Nacional de Universidades.
En la Asamblea General de 1975 Mahathir reforzó su peso con la elección para una de las tres vicepresidencias del partido y, luego de fallecer Abdul Razak en enero de 1976, el nuevo primer ministro, Hussein bin Onn, le nombró viceprimer ministro y, por ende, virtual sucesor suyo en la jefatura del Gobierno. En 1977 cambió el Ministerio de Educación por el de Comercio e Industria, y el 8 de julio de 1978 renovó su mandato parlamentario. Llegado en 1981 el momento del relevo de Hussein bin Onn, que dimitió aduciendo su mala salud, en las presidencias del partido, en junio, y del Gobierno (más la titularidad del Ministerio de Defensa), el 16 de julio, Mahathir se convirtió en el cuarto mandatario desde la independencia y con una controvertida reputación de radical malayo a sus espaldas.
El flamante primer ministro continuó y confirió nuevos ímpetus a las políticas sociales y económicas de sus predecesores. Tomando como base la Rukunegara o ideología nacional de cinco principios -a saber, creencia en Dios, lealtad al rey y a la nación, supremacía de la Constitución, imperio de la ley, y buena conducta y moralidad- introducida por Abdul Razak en 1970, Mahathir asumió la misión de preservar la estabilidad interior en un país con tres comunidades étnico-religiosas bien definidas, los malayos musulmanes, los chinos budistas y taoístas, y los indostánicos hindúes, y expuestas a tensiones de convivencia diarias. El modelo de Mahathir se sintetizaba en la aplicación gradual de los mecanismos de corrección que favorecían a los malayos mientras que los industriosos chinos recibían la parte del león del usufructo del despegue económico.
La fuerte personalidad de Mahathir se entrevió en todas las áreas de actuación del Gobierno y conformó las singulares características que la Malasia de hoy presenta en la escena internacional. Por una parte, alentó una reforma política destinada a recortar los poderes de las distintas casas reales que rigen en los estados malayos, así como los del rey o dirigente supremo, el llamado en la lengua local Yang di-pertuan agong, el cual es seleccionado cada cinco años de entre los sultanes, rajás y demás testas coronadas mediante complejos cabildeos de estos monarcas regionales. En los 22 años de Gobierno de Mahathir, Malasia conoció nada menos que seis reyes nominales.
Así, en 1983 Mahathir, que, debe recordarse, procedía, a diferencia de sus tres antecesores, de una familia no aristocrática, sacó adelante un proyecto de ley que abolió el derecho de veto del rey sobre las leyes aprobadas por el Legislativo, y en 1993 introdujo otra enmienda constitucional que limitó aún más las prerrogativas de los sultanes (eliminación del veto a las reformas constitucionales y del privilegio de inmunidad legal) y que perseguía reducirlos a figuras meramente decorativas.
Simultáneamente a este refuerzo del parlamentarismo y, por lo tanto, de su oficina de primer ministro, Mahathir alentó una islamización controlada pródiga en realizaciones institucionales (creación en 1983 del Bank Islam, en el que él en persona abrió la cuenta número uno; construcción de mezquitas y facultades de teología islámica; certámenes oficiales de recitación del Corán; tutela estatal de la peregrinación a La Meca o hadj) y que, sin plantearse en absoluto la introducción de la sharía, perseguía, tal es la opinión de varios especialistas, cooptar un movimiento islamista genuino que reclamaba espacios políticos desde finales de los años setenta, y, de paso, consolidar la supremacía malaya en un terreno, el religioso, en el que la minoría china apenas contaba.
En sus dos décadas largas de ejercicio Mahathir administró con gran éxito los mecanismos representativos de la democracia parlamentaria para perpetuar la práctica hegemonía política de la UMNO, una de las más longevas del mundo, y de sus partidos aliados y satélites, agrupados electoralmente como Frente Nacional (Barisan Nasional, BN). Máquina bien engrasada y detentadora de un formidable poder financiero, empresarial y mediático fruto de las tendencias corporativistas de la élite que gobierna el país desde la independencia, la coalición multiétnica y multirregional del BN hizo gala en todo el período de unas habilidades para el consenso sin parangón en otros sistemas políticos de la región, y jugó un papel instrumental decisivo en el afianzamiento de la fachada democrática del régimen, donde la alternancia política sigue estando a día de hoy completamente descartada.
Así, bajo el Gobierno Mahathir, el andamiaje UMNO-BN ganó todas las elecciones legislativas federales y siempre con mayorías de más de dos tercios de los escaños. Igualmente, salvo alguna excepción, controló las asambleas de los estados. Con una rutina de procedimiento al más puro estilo del parlamentarismo británico y sin excesivos alborotos desde la oposición, tradicionalmente poco combativa y carente de líderes fuertes, por la flagrante asimetría de las reglas del juego, el oficialismo se impuso cómodamente en los comicios del 22 de abril de 1982, 3 de agosto de 1986, 21 de octubre de 1990, 24 de abril de 1995 y 28 de noviembre de 1999, al cabo de los cuales Mahathir, nunca sometido al veredicto directo de las urnas no obstante regir más como el cabeza de una república presidencialista, fue puntualmente renovado en su puesto.
No teniendo necesidad de recurrir al fraude grosero en los procesos electorales, Mahathir se encargó de mantener debilitados a los partidos de la oposición parlamentarias -a saber, el Islámico Pan-Malasio (PAS), el de Acción Democrática (DAP, prochino), el Unido de Sabah (PBS) y, últimamente, el de la Justicia Nacional (Keadilan)- privándoles de espacios de difusión, impidiéndoles los vínculos con el mundo empresarial y financiero y, sobre todo, sometiendo a sus dirigentes a arbitrarias interdicciones al amparo de la polémica Ley de Seguridad Interna de 1960, que faculta al Gobierno, entre otras medidas de excepción constitucional, para practicar arrestos sin cargos y por tiempo indefinido.
Esta legislación especial perdió su razón de ser a comienzos de los años noventa, cuando desaparecieron los últimos focos de subversión de la guerrilla del Partido Comunista en Malaya, pero Mahathir no tuvo empacho en mantenerla para apretarle las tuercas a una oposición parlamentaria que, hay que recalcarlo, ni era fuerte ni se sentía atraída por las fórmulas insurreccionales. Estas cortapisas a las garantías fundamentales, amén de las severas restricciones impuestas a la libertad de información (inclusive el control y censura a posteriori por el Gobierno de toda difusión audiovisual), las dirigió personalmente Mahathir en tanto que, también, ministro del Interior.
El estilo enérgico, si no arrogante y personalista, del primer ministro no dejó de provocar contestanciones en en el seno de la misma cúpula del partido, donde algunos dirigentes veían problemas para conciliar el estilo de Mahathir con la tradición política del compromiso y el consenso, a la que se habían ajustado absolutamente, con sus maneras suaves y patriarcales, todos los presidentes anteriores. La impugnación más sonada fue la del ministro de Comercio y Finanzas, Tengku Razaleigh Hamzah, quien en abril de 1987 salió a disputarle la presidencia de la UMNO en la elección de cargos orgánicos celebrada en la Asamblea General del partido.
El 24 de abril Mahathir derrotó a Hamzah por un apurado margen de votos (761 contra 718) y en julio el primer ministro no se privó de destituir del Gobierno a aquellos ministros que habían osado alinearse con Hamzah, entre ellos los titulares de Exteriores, Rais Yatim, y Defensa, Abdullah Ahmad Badawi. En cuanto a Hamzah, optó por abandonar la UMNO y pasarse a la oposición al frente de su propio partido, Semangat '46, que obtuvo unos resultados muy mediocres en las elecciones de 1990 y 1995.
Indisociable de este firme arraigo en el poder político fue en Mahathir su identificación con la prosperidad económica alcanzada por la nación asiática. Durante su prolongado gobierno tuvo lugar el salto de Malasia desde el estatus de país de desarrollo medio, con una estructura económica basada en la exportación de materias primas vegetales (caucho natural, aceite de palma, madera) y minerales (estaño, petróleo), al de País de Reciente Industrialización (NIE) con una estructura más equilibrada y diversificada.
Así, entre finales de los años ochenta y comienzos de los noventa Malasia pasó a basar en las manufacturas, sobre todo los componentes electrónicos, el grueso de sus ingresos por divisas de exportación, y a lo largo de la última década del siglo el sector industrial y el sector servicios fueron copando la estructura productiva en detrimento de la agricultura. Simultáneamente, avanzó la privatización de empresas del sector público -el cual, empero, nunca tuvo en Malasia el peso que llegó a alcanzar en otros muchos países en vías de desarrollo que se emanciparon del colonialismo europeo- y se llegó a la total liberalización de las inversiones extranjeras
A Mahathir, que en octubre de 1989 hospedó a la 29ª Reunión de líderes de la Commonwealth, le cupo la satisfacción de la adjudicación a Malasia por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) del codiciado rango de Economía Asiática Dinámica (DAE), a la par que Tailandia y uniéndose a Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong, siendo éstos los célebres cuatro dragones de la región. Con una tasa media de crecimiento anual, absolutamente fundada en las exportaciones no tradicionales, por encima del 8% entre 1989 y 1998, Malasia pudo alardear en estos años de un crecimiento sostenido bastante espectacular que le situó como un quinto dragón asiático en ciernes.
Nacionalista ambicioso y estadista susceptible ante las críticas, sobre todo si provenían del extranjero, Mahathir se ufanó de haber convertido la otrora subdesarrollada y campesina Malasia en un emporio regional de las telecomunicaciones y las operaciones financieras basadas en las nuevas tecnologías. Una síntesis, presuntamente feliz, de capitalismo de mercado, parlamentarismo islámico y valores asiáticos cuyo símbolo habrían venido a ser las Torres Petronas, los rascacielos más altos del mundo, inaugurados en 1997.
Comprometiendo a veces su imagen de dirigente moderado del mundo islámico, en todos estos años Mahathir aprovechó la complacencia de los países occidentales, satisfechos con las bondades económicas y la proverbial estabilidad del sistema político y social malayo, para elevar la voz en el concierto internacional y protagonizar no pocas polémicas. Cuando la crisis del Golfo de 1990-1991, condenó la invasión irakí de Kuwait, pero luego se negó a aportar efectivos militares a la coalición internacional liderada por Estados Unidos, una suerte de encaje de bolillos diplomático que consiguió escamotear argumentos de propaganda a los radicales musulmanes de casa.
Por la misma razón, el primer ministro años después no tuvo reparos en suministrar cientos de soldados a los contingentes de pacificación de la ONU en Bosnia-Herzegovina y Somalia, jugando de nuevo una carta de la solidaridad islámica que apuntaba a ciertas aspiraciones de liderazgo sobre el conjunto del mundo islámico, rivalizando, por ejemplo, con las monarquías árabes del golfo Pérsico que dependían exclusivamente del petróleo y que no ofrecían otro cauce político a sus gobernados que la dictadura absolutista.
Paladín de la cooperación Sur-Sur y vigorizador incansable del muy devaluado Movimiento de Países No Alineados (MNA), el dirigente malasio se comportó como un socio indócil de Estados Unidos y el Reino Unido, que le brindaron sendas asistencias en materias de defensa y de seguridad a cambio de grandes oportunidades de negocio para sus empresas privadas, y como un portavoz pugnaz de las causas musulmana y tercermundista, amén de adoptar posturas proárabes y propalestinas muy acusadas. Una de las tesis más conocidas que esgrimió sostenía que los valores musulmanes son de validez universal, mientras que los que caracterizan a Occidente sólo serían aplicables en estos países, luego rechazaba cualquier reconvención a Malasia sobre todo lo que tuviera que ver con los Derechos Humanos.
Mahathir, también, no se cansó de apelar a una reafirmación de lo asiático como espacio geográfico y cultural. En diciembre de 1990 el primer ministro formuló en el seno de la Cooperación Económica de Asia-Pacífico (APEC) el concepto de Grupo Económico del Este Asiático (EAEG), que él entendía como un organismo de cooperación económica estrictamente asiático, incluyendo a los dos gigantes de la región, Japón y China, y excluyendo a los países desarrollados anglosajones de América (Estados Unidos y Canadá) y Oceanía (Australia y Nueva Zelanda), capaz de dar respuesta a aquellos bloques comerciales con salvaguardias proteccionistas, con el Mercado Común Europeo a la cabeza. Sobre la propuesta del primer ministro flotaba el desengaño por cómo se estaban desarrollando las negociaciones de desarme arancelario en la Ronda Uruguay del GATT en lo concerniente a los productos agrícolas exportados por los países menos desarrollados.
En aquella ocasión, Estados Unidos intervino inmediatamente para frustrar una iniciativa que se oponía al concepto meramente librecambista, sin connotaciones culturales o étnicas, del Pacific Rim que la potencia norteamericana deseaba trasladar a los hechos, y que sugería la génesis de esa "Asia fortaleza" tantas veces vista como un escenario amenazador para los intereses estratégicos de Washington. Irritado por la reformulación de la APEC como una entidad institucionalizada bajo la égida estadounidense y susceptible de brindar membresía a cualquier Estado ribereño del océano Pacífico, Mahathir boicoteó la primera cumbre de jefes de Estado y de Gobierno, celebrada en Seattle en noviembre de 1993 y teniendo al presidente Bill Clinton de organizador.
Mahathir pasó entonces a librar sus batallas de regusto geopolítico en el seno de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), organización que sí presentaba una homogeneidad asiática y que, superando con mucho en veteranía a la APEC, iba bastante más avanzada que ésta en los objetivos de culminar la remoción de las barreras, arancelarias y no arancelarias, al trasiego interno de bienes y servicios.
Así, en enero de 1992 la ASEAN decidió comenzar a aplicar su propia Área de Libre Comercio (AFTA) a partir de enero de 1993 y en el plazo de 15 años. Posteriormente se consideró factible culminar el proceso entre 2000 y 2003, y, finalmente, el AFTA fue un hecho para los seis países fundadores de la ASEAN el 1 de enero de 2002, momento en que el 96% del comercio interno se hacía con tarifas de aduana comprendidas entre el 0 y el 5%, si bien entonces ya hacía dos años que el 90% de los productos estaba afectado por este ranto de tasas bajas o nulas. En cuanto a la APEC, su II Cumbre, celebrada en Bogor, Indonesia, el 15 de noviembre de 1994, a la que sí asistió Mahathir, se trazó el objetivo del completo desarme arancelario al comerncio interno no antes de 2010.
Sin embargo, en el ámbito de la ASEAN el EAEG fue acogido también con escepticismo y el concepto hubo de reciclarse, dando lugar a la Reunión Económica del Este Asiático (EAEC), consistente en un foro de consultas informales entre naciones del sudeste asiático con el fin de alcanzar un consenso que les permitiera hablar con una sola voz en las conferencias comerciales internacionales.
Después de muchas deliberaciones, la EAEC fue endosada por la ASEAN en diciembre de 1995 en la V Cumbre de jefes de Estado y Gobierno que tuvo lugar en Bangkok, y su implementación asomó con el estreno de la fórmula ASEAN+3, que incorporó al diálogo a China, Japón y Corea del Sur, en la II Cumbre informal de la organización, celebrada precisamente en Kuala Lumpur, del 14 al 16 de diciembre de 1997. Entonces, acababan de ingresar como miembros plenos Laos y Myanmar, este último país no obstante estar regido por una dictadura militar universalmente vituperada y, además, estar sometido por Estados Unidos a un régimen de sanciones.
El controvertido ingreso de Myanmar en la ASEAN fue otro frente de pugna librado por Mahathir casi como una cuestión personal: haciendo una lectura interesada del código de la organización de no interferir en los asuntos internos de los estados miembros, el dirigente malasio usó la controvertida luz verde a la solicitud de ingreso de un gobierno que violaba masivamente los Derechos Humanos como una demostración de la independencia de criterio de los países de la ASEAN. Por lo demás, a la histórica cita de Kuala Lumpur asistieron el primer ministro nipón, Ryutaro Hashimoto, y el líder comunista chino, Jiang Zemin, un estadista receptivo a las tesis de Mahathir de reaccionar frente a la preponderancia económica de Estados Unidos.
Después de que todo Extremo Oriente se sumiera en una gravísima crisis financiera y monetaria en el segundo semestre de 1997 y que Malasia encajara de lleno las ondas de choque de esta conmoción por su excesiva dependencia de los mercados exteriores, Mahathir vio peligrar los florones propagandísticos de su régimen. A lo largo de 1998 atajó por lo sano con un rosario de medidas económicas expeditivas, aunque no pudo evitar que el año terminara con una recesión brutal, el -6,8% del PIB, y el hundimiento de la actividad bursátil.
Resuelto a retornar a la senda del crecimiento sostenido conteniendo las presiones inflacionistas y logrando presupuestos superavitarios, su gobierno redujo drásticamente el gasto público como respuesta al endeudamiento rampante y la fuerte caída de los ingresos fiscales, rescindió los contratos laborales de decenas de miles de trabajadores extranjeros (que tuvieron de retornar a sus países de origen), podó las plantillas en la función pública nacional, decretó el control de los tipos de cambio para impedir la especulación y emprendió el saneamiento y reestructuración del diezmado sector bancario mediante un proceso de capitalizaciones y fusiones de las entidades aquejadas de iliquidez.
Más allá de las recetas intervencionistas anticrisis, Mahathir aprovechó el revuelo económico para arremeter contra los gobiernos occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, cargángoles con toda la culpa por la debacle asiática, por más que la crisis había expuesto crudamente los déficits estructurales y las bases engañosas del cacareado desarrollo de los países DAE. El primer ministro acusó a Occidente de propiciar un modelo de globalización desregulado que otorgaba plena libertad de acción a unas "fuerzas de mercado" y a un "capital electrónico" cuyo único objetivo era maximizar los beneficios.
También acusó a los "organismos supranacionales controlados por los países occidentales" de tratar de imponer sus métodos al resto del mundo, en abierta desconsideración de los principios de la soberanía nacional, y se jactó de que Malasia, en esta hora de convalecencia económica, persistiera en rehusar tomar la "amarga medicina" prescrita por el FMI, dado que aquella era "más peligrosa que la enfermedad" que pretendía curar. Para Mahathir, la exhortación fondomonetarista a devaluar vigorosamente las monedas golpeadas por las turbulencias financieras constituía una "interferencia destructiva" y un "sabotaje" a los esfuerzos de los gobiernos.
En otro ámbito, cuando la crisis de Timor Oriental, a finales del verano de 1999, Kuala Lumpur intentó impedir que fuera Australia, y no un grupo de países asiáticos, quien encabezara la Fuerza Internacional (INTERFET), operativo militar de emergencia que el 20 de septiembre empezó a desplegarse en la ex colonia portuguesa para frenar las matanzas de civiles cometidas por las milicias proindonesias y para preparar el terreno a una misión de la ONU y la creación de una administración provisional hasta el acceso a la independencia.
A Mahathir le desagradó profundamente que los australianos anglosajones hicieran este ejercicio de potencia regional y se responsabilizaran de liderar los esfuerzos internacionales para llevar la seguridad y el orden a un foco agudo de tensión en el sudeste de Asia, tal que en lo sucesivo iba a realizar una serie de comentarios despectivos sobre el primer ministro del Gobierno de Canberra, John Howard.
Los llamamientos del primer ministro a "arbitrar" y a "regular" severamente las transacciones financieras, llegando a la completa prohibición en el caso de las puramente especulativas, fueron, de alguna manera, la expresión de un estado de ánimo que se proyectó sobre todo en la política doméstica. Ciertamente, la oposición pagó con una nueva oleada de atropellos policiales y procesales la irritabilidad de un gobernante cuyo talante autoritario e intolerante se hizo más nítido ahora. La represión de los delitos contra la moralidad sexual (parejas de hecho, prostitución, homosexualidad) de inspiración religiosa se acentuó asimismo y tomó el cariz totalitario imperante, por ejemplo, en la vecina Singapur.
Pero el principal cabeza de turco de las frustraciones económicas y políticas, ya que, a imitación de lo sucedido en Yakarta con la caída en mayo de 1998 del dictador indonesio Suharto (que traspasó a su colega malasio el registro del mandatario no monarca más veterano de Asia), las calles de Kuala Lumpur pasaron a ser el altavoz de la reformasi (reformas), lo señaló el autócrata en la misma cúpula del poder: su viceprimer ministro y teórico delfín, Anwar bin Datuk Ibrahim.
Otrora un líder de la juventud islamista no fundamentalista con un pasado carcelario por sus actividades militantes, Anwar en 1982 había sido astutamente captado por Mahathir para la UMNO, consiguiendo desactivar un segmento de la oposición especialmente inquietante por competir con el poder en un terreno, el religioso, que se deseaba monopolizar.
Sucesivamente promocionado en el partido y el Gobierno, en febrero de 1991 Anwar se convirtió en ministro de Finanzas y finalmente, entre noviembre y diciembre de 1993, en presidente adjunto del partido, viceprimer ministro del Gobierno y, por ende, en número dos del régimen en sustitución de Tun Ghafar Baba, un político de bajo perfil. En su ascenso irresistible, Anwar se acompañó de una cohorte de camaradas, los "jóvenes turcos" de la UMNO, según la expresión usada por los comentaristas de prensa, o el "Equipo de la Visión", tal como ellos mismos se describían, cuyo estilo agresivo y militante conmovió a los cuadros de edad y tradicionalistas del partido.
Sin embargo, parece que Anwar debió extralimitarse en sus ambiciones, salirse del guión establecido o suscitar el debate de la sucesión de Mahathir a destiempo. En primera lectura de lo sucedido, diferencias sobre la política económica (rechazo al intervencionismo preconizado por el primer ministro) y, supuestamente, su aliento a reformas de naturaleza democrática precipitaron el 2 de septiembre de 1998 la destitución de Anwar de todos sus puestos en el Gobierno, a la vez que se decretaba la inconvertibilidad de la moneda nacional, el ringgit, seguida de su expulsión del partido el 4 de septiembre. El 20 de septiembre, después de encabezar una gran manifestación oposicionista coincidiendo con la visita de la reina Isabel II de Inglaterra, Mahathir fue detenido de muy malos modos por la Policía y metido entre rejas.
El escándalo llegó a un clímax desagradable cuando Mahathir en persona informó a la nación que Anwar estaba "moralmente incapacitado" para ejercer sus funciones porque era un homosexual que había cometido el delito de sodomía, amén de un corrupto. Anwar se revolvió tildando estas imputaciones de invenciones y presentándose como la víctima de una conspiración política orquestada personalmente por el primer ministro con el único objeto de eliminarle de la vida pública.
Impertérrito ante el enorme revuelo levantando tanto en el interior, donde el carismático ex islamista se convirtió en un mártir de la causa democrática (con la que dudosamente pudo identificársele mientras fue parte importante del poder establecido), como en el exterior, sobre todo en el área ASEAN, Mahathir llevó hasta el final una operación que pudo haberle costado un precio político insospechado. En noviembre de 1998 Anwar fue llevado a juicio por las acusaciones de sodomía y conspiración para encubrir sus actividades homosexuales, si bien el primer pliego de cargos hubo de ser revisado ante lo endeble de las pruebas aportadas por el fiscal, básicamente el testimonio de un hermano de adopción y un asistente del acusado, sobre que habían consentido que Anwar les sodomizara.
Se habló de testigos torturados para que incriminaran falsamente a Anwar (quien también recibió malos tratos de sus carceleros, según indicaban las magulladuras con que compareció ante el tribunal), y de hecho los dos testigos de la acusación luego se retractaron y alegaron haber sido coaccionados bajo coacciones físicas. Entre tanto, en enero de 1999, Mahathir nombró nuevo viceprimer ministro y delfín de hecho a Abdullah Badawi, quien poco después de su remoción ministerial en 1987 se había congraciado con Mahathir, desde 1991 venía sirviendo como leal ministro de Exteriores y que entre 1993 y 1996 había estado privado de una de las vicepresidencias del partido debido a la preponderancia adquirida por la facción de Anwar, un enconado rival por el liderazgo de la UMNO en el estado malayo de Penang. En cuanto a la vacante cartera de Finanzas, Mahathir la tomó para sí para asegurarse de que la nueva política económica fuera puntualmente implementada.
Con todo, la farsa judicial con el guión escrito de antemano continuó y el 14 de abril de 1999 Anwar fue declarado culpable de los delitos de corrupción y abuso de poder en relación con unos supuestos intentos de obstruir la investigación policial de su conducta sexual, por lo que recibió la condena de seis años de prisión. El 7 de junio siguiente el Tribunal Supremo le incoó otro juicio por nuevos cargos de sodomía (esta vez el sujeto de la práctica sexual ilícita habría sido el chófer de la familia) y el 8 de agosto de 2000 le aplicó una segunda condena de nueve años. Para las ONG Amnistía Internacional y Human Rights Watch, el de Anwar constituía un claro caso de prisionero de conciencia.
Desde Estados Unidos, la administración de Clinton expresó a las claras su opinión sobre el asunto de Anwar boicoteando la VI Cumbre de la APEC, primera de la organización auspiciada por Mahathir, celebrada en Kuala Lumpur los días 17 y 18 de noviembre de 1998. Pero el primer ministro salió inesperadamente airoso de la grotesca destrucción política y personal de su antiguo subalterno (cuya esposa, Wan Azizah, puso en marcha el partido Keadilan), quien le presentó como lo más parecido a un dictador hábilmente recubierto con la legitimidad del manto electoral y parlamentario. En los comicios generales del 28 y 29 de noviembre de 1999 el BN aguantó el tipo con el 56% de los votos y 148 de los 193 escaños de la Cámara de Representantes, esto es, de nuevo, una mayoría absoluta de dos tercios.
En estos resultados parece que pesó la confianza en las capacidades de Mahathir para sacar al país del profundo bache económico de un electorado conservador más interesado en su bienestar material que en sus libertades públicas. Ciertamente, el regreso de las inversiones, la estabilidad monetaria, la política expansionista del Gobierno y los altos niveles de las reservas de divisas coadyuvaron a la recuperación del PIB: 2000 cerró con un más que respetable 8,5% de crecimiento, con el que no podían ni fantasear las principales economías occidentales.
En 2001, el desplome de los mercados de exportación en el contexto de la deceleración económica internacional, agudizada por los atentados del 11 de septiembre, hizo que el crecimiento apenas despegara de cero. Pero el siguiente ejercicio anual cerró con una tasa positiva del 4,2% gracias a los altos precios cobrados por las manufacturas exportadas y el incremento de la producción nacional de hidrocarburos. En el bienio 2001-2002 el Gobierno malasio inyectó en la economía 1.900 millones de dólares.
Apaciguadas las repercusiones negativas del caso Anwar, Mahathir resurgió con fuerza ante paisanos y foráneos como el estadista taimado y ventajista que siempre había sido. Tras los ataques perpetrados en 2001 contra Nueva York y Washington por la red terrorista transnacional del fundamentalista saudí Osama bin Laden, Mahathir, como otros autócratas asiáticos, no dejó escapar la oportunidad de congraciarse un tanto con sus detractores occidentales poniéndose a la cabeza del discurso antiterrorista en Asia y erigiéndose en valioso aliado en el mundo islámico moderado.
El presidente estadounidense George W. Bush, sensible a estos activos, resolvió hacer borrón y cuenta nueva de las trifulcas libradas por Clinton y el 14 de mayo de 2002 recibió a Mahathir en la Casa Blanca para expresarle personalmente su gratitud por la solidaridad y el apoyo recibidos después de los atentados del 11 de septiembre, a pesar de que la primera fase de la operación militar Libertad Duradera, desde el 7 de octubre, contra la organización Al Qaeda de bin Laden y su principal aliado, el régimen talibán afgano, concitó la reprobación del malasio.
El 22 de junio de 2002 Mahathir, con vivas -e inusuales- muestras de emotividad, comunicó en un discurso durante la Asamblea General trianual de la UMNO (la 56ª de las anuales) su intención de renunciar en favor de Badawi para octubre de 2003, después de presidir en Kuala Lumpur la X Cumbre de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI). Los observadores indicaron que con este anuncio anticipado, Mahathir, que aseguró no aspirar a un rol asesor principal en la sombra, del estilo del disfrutado por el ex primer ministro Lee Kuan Yew en Singapur, envió un mensaje de tranquilidad a los mercados y preparó con suficiente antelación al partido para la transición ordenada del poder.
En el año largo que le quedaba hasta el abandono del poder, Mahathir sacó toda su artillería dialéctica y añadió nuevos capítulos a su largo historial de destemplanzas y vehemencias verbales en torno a los temas más candentes de la actualidad internacional, siendo así que su despedida política tuvo una antesala marcada por la controversia.
Aprovechando el protagonismo que le brindaba ser el anfitrión en Kuala Lumpur del 20 al 25 de febrero de 2003 de la XIII Cumbre del MNA, que le convirtió en presidente de turno de la organización, Mahathir se hizo eco de un sentimiento extendido entre las 114 delegaciones asistentes y acusó a Estados Unidos de disponerse a hacer la guerra contra Irak, no porque poseyera armas de destrucción masiva, cosa que puso en duda, sino porque se trataba de un país árabe y musulmán, añadiendo a modo de advertencia que un ataque contra el país regido por Saddam Hussein iba a ser percibido por los musulmanes de todo el mundo como una "acción antimusulmana en lugar de una acción contra el terror". Fuera de la cumbre, el primer ministro insistió en el punto de que la invasión de Irak (que finalmente comenzó el 20 de marzo) iba a traer más perjuicios que beneficios, a generar una "ola de rabia y amargura" en el orbe islámico, y que después habría "muchos más aspirantes a terroristas".
El 1 de junio Mahathir figuró entre los trece dirigentes de Oriente Próximo, África, Asia y Latinoamérica que participaron en el llamado "diálogo alargado" con los jefes de Estado y de Gobierno del G-8 en la localidad francesa de Evian, pero en este entorno se guardó de verter opiniones que incomodaran a sus interlocutores occidentales. De vuelta en Kuala Lumpur, del 17 al 21 de junio condujo la 57ª Asamblea General de la UMNO, en la que confirmó que su retirada política en octubre iba a ser completa e incluía la presidencia del partido; el viceprimer ministro Badawi sería el receptor de ambos puestos, y en cuanto a él, se convertiría en un "don nadie" político.
Ante 2.000 delegados extáticos que alternaban los vítores y los lloros, Mahathir hizo las intervenciones más apasionadas, emotivas y virulentas de su carrera. Dio gracias a Alá por haber dado "a este su esclavo insignificante" la oportunidad de liderar el partido y la nación, y pidió perdón a los presentes por los "errores" que hubiese podido cometer en todos estos años. Arremetió contra la "raza europea", que personalizó en los pueblos anglosajones de Europa, América y Australasia y a la que acusó de "belicista", "avariciosa" y "sexualmente desviada" por consentir las prácticas de la "sodomía, la homosexualidad y el sexo libre". También achacó a los europeos anglosajones la obsesión por imponer sus valores culturales al resto del mundo, incluida la "libertad ilimitada del individuo", y recordó que ellos habían intentado "colonizar tanto física como mentalmente" a los malasios.
La incontinencia verbal de Mahathir, que parecía estar resuelto a sincerarse sin medias tintas ante todo el mundo antes de la fecha señalada para su adiós, el 31 de octubre, no desaprovechó la ocasión para explayarse en las tres palestras internacionales que aguardaban en la agenda. El 25 de septiembre el primer ministro hizo en la Asamblea General de la ONU una de las alocuciones más duras nunca escuchadas en esa sala. Advirtiendo que estaba allí para "decir algunas cosas que es necesario que se digan", identificó a la ONU como una organización en trance de desmoronamiento que se estaba poniendo "a la altura del barro" por su incapacidad para "proteger a los débiles y los pobres" y por dejarse manipular como una "marioneta" por las naciones ricas y poderosas.
Días más tarde la capital malasia volvió a engalanarse para un evento internacional, la X Cumbre de la OCI, que discurrió del 16 al 17 de octubre y que reunió a líderes de países aliados de Estados Unidos como el marroquí Mohammed VI, el egipcio Hosni Mubarak, el saudí Abdullah Al Sa'ud, el jordano Abdallah II, el afgano Hamid Karzai, el pakistaní Pervez Musharraf y la indonesia Megawati Sukarnoputri.
En esta ocasión Mahathir, que ya había irritado a la administración Bush por su llamamiento a que ningún país del mundo enviara tropas de ocupación a Irak a menos que hubiera un mandato claro del Consejo de Seguridad de la ONU, levantó una fenomenal polvareda al urgir a los estados musulmanes a unirse contra los judíos y valerse de "medios no violentos" para alcanzar la "victoria final".
En su minucioso alegato antijudío, Mahathir hurgó en muchas llagas cuando aseguró que "los europeos mataron a seis millones de judíos, pero hoy los judíos gobiernan el mundo por delegación". También manifestó que los judíos habían "inventado el socialismo, el comunismo, los Derechos Humanos y la democracia" para evitar las persecuciones y para hacerse con el control de los países más poderosos, y apostilló que "1.300 millones de musulmanes no pueden ser derrotados por unos pocos millones de judíos."
Estas declaraciones arrancaron las cerradas ovaciones de los participantes en la conferencia, de los que no pocos debieron de congratularse porque un líder musulmán se atreviera a decir en alto lo que ellos mismos pensaban. Pero fueron acogidas con muchas muestras de rechazo y condena en Estados Unidos, Europa y, naturalmente, Israel. Diversos gobiernos acusaron a Mahathir de emplear un lenguaje ofensivo, de inflamar las pasiones, de incitar al odio racial y de alentar el antisemitismo. Ante la avalancha de exigencias de rectificación, el ministro de Exteriores malasio, Hamid Albar, tuvo que salir en defensa del todavía su jefe asegurando que los comentarios sobre los judíos habían sido tomados "fuera de contexto" y que Mahathir había dejado claro que la fortaleza de los países musulmanes debía construirse sin violencias.
Mahathir tuvo su última participación internacional con motivo de la XI Cumbre de la APEC, en Bangkok el 20 y 21 de octubre. En este foro, el líder malasio, que no aparentaba ni remotamente su cercana condición de octogenario, volvió a lanzar invectivas contra Occidente, el capitalismo especulativo y los aspectos uniformizadores de la globalización. Allí estaba Bush, y el presidente norteamericano le llamó a una sala aparte para transmitirle su malestar por los explosivos comentarios del 16 de octubre sobre los judíos, que calificó de "erróneos", "innecesarios" y "motivos de división".
Mahathir quitó hierro a su breve encuentro privado con Bush en la capital tailandesa, que presentó el aspecto de una llamada a capitulo, pero el caso fue que el último día de la cumbre un periódico de Bangkok publicó una entrevista concedida la víspera en la que el primer ministro no sólo no se mostraba arrepentido de lo dicho, sino que volvía a la carga con las catilinarias contra los judíos, a los que adjudicó una gran "arrogancia" por atreverse a desafiar al mundo: "incluso si la ONU les dice que no, ellos siguen adelante", afirmó.
Al día siguiente, 22 de octubre, Mahathir lanzó otra andanada de sarcasmos desde Java, poniendo en la picota a "esos preclaros exponentes de la democracia" que "van por ahí aterrorizando al mundo", "lanzando represalias viciosas y masivas que no sólo matan a los sospechosos de ser terroristas, sino también a sus familias, a su hogar y a su pueblo".
Sin embargo, en Estados Unidos no estaban dispuestos a pasar por alto esta cascada de censuras en quien, a fin de cuentas, era un socio comercial y un aliado en la lucha contra el terrorismo (lo que hacía tanto más insólita y singular la actitud de Mahathir), y el 27 de octubre el Senado aprobó la retención de ayuda militar a Malasia por valor de 1.200.000 dólares hasta que el Departamento de Estado certificara que el Gobierno de Kuala Lumpur estaba promoviendo la libertad religiosa, inclusive la tolerancia con el judaísmo. A Mahathir le sobró tiempo para destacar lo irrisorio de la ayuda militar de Estados Unidos y para felicitar a los congresistas de Washington por haberse ahorrado esa partida económica.
El 31 de octubre tuvieron lugar las ceremonias del traspaso de poderes a Badawi, que permitieron a Mahathir darse un baño de multitudes y ser vitoreado como el forjador de la moderna Malasia. El ya ex primer ministro informó que se disponía a emprender unas vacaciones en Europa antes de instalarse en su residencia de Putrajaya, al sur de Kuala Lumpur, donde se dedicaría a escribir sus memorias y a prestar asesoría al Gobierno, si ésta era requerida. La impresión general es que Mahathir ponía fin a su carrera política en plenitud de facultades físicas e intelectuales, estampa totalmente inusual en una región que ha conocido innumerables gerontócratas a caballo entre la lentitud de reflejos y la senilidad.
El estadista malasio, casado con una compañera de profesión médica, Siti Hasmah Ali, y padre de siete hijos, ha publicado hasta ahora los siguientes libros: The Pacific Rim in the 21st Century: Alliances and Collaborations in the Asia-Pacific (1995); The Challenges of Turmoil (1998); A New Deal for Asia (1999); Islam & The Muslim Ummah (2001); Globalisation and the New Realities (2002); y, Reflections on Asia (2002).
(Cobertura informativa hasta 1/12/2003)