1. De tecnócrata en Sverdlovsk a adalid de la perestroika en Moscú
2. Cabeza de los reformistas radicales y ruptura con el PCUS y Gorbachov
3. Líder de la resistencia democrática al golpe de 1991
4. Descarte de una Unión renovada para la nueva Rusia
5. Terapia de choque económica y debut internacional de alto perfil
6. Desavenencias en la CEI y tensiones en la Federación
7. Duelo con los diputados por el curso de las reformas
8. Choque armado con el Parlamento y victoria pírrica de Yeltsin
9. Concentración de poderes y respaldo limitado en las urnas
10. Reafirmación diplomática y viraje nacionalista
11. Enfoque neoimperial de la CEI y la guerra de Chechenia
12. Reválida electoral y el factor Lébed
13. Concurrencias y desencuentros con Occidente
14. Trasiego de primeros ministros y convulsiones económicas
15. El liderazgo fluctuante de un presidente convaleciente
16. Coligados y remisos en el seno de la CEI
17. El final de la búsqueda de un heredero del Kremlin
18. Fallecimiento y reacciones internacionales
1. De tecnócrata en Sverdlovsk a adalid de la perestroika en Moscú
Hijo de campesinos empobrecidos, probablemente víctimas de las colectivizaciones forzosas decretadas por Stalin (ni las biografías oficiales ni las memorias publicadas aclaran suficientemente este punto), su infancia transcurrió en el
koljoz (granja colectiva) local y en el complejo industrial de Berezniki, cerca de Perm, a donde su padre hubo de desplazarse para trabajar. La precariedad económica de la familia obligó al joven a compaginar sus estudios escolares con diversos trabajos.
En 1955 se sacó el título de ingeniero de la construcción en el Instituto Politécnico de los Urales, en la ciudad de Sverdlovsk (hoy Yekaterinburgo), y año siguiente contrajo matrimonio con Naina Iosifovna Girina, antigua compañera de estudios con la que tuvo dos hijas, Yelena (en 1957) y Tatyana (en 1959). Mientras estuvo en el Instituto su pasión por el voleibol le llevó a entrenar el equipo femenino del centro y a jugar en la primera división soviética de esta especialidad deportiva.
Durante 14 años Yeltsin trabajó en el complejo metalúrgico Uraltiazhtrubstroi, uno de los más grandes de la República Socialista Federativa Soviética Rusa (RSFSR), experimentando las sucesivas categorías profesionales (obrero, encargado, jefe de sección) hasta llegar a ingeniero jefe y director de construcción de diversas plantas industriales. En 1961 se convirtió en miembro del Partido Comunista de Rusia (PCR), rama republicana del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), y se encuadró en su comité regional de Sverdlovsk.
En 1969 fue elevado a encargado del sector de la construcción en dicho comité, con lo que pasó a ejercer actividades administrativas. Luego entró en el Secretariado del Comité Central regional y en noviembre de 1976 la suprema instancia de partido, el Buró Político, le colocó al frente de aquel como primer secretario, esto es, jefe del partido en el óblast y en la práctica, debido a decadencia del mando de Leonid Brezhnev en el Centro, una suerte de procónsul regional con amplios poderes.
En los nueve años siguientes Yeltsin se destacó como un ferviente partidario de introducir reformas en las escalas organizativas de la primera región de la RSFSR en cuanto a producción metalúrgica. Gestor enérgico y exigente con sus subalternos, Yeltsin recibió con alborozo la elección en marzo de 1985 para la Secretaría General del PCUS de Mijaíl Gorbachov, a quien conocía bien como colega al frente del territorio de Stávropol y luego como responsable de Agricultura del Comité Central.
Yeltsin expresó su apoyo incondicional al ambicioso programa de reformas que contemplaba Gorbachov y éste le promocionó sucesivamente a dos importantes puestos de la jerarquía del partido en el Centro, los de secretario de la Construcción del Comité Central (en julio) y primer secretario del Comité Urbano de Moscú (en diciembre), en este caso sustituyendo al decrépito y corrupto Víktor Grishin. El 18 de febrero de 1986, como consecuencia inherente a sus altas atribuciones, Yeltsin fue nombrado miembro alterno del Buró Político del PCUS.
En los primeros años de la
perestroika (expresión que se refiere a la reestructuración del sistema socioeconómico), Gorbachov empleó a Yeltsin como punta de lanza de su proyecto político, con la complicada misión de poner orden y combatir los vicios incubados en la
nomenklatura comunista desde la época del estancamiento de Brezhnev: la incompetencia gestora, el servilismo a los mandos superiores, la desidia en el cumplimiento de los planes e, inevitablemente, la corrupción.
Yeltsin procedió como un elefante en una cacharrería: nombró un nuevo alcalde capitalino, renovó drásticamente las secretarías del Comité Urbano y las oficinas a sus órdenes en el Comité Central e incluso verificaba in situ si sus disposiciones sobre la reparación de averías o el suministro de productos eran aplicadas. Pronto se erigió en el martillo de conservadores y corruptos de cualquier instancia de poder, incluidas las más elevadas del partido, y en el adalid de los aspectos más audaces de las reformas políticas y económicas en curso, sobrepasando en determinación al propio Gorbachov, quien nunca imaginó que un jefe del partido se valiera de la
glasnost, la política de apertura informativa inseparable de la perestroika, para vocear sus diferencias con otros jerifaltes: hasta entonces, las trifulcas internas se habían disputado y zanjado estrictamente entre las cuatro paredes de las salas de reuniones del Comité Central y el Buró Político.
Su personalidad arrolladora le granjeó a Yeltsin una popularidad inmensa entre la gente de la calle, con la que, algo insólito en un jerarca del partido, solía mezclarse para escuchar y compartir sus denuncias y quejas, pero también muchas animosidades en un aparato donde abundaban aún los enemigos de la reforma. Ya en 1986 fue dado de baja como secretario de la Construcción en el Comité Central, pero éste se trataba de un puesto básicamente burocrático que no menoscabó el perfil fuertemente político que aportaba la jefatura del partido en Moscú.
Las reprobaciones continuaron y el 21 de octubre de 1987 Yeltsin pronunció un duro discurso en el pleno del Comité Central en el que denunció los privilegios de la
nomenklatura y las trabas puestas a la perestroika. La desacostumbrada catilinaria en el corazón del poder soviético tuvo consecuencias fulminantes. El aparato del partido, irritado por las acusaciones, presionó a Gorbachov para que retirara su apoyo a Yeltsin y el 11 de noviembre aquel consintió su doble destitución como miembro suplente del Buró Político y primer secretario del Comité Urbano de Moscú (efectivas el 2 de diciembre).
La defenestración de Yeltsin tuvo elementos escenificados con el propósito de humillarle y además coincidió con una dolencia cardíaca (fue sacado del hospital para recibir comunicación personal de su cese en el Buró Político), lo que le impidió plantear una argumentación de defensa. Con todo, Gorbachov, pese a la creencia inicial, no le apartó totalmente de la escena destinándole a un puesto burocrático en provincias, sino que le nombró primer vicepresidente del Comité Estatal para la Construcción (Gostroi), cargo de rango ministerial de importancia relativa y decididamente técnico.
2. Cabeza de los reformistas radicales y ruptura con el PCUS y Gorbachov
Yeltsin nunca iba perdonar a Gorbachov que le sacrificara en aras de la estabilidad del partido, pero ha cambio acrecentó su popularidad interior y se acreditó internacionalmente como la primera víctima de la perestroika por su flanco izquierdo. Tras un semestre apartado de la escena, el 28 de junio de 1988 Yeltsin reapareció como delegado de la república autónoma rusa de Carelia en la XIX Conferencia del PCUS, donde abogó inútilmente por su rehabilitación política. Al cabo de otro año en el ostracismo resucitó definitivamente con motivo de las elecciones del 26 de marzo de 1989 al primer Congreso de Diputados Populares de la URSS (CDPU), el nuevo superparlamento soviético ideado por Gorbachov como la suprema institución legislativa de la Unión.
Yeltsin se postuló por la circunscripción de Moscú para optar a uno de los 1.500 escaños (sobre 2.250) abiertos al sufragio universal y, personificando para el público extranjero las grandes victorias obtenidas por los reformistas (incluidos el político moscovita Gavril Popov y el Premio Nobel de la Paz y veterano disidente Andrei Sájarov), se deshizo del candidato oficial del partido, Yuri Brakov, con el 89,6% de los votos.
Tras asumir como diputado popular (lo que llevó implícito su cese como ministro del Gobierno por incompatibilidad), en las elecciones internas que se organizaron el 27 de mayo Yeltsin optó a un escaño del Soviet de las Nacionalidades del Soviet Supremo; privado del mandato popular esta vez, perdió la elección, pero tres días después se aseguró el puesto al cederle el suyo el reformista Yuri Kazánnik, quien dimitió sólo para tal fin.
Días después Yeltsin fue elegido presidente del Comité del Soviet Supremo para los asuntos de la Construcción y por ende miembro del Presidium de la cámara. Dispuesto a dar batalla a los conservadores del partido, el 30 de julio levantó con Popov, Sájarov, Yuri Afanásiev y otros destacados reformistas el Grupo Interregional de Diputados, primera fracción organizada dentro del PCUS y portavoz de las demandas de descentralización, pluralismo y reforma económica.
La opinión pública internacional estaba cada vez más interesada en las opiniones de un comunista con carnet que fustigaba al partido con más virulencia que cualquiera de los disidentes de antaño, y en septiembre de 1989 Yeltsin realizó una gira por Estados Unidos invitado por organizaciones sociales y universidades, en la que fue recibido por el presidente George Bush.
A comienzos de 1990, tras el derrumbe de los regímenes socialistas de Europa del Este, la plataforma yeltsinista redobló sus premuras y advertencias a Gorbachov para que diera un impulso decisivo a la estancada perestroika con reformas económicas radicales, aboliera del artículo 6 de la Constitución soviética de 1977 que consagraba el monopolio político del PCUS, modernizara y profesionalizara del Ejército y el KGB, introdujera la libertad de cultos, etc. Gorbachov propició las decisiones del Comité Central del partido (el 7 de febrero) y del CDPU (13 de marzo) de aprobar la segunda de aquellas medidas, pero se mostró reluctante al resto.
La transición al pluralismo político tuvo un tercer jalón en las primeras elecciones por sufragio universal al Soviet Supremo de la RSFSR, el 4 y el 18 de marzo de 1990. Los partidos políticos seguían ausentes, pero la presentación de listas de candidatos con programas definidos y plataformas ideológicas dispares, más el hecho de que, a diferencia de las elecciones al CDPU, no hubo reserva de escaños para la votación indirecta, confirieron a estos comicios un innegable regusto democrático. El grupo reformista de Yeltsin volvió a cosechar rotundas victorias sobre los candidatos oficiales y él mismo salió elegido diputado por su Sverdlovsk natal con el 84,4% de los votos. El 29 de mayo el Soviet Supremo le eligió presidente del Presidium sustituyendo a Vitali Vorotnikov.
Convertido en el primer líder de Rusia -con mucha diferencia, la más importante república de la URSS- legitimado en las urnas, Yeltsin asumió abiertamente el liderazgo de la
izquierda del PCUS, al que exigió, bien su transformación en un partido democrático al estilo de los extintos partidos hermanos de Polonia, Hungría o Alemania Oriental, bien la aceptación de nuevas fuerzas políticas con las que tendría que competir en las siguientes convocatorias electorales.
Dio a Gorbachov, investido el 15 de marzo en el nuevo cargo de presidente de la URSS, una última oportunidad para avanzar por esta senda en el XXVIII Congreso del PCUS, y como advertencia el 12 de junio hizo aprobar por el Soviet Supremo de la RSFSR una proclamación de soberanía de las leyes rusas sobre las soviéticas, que de momento tenía una dimensión más declarativa que efectiva.
El XXVIII Congreso se desarrolló del 2 al 13 de julio de 1990 y no revistió la trascendencia que Yeltsin esperaba. A pesar de que destacados rostros de la vieja guardia conservadora fueron retirados del Buró Político (como Vorotnikov y en especial Yégor Ligachev, que había encarnado a la
derecha del partido en las tarascadas con Yeltsin), el aparato y Gorbachov no vieron motivo para hacer grandes transformaciones ideológicas o implantar un pluripartidismo con todas las consecuencias una vez que el pluralismo había sido legalizado. El penúltimo día del congreso Yeltsin y sus partidarios escenificaron su ruptura con Gorbachov y su baja en el partido abandonando aparatosamente el pleno de reuniones.
Yeltsin se consideró ahora en la oposición al PCUS y rival del Centro por la dirección del curso político, en lo que se advirtieron indicios de nacionalismo ruso. El Ejecutivo de la RSFSR entró en una guerra de decretos con el de la URSS para dotar de efectividad a la declaración de soberanía de junio a través del control de las reservas bancarias, diamantes, oro y minerales estratégicos situados en su territorio. Gorbachov hubo de recurrir al veto presidencial para evitar que las maniobras rusas para sustraerle sus competencias le convirtieran en un jefe del Estado soviético meramente nominal.
En septiembre los dos dirigentes acordaron una tregua para consensuar el denominado
Plan Shatalin de los 500 días, destinado a desmantelar los controles de la economía y hacer una rápida transición al sistema de mercado. El plan contemplaba la privatización de las empresas estatales y granjas colectivas, la liberalización de los precios, el estricto control financiero, la reforma del sistema bancario para la creación de líneas de crédito privado y la conversión del rublo.
Pero la presión conjunta del Comité Central del PCUS y los burócratas del Comité de Planificación del Estado (Gosplan) echó por tierra el proyecto en el mes de octubre, y el propio Gorbachov se decantó por las medidas de emergencia por la vía autoritaria. La alianza táctica de Gorbachov con los conservadores ensanchó el foso que le separaba de Yeltsin, que se consolidó como el único personaje político con el crédito necesario para imponer a la población los sacrificios inherentes al paso a la economía de mercado. Una parte considerable de los rusos percibió que mientras el refinado y cultivado Gorbachov aparecía bloqueado por sus contradicciones, Yeltsin, con sus maneras simples y directas, derrochaba dinamismo y sabía comunicar.
En los meses siguientes arreciaron el cruce de descalificaciones entre Yeltsin y Gorbachov (el primer llamó "dictador" al segundo, y éste le tachó a su vez de "derechista" y "neobolchevique") y la
guerra de leyes entre las instituciones de la RSFSR y la URSS (produjeron particular perturbación las iniciativas de Yeltsin para impedir la represión de los nacionalistas bálticos y crear unas fuerzas armadas sólo obedientes a Rusia), masivas manifestaciones populares de apoyo a uno y otro bando inclusive. Al comenzar marzo de 1991, la ruptura entre los dos centros de poder de Moscú parecía total y definitiva.
Tras proponer la creación de un partido fuerte de oposición al PCUS, Yeltsin aprovechó el referéndum del 17 de marzo en toda la URSS sobre el proyecto de una Unión renovada elaborado por Gorbachov para añadir una pregunta en la RSFSR sobre la creación del cargo de presidente de la República elegido por sufragio universal. Los votantes de Rusia aprobaron ambas cuestiones en un 71,3% y en un 69,9 % de los votos respectivamente, con lo que sus dos patrocinadores se sintieron vindicados.
Este resultado abrió la puerta a un nuevo acercamiento y el 23 de abril, apenas un mes después de que superara en el Soviet Supremo ruso una moción de censura planteada por la mayoría de diputados comunistas y tres semanas después de que el Congreso de Diputados Populares de Rusia (CDPR) le concediera poderes extraordinarios, Yeltsin y los presidentes de otras ocho repúblicas adoptaron con Gorbachov en Novo Ogarevo un pacto (denominado
9+1) por el que se comprometían a firmar cuanto antes un nuevo Tratado de la Unión que tendría que reescribir las relaciones entre el Centro y las repúblicas. La primera ganancia para el Gobierno ruso fue la transferencia por el soviético del control sobre las minas de carbón de Siberia, protagonistas de una nueva ola de huelgas en demanda de una mayor participación de los trabajadores en los beneficios económicos.
El Acuerdo de Novo Ogarevo significó un nuevo bandazo de Gorbachov, que esta vez se aproximó a los yeltsinistas y al campo de las reformas más progresistas a cambio de una "colaboración constructiva" para superar la gravísima crisis del Estado soviético, con una economía por la cuesta de abajo y los nacionalismos periféricos desgarrándolo por sus costuras. El 12 de junio Yeltsin ganó las primeras elecciones presidenciales directas en Rusia con el 57,3% de los votos frente a un elenco multicolor de contrincantes encabezado por el primer ministro soviético hasta enero, Nikolai Ryzhkov, candidato del PCR y ubicado en el
centro-derecha del PCUS.
Los apoyos incondicionales de la formación Rusia Democrática (RD, protopartido de signo radicalmente liberal y reformista liderado por Afanásiev y Nikolai Travkin, y que gozaba de una moderada mayoría en el Soviet Supremo republicano) y de los alcaldes Popov en Moscú y Anatoli Sobchak en Leningrado (ambos revalidados con masivas mayorías) hicieron posible este contundente respaldo en las urnas, que en la primera capital se tradujo en un arrollador 72% de los sufragios. El 10 de julio, coincidiendo con el V plenario del CDPR, Yeltsin prestó juramento como presidente de la RSFSR ante la Constitución y la Declaración de Soberanía republicanas y después cesó como diputado en los legislativos ruso y soviético. El político checheno Ruslán Jasbulátov le sucedió en la jefatura del Soviet Supremo.
En los días siguientes, Yeltsin saludó las iniciativas de Gorbachov de llevar al XXIX Congreso del PCUS, a celebrar en noviembre, una plataforma ideológica de signo socialdemócrata, y de su vicepresidente en Rusia, Aleksandr Rutskoi, jefe de la fracción Comunistas por la Democracia aliada a los yeltsinistas en el Soviet Supremo ruso, de crear el Partido Democrático de los Comunistas de Rusia (PDCR) como rival del PCR. El bando reformista acrecentó fuerzas con la suma del también flamante Movimiento por las Reformas Democráticas (MRD) capitaneado por los dos máximos rostros de la perestroika tras Gorbachov, el recién dimitido ministro de Exteriores,
Eduard Shevardnadze y el académico Aleksandr Yakovlev, que se habían separado de su jefe por apoyarse en los elementos reaccionarios del PCUS.
3. Líder de la resistencia democrática al golpe de 1991
El 4 de agosto, mientras el pluripartidismo se abría paso en Rusia y todo estaba a punto para la firma el día 20 del nuevo Tratado de la Unión, Yeltsin se atrevió a dar una nueva vuelta de tuerca en la transición democrática decretando la despolitización (en esencia la supresión de las células comunistas) de las Fuerzas Armadas y las organizaciones dependientes en el territorio de la RSFSR. Y el 15 de agosto exigió a Gorbachov la capacidad de designar al primer ministro, el ministro de Defensa y el ministro de Economía del Gobierno soviético que, como las demás instituciones, tendrían que renovarse tras la firma del Tratado de la Unión.
Pero todo dio un drástico viraje en la madrugada del lunes 19 de agosto cuando la cúpula del Ejecutivo, el Ejército y el KGB soviéticos, respaldados tácitamente, con su silencio y ambiguedad, por el Buró Político del PCUS y el Soviet Supremo, anunciaron la declaración del estado de emergencia en toda la URSS y la formación de un Comité Estatal que asumía plenos poderes "en vista de la imposibilidad de que Mijaíl Gorbachov", que según la versión conocida hasta hacía unas horas se encontraba en su dacha vacacional de Foros, en Crimea, a orillas del mar Negro, tomando un simple descanso, "pueda cumplir con sus funciones debido a su estado de salud".
El vicepresidente, Guennadi Yanáyev, se autoproclamó presidente en funciones mientras durase la supuesta enfermedad de Gorbachov y justificó la mudanza de poderes para, entre otros motivos, "evitar el caos y la anarquía" que amenazaban la "seguridad de los ciudadanos" y la "integridad territorial" de la URSS", "salvar la economía de la ruína" y "evitar la escalada del peligro de un amplio conflicto civil".
La reacción de Yeltsin, que, en un error incomprensible de los conspiradores, no fue arrestado y silenciado a las primeras de cambio (incluso tuvo comunicación telefónica sin ningún problema con los principales dirigentes mundiales), fue tan fulminante como decisiva para el curso de los acontecimientos. En síntesis, denunció que se había producido un golpe de Estado en toda regla, no un relevo amparado en la Constitución,
calificó de ilegal al Comité Estatal para el Estado de Emergencia y exigió tener acceso a Gorbachov para comprobar su estado de salud.
En la misma mañana del lunes 19 Yeltsin se hizo fuerte con sus colaboradores en el edificio del Parlamento ruso, la Casa Blanca. Desde allí salió brevemente a la calle para encaramarse sobre uno de los tanques enviados por los golpistas contra ellos y leer, ante las 20.000 personas que se habían concentrado en el lugar, una proclama condenando la destitución de Gorbachov, llamando a la huelga general indefinida y a la desobediencia civil en toda Rusia, y exhortando a los soldados movilizados a que desobedecieran a sus superiores.
De todas las repúblicas soviéticas, sólo Rusia y las tres bálticas condenaron el golpe y alentaron la resistencia civil. Por lo demás, la arenga televisada de Yeltsin, desafiante, jugándose el pellejo pero apercibido de la extraordinaria oportunidad histórica que se le brindaba -si el arriesgadísimo envite en estos momentos de confusión en que todo podía ocurrir le salía bien, su proyecto político ganaría un ímpetu formidable, como así fue-, subido en el carro de combate tras estrechar la mano del tanquista, dio la vuelta al mundo y se convirtió en una de las imágenes icónicas del último tramo del siglo XX.
La determinación de los demócratas galvanizados por Yeltsin ("la dictadura no pasará, pasará la democracia") y la ineptitud de los golpistas precipitaron el fracaso de la aventura involucionista en las primeras horas del miercoles 21. El asalto de la Casa Blanca por las tropas especiales del KGB, que parecía inminente en la noche del martes 20 y que, al parecer, tenía entre sus objetivos el asesinato de Yeltsin y la detención de sus principales lugartenientes, no tuvo lugar.
Después de contactar con Gorbachov a través de una delegación enviada a Foros (que se anticipó en unas horas a la comitiva de los golpistas) e integrada por Rutskoi, el primer ministro de Rusia Iván Siláyev, el miembro del Consejo Presidencial de la URSS
Yevguieni Primakov y el ex ministro del Interior de la URSS Vadim Bakatin, y de traerlo de vuelta a Moscú sano y salvo en la noche del 21, Yeltsin tomó el timón de los acontecimientos el jueves 22 con un torrente de
ukases concernientes a la RSFSR: la prohibición de todas las actividades del PCUS, de sus células en los acuartelamientos y la nacionalización de sus bienes, la supresión de la bandera roja con la hoz y el martillo de los edificios oficiales y la asunción de todas las empresas del Estado.
El viernes 23 impuso a Gorbachov, que disociado de lo que estaba sucediendo en la calle aún se resistía a aplicar reformas tan drásticas como definitivas, los nombramientos de personalidades
radicales en los ministerios de fuerza de la URSS: Yevguieni Shaposhnikov en Defensa, Víktor Barannikov en Interior (ya venía desempeñando la cartera en el Gobierno de la RSFSR) y Bakatin en el KGB. Yeltsin decretó también el cierre del diario
Pravda y acordó con Gorbachov una suerte de
bipresidencia de la URSS que incluía un mecanismo para sustituirse mutuamente en caso de necesidad durante una crisis.
El mismo día Yeltsin escenificó con Gorbachov lo que para muchos fue una revancha rumiada desde la defenestración de 1987: durante la sesión especial del Soviet Supremo de Rusia celebrada en la Casa Blanca le recriminó su responsabilidad en el intento golpista, por haber sido incapaz de detectar o abortar a tiempo la conspiración pergeñada por hombres que él había nombrado y en los que había confiado, y le humilló ante las cámaras de televisión obligándole a leer un documento probatorio de la complicidad de la práctica totalidad del Gobierno soviético en la conjura y blandiéndole el documento del ukase prohibiendo las actividades del PCUS.
El presidente soviético y todavía secretario general del PCUS hizo una patética defensa de su honorabilidad, insistió en que el partido no debía ser criminalizado en su conjunto y que su ilegalización constituiría un acto antidemocrático, y censuró la "histeria anticomunista" desatada. Yeltsin se mostró pletórico, sabedor de que la balanza de poder se había inclinado hacia él y de que Gorbachov había perdido una oportunidad única para reconciliarse con la sociedad y pilotar los cambios.
El vendaval anticomunista comenzado por Yeltsin en Rusia coincidió o estimuló similares medidas en toda la URSS y obligó a reaccionar a Gorbachov. El viernes 24, tras asistir por la mañana al multitudinario cortejo fúnebre por las tres víctimas civiles del golpe, Gorbachov anunció que dimitía como secretario general del PCUS, reprodujo los decretos de Yeltsin en el ámbito soviético y ordenó al Comité Central del partido que iniciara el proceso de su autodisolución.
Coronando la victoria total de Yeltsin, Gorbachov disolvió el Gobierno de la URSS y nombró a Siláyev al frente de un ejecutivo provisional llamado Comité de Administración Operativa de la Economía Popular, con la tarea urgente de enderezar los sectores básicos para el funcionamiento del Estado. Con sus disposiciones Yeltsin no sólo propició la desaparición de un pilar fundamental del Estado soviético, el Partido Comunista, sino que acaparó las instituciones de aquel con la clase dirigente y los órganos de poder rusos.
4. Descarte de una Unión renovada para la nueva Rusia
Desde el 26 de agosto Gorbachov recuperó algo de la iniciativa al deshacerse de cualquier alforja ideológica y concentrarse en asegurar la continuidad del Estado, amenazado por un rosario de declaraciones de independencia republicanas, y la transición a la democracia "sin más vacilaciones y retrasos".
Yeltsin aceptó negociar con él un nuevo Tratado de la Unión, más avanzado que el que se iba a firmar el 20 de agosto, que, entre otros aspectos, reconocía a las repúblicas el rango de estados soberanos con libertad de "asociarse, confederarse o federarse" y la facultad de concluir acuerdos bilaterales entre sí, definía un espacio económico común y una seguridad colectiva sobre la base de un Ejército y un mando militar estratégico unificados, y garantizaba los derechos y libertades de todos los ciudadanos.
Estas premisas, junto con un esquema institucional provisional hasta la firma del Tratado, la aprobación de una nueva Constitución y la celebración de elecciones democráticas presidenciales y legislativas, se asentaron en la denominada
Declaración de los Once (o
10+1, esto es, Gorbachov y diez presidentes republicanos, incluido Yeltsin) dada a conocer el 2 de septiembre. Yeltsin se avino gustoso a colaborar con el borrador institucional de Gorbachov, que le había sorprendido por su flexibilidad y progresismo. Aunque le recordó que en unas elecciones presidenciales "no tendría nada que hacer" ante él, rebajó las críticas por su actuación en el golpe de agosto ("sólo fue el presunto responsable") y añadió que ahora se "fiaba mucho más" del presidente soviético.
Durante unas semanas el pacto Yeltsin-Gorbachov pareció asegurar la viabilidad de un Estado ampliamente renovado e integrado por una mayoría de repúblicas. Avances en aquella dirección fueron: la aprobación por el CDPU (que acto seguido se autodisolvió) de las estructuras de poder transitorias, el 5 de septiembre; el reconocimiento por el nuevo Consejo de Estado soviético (en el que Gorbachov y los presidentes republicanos dirigían mancomunadamente las políticas internas y externas) de la independencia de las repúblicas bálticas, el 6 de septiembre; la suscripción por ocho repúblicas (las descolgadas ahora fueron Ucrania, Moldova y Azerbaidzhán) de un Pacto de Unión Económica, el 18 de octubre; la inauguración del período de sesiones del nuevo Soviet Supremo provisional (el anterior quedó disuelto el 29 de agosto), el 21 de octubre; y el anuncio por aquellas ocho repúblicas presentes en el Consejo de Estado de la sustitución de la URSS por una Unión de Estados Soberanos (UES) en cuanto se estampara el, aún sin fecha, Tratado constitutivo, el 14 de noviembre.
Ahora bien, en todo este tiempo Yeltsin no había dejado de captar para la todavía RSFSR competencias e instancias de poder de la URSS: el 6 de septiembre Gorbachov aceptó la transferencia en su momento a Rusia de todas las armas nucleares; el 22 de octubre la disolución del KGB dejó en manos de la república el control fáctico de los órganos de la otrora todopoderosa agencia de seguridad e inteligencia; la diplomacia rusa empezó a operar por su cuenta a través de acuerdos bilaterales con países con una vocación jurídica típicamente interestatal; y el Comité Económico Interrepublicano (CEI) puesto en marcha el 20 de septiembre bajo la dirección de Siláyev y con la misión de coordinar las políticas económicas de las repúblicas (el 14 de noviembre pasó a llamarse Comité Económico Interestatal) funcionó en la práctica como una prolongación del Gobierno ruso, decidiendo la supresión de varias decenas de ministerios y comités soviéticos.
Para finales de octubre Gorbachov ya se había apercibido del doble juego de Yeltsin, pero no le hizo blanco de críticas y tan sólo multiplicó las advertencias catastrofistas contra la desintegración de una URSS que, entramados normativos aparte, hacía aguas aceleradamente por la multiplicación de los focos separatistas y reluctantes a una Unión de nuevo cuño. En la propia RSFSR Yeltsin hubo de afrontar escarceos centrífugos y sobre todo la rebeldía de la república autónoma de Chechenia-Ingushetia, donde el recién elegido presidente, el general del aire Dzhójar Dudáyev, se disponía a proclamar la independencia. Para manejar estos desafíos y sacar adelante una reforma económica radical Yeltsin solicitó al CDPR poderes especiales, que le fueron concedidos por unos diputados abrumadoramente afectos el 1 de noviembre.
El presidente fue facultado para gobernar por decreto en materias de economía y política social durante un año, con la perspectiva de privatizar masivamente las empresas del Estado, liberalizar los precios al por menor y abordar la reforma agraria. Yeltsin describió un sombrío panorama económico para Rusia y advirtió a la población que se avecinaban tiempos muy duros. El 6 de noviembre dio un nuevo paso en la descomunistización con la prohibición del PCR y de lo que quedaba del PCUS, y asumió la jefatura del Gobierno vacante desde la baja de Siláyev para hacerse cargo del CEI.
Cuando Dudáyev proclamó la independencia de Chechenia el 1 de noviembre la reacción de Yeltsin fue declarar el estado de emergencia y enviar tropas del Ministerio del Interior (OMON), pero el CDPR se negó a ratificar unas medidas que para muchos diputados, tanto provenientes del proscrito PCR como de RD, eran precipitadas y peligrosas. El 11 de noviembre el Legislativo anuló los decretos del presidente sobre Chechenia y le obligó a iniciar conversaciones con Dudáyev. Fue el primer revés de Yeltsin ante los diputados y el preludio de la aguda confrontación que caracterizaría los dos primeros años de la Rusia independiente.
La suspensión de pagos anunciada el 29 de noviembre por el Banco Estatal de la URSS, el Gosbank, dejó a las claras que el país que Gorbachov trataba desesperadamente de mantener a flote estaba en bancarrota y al borde del colapso económico. Yeltsin rechazó que la RSFSR concediera un crédito de emergencia aduciendo el riesgo de provocar una inflación descontrolada, y emplazó a Gorbachov a transferir a su república toda responsabilidad sobre los compromisos financieros del Estado hasta final de año.
El Gobierno ruso notificó que para asegurar los pagos de urgencia cortaría toda asistencia a los departamentos y ministerios soviéticos considerados "caducos", poda de la que sólo se iban a salvar Asuntos Exteriores, Interior y Defensa. El vaciado de titularidades de la URSS quedó, pues, prácticamente completo, toda vez que el 18 de noviembre la RSFSR había obtenido el control sobre la extracción, transformación y comercio de los metales estratégicos y piedras preciosas de su territorio, así como la emisión de papel moneda.
Puesto que Rusia ya no apostaba por la Unión y Ucrania había declarado la independencia (verdadero golpe mortal a las pretensiones de Gorbachov), el 8 de diciembre se consumó la ruptura con el anuncio en Bieloviézhe, cerca de Minsk, Bielarús, por Yeltsin y sus colegas ucraniano, Leonid Kravchuk, y bielorruso, Stanislau Shushkevich, de la creación de una Comunidad de Estados Independientes (CEI) abierta al resto de repúblicas de la URSS. Invocando la condición de firmantes del Tratado constitutivo de la Unión Soviética en 1922, las tres repúblicas declararon que aquella había dejado de existir "como sujeto de derecho internacional y como realidad geopolítica".
A partir de ahí la extinción de la URSS y el acceso de Rusia a la plena independencia eran sólo una cuestión a pactar para que el proceso se desarrollara de la manera más suave e inocua posible. El 17 de diciembre, un resignado Gorbachov acordó con Yeltsin la desaparición del Estado el último día del año. El 21, los presidentes de las cinco repúblicas centroasiáticas más los de Armenia, Azerbaidzhán y Moldova se reunieron en la capital de Kazajstán, Alma-Atá, con sus tres colegas eslavos y firmaron el protocolo estableciendo la CEI como un sujeto no de derecho internacional.
El 25, día de Navidad, anticipándose a lo apalabrado, Gorbachov dimitió como presidente y cedió a Yeltsin el maletín con los códigos de lanzamiento de los misiles nucleares; la bandera roja con la hoz y el martillo fue arriada del Kremlin y en su lugar se izó la enseña tricolor rusa usada en el período zarista. El día 26, el Soviet de las Repúblicas de la URSS, reunido sin quórum (apenas una veintena de diputados se dignaron a asistir a una sesión que, no obstante su carácter meramente formal, exigía algún tipo de solemnidad), aprobó una declaración por la que, en virtud de "la voluntad de los máximos órganos representativos del poder estatal" de once repúblicas de establecer la CEI en Alma-Atá, el Estado soviético dejaba de existir. Acto seguido, este penoso remedo de autoridad legislativa procedió a su autodisolución y escenificó el último acto.
Rusia, en adelante denominada Federación Rusa (Rusia), inició su andadura como Estado independiente tal como Yeltsin había querido: heredó automáticamente el asiento de la URSS en la ONU (Ucrania y Bielarús tampoco tuvieron que solicitar el ingreso en tanto que firmantes por separado de la Carta fundacional en San Francisco en 1945) y las demás organizaciones internacionales, y se preservó el control del arsenal nuclear y las fuerzas estratégicas por un mando aliado que en la práctica era ruso.
En Alma-Atá las otras tres repúblicas con armas nucleares en su territorio, Ucrania, Bielarús y Kazajstán, se comprometieron a adherirse al Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) y acatar lo que les concernía del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START), un principio de desnuclearización que incluía el envío a Rusia para su eliminación de todas las armas nucleares tácticas.
Sin embargo, a Moscú se le escapó de las manos el control sobre las Fuerzas Armadas convencionales, cuya jefatura provisional había sido transferida por Gorbachov al mariscal Shaposhnikov. En la primera cumbre regular de la CEI, en Minsk el penúltimo día de 1991, Kravchuk dejó claro que Ucrania aceptaba delegar en Rusia la condición de única potencia nuclear, pero que la creación de un Ejército y un ministerio de Defensa nacionales era inseparable de su condición de Estado soberano. Con mayor o menor intensidad, las demás repúblicas plantearon la misma pretensión.
La perspectiva, acariciada por Moscú, de un único espacio económico basado en un área de libre comercio, una armonización aduanera y una zona rublo comunitarios se quedó en agua de borrajas tan pronto como todas las repúblicas se afanaron en marcar sus señas de identidad nacional y en protegerse de unas intenciones rusas vistas con suspicacia (sobre todo a la hora de revisar los precios y cuotas de los suministros energéticos y otros productos esenciales), para lo que levantaron controles y barreras arancelarias de todo tipo y algunas se dotaron de moneda propia. La consecuencia inmediata fue la aceleración del desplome económico en todas partes, empezando por Rusia.
5. Terapia de choque económica y debut internacional de alto perfil
Al despuntar 1992 la comunidad internacional tenía menos dudas sobre la ideología y la estrategia global de Yeltsin que sobre sus intenciones económicas más inmediatas en la empresa, tan colosal como de incierto colofón, de inaugurar en la vasta y complejísima Rusia tendencias positivas en todas las esferas por las que se suele valorar la viabilidad de un Estado. Así, la entrada en vigor de la liberalización de los precios de los productos de consumo, muy temida por la ciudadanía, el 2 de enero, indicó que el presidente se había decantado por una transformación radical del sistema económico.
En el equipo de colaboradores de Yeltsin destacaban reformistas sin ambages como Guennadi Búrbulis, viejo amigo desde la etapa en Sverdlovsk y su mano derecha en el Gobierno como primer vicepresidente del mismo y secretario de Estado (es decir, un primer ministro de facto), y el joven liberal Yégor Gaidar, vicepresidente para Política Económica y ministro de Finanzas entre el 19 de febrero y el 2 de abril, cuando cedió el Ministerio a un hombre de su círculo, Vasili Barchuk.
Estas personalidades se propusieron acabar con la escasez de productos de consumo (crónica en todo el período soviético y agudizada en los años de Gorbachov), absorber el exceso de masa monetaria circulante (la inflación ascendía ya al 100%) y recuperar para la actividad económica los capitales privados atesorados, hacer un drástico saneamiento de las finanzas del Estado, estabilizar el rublo como una moneda convertible y ajustada con las principales divisas internacionales, privatizar todas las empresas y actividades comerciales no estratégicas para el Estado (en dos fases, primero mediante la emisión de bonos abierta a todos los particulares y luego permitiendo la compraventa de grandes cuotas accionariales), e inculcar en una población adoctrinada contra el capitalismo durante siete décadas los espíritus de iniciativa empresarial, competitividad y prosperidad personal.
Diplomáticamente, la orientación inicial de la Rusia de Yeltsin fue decididamente a Occidente, sobre todo porque necesitaba vitalmente las ayudas y créditos de los países desarrollados y de las organizaciones financieras por ellos sustentadas, el FMI y el Banco Mundial (BM). El titular del Ministerio de Exteriores, Andrei Kozyrev, era otro de los hombres de confianza del presidente y muy grato a Washington, Londres, Bonn o Bruselas.
Los encuentros que Yeltsin sostuvo con mandatarios occidentales a lo largo del año subrayaron el buen ánimo de Rusia y la disposición de aquellos países a prestar la ayuda demandada, aunque la administración de Bush en Estados Unidos pareció complacerse en su autoconcedido laurel de
vencedor de la Guerra Fría y no elaboró una estrategia de ayudas masivas y preceptuadas; antes bien, en los primeros meses del año, dio prelación a los suministros humanitarios con carácter urgente, sobre todo alimentos para cubrir las penurias más acuciantes en las ciudades rusas.
El puente aéreo, que tomó el caritativo nombre de
Proveer la Esperanza (
Provide Hope), comenzó el 10 de febrero de 1992 con la participación de la Comunidad Europea, Turquía y Japón, aunque la logística la puso Estados Unidos (que se ocupó de explotar los beneficios propagandísticos de la operación). Al tratar a Rusia como un país del Tercer Mundo necesitado de subsistencias -aunque el enfoque no era del todo improcedente, pues el derrumbe de la producción y las rentas alcanzaban niveles desastrosos-, una parte importante de la población se sintió herida en su orgullo y añadió otra causa de rencor hacia un presidente que ya empezaba a ser contestado por autorizar la traumática
terapia de choque de Gaidar.
El caso es que Yeltsin debutó en la escena internacional con buen pie y ágil de reflejos. La oferta de Bush de un desarme nuclear estratégico de gran alcance, tanto unilateral como sujeto a negociación, no tardó ni 24 horas en ser replicado por Yeltsin con propuestas no menos espectaculares. El presidente ruso viajó el 30 de enero al Reino Unido y el 31 de febrero a Estados Unidos, para asistir a una cumbre de los 15 países del Consejo de Seguridad de la ONU y de paso reunirse con Bush, el 1 de febrero, en Camp David.
Washington estaba bastante satisfecho de las urgencias de Yeltsin a sus colegas de Bielarús, Kazajstán y, en especial, Ucrania para que desnuclearizaran totalmente sus repúblicas desprogramando y/o trasladando a Rusia los misiles de corto y largo alcance y demás ingenios de esta panoplia de destrucción masiva. El compromiso fue adquirido formalmente por las tres repúblicas ante Rusia y Estados Unidos en Lisboa el 23 de mayo.
En la visita oficial realizada al país americano del 15 al 18 de junio, preparada concienzudamente por Kozyrev y su homólogo James Baker, los presidentes suscribieron un documento sobre un "entendimiento común" (
joint understanding) en el capítulo nuclear estratégico por el que los misiles dejarían de apuntar a los objetivos respectivos y los arsenales serían reducidos una media del 55% adicional al 38% definido por el START-I (ratificado por el Parlamento ruso el 4 de noviembre de 1992), esto es, hasta las 3.500 cabezas para Estados Unidos y las 3.000 para Rusia.
El Tratado START-II debía coronar la "nueva era de amistad" entre los dos países e iba a concluirse en un tiempo récord: el 3 de enero de 1993 lo firmaron los presidentes durante el viaje oficial de Bush a Moscú. El penúltimo día de su estancia en Estados Unidos en junio de 1992 Yeltsin solicitó ante el Congreso ayuda económica para su país e hizo una profesión de anticomunismo que arrancó la ovación de unos legisladores entusiasmados puestos en pie. La gira de seducción de los norteamericanos terminó con éxito total para Yeltsin, que desplazó el recuerdo de Gorbachov y se proyectó como un estadista hábil y razonable, con el se podía cooperar.
Con la perspectiva posterior, puede decirse que este momento, en el que Rusia aún no había perfilado una identidad autónoma en las relaciones internacionales y geopolíticamente seguía muy debilitada por la implosión soviética, marcó el punto más alto en las relaciones entre dos potencias que virtualmente carecían de disputas de entidad. Pocos días después el Congreso de Estados Unidos aprobó conceder a Rusia el estatuto de nación comercialmente más favorecida y un paquete de ayudas por valor de 16.000 millones de dólares, en los conceptos de asistencia directa, aportaciones al fondo de estabilización del rublo y préstamos canalizados por el FMI.
Ahora bien, las contribuciones del FMI no satisficieron las expectativas rusas porque Yeltsin, habitualmente desentendido de los arcanos de la economía, no aceptó las recomendaciones de extender la liberalización de los precios a la energía y de recortar aún más las subvenciones, por temor a un estallido social. El presidente ruso asistió invitado a la cumbre del G-7 en Munich el 7 y 8 de julio de 1992 (la práctica fue inaugurada con Gorbachov en 1991 en la cita de Londres) pero no se le comunicó ninguna ayuda concreta. Hasta que no vino el cambio de administración en Estados Unidos y el nuevo presidente,
Bill Clinton, no retomara la cuestión con una voluntad política, Rusia no iba a recibir las sumas que la gigantesca empresa transformadora precisaba.
Durante 1992 Yeltsin, bastante animoso pese a algunas indisposiciones que continuaron su historial de salud quebradiza iniciado con la hospitalización de 1987, realizó varias salidas a las capitales europeas, en la mayoría de las cuales firmó tratados de amistad y cooperación regulatorios de las nuevas relaciones bilaterales. Así, estuvo en Francia del 5 al 7 de febrero (donde François Mitterrand le acogió con todo boato para desagraviarle de la fría recepción del año anterior), en Checoslovaquia el 1 de abril, en Bulgaria el 4 de agosto, en el Reino Unido de nuevo el 9 y el 10 de noviembre y en Hungría el 10 y el 11 de noviembre.
Con Polonia y Turquía se adoptaron sendos tratados de amistad con motivo de las visitas a Moscú de los presidentes respectivos
Lech Walesa y Süleyman Demirel en el mes de mayo. Del 24 al 26 de agosto de 1993 Yeltsin realizó un histórico viaje a Polonia, ampliado hasta el 27 con paradas en la República Checa y Eslovaquia.
No descuidó Yeltsin el tercer flanco estratégico para Rusia, Asia del Nordeste, y el 19 de noviembre y el 17 de diciembre de 1992 inició sendas visitas históricas a Corea del Sur y China. En el primer país acordó con el presidente Roh Tae Woo un marco de cooperación en seguridad y defensa que invirtió dramáticamente el balance estratégico en la península coreana (Seúl ya venía beneficiándose de la alianza militar con Estados Unidos mientras que el régimen marxista de Pyongyang perdió ahora el antiguo sostén soviético que no fue sustituido por el chino).
En Beijing principió una etapa enteramente nueva en las relaciones chino-rusas, ya apuntada en el viaje de Gorbachov en 1989, por las abundantes coincidencias en la percepción de las relaciones internacionales, la mutua voluntad de cerrar los litigios territoriales y el interés en una cooperación para intercambiar tecnología nuclear y sistemas de armamento rusos por bienes de consumo, productos industriales y asesoría en materia de transición al capitalismo chinos.
6. Desavenencias en la CEI y tensiones en la Federación
Mientras las relaciones internacionales tomaban una senda constructiva, los tratos en el ámbito más inmediato se revelaron bastante más complicados. En las diversas cumbres celebradas a lo largo de 1992 y 1993 Yeltsin se esforzó por sacar adelante un elenco de iniciativas de integración, políticas (Consejo de Jefes de Estado, Carta de la Comunidad), militares (Alto Mando de las Fuerzas Armadas Conjuntas, fuerza colectiva de pacificación, Tratado de Seguridad Colectiva) y económicas (Tribunal de Arbitraje, Consejo Consultivo de Coordinación para la armonización de las políticas económicas, Banco Intergubernamental para la zona rublo, Banco Interestatal de Reglamentación), con resultados mediocres. Ello tanto por la persistencia de un grupo de estados recalcitrantes en cuanto a dotar a la Comunidad de estructuras supranacionales -que, estaban convencidos, serían manejadas por Rusia en interés propio- como por la escasa o nula efectividad de lo firmado.
Ya desde la segunda cumbre regular, la de Minsk el 14 de febrero de 1992, Yeltsin y los demás presidentes constataron que cada república veía a la CEI a su modo, que no existía una voluntad (como el
europeísmo en la Unión Europea) supraestatal de construir sin prioridades puramente nacionales y que no se disponía de medios para realizar todos los propósitos que guiaron su fundación. Al mal ambiente contribuyó mucho el enfrentamiento surgido entre Rusia y Ucrania por la determinación de este país a dotarse de unas fuerzas armadas propias y a quedarse con parte de la flota del mar Negro con base en el puerto ucraniano de Sebastopol, que para Moscú constituía una fuerza estratégica y por tanto debía mantenerse bajo el mando conjunto de la CEI.
Esta disputa, que no estuvo lejos de conducir a una guerra en abril de 1992, más el separatismo de las autoridades rusófonas de Crimea, las reticencias de Kíev a cumplir sus compromisos de desnuclearización y los desacuerdos sobre los suministros de gas ruso, envenenaron las relaciones bilaterales y alejaron definitivamente a dos países que para algunos habrían podido ser el motor (con la adición de Bielarús, que desde 1994 sí iba a plantear con ímpetu la integración subregional) de una entente eslava en el seno de la CEI.
El nacionalismo ucraniano en los aspectos de seguridad y de defensa arrastró a Rusia a una dinámica similar, dando la puntilla definitiva al mando militar integrado en la CEI. Ya el 16 de marzo Yeltsin constituyó un Ministerio de Defensa ruso que hasta el nombramiento el 18 de mayo de un titular en la persona del general Pável Grachev dirigió él mismo en funciones, y el 6 de mayo siguiente instituyó también por decreto las Fuerzas Armadas de Rusia con él como comandante en jefe, si bien el mando directo lo ejerció Grachev. El presidente justificó estas medidas para impedir una desintegración incontrolada del antiguo Ejército soviético, arrogándose la titularidad del mismo hasta la formación por etapas de los ejércitos republicanos. En realidad, se trató de una maniobra de cooptación antes de que las demás repúblicas se hicieran con cuotas inaceptables de los despojos.
Yeltsin sostuvo con Kravchuk varias reuniones para hallar una fórmula de reparto de la flota y solventar los numerosos contenciosos, pero hasta el 9 de junio de 1995 no hubo un acuerdo final en Sochi sobre el primer punto con el sucesor de aquel en la Presidencia,
Leonid Kuchma, un calificado de prorruso que no iba a tardar en marcar las distancias con Moscú, por el que de entrada se procedía a dividir equitativamente los barcos y luego Rusia compraría el 30% a Ucrania.
El estallido a lo largo de 1992 de conflictos armados y guerras civiles en toda regla en el antiguo espacio soviético aceleró en el poder ruso el deseo de reforzar su influencia para salvaguardar los intereses nacionales y los derechos de los 25 millones de rusos étnicos y rusificados que se habían quedado sin el patrocinio de un
Centro. Invocando la seguridad colectiva de la CEI, Rusia se inmiscuyó en las disputas internas de Moldova, Georgia y Tadzhikistán con el manto de un esfuerzo multilateral que resultó poco convincente.
Con el primer país se llegó a una tensión prebélica en junio como advertencia contra el tratamiento por el Gobierno de Chisinau del separatismo armado de los rusófonos del Transdniester, aunque el 21 de julio un acuerdo de alto el fuego firmado en Moscú por Yeltsin y el presidente moldavo, Mircea Snegur, permitió el despliegue de una fuerza de interposición tripartita de 4.000 soldados con un fuerte presencia rusa. Hasta el final de la presidencia de Yeltsin, el contencioso por la retirada del 14º Cuerpo del Ejército Ruso, reclamada con vehemencia por Chisinau, iba a entorpecer las relaciones con una república ex soviética que debatía su identidad nacional entre la especificidad moldava y el regreso al Estado rumano del que en 1940 fue desgajada por la URSS.
En Georgia, la llegada a la Presidencia de Shevardnadze como reemplazo aparentemente prorruso del autócrata nacionalista Zviad Gamsajurdia coincidió con el recrudecimiento del conflicto con los independentistas sudosetios. De nuevo, los buenos oficios rusos permitieron un alto el fuego en Dagomys el 24 de junio y el despliegue desde el 13 de julio de otra fuerza de paz multipartita de 2.000 hombres, la mitad de los cuales los aportaba Rusia.
Por otro lado, en Tadzhikistán la reacción armada de los
procomunistas al derrocamiento en septiembre del presidente Rajmon Nabíyev por una coalición de demócratas, nacionalistas e islamistas, dio lugar a una cruenta guerra civil que forzó la elección en noviembre del
apparatchik Inomali Rajmónov como presidente de la República, después de que la capital Dushanbé cayera bajo el control del Ejército ruso, oficialmente neutral y sin otra misión que "asegurar el orden".
En la cumbre de la CEI del 22 de enero de 1993 en Minsk se aprobó el envío de 7.500 soldados de la que iba a ser la primera misión de pacificación de la Comunidad. Aunque sin expresiones de violencia, Yeltsin presionó fuertemente también a Estonia y Letonia para que elaboraran leyes de ciudadanía no discriminatorias con las importantes minorías rusófonas
Pero los peligros de la disgregación se instalaron en la propia Federación Rusa. Estado multinacional por excelencia, Rusia se presentaba como una URSS a escala menor compuesta por 89 entes territoriales: 49 regiones (
óblast), 21 repúblicas (
respublik, apellidadas
autónomas hasta la disolución de la URSS), 10 distritos autónomos (
avtonomnyy okrug), seis territorios (
kray), dos ciudades federales (
gorod) y una región autónoma (
avtonomnaya óblast). Repúblicas, distritos autónomos y la región autónoma portaban el nombre de la nacionalidad titular, mientras que regiones, territorios y ciudades federales se articulaban como meras entidades administrativas.
Las nacionalidades con más de medio millón de miembros sumaban la quincena, pero los rusos étnicos suponían, de acuerdo con el censo de 1989, el 81% de la población total, esto es, unos 120 millones. Ahora bien, en algunas regiones los rusos constituían minorías y sus relaciones con las mayorías nacionales no estaban libres de tensiones.
Ya desde el golpe de agosto de 1991 las autoridades de Tatarstán, Osetia del Norte, Karacháyevo-Cherkesia, Ingushetia y otras repúblicas se lanzaron a reivindicar mayores cotas de autogobierno y a hacer declaraciones de soberanía, los referendos de reafirmación regionalista menudearon de un extremo al otro del país y numerosas comunidades nacionales con particularidades étnicas, lingüísticas o religiosas, por lo general víctimas de las deportaciones estalinistas, reclamaron reparaciones, revisiones fronterizas y estatus jurídicos no pocas veces contrapuestos y excluyentes. Las regiones del Cáucaso norte, abigarrado mosaico de pueblos, concentraron algunos de los conflictos más volátiles que se nutrieron de y nutrieron a las auténticas guerras civiles desatadas en el Transcáucaso no ruso.
A finales de octubre de 1992 estalló un sangriento conflicto entre osetios e ingushes cerca de Vladikavkaz, la capital de la república autónoma de Osetia del Norte, por el irredentismo de los últimos, instigado por Dudáyev desde una Chechenia que en la práctica gozaba de plena soberanía. Ahora bien, pese al activismo de la Confederación de Pueblos de la Montaña auspiciada por Dudáyev y aliada a Gamsajurdia y a los abjazios en contra del sentimiento panosetio y la presencia rusa, el ejemplo checheno no cundió en Ingushetia, Karacháyevo-Cherkesia o Daguestán, donde prevaleció la mesura de las autoridades.
La segunda república más contestataria, Tatarstán, descartó también la ruptura radical y en 1994 terminó suscribiendo el Tratado de la Federación del 31 de marzo de 1992, por el que los sujetos sentaron jurídicamente sus competencias con el Centro y que Yeltsin calificó como un valladar a la desintegración del país. Otra república díscola, Bashkortostán, rica en petróleo, se vinculó al federalismo a cambio de un concierto fiscal favorable.
7. Duelo con los diputados por el curso de las reformas
El caso es que Yeltsin empezó a encontrar los mayores quebraderos de cabeza a escasos metros del Kremlin. La liberalización de los precios, que había conseguido abastecer de productos las estanterías pero a unos costes prohibitivos para la gran mayoría de la población, encendió la mecha de un descontento que comenzó a manifestarse en las calles en febrero de 1992 por mano de una heteróclita oposición de comunistas ortodoxos, ultranacionalistas de signo fascista y nostálgicos del zarismo, que exigieron parar la liberalización y restablecer los sistemas de control soviéticos.
En el CDPR se articularon tres bloques bastante equilibrados de
derecha,
centro e
izquierda (aunque las etiquetas de los extremos podían intercambiarse dependiendo de lo que se entendiera por progresismo o reaccionarismo). Consistían, respectivamente, en: la Coalición por la Reforma, que reunía a varios grupos de yeltsinistas incondicionales o de circunstancias por aparecer el presidente como la única figura capaz de atajar los males del país; el arco integrado por el Centro Democrático y la Unión de Fuerzas Creativas y nutrido por los diputados de la Unión Cívica de Rutskoi; y la Unión Rusa, que agrupaba a los
neocomunistas (de planteamientos muy ortodoxos) y a diversos nacionalistas ideológicamente antitéticos a los anteriores, pero aliados coyunturales frente a las reformas de mercado y la pérdida del
glacis soviético.
Con distintos tonos y lenguajes, había una insatisfacción bastante amplia con la gestión
ultraliberal de Gaidar, nombrado por Yeltsin primer ministro en funciones el 15 de junio, por pretender cambios radicales y traumáticos para los que la población no estaba preparada.
Dirigentes parlamentarios
centristas como Rutskoi, Arkadi Volski (presidente de la poderosa Unión de Empresarios e Industriales) y Nikolai Travkin (al frente del Partido Democrático de Rusia) empezaron a proclamar que Yeltsin y su equipo de Gobierno resultaban perjudiciales para la nación, que el "choque quirúrgico" concebido como un plan estándar sin atender las peculiaridades rusas condenaba a la miseria a la gran mayoría de la población y que eran urgentes medidas de protección social. En un sentido general, este sector solicitaba reformas graduales y un plan anticrisis no traumático no muy diferente del Plan Shatalin de 1990, un enfoque que los medios extranjeros calificaron de "socialdemócrata".
Gaidar, con la anuencia de Yeltsin, advirtió que no cabía otra disyuntiva que sus recetas o el colapso y reclamó más tiempo para notar sus efectos positivos en la macroeconomía. Pero para el G-7 y muchos observadores extranjeros el Ejecutivo ruso no estaba llevando con suficiente rigor las reformas, y sobre todo alertaron contra el vacío normativo, la ausencia de códigos y regulaciones que favorecía los maridajes político-financieros y los negocios turbios, y, en definitiva, un modelo de capitalismo que mereció el calificativo de "salvaje".
Todavía más, esta liberalización desordenada convivía con la antigua
nomenklatura burocrática, que, lejos de ser desplazada por tecnócratas de nuevo cuño hechos a los procedimientos occidentales, fue recuperada por el propio Yeltsin (sobre todo la del complejo militar-industrial) para restablecer los antiguos sistemas administrativos de gestión, incompatibles con un Estado moderno y eficiente a largo plazo pero hallados necesarios en un momento de desarticulación y desconcierto generales.
Así, las nuevas élites para las que la libertad de mercado era sinónimo de enriquecimiento sin control y depredación convivieron con las antiguas clases ansiosas de reciclarse al nuevo orden de cosas y no verse relegadas de las nuevas oportunidades, dando lugar a extrañas hibridaciones. Pesaba también la historia: una tradición multisecular de inexperiencia democrática, de cadenas verticales de mando, de arbitrariedad en la toma de decisiones por el poder y de primacía de lo unilateral y exclusivo sobre las fórmulas de consenso e integración normales en las sociedades civiles consolidadas.
Los conceptos de democracia y descentralización tuvieron lecturas egoístas y autárquicas en las provincias, acentuando la segmentación regional de la economía y haciendo imposible una política macroeconómica global. En resumidas cuentas: se configuró en Rusia un panorama de reformas plagado de inconsistencias y contradicciones, de flujos y reflujos, que hacía muy difícil hacer un pronóstico sobre su evolución.
La unificación de los tipos de cambio comenzada el 1 de julio de 1992 desató un brutal proceso inflacionario y agravó las pesadumbres de la población. En la calle la extrema izquierda se organizó en un Frente de Salvación Nacional (FSN) que exigió abiertamente el derribo del "traidor" Yeltsin por haber apuntillado a la URSS, mientras que en el CDPR se caldearon las actitudes contrarias a las estrellas del gobierno reformista. Yeltsin insistió en que el presidente no debía inmiscuirse en las luchas partidistas y renunció a fundar un partido propresidencial fuerte.
También había declinado convocar elecciones a una asamblea constituyente cuando los diputados le eran mayoritariamente afectos, en los meses posteriores al golpe de 1991 (un error que mucho se le iba a achacar después, sobre todo en el extranjero), y ahora no tenía otro remedio que lidiar con un órgano semidemocrático, elegido con los instrumentos de un Estado que ya no existía y crecientemente hostil a las transformaciones económicas radicales. Pero el foso que se abrió entre los bandos políticos reparaba cada vez más en el elenco de poderes heredado del período soviético, que cada institución deseaba ampliar para sí y escamotear a la rival.
El presidente poseía la iniciativa legislativa y la capacidad de designar a los ministros de Asuntos Exteriores, Defensa, Interior y Seguridad de conformidad con el Parlamento. No tenía derecho a disolver el poder legislativo, bien fuera el CDPR o el Soviet Supremo, pero sí declarar el estado de emergencia. Además, como se apuntó arriba, coyunturalmente Yeltsin estaba investido de poderes especiales para gobernar por decreto.
Las facultades del CDPR, oficialmente el máximo órgano del poder, eran amplias: la adopción y enmienda de la Constitución, la determinación de las políticas internas y externas, la ratificación de acuerdos internacionales con implicaciones constitucionales, la elección del Soviet Supremo y del Tribunal Constitucional, la dirección de la moción de censura al presidente y la suspensión de las leyes del Soviet Supremo y de los decretos del presidente. Recapitulando, Yeltsin heredó unos poderes de hecho cortocircuitados por el CDPR.
Yeltsin sometió a debate su idea de una Constitución presidencialista a la americana que sustituyera a la soviética en vigor, como el único modelo viable dadas las circunstancias, que, en su opinión, requerían un liderazgo unipersonal y fuerte. El presidente del CDPR y aliado hasta hacía poco, Ruslán Jasbulátov, replicó que semejante concesión sería el "suicidio" de la democracia parlamentaria que él encarnaba, pero durante unos meses las transacciones evitaron la moción de censura al Ejecutivo o la retirada de los poderes especiales al presidente.
El 30 de noviembre del Tribunal Constitucional, que presidía Valeri Zorkin, dictó una serie de sentencias de claro carácter conciliatorio sobre los decretos de Yeltsin posteriores al golpe de 1991; así, se confirmó la legalidad de disolver los órganos dirigentes del PCUS y el PCR, pero no la prohibición de las organizaciones de base del último, con lo que el restablecimiento de una estructura partidista, lo que luego iba a dar lugar al Partido Comunista de la Federación Rusa (de sigla rusa KPRF), recibió luz verde.
En esta línea de apaciguamiento, el 25 de noviembre Yeltsin cesó a Mijaíl Poltaranin como ministro de Información y a Búrbulis como secretario de Estado (el 14 de abril ya le había apartado como primer viceprimer ministro), dos de los principales satanizados por los congresistas. El enfrentamiento no decayó y cuando el 1 de diciembre se inauguró el VII CDPR las dos partes acudieron prestas a plantear una batalla que se presumía definitiva. Empero, la sangre no llegó al río, ya que Yeltsin descartó la solución autoritaria (léase la disolución del CDPR por decreto) y entre los diputados se impuso la tesis del derribo por cauces legales.
El presidente y sus detractores llegaron a una suerte de tregua por la que el primero retiraba su amenaza de convocar un referéndum para elegir entre él o el Legislativo a cambio de someter a Gaidar a la confianza de los diputados. Los poderes especiales y la prerrogativa sobre los ministerios de fuerza fueron salvaguardados de momento, pero el 14 de diciembre los diputados le impusieron a
Víktor Chernomyrdin, viceministro desde mayo y notorio representante del
lobby militar-industrial, de entre los cinco candidatos presentados para presidir el Gobierno.
El 19 de diciembre Yeltsin retornó precipitadamente de China ante el amago de Chernomyrdin, azuzado por la Unión Cívica, de deshacerse del equipo de Gaidar, cuyo grupo Demócratas Radicales encabezaba el bloque de fuerzas yeltsinistas también participado por RD, el Movimiento Ruso para las Reformas Democráticas de Yakovlev, Popov y Sobchak, y el Partido Republicano.
El presidente demostró su autoridad manteniendo a los
pesos pesados del liberalismo, a saber, Vladímir Shumeiko, Anatoli Chubáis y Aleksandr Shojin, viceprimeros ministros los tres, a los que se sumaron los también notorios reformistas Borís Fyodorov, ministro de Finanzas a partir del 25 de marzo de 1993, y Yuri Yárov. En los meses siguientes todos estos nombres iban a ubicarse en dos partidos nuevos, bien en la Opción Democrática de Rusia (DVR) fundado por Gaidar, bien en el Partido de la Unidad y la Concordia, más independiente del Kremlin y sensible a la dimensión social de las reformas.
Los cuatro ministros de fuerza cuyo nombramiento se reservaba el presidente, Kozyrev en Exteriores, Grachev en Defensa, Barannikov en Seguridad y Víktor Yerin en Interior, mantuvieron sus puestos. En otra contrapartida, el 22 de diciembre los diputados pasaron la nueva Ley de Gobierno por la que el Legislativo debía ratificar los nombramientos de estos cuatro ministerios. Yeltsin se apresuró a quitar lustre a la autoproclamada victoria de los diputados asegurando que la reforma económica era irreversible.
8. Choque armado con el Parlamento y victoria pírrica de Yeltsin
Los resultados del VII CDPR no fueron más que un compromiso temporal. El recurso al referéndum para dirimir las diferencias entre las instituciones fue resucitado por Yeltsin, pero ahora Jasbulátov entró en ese juego. Durante tres meses el presidente y los congresistas se enzarzaron en un frenesí de propuestas y contrapropuestas sobre las preguntas que debería incluir el referéndum múltiple.
Por lo demás, el poder legislativo encontraba excelente munición para sus andanadas en los escándalos económicos que proliferaban en el Ejecutivo, con Búrbulis, Shumeiko y Poltaranin como principales sospechosos de los manejos irregulares. Esta incapacidad del Kremlin para cortar con la tradición de trapacería y opacidad en las gestiones del Gobierno hizo un gran daño a Yeltsin, que se deslegitimaba para solicitar luego a la ciudadanía un sacrificio tras otro.
El 29 de marzo de 1993 el IX CDPR, un día después de fracasar por 72 votos una moción de destitución de Yeltsin y como remate a varias semanas de intensa lucha política en las que se habían cruzado las iniciativas para recortar los poderes del contrario, se salió con la suya y estableció las cuatro cuestiones del referéndum que aquel había convocado por decreto para el 25 de abril. En estos momentos, el bloque yeltsinista, denominado Coalición por las Reformas, sólo abarcaba el 33% de los diputados, poco algo más que la Unidad Rusa de comunistas, ultranacionalistas y agrarios. Entre medio, el amplio arco de fuerzas
centristas, que iba a inclinar el fiel de la balanza a uno y otro lado cuando llegara el momento de la escaramuza final.
Los resultados del referéndum fueron como sigue: el 58% de los votantes expresaron su confianza en el presidente; el 52,8% lo hicieron en la política del Gobierno; el 31,6% creyó oportuno adelantar las elecciones presidenciales y el 43,4% opinó lo mismo con las legislativas. En Moscú, el apoyo a Yeltsin y a las reformas del Gobierno recibieron el 75% y el 70%, respectivamente, y en su Yekaterinburgo natal los apoyos alcanzaron el 88%. Aunque los resultados eran favorables a Yeltsin, el CDPR se negó a reconocer su carácter vinculante.
El clima de moderación saltó por los aires cuando el FSN, que venía denunciando una "conspiración internacional para convertir a Rusia en una república bananera", protagonizó una violenta demostración el 1 de mayo y las dos instituciones se adentraron en una nueva escalada de reproches, ahora en torno a la convocatoria de una Asamblea Constituyente, el modelo de Carta Magna y el adelanto de las elecciones. En julio el Parlamento votó un presupuesto exageradamente deficitario que se interpretó como un desafío abierto a la política del Gobierno.
El 1 de septiembre de 1993 Yeltsin destituyó a Rutskoi, que ya hacía un tiempo se había pasado al bando conservador de Jasbulátov, el 18 reintegró a Gaidar en el Gobierno como primer viceprimer ministro y el 21 cruzó el Rubicón político: con tono dramático, anunció por la televisión la imposición del mando presidencial directo, la disolución del Parlamento y el CDPR y la convocatoria de elecciones legislativas anticipadas. El presidente justificó su acto inconstitucional para "salvar al país del caos, la desintegración y la catástrofe", a los que los diputados le habían abocado con su "obstruccionismo sistemático" e "ignorancia de la voluntad del pueblo".
La reacción de Jasbulátov y los congresistas fue atrincherarse en la Casa Blanca, destituir a Yeltsin, nombrar a Rutskoi "presidente en funciones" y llamar a la resistencia civil contra el "golpe de Estado presidencial". Yeltsin aplicó su inveterada táctica del
divide y vencerás, provocando un goteo de deserciones de diputados con la zanahoria de prebendas institucionales.
Esto redujo la fuerza institucional de los rebeldes, pero acrecentó a los radicales irreductibles ansiosos de confrontación (como los exaltados militares Stanislav Terejov, presidente de la Unión de Oficiales del Ejército, Albert Makáshov, jefe del "Estado Mayor" de las fuerzas del Parlamento, y Vladislav Achalov, "ministro de Defensa"), quienes, coordinándose con los extremistas del FSN y otros grupos ultras de derecha e izquierda en el exterior, arrastraron a Rutskoi, Jasbulátov y otros supuestos tibios a una aventura desesperada.
El 3 de octubre, al cabo de unos días extremadamente tensos, con indicios por ambas partes de preferir el desenlace violento sobre el negociado y a punto de expirar el ultimátum del Kremlin para que los diputados se rindieran, partidas armadas intentaron tomar diversos edificios estratégicos de Moscú con todos los visos de un golpe de mano al estilo bolchevique. Yeltsin declaró el estado de excepción y ordenó a las tropas y unidades acorazadas del Ejército que rodeaban la Casa Blanca su captura sin reparar en medios.
La guerra civil parecía servida, pero la lealtad a Yeltsin de todos los resortes de fuerza del país y la pasividad del grueso de la población, que asistió atemorizada a la furiosa batalla en el corazón de Moscú, sentenciaron a los opositores. El día 4 efectivos del OMON tomaron al asalto una Casa Blanca destrozada por el fuego de los tanques y, tras 12 horas de combate, hicieron prisioneros a sus líderes y cabecillas. Al mismo tiempo, se anunció la ilegalización del extremista Partido Comunista Obrero (Rusia Trabajadora) de Víktor Ampilov y el FSN de Ilia Konstantinov.
La brutal embestida contra el Parlamento dejó decenas de muertos -el primer balance oficial cifró en 118 los fallecidos, si bien en los días siguientes se sumaron otros 30- y sembró un resentimiento que luego iba a aflorar por otros cauces, pero Yeltsin había ganado tras un año de pulso institucional, y sin pagar un precio político significativo: el Gobierno, los dirigentes regionales, el Ejército y los socios internacionales se habían plegado mayormente a sus puntos de vista. Sólo el Tribunal Constitucional seguía plantándole cara, negándole el soporte legal a su drástica decisión.
9. Concentración de poderes y respaldo limitado en las urnas
Apenas se sofocaron los incendios del histórico 4 de octubre de 1993 cuando Yeltsin se lanzó a implantar una república presidencialista hecha a medida. Sintiéndose fuerte, en los días inmediatos emitió una ráfaga de decretos que pautaron una suerte de
segunda descomunistización y pretendían despejar de obstáculos la labor reformista del Gobierno, aunque otra lectura apuntaba a la liquidación sin más, aprovechando la suspensión temporal de algunas garantías legales, de cualquier oposición organizada que cuestionara su poder.
El 5 de octubre compareció ante la nación para acusar a Rutskoi y Jasbulátov de planear durante meses "una sangrienta dictadura comunista-fascista" y expresar su dolor por la sangre derramada en lo que calificó de "tragedia nacional". También confirmo las elecciones legislativas para diciembre e instó a los soviets locales a que se disolvieran "sin conmociones y escándalos". El día 8 prohibió las actividades del centroizquierdista Partido Popular Rusia Libre, integrante de la Unión Cívica y al que pertenecía Rutskoi, y el KPRF de Guennadi Zyugánov, pero el 19 los dos no figuraron en la relación de partidos vetados definitivamente de participar en los comicios. Y el 27 decretó la libre compraventa de la tierra, reforma estructural de enorme trascendencia que completó la descolectivización del agro aprobada por Gorbachov en 1990.
En las semanas siguientes el equipo del Kremlin remató el proyecto de Constitución que iba a someterse a referéndum, harto diferente del elaborado por la Comisión Constitucional en el verano, cuando Yeltsin estaba obligado a hacer concesiones al CDPR.
Rica en influencias de los modelos estadounidense y francés, la nueva Carta Magna rusa establecía que el presidente federal sólo era responsable ante el pueblo y le otorgaba amplias potestades, como la comandancia suprema de las Fuerzas Armadas, la elaboración de las políticas interiores y exteriores y la designación del jefe de Gobierno ante el Parlamento. Si éste rechazaba tres veces seguidas al candidato (fuera o no la misma persona), el jefe del Estado estaba facultado para disolver la Cámara. También podía el presidente recurrir a este instrumento si los diputados reiteraban una retirada de la confianza al Gobierno, cuya continuidad o sustitución sí estaba enteramente sujeto a su voluntad.
Completando su elenco de atribuciones, el presidente convocaba las elecciones y referendos, poseía iniciativa legislativa y nombraba candidatos a las altas magistraturas del país. Por si esto fuera poco, se dificultaba enormemente la posibilidad del
impeachment o proceso de destitución por el Legislativo: el presidente sólo podía ser apartado del cargo si los diputados formulaban una acusación de alta traición u otro crimen de envergadura, y los tribunales Supremo y Constitucional confirmaban indicios delictivos en la conducta juzgada. Además, estaba asistido por el Consejo de Seguridad de la Federación Rusa (SBRF) y la Administración Presidencial, órganos con funciones poco definidas pero que iban a representar de hecho una estructura paralela de poder sustraídas de la fiscalización por las instituciones del Estado.
Por lo que respectaba al poder legislativo, éste quedaba constituido como Asamblea Federal (
Federalnoe Sobranie), compuesto por la Duma Estatal (
Gosudarstvienaya Duma) o Cámara Baja y el Consejo de la Federación (
Soviet Federatsii) o Cámara Alta de representación territorial. Además, se estableció la confirmación de que el mandato de Yeltsin agotaría el quinquenio, haciendo innecesarias elecciones presidenciales hasta junio de 1996, cuando Yeltsin podría renovar el mandato por un cuatrienio, el período determinado para los ejercicios presidenciales en lo sucesivo.
Yeltsin, por fin, parecía tenerlo todo atado y bien atado, aunque la doble llamada a las urnas del 12 de diciembre de 1993 dejó un regusto agridulce en los pasillos del Kremlin. En el referéndum constitucional, declarado válido al participar más del 50% del censo, se pronunciaron a favor el 58,4% de los votantes. Pero en las elecciones a la Duma, las primeras verdaderamente democráticas en la historia de Rusia, la DVR sólo cosechó 96 de los 450 escaños.
El gran triunfador de la jornada fue el ultranacionalista Partido Liberal Democrático de Rusia (LDPR) del pintoresco Vladímir Zhirinovski, que metió 70 escaños y, más llamativo aún, se alzó como el partido más votado con un contundente 22,8%, 7,4 puntos más que la DVR. El pujante KPRF y su aliado el Partido Agrario de Rusia (APR) le seguían como tercera y cuarta fuerzas, sumando otros 112 diputados hostiles a las reformas liberales. Sólo en quinta posición en las preferencias del electorado apareció un partido reformista liberal, el Yábloko de Grigori Yavlinski, con todo un recio opositor a la concepción capitalista de los hombres del Kremlin.
El demagogo y antisemita Zhirinovski, propenso a las bufonadas y declaraciones explosivas, podía causar hilaridad o consternación, pero supo canalizar el descontento de una parte considerable de una población asustada, moralmente quebrantada, que añoraba algunos mecanismos de control y previsibilidad del régimen soviético, sobre todo los relacionados con la economía.
Aunque eran el eje de su ideología, las exigencias de reconstrucción por las bravas del imperio soviético en Europa (eran recientes las retiradas de las últimas tropas de Polonia, en octubre de 1992, y Lituania, en agosto de 1993) no atraían a la ciudadanía tanto por su factibilidad como por la apelación emocional a una época en que el mundo no osaba avasallar a Rusia con unas recetas económicas que, al parecer, sólo beneficiaban a una minoría de privilegiados poco escrupulosos.
En los meses siguientes el equipo del presidente no se esforzó demasiado en censurar las tropelías verbales del jefe del primer partido del país (y para un Occidente perplejo, candidato seguro a morador del Kremlin en un futuro no muy lejano) porque necesitaba su apoyo frente a los comunistas, considerados la verdadera oposición a las reformas capitalistas, y porque él mismo estaba dispuesto a modificar su actitud diplomática frente a los aliados occidentales y ganar una nueva respetabilidad internacional para Rusia.
La irrupción de Zhirinovski y sus perturbadores replanteamientos geopolíticos supusieron un revulsivo para que Yeltsin planteara algo más que simple retórica sobre la situación de los derechos de los rusos en el "extranjero cercano", fundamentalmente en Asia Central y Transcaucasia, escenarios respectivamente de programas estatales de asimilación cultural y de amenazas de agresiones, que estaban provocando emigraciones y exilios de consideración. Ahora bien, hubo quienes, como el propio Gorbachov, sugirieron que el "fenómeno Zhirinovski" no era sino la fachada de un poderoso núcleo de fuerzas conservadoras -políticas, militares y empresariales- que estaba arraigando en el Kremlin.
El 14 de enero de 1994 el agrario Iván Rybkin fue elegido presidente de la Duma y días después dimitió Fyodorov como viceprimer ministro y ministro de Finanzas. Gaidar también tuvo que ser despedido. Como contraprestación parcial, el viceprimer ministro Shumeiko salió del Gobierno y pasó a presidir el Consejo de la Federación. Lo primero que hizo la Cámara baja electa tras inaugurarse, el 23 de febrero, fue amnistiar a los golpistas de 1991 y a los insurrectos de 1993. Yeltsin se tragó la afrenta y prefirió apaciguar a la mayoría nacional-comunista de diputados con seguridades de que Rusia iba a "actuar con firmeza" en la escena internacional, a "abandonar la práctica de las concesiones unilaterales" y a "equilibrar el ritmo de la aplicación de las reformas económicas y el coste social de las mismas". A cambio, el presidente solicitó a los diputados un "memorándum por la paz social" y una "entente nacional en torno al programa de Gobierno".
El primer paso hacia la rehabilitación del perdido estatus de superpotencia se adoptó ya en vísperas de los comicios, el 3 de noviembre, con la aprobación de la nueva doctrina militar por el SBRF. En lo sucesivo, las Fuerzas Armadas rusas estaban facultadas para intervenir en conflictos internos que amenazasen la integridad del Estado (una vigilancia de la seguridad interna que legitimaba a posteriori el asalto y toma del Parlamento), citándose como causantes de estos disturbios grupos nacionalistas o separatistas lanzados a la subversión armada contra las instituciones federales. Igualmente, se regularizó la participación de tropas rusas en misiones de interposición conforme a los compromisos de seguridad colectiva adquiridos con los socios de la CEI.
Desde el punto de vista de la defensa tradicional, se asumía que Rusia carecía de enemigos exteriores en ese momento y se proclamaba el objetivo de eliminar el peligro de una guerra nuclear en el mundo, pero no se renunciaba a un arsenal atómico por ofrecer una disuasión contra posibles agresores. Un punto que levantó muchos comentarios fue la reserva del derecho al primer uso de armas nucleares si el país se sentía amenazado, lo que contradecía el compromiso adquirido por la URSS en la etapa de Gorbachov. El 21 de diciembre Yeltsin decretó a su vez la transformación del Ministerio de Seguridad, establecido el 24 de enero de 1992, en el Servicio Federal de Inteligencia (FSK), que de momento se centró en las tareas de contraespionaje, sólo uno de los campos de operación del desaparecido KGB. El hasta ahora ministro de Seguridad, Nikolai Golushko, se convirtió en director del FSK.
10. Reafirmación diplomática y viraje nacionalista
Durante 1993 y parte de 1994 perduró mayormente el buen clima en las relaciones con Occidente. El 3 y el 4 de abril de 1993 Yeltsin sostuvo en Vancouver su primera cita con Bill Clinton. Centrada en los aspectos económicos, en la cumbre de la ciudad canadiense prendió una relación de amistad entre dos mandatarios que compartían un carácter abierto a los gestos informales, y durante meses hasta se habló de "luna de miel" entre las dos potencias. Clinton opinaba que invertir en Rusia ahora suponía invertir "en el futuro de América" y presentó un decálogo de actuaciones concretas y multisectoriales, desde financiación directa a programas de reconversión.
Las ayudas tomaron concreción en la 19ª cumbre del G-7, en Tokyo, del 7 al 9 de julio de 1993. Yeltsin asistió como invitado a partir del segundo día y, por boca de Clinton y el primer ministro japonés Kiichi Miyazawa, le fue confirmada la concesión de la espectacular suma de 43.000 millones de dólares entre fondos ya apalabrados y los nuevos. Parte de esta ayuda se iba a conceder con rapidez y el grueso iba a depender del curso de los acontecimientos en Rusia.
Las partidas principales de este monto iban dirigidas a los fondos para la privatización de empresas y la estabilización del rublo, a programas de asistencia técnica y a créditos a la exportación. Nada más regresar a Moscú, Yeltsin dispuso una serie de decretos para acelerar la reconversión económica conforme a las demandas de sus fiadores internacionales; así, el 24 de julio comenzó una draconiana regulación monetaria para atajar la hiperinflación (el índice superó el 1600% en diciembre de 1992), pero fue tal la convulsión social provocada que el Gobierno hubo de ampliar los plazos y modalidades para el canjeo de los billetes viejos.
Si la cooperación económica se enmarcaba en la confianza y el optimismo (los voluntarismos de Estados Unidos y Alemania fueron decisivos en esta vasta operación de ayuda a Rusia), las relaciones políticas aún discurrían también por una senda similar. Aunque la posición proserbia de Moscú chocaba con las simpatías promusulmanas de Washington, la negativa de los aliados occidentales a intervenir en la cruenta guerra de Bosnia-Herzegovina permitió la exploración conjunta de soluciones negociadas, como el denominado Programa de Acción Común anunciado el 22 de mayo por Rusia, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y España.
En las relaciones con los países de la OTAN ya estaba sobre la mesa la oposición rusa al ingreso en su seno de países surgidos del antiguo bloque soviético, aduciendo que la expansión al este de la organización defensiva -cuya misma existencia tras el final de la Guerra Fría se cuestionaba- sólo reflejaba una malquerencia occidental hacia Rusia y ponía en peligro toda la arquitectura de seguridad del continente. Por eso mismo, Yeltsin apostaba por trabajar conjuntamente en la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), que era una organización de dimensión continental y no trabajaba con lógicas de aliados e hipotéticos adversarios.
Sin embargo, los miembros de la OTAN articularon con habilidad nuevos espacios de cooperación flexible con los estados no miembros, que sirvieran de antesala de los ingresos de pleno derecho, por lo demás enmarcados en una vasta y ambiciosa reforma de las doctrinas y estructuras de la Alianza para acomodarla a los nuevos tiempos.
El programa de la Asociación para la Paz (ApP) fue pactado por Estados Unidos y Rusia el 22 de octubre de 1993 y quedó listo para su presentación en el Consejo Atlántico de Bruselas del 10 y 11 de enero de 1994. Inmediatamente después, el día 13, Yeltsin recibió a Clinton en su primera cumbre en la capital rusa y 24 horas más tarde se les unió Kravchuk para firmar un trascendental acuerdo por el que Ucrania se obligaba a deshacerse de todos sus misiles estratégicos, confirmando la condición de Rusia como única potencia nuclear de la CEI.
Yeltsin protagonizó a finales de 1993 otros eventos constructivos en las relaciones con Occidente, como el regreso a Japón del 11 al 13 de octubre en una visita oficial en la que formuló la necesidad de establecer el tratado de paz bilateral pendiente desde la Segunda Guerra Mundial y reconoció como principio de negociación la demanda de soberanía nipona sobre las islas Kuriles, y la firma el 9 de diciembre de 1993, como antesala del Consejo Europeo reunido en Bruselas, de una declaración sobre el futuro Acuerdo de Asociación y Cooperación (AAC) Rusia-UE, cuyo camino había allanado desde 1991 un instrumento decisivo de los mecanismos de cooperación, el programa de asistencia TACIS.
El AAC, con una previsión de vigencia de 10 años, fue firmado por Yeltsin y la autoridad comunitaria en el Consejo de Corfú, el 24 de junio de 1994, y aunque no podía compararse a los Acuerdos Europeos de Asociación concebidos para los países solicitantes de ingreso (en Europa Central y Oriental, los denominados PECO) el apartado de desarme arancelario bilateral sí incluía una cláusula evolutiva a un área de libre comercio, cuya implementación, en todo caso, no se consideraba factible antes de 1998, como mínimo. Para la UE, el desarrollo de las relaciones comerciales con Rusia iba a depender del curso de las reformas económicas en el país eslavo.
Por lo que respectaba a la OTAN, el 22 de junio Kozyrev estampó su firma al documento de adhesión a la ApP en Bruselas y a un anexo especial, que según las traducciones inglesa y francesa era un mero "sumario de conclusiones" y según la rusa un "protocolo", esto es, un documento con valor jurídico vinculante. Rusia se amparó en esta interpretación para anunciar que la OTAN había reconocido su "estatus de superpotencia", que, si bien carecía del derecho de veto sobre las decisiones de la Alianza, sí tendría que ser consultada en un ámbito institucional. Este acuerdo era sólo un anticipo del marco de colaboración específico entre Rusia y la Alianza, aún por precisar.
Los gobiernos occidentales, con diversos grados, acogieron satisfactoriamente el aplastamiento de la rebelión de octubre, que de hecho incitaron en la convicción de que Yeltsin, con todas las críticas que su gestión pudiera merecer, era la única alternativa a las fuerzas antirreformistas, y tal vez al retorno a un orden neosoviético. Pero aunque Yeltsin demostró con hechos que las reformas estructurales no tenían vuelta atrás, también se advirtió un cambio de tono en la percepción de Rusia en la escena internacional.
Moscú utilizó la ex Yugoslavia como banco de pruebas de su determinación a resucitar un prestigio de gran potencia que tenía mucho que decir sobre intervenciones militares en áreas consideradas geográfica e históricamente
suyas. Aunque las tardías actuaciones sobre Bosnia y Kosovo tuvieron más que ver con las vacilaciones de Occidente que con el temor o respeto hacia la actitud proserbia de Rusia, el país de Yeltsin sí consiguió desvinculase del seguidismo que, por ejemplo, caracterizó a la URSS durante la crisis del golfo Pérsico de 1990-1991, y ofrecerse al mundo como una potencia con la que había que contar y que tenía sus propios enfoques geopolíticos, muchas veces divergentes de los de Estados Unidos y sus aliados europeos por mucho que les pesara.
Así, en febrero de 1994 entró en juego una diplomacia rusa más resuelta que arrancó de los serbobosnios un compromiso de retirada de las armas pesadas del cerco de Sarajevo, tan incierto como suficiente para que la OTAN, en el fondo aliviada de que los rusos asumieran el papel de palomas en el conflicto, desistiera de un ataque aéreo en represalia por la última masacre de civiles en la ciudad.
Los enviados rusos consiguieron acuerdos puntuales de alto el fuego y de levantamiento de cercos militares en Bosnia y Croacia, y como los países occidentales todavía preferían pensar que una solución exclusivamente negociada a la guerra en el primer país era posible, accedieron gustosos a que Moscú se encargara de hacer entrar en razón a las autoridades de la autoproclamada Republika Srpska. Se procedió a un reparto de papeles que dio lugar en abril de 1994 al denominado Grupo de Contacto de países implicados en los procesos de paz de Bosnia. Cuando en agosto de aquel año el presidente serbio
Slobodan Milosevic escenificó la ruptura con sus protegidos de Bosnia por su negativa a sumarse al último plan de paz, Yeltsin se encontró más libre para estrechar las relaciones entre dos naciones eslavas que se consideraban muy ligadas.
El verano de 1994 marcó el canto de cisne de la amable contemporización de los dirigentes occidentales con "el amigo Borís". El presidente ruso, en el cénit de su exuberancia mediática, fue invitado a la cumbre del G-7 en Nápoles el 8 de julio, y tras su encuentro bilateral con Clinton del día 10 declaró con entusiasmo que, puesto que había sido integrada en las discusiones políticas, Rusia era virtualmente el octavo socio del restringido club de potencias y su condominio sobre el "poder institucional planetario". Asimismo añadió que aquellas podían estar seguras de que "el oso ruso no iba a entrar rompiendo las ventanas".
Entre el 24 y el 28 de septiembre recaló en Londres, Nueva York -para asistir a la Asamblea General de la ONU- y Washington, y la idea más reiterada fue el rechazo a los planes de ampliación de la OTAN, a su juicio un obstáculo muy serio en la búsqueda de nuevas estructuras de seguridad abiertas a todos los estados. En su nueva cumbre con Clinton, desarrollada los días 27 y 28, Yeltsin hizo votos por acelerar los compromisos adquiridos en el tratado START-II, cuya ratificación por la Duma estaba pendiente.
El 31 de agosto de aquel año Yeltsin presidió en Berlín con el canciller
Helmut Kohl la salida de las últimas tropas rusas del territorio de la antigua República Democrática Alemana (el mismo día lo hicieron las unidades acantonadas en Letonia y Estonia) y ambos se juramentaron para que nunca más hubiera una guerra entre los dos países. Para Yeltsin, ese fue "el día de la reconciliación definitiva" entre Rusia y Alemania, y estimó que los soldados rusos partían "en la creencia de que nunca más vendría una amenaza desde suelo alemán".
Durante la que para los nostálgicos del pasado soviético fue una jornada triste para Rusia, Yeltsin proporcionó un festivo espectáculo a la concurrencia, improvisando la dirección de una orquesta militar batuta en mano y cantando la célebre
Kalinka. Unas semanas después, el 30 de septiembre, de vuelta de su viaje a Estados Unidos, hizo escala en Dublín con la intención de mantener un desayuno de trabajo con el primer ministro irlandés John Reynolds (quien había acortado un viaje por Australia a tal fin), pero éste esperó en vano a que el ruso bajara del avión en la misma pista del aeropuerto internacional de Shannon. Luego, en Moscú, Yeltsin explicó el suceso: "lo único que pasó es me quedé dormido y mis guardaespaldas tenían órdenes de no despertarme"; aunque por doquier se escuchó la versión de un exceso etílico del presidente.
A medida que las cámaras de televisión robaban imágenes de un Yeltsin tambaleante y necesitado del sostén de un guardaespaldas o un presidente de la CEI, la oposición se preguntó si Yeltsin no estaría incapacitado para gobernar, bien por su excesiva afición al vodka, bien por un estado de salud quebradizo. Estas situaciones excéntricas, insólitas en un estadista, más las destemplanzas verbales que empezaron a adornar su discurso, fueron recibidas con educada cortesía por unos dirigentes occidentales que, si por un lado estaban impacientes por la incapacidad de Rusia para levantar cabeza pese a los miles de millones invertidos y desconcertados por el carácter cambiante de su primer dirigente, por el otro pensaban que Yeltsin al menos era un líder razonable, abierto a las relaciones personales y comprometido con la superación del pasado de su país.
Las humoradas y los síntomas de debilidad física de Yeltsin, en cambio, disgustaban profundamente a la opinión pública rusa, que sentía que su presidente era objeto de chanza por los extranjeros y le hacía un flaco favor a la imagen internacional del país, en lo sucesivo tan susceptible de compararse en su trayectoria con la crecientemente errática actuación de su máximo responsable.
11. Enfoque neoimperial de la CEI y la guerra de Chechenia
A medida que curtían su discurso ante Occidente, Yeltsin y sus colaboradores también desplazaron su concepto de la CEI hasta hacerla una especie de instrumento al servicio de un proyecto de reconstrucción nacional ruso. Organización que no terminaba de articularse como un verdadero espacio común en lo político, lo económico y lo militar, y pálido remedo, por ejemplo, de la UE, la CEI, a iniciativa rusa, siguió aprobando un rosario de acuerdos de integración en cuya aplicación realmente no confiaban la mayoría de los socios, cada vez más dispuestos a trabar alianzas bilaterales y subregionales para beneficiarse o defenderse de la omnipresencia rusa, según fueran los intereses de cada república.
En el bienio 1993-1994 la vigorización de la CEI por la iniciativa interesada de Moscú registró varios éxitos que, por de pronto, fortalecieron la respetabilidad y el prestigio de Yeltsin entre sus colegas. Cuando en la cumbre de Ashjabad en diciembre de 1993 tocó elegir el primer presidente de turno de la Comunidad, no había duda de quien debía iniciar la rotación. Se dio el hecho incluso de que aquellos mandatarios quejosos e irritados por lo que consideraban injerencias y hasta conspiraciones de inequívoca procedencia rusa, tendían a no incriminar personalmente a Yeltsin y a descargar las responsabilidades sobre "fuerzas ocultas", "servicios de inteligencia" y "partidos de la guerra".
En la cumbre de Moscú del 24 de septiembre de 1993, en plena crisis con los diputados, Yeltsin consiguió que nueve presidentes (todos excepto el ucraniano Kravchuk y el turkmeno
Saparmurat Niyazov, los cuales prefirieron observar su evolución) suscribieran el Tratado de Unión Económica, que preveía la libre circulación de mercancías en el espacio CEI, la unificación de los regímenes aduaneros y una geometría variable para las políticas monetarias nacionales, crecientemente reacias a la permanencia en el área del rublo. Azerbaidzhán, cuyo presidente
Heydar Aliev (un veterano y alto nomenklaturista que hasta el final había permanecido leal al PCUS) acababa de hacerse con el poder en Bakú en una jugada de la que no estuvo ausente la inteligencia rusa, confirmó su regresó a la CEI, de la que se había separado el anterior presidente, el nacionalista Abulfaz Elchibey.
Poco después, el 22 de octubre, era Shevardnadze quien, tras varios meses de resistirse, metía por decreto a Georgia en la CEI. El atribulado ex ministro de Exteriores soviético ya dependía de los rusos para mantener pacificada Osetia del Sur, acababa de perder la guerra con los secesionistas de Abjazia por la calculada ambigüedad de esos mismos efectivos y ahora hacía frente a una peligrosa rebelión de los gamsajurdistas, así que no tuvo otro remedio que pedir el auxilio de Moscú.
En noviembre esta intentona quedó frustrada, pero la vuelta al redil ruso tenía su precio: la vigilancia compartida de las fronteras georgianas y el establecimiento de bases militares. El 3 de febrero de 1994 Yeltsin y Shevardnadze firmaron en Moscú un Tratado de Amistad y Cooperación y, no casualmente, el 14 de mayo siguiente los abjazios accedieron a firmar el cese de hostilidad
es. El 15 de junio 3.000 soldados rusos adscritos a la fuerza de pacificación aprobada por la CEI comenzaron a desplegarse en la zona.
Con los armisticios de Moldova y Georgia y los precarios ceses de hostilidades para el enclave de Nagorno-Karabaj (de mayoría armenia pero perteneciente a Azerbaidzhán), arrancado por Grachev en Moscú el 16 de mayo, y para Tadzhikistán, alcanzado el 17 de septiembre en Teherán con la intermediación rusa, para otoño de 1994 una suerte de
pax rusa se extendía sobre los costados más conflictivos de la CEI, si bien en todos los casos quedaban pendientes de resolver los problemas políticos y territoriales que habían desatado las guerras civiles.
No fue casual que fuera precisamente en ese momento de relativo sosiego en la CEI y de resurgimiento diplomático-militar cuando el poder ruso reavivó su interés por lo que sucedía en Chechenia. Desde 1991 la república presidida por Dudáyev se había desenvuelto como un ente soberano de hecho, acumulando pertrechos militares en previsión de una intervención rusa y auspiciando una coalición de pueblos montañeses norcaucásicos que tenían como nexos el frentismo al orden federal ruso y al irredentismo osetio, la solidaridad con Gamsajurdia (muerto en combate en diciembre de 1993) y la causa abjazia, y la promoción del acervo cultural común.
En el SBRF se impuso la solución militar al problema checheno que favorecían los ministros de fuerza, es decir, Grachev, Yerin y el nuevo director del FSK, Serguéi Stepashin, además del secretario del propio Consejo desde septiembre de 1993, Oleg Lobov, hasta ahora primer viceprimer ministro. Del lado de la moderación se identificaron a Chernomyrdin y Kozyrev. El 16 de enero de 1994 Dudáyev hizo proclamar la República Chechena de Ichkeria. En el verano de ese año Yeltsin dio el visto bueno a la liquidación de la rebeldía chechena, pero primero se exploró la vía indirecta de alentar la formación de un contrapoder a las autoridades de Grozny. Cuando el 27 de noviembre fracasó una incursión de opositores armados contra la capital pese a la cobertura aérea rusa, Yeltsin encontró la ocasión para ultimar a los chechenos con cesar en sus querellas internas so pena de introducir el estado de emergencia en la república y movilizar a las fuerzas federales para hacerlo cumplir.
Mientras Yeltsin asistía a la cumbre de la CSCE en Budapest, el 5 y 6 de diciembre de 1994, unidades rusas se movilizaban en la frontera con Chechenia listas para intervenir. La invasión comenzó el 11 de diciembre con bombardeos masivos por tierra y aire, con Grozny como principal objetivo. Pero pese a los partes triunfalistas sobre una rápida conclusión de lo que se presentaba, no como una campaña militar, sino como una operación de orden público, lo que Yeltsin se encontró fue el más mortificante quebradero de cabeza hasta el final de su mandato.
En efecto, los chechenos plantearon una resistencia encarnizada y la primera tentativa de asalto ruso a Grozny terminó, el 2 de enero de 1995, en un completo desastre. Sólo la asunción de elevadas pérdidas propias y el recurso a todos los medios militares, sin reparar en destrucciones y mortandad entre la población civil, permitió al Kremlin seguir adelante con una ofensiva en la que estaban en juego el prestigio nacional y no pocas carreras personales. El 8 de febrero las tropas completaron el control de la devastada capital chechena y hasta el 19 de abril fueron cayendo los centros urbanos de Argún, Gudermés, Shali y Bamut.
En apariencia, el orden federal volvía a regir en Chechenia, pero Dudáyev, su Gobierno y su Estado Mayor escaparon a las áreas montañosas y allí reorganizaron sus fuerzas dispuestos a seguir batallando mediante una guerra de guerrillas combinada con acciones terroristas. A lo largo de 1995 los sucesivos acuerdos de alto el fuego y desmilitarización no fueron aplicados y los dramáticos episodios, de valor más propagandístico que militar, de las incursiones con captura masiva de rehenes por comandos chechenos en las ciudades rusa de Budennovsk, en junio de 1995, y daguestaní de Kizlyar (más la sangrienta batalla a que dio lugar en la localidad de Pervomáiskoye), en enero de 1996, no sólo pusieron en evidencia la pésima organización y desmotivación de un Ejército basado en reclutas, sino que convencieron a la opinión pública de que la guerra de Chechenia podía convertirse en un nuevo Afganistán.
El penoso desenlace de la crisis del hospital de Budennovsk, ciudad del territorio de Stavropol, con la muerte de 94 de los aproximadamente 1.600 rehenes que fueron tomados por los terroristas (así como de 35 policías y soldados) tanto durante el ataque inicial de aquellos como en los dos asaltos fallidos de los efectivos rusos, más la retirada impune a las montañas del comandante guerrillero Shamil Basáyev y sus hombres escudados en 150 rehenes que finalmente fueron puestos en libertad y como parte de negociaciones conducidas por Chernomyrdin que produjeron también un alto el fuego de tres días en el conjunto de las operaciones militares, obligó a Yeltsin a depurar responsabilidades para salvar la cara ante la Duma. El 30 de junio el presidente "aceptó" las dimisiones de Yerin, Stepashin y el viceprimer ministro Nikolai Yegórov, esto es, tres representantes del denominado
partido de la guerra.
Al primero de la lista le reemplazó Anatoli Kulikov y al segundo Mijaíl Barsukov, ambos dos altos oficiales identificados con las tesis de dureza frente a los chechenos (Kulikov, de hecho, venía comandando las operaciones bélicas en la república). Barsukov de lo que tomó posesión fue del nuevo Servicio Federal de Seguridad (FSB), que el 12 de abril había reemplazado al FSK. El FSB no sólo se ocupaba de las operaciones de inteligencia exteriores, sino también de amplios cometidos en la seguridad interior, como la lucha contra el crimen organizado y el terrorismo y la vigilancia de las instalaciones nucleares, por lo que se observó como el heredero final del KGB.
La sensación de precariedad de los federales en Chechenia en 1995 coincidió con los primeros problemas serios de Yeltsin con su corazón. En julio estuvo hospitalizado dos semanas por un ataque de isquemia y a finales de octubre nuevos dolores en el pecho urgieron otro internamiento que se prolongó durante un mes. En los dos casos Yeltsin silenció cualquier murmullo sobre una declaración de incapacidad (que habría dejado a Chernomyrdin como presidente en funciones) y siguió firmando decretos, vetando proposiciones de ley o recibiendo a huéspedes en su habitación del hospital. Pero los medios de comunicación se preguntaban quien dirigía los hilos en el Kremlin durante estas ausencias cada vez más prolongadas.
Fue en esta época cuando cobró notoriedad el magnate de las finanzas y la comunicación Borís Berezovski. Omnipresente e intrigante, Berezovski era sólo el más conspicuo de un grupo de grandes empresarios de la banca, la industria, los monopolios energéticos y los medios informativos. Estos personajes, genéricamente denominados por el público
los oligarcas, habían levantado en pocos años fabulosas fortunas que para la mayoría de la población sólo podían proceder de la compraventa de favores políticos al Kremlin.
Entre tanto, la situación estratégica en Chechenia se aparejaba en malos términos para Rusia. La ofensiva sorpresa de los chechenos contra Grozny del 6 al 10 de marzo de 1996 obligó a Moscú a sentarse en una mesa de negociación y a atender todas las demandas de los separatistas. El 27 de mayo siguiente Yeltsin y el sustituto provisional de Dudáyev (fallecido en un ataque de misiles ruso el 21 de abril), Zelimján Yandarbíyev, firmaron un alto el fuego en Moscú que entró en vigor cu